La enviaron a casarse con un príncipe… pero en el castillo solo encontró a un monstruo encadenado

La enviaron a casarse con un príncipe… pero en el castillo solo encontró a un monstruo encadenado

PARTE 1

El carruaje avanzaba entre la nieve mientras Runa Torvaldsdottir contemplaba las montañas a través de la ventana.

Tenía veintitrés años y sabía perfectamente que aquel viaje no era una boda.

Era una sentencia disfrazada.

Su madrastra, la reina Sigrid, llevaba años intentando apartarla del camino.

Primero había sido un accidente durante una cacería.

Después una comida sospechosa.

Luego una caída que casi terminó en tragedia.

Runa había sobrevivido a todo.

Así que Sigrid había encontrado una solución más elegante.

—El príncipe Aldrich de Scarhavn desea casarse contigo —había anunciado su padre.

Runa buscó Scarhavn en todos los mapas.

No existía.

Preguntó a comerciantes, viajeros y bardos.

Nadie conocía aquel reino.

Pero su padre no quiso escuchar.

Amaba a Runa, aunque nunca había tenido el valor suficiente para enfrentarse a su nueva esposa.

Y así, días después, la princesa fue enviada hacia el norte.

Cuando el carruaje finalmente se detuvo, Runa comprendió que sus sospechas eran ciertas.

No encontró sirvientes.

Ni soldados.

Ni banderas.

Solo una fortaleza negra abandonada entre montañas cubiertas de nieve.

Los guardias descargaron su equipaje.

Después se marcharon.

Sin despedirse.

Runa quedó sola.

Entró al castillo para no congelarse.

El interior estaba oscuro y silencioso.

Entonces escuchó algo.

Cadenas.

El sonido venía de las profundidades de la fortaleza.

—¿Hola?

Su voz se perdió entre los corredores.

Después llegó una respuesta.

—No hay ningún príncipe aquí.

Runa quedó inmóvil.

La voz era profunda y áspera.

—Solo hay un monstruo. Y acabas de entrar en su jaula.

Cualquier persona sensata habría corrido.

Runa siguió caminando.

Encontró un gran salón iluminado únicamente por una chimenea.

Y allí estaba él.

Un hombre enorme permanecía encadenado a la pared.

Tenía cabello oscuro, barba descuidada y ojos ámbar que parecían brillar en la penumbra.

Las cadenas alrededor de sus muñecas eran tan gruesas que parecían diseñadas para sujetar una bestia.

—Soy Vidar Drakem —dijo—. Último de mi clan.

Runa tragó saliva.

—¿Y el príncipe Aldrich?

Vidar soltó una risa amarga.

—Nunca existió.

Entonces le explicó la verdad.

Vidar era un berserker.

Un guerrero cuyo nombre había inspirado historias terribles durante años.

Sus enemigos habían destruido a su clan y después lo habían encerrado allí.

En lugar de acabar directamente con él, decidieron convertirlo en un monstruo para los ojos del mundo.

De vez en cuando enviaban personas al castillo esperando que Vidar perdiera el control.

Ahora habían enviado a Runa.

—Tu madrastra espera que yo termine contigo —dijo—. Después podrá decir que una pobre princesa fue víctima de una bestia.

Runa sintió frío incluso frente al fuego.

Todo encajaba.

—¿Por qué me lo cuentas?

Vidar la miró.

—Porque puedes marcharte.

Le explicó que había provisiones suficientes para esperar a que terminara la tormenta.

Después podría llegar hasta una aldea y comenzar una nueva vida.

—¿Y tú?

—Yo seguiré aquí.

Vidar hizo sonar las cadenas.

—Esperando a la siguiente persona que quieran utilizar contra mí.

Runa miró al supuesto monstruo.

Habían enviado a Vidar para destruirla.

Pero era él quien estaba intentando salvarla.

Entonces tuvo una idea.

—¿Y si no huyo?

Vidar arqueó una ceja.

—¿Qué propones?

—Un trato.

—No tienes oro. No tienes ejército. Ni siquiera tienes un hogar.

Runa levantó la barbilla.

—Tengo algo.

—¿Qué?

—Un matrimonio.

Vidar la miró como si hubiera perdido la razón.

Runa continuó:

—Yo rompo tus cadenas. Tú te casas conmigo.

—¿Por qué?

—Porque una mujer casada no puede ser entregada fácilmente a otro hombre. Y pocos se atreverían a venir a buscarme sabiendo que mi esposo es un berserker.

Vidar soltó una carcajada.

—Prefieres vivir con un monstruo.

Runa sostuvo su mirada.

—Prefiero al monstruo que me advierte del peligro que a los que sonríen mientras intentan destruirme.

Aquello silenció a Vidar.

Finalmente señaló una mesa.

—Las llaves están dentro del cajón.

Runa las encontró.

Abrió la primera cadena.

El hierro cayó al suelo.

Cuando intentó abrir la segunda, Vidar sujetó suavemente su muñeca.

—Piénsalo bien.

—Ya lo hice.

—Cuando abras esa cadena, ya no podrás fingir que esto nunca ocurrió.

Runa miró sus ojos ámbar.

—Toda mi vida otros eligieron por mí.

Introdujo la llave en el último candado.

—Esta vez elijo yo.

El mecanismo se abrió.

La cadena cayó al suelo.

Vidar se levantó lentamente hasta alcanzar toda su enorme estatura.

Runa tuvo que levantar la cabeza para mirarlo.

El berserker libre dio un paso hacia ella.

—Entonces cumpliremos tu trato.

—¿Ahora?

Los ojos de Vidar brillaron bajo la luz del fuego.

—Ahora mismo, princesa. Antes de que alguno de los dos tenga tiempo de arrepentirse.

PARTE 2

Runa no retrocedió.

Vidar caminó hacia la chimenea.

—Mi clan no necesitaba sacerdotes para reconocer un matrimonio.

—¿Entonces qué necesitamos?

—Una promesa.

Se volvió hacia ella.

—Y una elección hecha libremente.

Aquellas palabras importaron más a Runa que cualquier ceremonia real que hubiera presenciado en su vida.

Frente al fuego, ambos pronunciaron sus votos.

Vidar prometió protegerla y jamás levantar su mano contra ella.

Runa prometió lealtad y un hogar al que pudiera regresar.

Cuando terminaron, Vidar dijo:

—Ahora eres mi esposa.

Runa soltó una pequeña risa nerviosa.

—Qué romántico.

—Nunca dije que supiera ser romántico.

Él sugirió que durmieran en habitaciones separadas.

Pero Runa recordó todos los vacíos legales que los consejeros de su madrastra podían utilizar.

Si aquel matrimonio debía protegerla, tenía que ser reconocido como verdadero.

Vidar intentó disuadirla.

—No tienes que demostrar nada.

—No estoy demostrando nada.

Runa colocó la mano sobre su pecho.

—Estoy eligiendo.

Y aquella noche su matrimonio dejó de ser únicamente un acuerdo escrito en palabras.

A la mañana siguiente, Runa despertó esperando arrepentimiento.

No lo encontró.

Vidar tampoco.

Por primera vez en años, él confesó que había despertado sin desear volver a cerrar los ojos para escapar del mundo.

Comenzaron entonces a reconstruir el castillo.

Vidar reparó puertas, techos y ventanas.

Runa limpió habitaciones, aprendió a cocinar con las pocas provisiones disponibles y convirtió espacios abandonados en lugares habitables.

La fortaleza dejó lentamente de parecer una tumba.

Mientras trabajaban, también comenzaron a conocerse.

Vidar habló sobre su clan.

Los Drakem habían sido guerreros respetados.

Una noche, mientras él estaba lejos, sus enemigos atacaron.

Cuando regresó, apenas quedaba nada de su antiguo hogar.

Consumido por la rabia, persiguió a quienes habían participado.

Finalmente cayó en una emboscada.

Cuando recuperó la conciencia, estaba encadenado.

—Querían que el mundo olvidara que alguna vez fui un hombre —explicó.

Runa tomó su mano.

—Yo no lo olvidaré.

Ella también contó su historia.

Le habló de una madre perdida demasiado pronto.

De un padre que la amaba, pero no sabía protegerla.

Y de Sigrid, que había convertido cada comida, cada escalera y cada paseo a caballo en una razón para desconfiar.

Por las noches dejaron de dormir como dos desconocidos.

Ya no se buscaban por obligación.

Se buscaban porque el silencio resultaba menos pesado cuando estaban juntos.

Entonces llegó la primavera.

Vidar fue el primero en escuchar caballos.

Runa sintió inmediatamente miedo.

—¿Hombres de mi madrastra?

—No.

El rostro de Vidar cambió.

—Peor.

Cinco jinetes aparecieron frente al castillo.

Pertenecían al clan Barkson, relacionado con los hombres que habían destruido a los Drakem.

Su líder, Thorkel, confirmó además otra verdad:

Sigrid había puesto recompensa por Runa.

Preferiblemente viva.

Pero también pagarían si no lo estaba.

Runa salió de las sombras.

—Soy Runa Drakem. Princesa por nacimiento y esposa de Vidar por elección.

Thorkel sonrió.

—Entonces quizá cobre dos recompensas esta noche.

Vidar dio un paso adelante.

Sus ojos cambiaron.

El berserker apareció bajo la superficie.

Los caballos se pusieron nerviosos.

—Puedes intentarlo —dijo Vidar.

Thorkel observó al enorme guerrero durante unos segundos.

Finalmente decidió que cinco hombres no eran suficientes.

—Volveremos.

—Estaremos esperando.

Los jinetes desaparecieron entre las montañas.

Runa miró a Vidar.

—Vendrán con más.

—Sí.

—Entonces enséñame.

—¿Qué cosa?

—A defender mi hogar.

Los días siguientes transformaron nuevamente la fortaleza.

Vidar enseñó a Runa a moverse en silencio, esconderse, reconocer puntos débiles y utilizar un cuchillo para defenderse.

Prepararon entradas falsas y reforzaron puertas.

El castillo abandonado se convirtió en una fortaleza.

Una noche, agotados después de entrenar, Runa dijo:

—Te amo.

Vidar quedó inmóvil.

Ella sintió inmediatamente vergüenza.

Hasta que él respondió:

—Yo también te amo.

La miró como si las palabras fueran más aterradoras que cualquier batalla.

—Creo que empecé a hacerlo cuando descubrí que estabas lo suficientemente loca como para liberar a un berserker encadenado.

Runa sonrió.

—Eso es terriblemente romántico.

—Estoy aprendiendo.

Thorkel cumplió su amenaza.

Regresó con muchos más hombres.

Vidar quiso mantener a Runa escondida.

Ella aceptó una posición segura, pero se negó a marcharse.

—Este lugar ya no es tu prisión.

Miró las paredes que habían reconstruido juntos.

—Es nuestro hogar.

La confrontación fue dura.

Vidar tuvo que recurrir a toda la fuerza que durante años había temido.

Runa vio al berserker de las leyendas.

Pero también vio al hombre debajo.

Cuando finalmente terminó, Vidar estaba herido y exhausto, aunque seguía con vida.

Runa corrió hacia él.

Durante un instante temió que aquella furia no reconociera a nadie.

—Vidar.

Los ojos de él encontraron los suyos.

Poco a poco, la bestia retrocedió.

Vidar cayó de rodillas.

Runa lo abrazó.

—Estoy aquí.

—Deberías tener miedo de mí.

—Lo tuve.

Ella sostuvo su rostro.

—Pero decidí quedarme de todos modos.

Vidar se recuperó.

Después le dijo que otros hombres acabarían llegando.

Por venganza.

Por la recompensa de Sigrid.

O simplemente porque querían probarse contra el último Drakem.

—Podemos marcharnos —dijo—. Ir tan al norte que nadie nos encuentre.

—¿Quieres hacerlo?

—Si eso te mantiene a salvo, abandonaría este castillo mañana.

Runa miró alrededor.

Recordó el lugar cuando llegó.

Frío.

Oscuro.

Vacío.

Ahora había fuego en varias habitaciones.

Comida en la despensa.

Muebles reparados.

Recuerdos.

—No.

Vidar frunció el ceño.

—Runa…

—He huido suficiente.

Tomó sus manos.

—Si vienen problemas, los enfrentaremos juntos.

—Juntos —repitió Vidar.

—Me gusta cómo suena.

Y se quedaron.

Pasaron los meses.

El peligro no desapareció completamente, pero el miedo dejó de gobernar sus decisiones.

Entonces Runa descubrió que esperaba un hijo.

Cuando se lo dijo a Vidar, el enorme berserker quedó sin palabras.

—¿Estás seguro de que sigues respirando? —bromeó ella.

Vidar se arrodilló frente a su vientre.

—Tengo miedo.

Runa sonrió.

—¿De un bebé?

—De no saber ser padre.

Ella acarició su cabello oscuro.

—Tampoco sé ser madre.

—Eso no ayuda.

—Aprenderemos.

Meses después, el castillo escuchó un nuevo sonido.

No cadenas.

No gritos de batalla.

El llanto de una niña.

Vidar se quedó junto a la cama mirando a su hija como si fuera algo sagrado.

—¿Puedo tocarla?

Runa sonrió.

—Es tu hija.

Vidar acarició cuidadosamente su pequeña mejilla.

—Asa.

—¿Asa?

—Significa diosa.

Runa miró a la niña.

—Asa Vidarsdottir.

Vidar asintió.

—Un nombre fuerte.

—Lo necesitará.

—Es hija de un berserker y de una princesa que decidió casarse con él el mismo día que lo conoció. Creo que tendrá suficiente carácter.

Runa rio.

Vidar miró después hacia el castillo que habían reconstruido juntos.

—Todo comenzó como un trato.

—Sí.

—Yo obtenía libertad.

—Y yo protección.

Vidar miró a su esposa y después a su hija.

—Ahora es diferente.

Runa apoyó la cabeza contra su hombro.

—Ahora es amor.

Miró el fuego.

—Familia.

Después observó las paredes donde años atrás Vidar había vivido encadenado.

—Hogar.

Vidar la besó suavemente.

—Me liberaste de mucho más que aquellas cadenas.

Runa negó.

—Y tú me diste algo que nunca tuve.

—¿Qué?

Ella miró a su hija dormida.

—La posibilidad de elegir mi propia vida.

Runa había sido enviada al norte esperando encontrar un príncipe.

Nunca lo encontró.

Encontró a un hombre al que todos llamaban monstruo.

Un hombre encadenado.

Solo.

Olvidado.

Y descubrió que la criatura más aterradora de aquel castillo no era Vidar.

Eran las personas que habían decidido que ambos eran piezas que podían mover sobre un tablero.

Pero el plan había fallado.

Porque la princesa destinada a convertirse en víctima rompió las cadenas del monstruo.

Y el monstruo destinado a destruirla se convirtió en el hombre que más protegió su libertad.

Aquella boda había comenzado como un trato entre dos personas desesperadas.

Terminó convirtiéndose en la primera decisión que realmente les perteneció a los dos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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