La atraparon robando bolsas de sangre para sus gemelos… El Rey Vampiro se quitó su capa real, se acercó en silencio y, cuando todos esperaban su sentencia, reveló una verdad que hizo temblar a todo el reino.

La atraparon robando bolsas de sangre para sus gemelos… El Rey Vampiro se quitó su capa real, se acercó en silencio y, cuando todos esperaban su sentencia, reveló una verdad que hizo temblar a todo el reino.

PARTE 1

El péndulo del antiguo reloj de madera golpeaba lentamente el silencio de la mansión Sterling, como si cada movimiento recordara los secretos que habían permanecido ocultos durante generaciones.

Mi nombre es William Sterling.

Soy el Alfa del Clan Sterling, una posición que heredé junto con una responsabilidad que nunca pedí. Durante años he protegido mi territorio con una sola regla: la fuerza debe estar acompañada de justicia.

Pero últimamente, esa creencia estaba siendo puesta a prueba.

Los informes llegaban cada noche. Lobos rebeldes cruzando fronteras, criaturas desesperadas buscando refugio, sangre y un lugar donde sobrevivir al invierno más cruel que muchos recordaban.

El consejo quería una solución simple.

Eliminar el problema.

Pero yo sabía que detrás de cada rebelde había una historia que nadie quería escuchar.

Aquella noche, mientras observaba la nieve caer desde la ventana de mi despacho, mi hermana Lydia entró con una expresión preocupada.

—El consejo convocó una reunión de emergencia —dijo en voz baja—. Thorne quiere endurecer las reglas. Cero tolerancia para los rebeldes, incluso si tienen hijos.

Apreté el vaso que sostenía.

Thorne siempre había buscado una excusa para aumentar su poder.

—El miedo convierte a la gente en monstruos —respondí.

Antes de que Lydia pudiera contestar, mi teléfono vibró.

Era una alerta de seguridad.

La clínica del clan había sido invadida.

Sin esperar más, me dirigí al lugar.

El olor de la sangre almacenada llenaba el aire mientras caminaba por los pasillos oscuros. Dos guardias me acompañaban, preparados para capturar al intruso.

A través del cristal de la sala de suministros vi una figura delgada moviéndose desesperadamente.

Era una mujer.

Su ropa estaba rota, su cuerpo parecía agotado y sus manos temblaban mientras guardaba bolsas de sangre en una mochila vieja.

Los guardias quisieron entrar de inmediato.

Pero levanté la mano.

Algo no encajaba.

Ella no se movía como una ladrona.

Seleccionaba cuidadosamente ciertos tipos de sangre.

Como si no estuviera robando para ella.

Cuando abrió la puerta, la mujer se giró y nuestros ojos se encontraron.

Intentó escapar por la ventana, pero sus fuerzas no eran suficientes.

Cayó al suelo mientras las bolsas de sangre se deslizaban a su alrededor.

—Por favor… —susurró con desesperación—. Las necesito, pero no son para mí.

Uno de los guardias avanzó.

—Robaste recursos del clan. El castigo es claro.

Me interpuse entre ellos.

—Todavía no he decidido ningún castigo.

La mujer me miró con miedo, pero también con orgullo.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunté.

Después de unos segundos respondió:

—Elizabeth Vance.

—¿Para quién son las bolsas de sangre, Elizabeth?

Sus ojos se llenaron de dolor.

—Para mis hijos…

Guardó silencio un momento antes de continuar.

—Son gemelos. Tienen siete años. Su padre murió y llevamos mucho tiempo huyendo. Ya no pueden sobrevivir con sangre sintética.

Sentí algo extraño.

Algo que no había sentido en años.

Compasión.

Pero antes de poder responder, la puerta de la sala se abrió de golpe.

Todos se quedaron inmóviles.

Councilman Thorne había llegado.

Y al ver a Elizabeth, una sonrisa fría apareció en su rostro.

—Así que finalmente la encontré…

Su voz hizo que el ambiente cambiara.

Porque entendí que aquello no era solo un robo.

Thorne conocía a Elizabeth.

Y por la forma en que la miraba, sabía exactamente quién era ella y por qué quería verla muerta.

PARTE 2

El silencio de la sala se volvió insoportable.

Thorne observaba a Elizabeth como si no fuera una persona, sino un problema que finalmente había encontrado la forma de eliminar.

—Una rebelde robando recursos del clan —dijo con desprecio—. La ley es clara. Debe ser ejecutada.

Los guardias bajaron la mirada.

Ellos conocían las órdenes del consejo.

Pero yo también conocía mi autoridad.

—He dicho que yo decidiré qué ocurre aquí.

Thorne sonrió ligeramente.

—El consejo ya tomó una decisión, William. Esta vez no puedes proteger a todos.

Miré a Elizabeth.

Ella intentaba mantenerse fuerte, pero podía escuchar los latidos acelerados de su corazón.

Tenía miedo.

No por ella.

Por sus hijos.

Y en ese instante comprendí que aquella mujer había arriesgado todo por dos pequeños que dependían de ella.

—¿Dónde están tus hijos? —pregunté.

Elizabeth dudó.

Una madre nunca revela la ubicación de sus hijos a alguien que podría hacerles daño.

—En un lugar seguro —respondió.

Pero su voz decía otra cosa.

Sabía que no tenían mucho tiempo.

Tomé una decisión.

—Recoge las bolsas de sangre.

Ella me miró confundida.

—¿Qué?

—Voy a ayudarte.

Los guardias intercambiaron miradas sorprendidas.

Pero antes de que pudiera explicar más, la puerta volvió a abrirse.

Más miembros del clan entraron.

Thorne había preparado su movimiento.

—¿Ayudarla? —preguntó con una sonrisa cruel—. ¿A una rebelde?

El consejo esperaba que yo aplicara la ley sin piedad.

Esperaban que demostrara que seguía sus reglas.

Pero mi padre me enseñó algo diferente.

Un verdadero líder no demuestra fuerza castigando a los débiles.

La demuestra protegiéndolos.

Me acerqué lentamente a Elizabeth.

Entonces hice algo que nadie esperaba.

Me quité mi capa de Alfa.

La capa azul oscura con los símbolos del clan.

El símbolo más importante de mi autoridad.

Y la coloqué sobre sus hombros.

La sala quedó completamente en silencio.

Todos sabían lo que significaba.

La protección del Alfa.

Nadie podía tocarla.

Nadie podía juzgarla.

Nadie podía hacerle daño.

—Elizabeth Vance y sus hijos están bajo mi protección —declaré—. Cualquier acción contra ellos será considerada una acción contra mí.

La furia apareció en el rostro de Thorne.

Pero no podía desafiarme.

Todavía no.

Horas después, llevé a Elizabeth y a sus hijos a mi mansión.

Los gemelos, Jaden y Mason, eran pequeños, pero sus ojos mostraban una inteligencia poco común.

Mientras caminábamos hacia la casa, uno de ellos preguntó:

—¿Somos prisioneros?

Lo miré sorprendido.

—No. Son invitados.

—¿Cuál es la diferencia?

Sonreí ligeramente.

—Un prisionero no puede elegir quedarse. Un invitado sí.

Esa noche, mientras todos descansaban, mi hermana Lydia llegó preocupada.

—William, acabas de iniciar una guerra con Thorne.

No respondí.

Porque había descubierto algo mucho más importante.

Había visto los ojos de los gemelos cambiar durante la confrontación.

No eran niños comunes.

Eran algo que no había aparecido durante generaciones.

Una mezcla de dos naturalezas.

Una línea de sangre casi imposible.

Busqué los antiguos registros del clan y encontré una vieja profecía.

Hablaba de dos gemelos nacidos de sangre dividida.

Dos niños capaces de cambiar el destino de todos los clanes.

Pero había una frase que hizo que mi sangre se congelara:

“Su destino dependerá del Alfa que decida protegerlos.”

Entonces comprendí por qué Thorne estaba tan desesperado por eliminarlos.

No era solo odio.

Era miedo.

Porque esos niños podían destruir todo aquello en lo que él creía.

Y ahora yo era la única persona que se interponía entre ellos y su muerte.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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