La arrojaron al acantilado por ser humana… pero el cachorro del Rey Alfa la eligió
La arrojaron al acantilado por ser humana… pero el cachorro del Rey Alfa la eligió

PARTE 1
Decían que Sarah Miller era demasiado débil para pertenecer al mundo de los lobos.
Decían que un humano sin olor, sin transformación y sin poder jamás podría tener un lugar entre las manadas más fuertes.
Pero aquella noche, cuando el Alfa Gavin decidió arrojarla desde un acantilado para borrar su existencia, cometió el mayor error de su vida.
Porque Sarah no murió en aquel río helado.
Y lo que encontró después cambiaría para siempre el destino de todos los lobos.
El viento golpeaba con fuerza en la cima del acantilado de Blackwood. La niebla cubría el vacío bajo sus pies mientras Sarah sentía cómo el frío atravesaba su delgado vestido. Frente a ella estaba Gavin, el hombre que alguna vez había sido su amigo de infancia y que ahora la miraba como si fuera una simple molestia.
Detrás de él estaban los guerreros de la manada Red Ridge.
Nadie había venido a salvarla.
Todos habían venido a verla desaparecer.
—Por favor, Gavin… —susurró Sarah con lágrimas congelándose en sus mejillas—. No tienes que hacer esto. Me iré. Buscaré mi propio camino.
El Alfa soltó una risa fría.
—¿Y dejar que todos sepan que mi manada protegió durante años a una humana inútil? ¿Una criatura sin lobo, sin fuerza y sin valor?
Sarah apretó los puños.
Ella no era una carga.
Había servido a esa manada desde niña. Había cuidado heridos cuando los sanadores no podían hacerlo. Había preparado comida para los guerreros. Había protegido a la familia de Gavin durante años.
Pero para ellos, todo eso no importaba.
Porque Sarah era diferente.
No tenía la marca de una loba.
No tenía poderes.
Y en un mundo donde la fuerza era lo único respetado, eso la convertía en alguien desechable.
—Tu existencia debilita mi posición como Alfa —dijo Gavin mientras se acercaba—. Los demás líderes se reirían de mí si supieran que crié a una humana bajo mi techo.
Sarah sintió que su corazón se rompía.
No por caer.
Sino porque la persona que la estaba destruyendo era alguien en quien había confiado toda su vida.
Gavin la tomó del brazo con fuerza y la llevó hasta el borde del precipicio.
—Una caída rápida. El río se encargará del resto.
—Gavin, mírame… —rogó Sarah—. Soy un ser vivo.
Pero él ya había tomado su decisión.
El empujón no fue violento.
Fue peor.
Fue indiferente.
Como si estuviera apartando algo que ya no necesitaba.
El mundo desapareció bajo sus pies.
Sarah cayó.
El viento golpeó su rostro mientras las rocas giraban sobre ella. El impacto contra el río Iron fue brutal. El agua congelada entró en sus pulmones y la corriente comenzó a arrastrarla como si fuera una rama sin vida.
Durante unos segundos creyó que ese era el final.
Que Gavin había ganado.
Que todos tenían razón.
Ella era demasiado débil.
Pero entonces algo dentro de Sarah despertó.
Una pequeña chispa de rabia.
No quería morir.
No después de haber sido rechazada durante toda su vida.
No después de haber entregado todo a personas que nunca la valoraron.
Luchó contra la corriente con todas sus fuerzas. Sus dedos encontraron un tronco hundido y se aferró a él mientras el río la llevaba lejos de Red Ridge.
Lejos de Gavin.
Lejos de la vida que conocía.
Pero también hacia un territorio del que todos hablaban con miedo.
Las tierras de Obsidiana.
El hogar del hombre que incluso los lobos temían.
Roman Blackwood.
Decían que era más bestia que hombre.
Decían que nadie que entraba en sus tierras volvía con vida.
Sarah perdió la conciencia en la orilla del río, agotada y herida.
Lo último que escuchó antes de desmayarse fue un sonido entre los árboles.
No era el viento.
Eran pasos.
Cuando abrió los ojos, descubrió que alguien la estaba observando.
Un pequeño lobo negro estaba junto a ella.
Sus ojos dorados la miraban con una inteligencia imposible.
Sarah intentó moverse, pero su cuerpo no respondía.
Entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.
El cachorro comenzó a cambiar.
Su pelaje desapareció.
Sus huesos se transformaron.
Y frente a ella apareció un niño pequeño con los mismos ojos dorados.
Sarah apenas pudo respirar.
—¿Quién eres tú…?
El niño no respondió.
Solo tomó su mano.
Y justo en ese momento, un rugido gigantesco sacudió todo el bosque.
Los árboles temblaron.
Los pájaros escaparon volando.
El pequeño niño apretó la mano de Sarah y se colocó delante de ella para protegerla.
De entre la oscuridad apareció una criatura enorme.
Un lobo negro más grande que cualquier otro que Sarah hubiera visto.
Era el Rey Alfa Roman Blackwood.
Y cuando sus ojos rojos se clavaron en ella, Sarah comprendió algo aterrador:
El hombre que podía salvarla…
también podía ser quien terminara con su vida.
PARTE 2
Sarah esperaba sentir miedo.
Y lo sentía.
La presencia de Roman Blackwood era tan poderosa que incluso respirar parecía difícil. Cada instinto de supervivencia le decía que corriera, pero su cuerpo herido no podía moverse.
El enorme lobo gruñó mostrando sus colmillos.
Pero entonces el pequeño niño se interpuso entre ambos.
Sarah observó sorprendida cómo el cachorro protegía su cuerpo.
Era pequeño frente a aquella bestia gigantesca, pero no retrocedía.
Roman se quedó inmóvil.
Miró al niño.
Luego miró a Sarah.
Algo en su expresión cambió.
—Toby… apártate —ordenó con voz profunda.
El niño negó con la cabeza.
Nunca había hablado.
Nunca había mostrado cariño por nadie desde que perdió a su madre.
Pero ahora estaba defendiendo a una humana desconocida.
Roman no entendía por qué.
Y eso lo confundía más que cualquier enemigo.
—Él te eligió —dijo finalmente.
Sarah bajó la mirada.
—Solo me salvó la vida.
Roman se acercó lentamente.
—Nadie toca a mi hijo.
Sarah pensó que esa era una amenaza.
Pero entonces vio algo diferente en sus ojos.
Preocupación.
Roman no estaba preocupado por ella.
Estaba preocupado por Toby.
Cuando descubrió que Sarah no podía caminar por la herida en su tobillo, la levantó en brazos y la llevó hasta su fortaleza.
La mansión de Obsidiana era enorme, oscura y silenciosa.
Durante varios días Sarah permaneció allí bajo vigilancia.
No era exactamente una prisionera.
Pero tampoco era libre.
Roman quería respuestas.
¿Por qué una humana había sobrevivido al río?
¿Por qué Toby confiaba en ella?
¿Por qué su hijo, que no había pronunciado una palabra durante años, parecía encontrar paz a su lado?
La respuesta llegó poco a poco.
Sarah no trataba a Toby como un príncipe ni como una criatura peligrosa.
Lo trataba como un niño que necesitaba cariño.
Le enseñó a leer.
Jugó con él.
Le devolvió una sonrisa que la casa había perdido hacía años.
Y Roman comenzó a verla diferente.
Ya no veía a una humana débil.
Veía a alguien que había sobrevivido al rechazo, al dolor y a la traición.
Una noche, durante una fuerte tormenta, Sarah escuchó un rugido proveniente del ala prohibida de la mansión.
Recordó la regla de Roman.
Nunca entrar allí.
Pero el sonido no era de rabia.
Era de sufrimiento.
Sin pensarlo, cruzó la puerta.
Y lo que encontró la dejó paralizada.
Roman estaba en el suelo, herido, luchando contra sus propios recuerdos.
No era el Rey Alfa.
No era el monstruo que todos temían.
Era un hombre destruido por la culpa.
—Fuera… —gruñó él.
Pero Sarah no huyó.
Vio las heridas en su cuerpo.
Vio el dolor en sus ojos.
Y se acercó.
Cuando Roman perdió el control y la sujetó contra la pared, Sarah no gritó.
Solo dijo su nombre.
—Roman… soy yo.
Poco a poco, la oscuridad desapareció de sus ojos.
Él la soltó horrorizado.
Nunca había permitido que nadie viera su debilidad.
Pero Sarah no lo juzgó.
Le curó las heridas.
Y por primera vez en años, Roman habló del incendio que había acabado con la vida de su esposa.
Del momento en que escuchó sus gritos y no pudo salvarla.
Sarah comprendió que detrás del monstruo existía un hombre roto.
Y Roman comprendió que aquella humana que todos despreciaban era la única persona capaz de calmar la tormenta dentro de él.
Desde aquella noche, todo cambió.
Roman empezó a sentarse con Sarah y Toby para comer.
La fortaleza dejó de sentirse vacía.
Pero la paz no duraría.
Porque la manada Red Ridge descubrió que Sarah seguía viva.
Y Gavin no estaba dispuesto a aceptar que la mujer que había intentado destruir ahora estuviera protegida por el Rey Alfa.
Cuando llegó la invitación al baile del solsticio de invierno, Roman tomó una decisión inesperada.
—Sarah vendrá conmigo.
Ella palideció.
—Gavin me verá.
Roman la miró con una seguridad absoluta.
—Entonces verá algo que jamás imaginó.
La chica que arrojó al río.
La humana que llamó basura.
La mujer que creyó destruir.
Ahora estará caminando junto al Rey Alfa.
Y esa noche, todos descubrirán que Sarah Miller nunca fue débil.
Solo estaba esperando el momento correcto para levantarse.