La chica sirve de empleada para deudas y conquista al frío presidente ocultando su gran amor.

Renuncié a mi puesto de vicepresidenta para esconderme como empleada doméstica, pero mi nuevo jefe descubrió quién era justo cuando mis padres intentaron venderme en matrimonio

PARTE 1

En mi vida anterior fui vicepresidenta de Horizonte Capital, ganaba más dinero del que mi familia había visto jamás y, aun así, terminé sin casa, sin trabajo y sin una sola persona dispuesta a defenderme.

Mis padres se quedaron con cada salario. Mi hermano recibió el departamento que yo pagué. Mi novio, Javier, me abandonó cuando dejé de serle útil. Y la empresa a la que entregué mis mejores años me culpó por un desastre provocado por otros.

Cuando abrí los ojos y comprendí que había regresado al momento anterior a mi caída, tomé una decisión que nadie esperaba: renuncié, cambié de domicilio y acepté un empleo temporal como asistente doméstica.

Así llegué a la casa de Sebastián Suárez.

Era el presidente de Suárez Capital, un hombre famoso por su carácter frío, su inteligencia implacable y su incapacidad para tolerar errores. Yo solo debía reemplazar durante un mes a Mercedes, su empleada de confianza.

La primera mañana le preparé el desayuno, ordené sus documentos y lavé su ropa. Sebastián apenas podía mirarme sin ponerse rojo. Yo creí que era arrogancia; pronto descubrí que detrás de aquel rostro serio había un hombre torpe para expresar cualquier emoción.

El problema comenzó cuando vio mi teléfono abierto en una aplicación bursátil.

—¿Invertiste en Innovatec? —preguntó.

Asentí.

—Vendí casi todo lo que tenía para comprar acciones.

Su mirada cambió. Ya no veía a una empleada doméstica, sino a alguien que entendía el mercado. Me hizo preguntas sobre tecnología, patentes y proyecciones. Respondí con cuidado, ocultando que en mi vida anterior había visto a Innovatec multiplicar su valor.

Desde entonces empezó a pedirme ayuda con documentos. Yo clasificaba informes mientras cocinaba, encontraba errores en contratos mientras arreglaba una regadera y detectaba riesgos que sus propios analistas habían ignorado.

Sebastián me ofreció un puesto en su empresa.

Lo rechacé.

No quería volver a inversiones. Si mi familia descubría que seguía ganando bien, volvería a perseguirme. Necesitaba parecer insignificante hasta poder cortar definitivamente con ellos.

Mientras tanto, Horizonte Capital comenzó a derrumbarse. Una farmacéutica canceló un acuerdo porque yo ya no dirigía el proyecto. Mi antiguo jefe, Manuel León, me llamó para pedirme que regresara. Cuando me negué, me incluyeron en una lista negra para impedir que otras firmas me contrataran.

Sebastián escuchó la noticia y me observó con demasiada atención.

—La vicepresidenta desaparecida de Horizonte también se llama Gina Rivera.

—Hay muchas Ginas —respondí.

No me creyó, pero tampoco insistió.

Una noche nevó con tanta fuerza que quise regresar sola a mi apartamento. Resbalé en una pendiente. Sebastián salió sin abrigo para buscarme y terminó cayendo conmigo. Lo llevé de vuelta en mi motocicleta, curé la herida de su espalda y tuve que quedarme en su casa.

Durante los días siguientes trabajamos juntos. Al revisar un proyecto llamado Tecno Uno, descubrí que su patente había sido robada y que un directivo de Suárez Capital planeaba cargarle la culpa a un rival. Sebastián evitó una pérdida enorme gracias a mi advertencia.

—¿Quién eres realmente? —me preguntó.

—Tu empleada.

—Ninguna empleada doméstica analiza una oferta pública inicial mejor que mi equipo completo.

No tuve respuesta.

Después, en un supermercado, Javier apareció y me sujetó del brazo. Me llamó mantenida, fracasada y mujer fácil. Yo me disculpé con Sebastián por haber causado problemas.

Él me levantó el rostro con una mano.

—Mírame, Gina. Tú no provocaste esto. Entonces no fue tu culpa.

Aquellas palabras quebraron algo dentro de mí.

Toda mi vida había pedido perdón por existir.

Al regresar al complejo residencial, vi a dos personas discutiendo con los guardias. Mi madre me señaló con furia. Mi padre llevaba en la mano una fotografía mía.

—Ahí está la hija desagradecida —gritó—. La encontramos.

Antes de que pudiera retroceder, mi madre me agarró del cabello y susurró:

—Vas a venir con nosotros. Ya encontramos al hombre que pagará por casarse contigo.

PARTE 2

Me soltó únicamente cuando los guardias se acercaron.

Durante años, un gesto de mi madre había bastado para convertirme otra vez en la niña aterrada que fui. Pero aquella vez escuché la voz de Sebastián en mi memoria:

“No fue tu culpa”.

Me enderecé.

—No voy a ninguna parte.

Mi padre se rio y anunció delante de los vecinos que yo había abandonado un puesto de vicepresidenta para convertirme en sirvienta. Después exigió que regresara a Horizonte y volviera a entregarles mi sueldo.

—Ganabas más de un millón y ahora nos bloqueaste —gritó mi madre—. ¿Quieres que tu hermano pase necesidades?

—Mi hermano vive en una casa que yo pagué. Ustedes conducen un auto que yo compré. Durante tres años les entregué casi cinco millones. ¿Cuánto más necesitan para dejar de llamarme ingrata?

Sus rostros cambiaron.

Entonces dije en voz alta lo que nunca me había atrevido a pronunciar: cuando yo tenía cinco años intentaron venderme a un desconocido. Mi tío lo impidió y luego se hizo cargo de mis estudios, mi comida y mi ropa. Mis padres solo regresaron cuando empecé a ganar dinero.

Los vecinos comenzaron a murmurar. Mi madre quiso abofetearme, pero uno de los guardias se interpuso.

—Desde hoy corto toda relación con ustedes —declaré.

Mi padre sonrió con crueldad.

—Perfecto. Danos dos millones y te dejamos ir.

Me negué.

Entonces amenazaron con presentarse todos los días en la casa de Sebastián y provocar un escándalo. Para alejarlos del complejo, acepté acompañarlos, convencida de que podría escapar después.

Me llevaron a un restaurante privado. Allí esperaba una familia desconocida y un hombre llamado Carlos, casi veinte años mayor que yo. Sobre la mesa había un contrato matrimonial y un comprobante de transferencia.

Mis padres ya habían recibido un adelanto para comprometerme.

—La boda será el próximo mes —dijo mi padre, sirviendo té como si estuviera negociando una propiedad.

—No acepto.

Carlos me miró con desprecio.

—Eres solo una niñera. Deberías agradecer que una familia como la mía te acepte.

Me levanté y revelé toda la verdad: mis padres querían utilizar aquel matrimonio para pagar una casa a mi hermano; ya habían destruido mi carrera al presentarse en mi antigua empresa; y continuarían exigiendo dinero a cualquiera que se relacionara conmigo.

La familia de Carlos retiró inmediatamente la propuesta y reclamó la devolución del adelanto.

—Cóbrense con la casa y el auto —respondí—. Ambos están a mi nombre porque yo los pagué.

Mi madre lanzó un grito y mi padre levantó la mano.

Antes de que pudiera tocarme, la puerta se abrió.

Sebastián entró acompañado por Tomás y dos agentes de seguridad. El conserje le había avisado que me habían llevado contra mi voluntad. Al mismo tiempo, su equipo había descubierto que Horizonte Capital planeaba publicar mis datos personales para humillarme.

—¿Quién eres tú? —preguntó mi padre.

Sebastián se colocó delante de mí.

—Soy el hombre de Gina. Y nadie volverá a venderla, amenazarla ni utilizarla.

Hasta él pareció sorprendido por sus propias palabras.

Mis padres intentaron discutir, pero Sebastián mostró las grabaciones del complejo, el comprobante del matrimonio negociado y las pruebas del acoso de Horizonte. Les advirtió que cualquier nueva amenaza terminaría en una denuncia penal.

Salí del restaurante temblando, aunque por primera vez no era de miedo.

—Gracias —le dije—. Me ayudaste a vencer algo que llevaba dentro desde niña.

—No hice tanto.

—Sí lo hiciste. Me enseñaste que no tengo que disculparme por el daño que otros me causan.

Poco después, Horizonte Capital retiró la lista negra cuando Sebastián amenazó con denunciar sus prácticas. Tecno Uno fue investigada por fraude de patentes y el directivo responsable fue despedido.

Yo utilicé las ganancias de Innovatec para devolverle a mi tío todo lo que había gastado en mí y crear mi propia firma de análisis financiero.

Ya no era vicepresidenta de nadie.

Tampoco era una hija obediente ni una mujer escondida bajo un uniforme.

Era libre.

Una tarde, Sebastián llegó a mi nueva oficina con el mismo gesto serio de siempre.

—Lo que dije en el restaurante fue impulsivo —admitió.

Mi corazón se hundió.

Pero él se acercó un poco más.

—La parte de que soy tu hombre todavía no es verdad. Por eso vine a pedirte permiso para conquistarte.

Sonreí.

—De acuerdo, Sebastián. Pero tendrás que esforzarte.

—Puedo ofrecerte un bono.

Me reí por primera vez sin miedo, mientras él se sonrojaba igual que el día en que lo conocí.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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