La capitana sobrevivió al choque, pero quienes la buscaban no venían a rescatarla

La capitana sobrevivió al choque, pero quienes la buscaban no venían a rescatarla

Havoc dejó de moverse y Flynn entendió que algo había cambiado en la montaña.

El perro no ladraba: tenía la cabeza levantada y el cuerpo rígido, como si hubiera detectado un peligro que todavía no alcanzaba a oírse.

Entonces un grito metálico atravesó el cielo.

Flynn miró entre los árboles y vio un avión militar cayendo hacia la ladera.

Llevaba tres días acampando con Havoc en un valle apartado de las montañas Olímpicas, en el estado de Washington. Había elegido ese sitio porque no aparecía en los mapas turísticos y casi nadie llegaba hasta ahí. Después de doce años en los equipos especiales de la Marina, necesitaba un lugar donde el ruido de su cabeza por fin se apagara.

A sus 38 años, Flynn se movía con la calma de quien había aprendido a no desperdiciar esfuerzos. Havoc, un pastor alemán de pelaje oscuro, no era una mascota cualquiera. Habían servido juntos en dos despliegues y se entendían con una mirada.

El avión pasó sobre una cresta, ladeado y dejando una estela de humo negro. Un pedazo del ala se desprendió y desapareció entre las copas. Luego la aeronave cayó detrás de los árboles. El impacto hizo temblar el suelo y una columna naranja se levantó sobre el bosque.

Flynn tomó su botiquín y el rifle que guardaba junto a su sleeping bag. Miró a Havoc.

—Busca.

El perro salió disparado.

Corrieron entre ramas y troncos caídos. El olor a combustible quemado se volvió más fuerte a cada paso. Al llegar a un claro, vieron los restos del avión repartidos entre los árboles. La parte delantera había quedado en una hondonada; la cabina aún estaba cerrada, aunque el cristal tenía varias grietas.

Dentro había una mujer con traje de vuelo verde olivo y las insignias de capitana. Tenía el casco roto y sangre en la frente. No se movía.

Flynn encontró un tubo metálico entre los restos y lo usó para hacer palanca en la cubierta. El cierre cedió con un chasquido. Sacó a la piloto del asiento, liberó el arnés y se la echó al hombro.

—¡Havoc, vámonos!

Alcanzaron un peñasco justo cuando una explosión sacudió el claro. Flynn revisó a la mujer: pulso débil, un corte profundo en el brazo y el tobillo muy hinchado. Le limpió la herida y la cubrió con una venda.

Ella despertó poco después. Primero miró el cielo; luego a Flynn y al perro.

—Capitana Dana Reyes, Fuerza Aérea —dijo, tratando de incorporarse.

Flynn le explicó lo indispensable y le revisó el tobillo. Dana escuchó sin perder la calma, pero sus manos temblaban.

—Esto no fue un accidente —dijo al fin.

Durante una patrulla, había detectado una señal extraña en una zona restringida. Desde el aire vio varios vehículos sin identificación, un camión y un helicóptero con marcas falsas. Un grupo cargaba cajas rígidas que, por su forma, parecían contener componentes militares. Dana había empezado a grabar y a enviar lo que veía a su base.

Menos de un minuto después, los controles del avión dejaron de responder.

—Alguien tumbó la aeronave desde tierra —dijo—. El coronel Harold Gentry tenía acceso para hacerlo. Creo que está detrás de la operación.

Flynn miró el humo y luego la línea de árboles. No era una acusación que pudiera comprobarse ahí mismo, pero sí una razón para moverse. Dos horas después del anochecer, Havoc volvió de entre la maleza y se plantó frente a ellos, gruñendo.

Flynn usó su monocular térmico. Varias figuras avanzaban en formación por el bosque. Llevaban armas y se acercaban con cuidado.

—No son rescatistas —murmuró.

Con el tobillo lastimado, Dana apenas podía caminar. Flynn la ayudó a avanzar mientras Havoc rastreaba el camino. Un hombre del grupo se acercó demasiado. Havoc lo derribó de un salto y Flynn le quitó el arma antes de que pudiera reaccionar.

Escaparon hacia un río helado. Para borrar el rastro, Flynn cruzó cargando a Dana mientras Havoc nadaba hacia la otra orilla. El agua casi lo tumbó; el perro tuvo que sujetarlo del chaleco para ayudarlo a salir.

Antes del amanecer encontraron una vieja estación forestal. Flynn encendió una estufa de hierro y aseguró el tobillo de Dana. Ella descubrió un radio antiguo en el escritorio y consiguió encenderlo con una conexión improvisada.

Cuando logró comunicarse con una frecuencia de emergencia, dio su nombre, su ubicación y la acusación contra Gentry. La respuesta se perdió entre la estática.

Entonces la puerta estalló hacia adentro.

Un hombre con pasamontañas irrumpió con un escudo en un brazo y una escopeta en el otro. Vio a Dana junto al radio y empezó a levantar el arma.

Flynn ya se estaba moviendo.

PARTE 2

El disparo pegó en el techo cuando Flynn chocó contra el atacante. Los dos cayeron al suelo entre la mesa y la estufa. Dana se apartó del radio, pero no podía correr con el tobillo herido.

El hombre era más fuerte de lo que Flynn esperaba. Se zafó, sacó un cuchillo y avanzó sin decir una palabra. Flynn retrocedió hasta la pared. El filo le alcanzó el antebrazo, apenas lo suficiente para abrirle la piel.

Tomó una silla de madera y la interpuso entre ambos. No buscaba lastimarlo; necesitaba ganar un segundo. Cuando el atacante levantó el brazo para apartarla, Flynn se metió por debajo y lo golpeó con el codo.

El hombre trastabilló, pero no cayó. Le torció la muñeca a Flynn y el cuchillo de este golpeó el piso.

Entonces Havoc apareció por un costado.

El perro sujetó la muñeca armada del atacante. El hombre soltó el cuchillo y trató de zafarse. Flynn aprovechó ese instante para derribarlo y apartarlo de Dana.

Por un momento, solo se oyó la respiración de los tres y el chasquido de la leña en la estufa.

El radio cobró vida.

Una voz respondió que había recibido la transmisión de la capitana Reyes. Le pidió que confirmara su ubicación y permaneciera en la estación. Un equipo de extracción iba en camino.

Dana se apoyó en el escritorio y cerró los ojos. Flynn se dejó caer contra la pared. Havoc se sentó a su lado, alerta, mirando al hombre en el suelo.

—¿Alguna vez pensaste en dejarme aquí? —preguntó Dana.

Flynn negó con la cabeza.

—No acostumbro hacer eso.

Al amanecer, el ruido de los helicópteros llegó desde el otro lado de la cresta. Un equipo descendió cerca de la estación y aseguró el perímetro antes de entrar. El líder se llamaba Torres. Revisó a Dana, luego a Flynn y finalmente al hombre que habían reducido.

Mientras los médicos atendían el tobillo de la piloto, Torres les contó que el coronel Gentry ya estaba bajo custodia federal. La policía militar había entrado en su oficina en la base. También estaban investigando a otros tres oficiales y revisaban registros financieros relacionados con la operación.

Dana escuchó la noticia sin decir nada. Solo entonces dejó que un médico le administrara algo para el dolor. Flynn tenía un corte superficial en el brazo y varias costillas adoloridas, pero podía caminar.

La investigación confirmó que el convoy que Dana había visto transportaba tecnología militar que estaba siendo vendida a través de una empresa privada. Gentry había usado su cargo para encubrir los movimientos y había ordenado silenciar a la piloto cuando descubrió lo que ocurría. La transmisión de Dana, enviada desde aquella estación abandonada, llegó a un canal que sus cómplices no controlaban.

No fue una sola prueba lo que derribó al coronel. Fue la grabación de Dana, los registros recuperados en la base y el testimonio del hombre capturado en la montaña.

Tres meses después, Flynn esperaba en un patio del Centro Médico Naval de San Diego. La herida de su brazo ya era una línea delgada. Havoc descansaba a sus pies, con las orejas moviéndose cada vez que pasaba alguien.

Dana llegó usando un bastón. El tobillo seguía protegido por una férula, pero caminaba mejor que la última vez que Flynn la había visto.

—Me autorizaron a volver a volar —dijo—. En unos meses.

Havoc se levantó, fue hacia ella y apoyó la cabeza contra su rodilla. Dana se rio y le acarició las orejas.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Ya estás listo para volver?

Flynn miró al perro, que se había acomodado entre los dos como si hubiera decidido que aquel era su sitio.

—Creo que sí.

Durante mucho tiempo, Flynn había pensado que el bosque era el único lugar donde podía dejar atrás lo que había vivido. Pero aquella mañana entendió algo distinto: a veces uno no encuentra paz alejándose de todos. A veces la encuentra al descubrir que todavía puede confiar en alguien.

Havoc cerró los ojos junto a sus botas. Y, por primera vez en mucho tiempo, Flynn no sintió prisa por marcharse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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