La Amante del Rey Vampiro le Regaló una Donante… y Él Terminó Eligiéndola a Ella

La Donante Que Despertó al Rey Vampiro Después de Nueve Años Sin Probar Sangre Humana… Pero Cuando Maren Descubrió Por Qué Desaparecían los Otros Donantes, Ya Era Demasiado Tarde para Salir del Castillo

PARTE 1

En el territorio de los vampiros, los humanos aprendían muy pronto dos maneras de sobrevivir.

La primera era hacerse invisible.

La segunda era firmar un contrato.

Maren eligió la segunda.

El documento la llamaba donante. A cambio de alojamiento, comida y protección, su sangre quedaba disponible bajo ciertas reglas. Había leído cada cláusula dos veces antes de firmar.

Sin embargo, nadie le explicó qué significaba realmente la letra pequeña.

Ni por qué algunos nombres desaparecían de los registros.

Ni por qué nadie preguntaba por ellos.

Llevaba apenas tres semanas en el castillo cuando Selvane fue a buscarla.

La vampira era hermosa, pelirroja y demasiado segura de sí misma.

—Te llevaré ante alguien importante.

—¿Quién?

Selvane sonrió.

—El rey.

Caedrin llevaba siglos gobernando, pero durante los últimos nueve años casi no bebía de humanos, apenas salía de sus habitaciones y evitaba incluso a quienes habían sido cercanos a él.

Selvane había sido una de esas personas.

Su antigua amante.

Y Maren comprendió demasiado tarde que ella no era un regalo.

Era un experimento.

Entraron en una habitación dividida por un enorme velo oscuro. Detrás estaba sentado un hombre cuya voz sonaba cansada de existir.

Selvane intentó provocarlo.

Le habló de Maren.

De su juventud.

De su cabello oscuro.

De su sangre.

El rey ni siquiera se levantó.

—Llévatela.

La humillación debería haber terminado ahí.

Pero Selvane se acercó a Maren y hundió los colmillos en su cuello antes de marcharse.

No cerró las heridas.

Las dejó abiertas deliberadamente.

Como una firma.

Como un mensaje.

En el ala de donantes, una joven llamada Deva vio las marcas y le explicó la verdad.

—Selvane ya ha traído otras nueve mujeres. Tú eres la décima.

—¿Y qué pasó con ellas?

—El rey las rechazó.

Luego añadió algo peor.

Maren tenía setenta y dos horas antes de convertirse en donante general. Cuando el plazo terminara, cualquier vampiro del castillo podría solicitarla.

Y uno ya estaba preguntando por ella.

Vez.

Un viejo miembro del consejo conocido por utilizar contratos y reglamentos como armas.

Mientras investigaba, Maren descubrió además que varios donantes supuestamente habían pedido “traslados voluntarios”.

Deva no creyó ni una palabra.

Tilda, desde las cocinas, tampoco.

—La gente no se va —le dijo Deva—. La gente desaparece.

Maren comenzó a observar.

A memorizar nombres.

A escuchar conversaciones que los vampiros mantenían delante de los sirvientes porque asumían que nadie importante estaba escuchando.

Entonces, una noche, salió descalza al jardín.

Junto a la fuente abandonada encontró a un vampiro escondido entre las sombras.

Parecía enfermo.

Hambriento.

Pero luchaba contra el hambre.

—Vuelve adentro —ordenó él.

Maren no obedeció.

Se acercó y extendió la muñeca.

—Bebe.

—No sabes quién soy.

—Ahora mismo eso no importa.

El vampiro resistió.

Finalmente tomó su brazo.

Bebió lentamente.

Con cuidado.

Y algo cambió.

No fue como Selvane.

Él se detuvo antes de hacerle daño y cerró la herida inmediatamente.

Después observó a Maren como si acabara de probar algo que no debería existir.

—¿Cómo te llamas?

—Maren. ¿Y tú?

El desconocido dudó.

—Cael.

Durante los días siguientes, Maren no dejó de pensar en él.

Hasta que Sorin, el mayordomo, apareció para llevarla nuevamente ante el rey.

Esta vez, cuando entró en aquella habitación…

el velo había desaparecido.

El hombre junto a la ventana se volvió.

Maren reconoció aquellos ojos.

Aquellas manos.

Aquella voz.

Era el vampiro del jardín.

—Me dijiste que te llamabas Cael.

Él la miró en silencio.

—Era la mitad del nombre.

Maren sintió que se le helaba la sangre.

—Entonces dime la otra mitad.

El vampiro sostuvo su mirada.

—Caedrin.

Y Maren comprendió que el hombre que había bebido de su muñeca…

era el rey que llevaba nueve años rechazando sangre humana.

PARTE 2

La rabia llegó antes que el miedo.

—Me mentiste.

—Oculté quién era.

—Es lo mismo.

Caedrin no intentó intimidarla.

Le confesó que en el jardín había dado un nombre incompleto porque quería saber cómo lo trataría alguien que no conociera su corona.

Maren no aceptó la explicación fácilmente.

—Si quieres que confíe en ti, tendrás que ganártelo.

Entonces preguntó por su contrato.

Caedrin sorprendió a Maren.

—Puedes marcharte.

No había guardias bloqueando la puerta.

Ninguna amenaza.

Maren podría haber salido.

Pero no lo hizo.

—Vine para entender cómo funciona este lugar. Y todavía no lo entiendo.

Impuso una condición.

Si él volvía a beber de ella, cerraría siempre la herida.

Caedrin prometió hacerlo.

Aquello fue el comienzo de una relación que ninguno de los dos había previsto.

Maren continuó investigando mientras Caedrin comenzó a escucharla.

Le habló de Dren, un vampiro que había dejado a una donante demasiado débil para levantarse y cuya agresión había sido escondida bajo palabras burocráticas.

Le habló de los nombres borrados.

De las cocinas.

Del ala norte.

De Vez.

Caedrin había gobernado durante años sin mirar realmente lo que ocurría debajo de él.

Maren podía caminar por lugares donde todos dejaban de fingir.

—Los sirvientes ven todo —le dijo—. El problema es que ustedes creen que no existen.

Caedrin empezó a revisar los registros.

Y descubrieron un patrón.

Los donantes desaparecidos no eran aleatorios.

Muchos habían pertenecido a vampiros importantes.

Habían escuchado conversaciones políticas.

Habían conocido secretos.

Pero había algo todavía más peligroso.

La sangre podía conservar rastros de recuerdos, emociones e información.

Un vampiro que bebiera de alguien podía aprender cosas sobre él.

Eso significaba que ciertos donantes no estaban desapareciendo por lo que habían oído.

Desaparecían por lo que llevaban dentro.

Vez sabía que Maren estaba haciendo preguntas.

Y decidió actuar antes de que Caedrin formalizara su protección.

Convocó al consejo para intentar suspender el contrato.

Si conseguía dejarla como donante general, cualquiera podría reclamarla legalmente.

Caedrin activó el contrato antes de que pudieran hacerlo.

No la convirtió en prisionera.

La convirtió en alguien a quien el resto del castillo no podía tocar.

Aquella noche, mientras discutían los registros en la biblioteca, Caedrin finalmente explicó por qué llevaba nueve años evitando sangre humana.

Su última donante se llamaba Elara.

Había perdido el control.

Bebió demasiado.

La joven murió.

Pero lo que destruyó a Caedrin no fue solamente haberla matado.

Fue recordar que, durante un instante, mientras el corazón de Elara dejaba de latir, su naturaleza vampírica había sentido placer.

Desde entonces se había castigado.

—Quizá soy un monstruo.

Maren lo miró fijamente.

—Yo veo a alguien que lleva nueve años castigándose porque tiene miedo de volver a serlo.

Por primera vez, Caedrin pareció no tener respuesta.

Su relación dejó de basarse únicamente en sangre.

Hablaron.

Discutieron.

Se desafiaron.

Y finalmente se besaron.

Pero el castillo no permitió que aquello durara en paz.

Vez consiguió que el consejo suspendiera temporalmente el contrato de Maren.

Guardias personales de Caedrin fueron enviados a protegerla.

Aquella misma noche, Maren oyó voces detrás de la pared de su habitación.

—La puerta tiene guardias.

—La pared no.

Alguien estaba intentando llegar hasta ella.

Cuando amaneció, Caedrin apareció.

La suspensión había terminado.

Vez había perdido aquella batalla.

Pero sobre el umbral dejaron una nota.

Esto no ha terminado.

Y efectivamente no había terminado.

Otra donante desapareció.

Después Maren encontró a Rin.

Tenía diecisiete años.

El vampiro que originalmente lo protegía había muerto y el muchacho llevaba meses atrapado dentro del sistema general.

Dren había bebido demasiado de él.

El informe oficial intentaba llamarlo “servicio intensivo”.

Maren vio al joven vendado en la enfermería.

—¿Puedes ayudarme? —preguntó Rin.

Ella no mintió.

—Voy a intentarlo.

Entró directamente al despacho de Caedrin.

—Ponlo bajo tu protección.

El rey dudó.

Hacerlo sin la aprobación del consejo podía darle munición política a Vez.

Maren no levantó la voz.

—Tiene diecisiete años.

Eso fue suficiente.

Caedrin ordenó que Rin quedara protegido inmediatamente y suspendió a Dren.

Era una pequeña victoria.

Pero para Maren significaba algo enorme.

Había entrado en aquel castillo creyendo que solo podía sobrevivir aprendiendo sus reglas.

Ahora estaba obligando al rey a cambiarlas.

Una noche, mientras ambos estaban solos, Caedrin bebió nuevamente de ella.

Después le confesó lo que sentía.

—Tu sangre sabe a soledad. Pero no a la soledad de alguien vencido. Sabe a alguien que aprendió a levantarse sola.

Maren se tensó.

Había algo que nunca le había contado.

Su madre también había desaparecido cuando ella era niña.

Los documentos afirmaban que había aceptado voluntariamente un traslado.

Nadie investigó.

Maren había crecido sola.

Esa era una de las verdaderas razones por las que había firmado el contrato.

No buscaba simplemente protección.

Buscaba respuestas.

Poco después, Sorin apareció con dos nombres que no figuraban en los registros oficiales.

Lena.

Darian.

Uno era un antiguo donante.

El otro, un sirviente desaparecido.

Sorin llevaba cuatro siglos en el castillo.

Recordaba lo que los archivos habían borrado.

—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó Maren.

—Porque empezaste a hacer preguntas.

Maren guardó el papel.

Caedrin hizo algo parecido esa misma noche.

Extendió mapas sobre su escritorio.

—Necesito todos los registros de donantes procedentes de los territorios fronterizos.

Sorin lo observó.

—¿De cuánto tiempo?

—Treinta años.

—¿Para cuándo?

—Mañana.

Sorin caminó hacia la puerta.

Antes de salir, Caedrin añadió:

—Con discreción.

—Siempre, majestad.

La puerta se cerró.

Caedrin quedó solo frente a los mapas.

Recordó la primera noche en el jardín.

La muchacha descalza.

La muñeca extendida.

La sangre que había despertado algo dentro de él después de nueve años de vacío.

Pero ahora entendía que Maren no había llegado al castillo para salvar a un rey.

Había llegado siguiendo el rastro de una mujer desaparecida.

Y cuantos más archivos abrían…

más nombres encontraban.

Maren había comenzado siendo un número dentro de un contrato.

Ahora tenía al rey, al mayordomo, los sirvientes y varios donantes mirando hacia las mismas sombras.

Vez seguía libre.

Los responsables de las desapariciones todavía estaban dentro del castillo.

Y en algún lugar entre aquellos documentos podía encontrarse la verdad sobre la madre de Maren.

Por primera vez, sin embargo, ella ya no estaba investigando sola.

Caedrin levantó la mirada hacia el jardín oscuro.

La fuente continuaba apagada.

Pero no para siempre.

Porque algunas cosas podían permanecer muertas durante años…

hasta que alguien decidía que había llegado el momento de hacerlas funcionar otra vez.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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