La abandonaron en una tormenta por ser una Omega inútil… pero cuando despertó, 30 lobos gigantes la rodeaban y el más grande escondía un secreto imposible

La abandonaron en una tormenta por ser una Omega inútil… pero cuando despertó, 30 lobos gigantes la rodeaban y el más grande escondía un secreto imposible

PARTE 1 

Me dejaron sola en una montaña durante la peor tormenta del invierno. Creyeron que nadie volvería a verme. Pero cuando abrí los ojos, treinta lobos enormes me rodeaban y uno de ellos llevaba en el cuello la misma marca que mi madre me había dejado antes de morir.

Me llamo Lyra. Tenía 24 años cuando la manada en la que crecí decidió que ya no merecía seguir viviendo bajo su techo.

Era una Omega. Para ellos, eso significaba que mi lugar estaba en la cocina, lavando ropa, cargando agua y recogiendo lo que los demás dejaban.

Nunca había logrado transformarme en loba.

Garan, el líder de nuestra manada, decía que yo era una vergüenza.

Aquella mañana reunió a todos en el salón principal. Afuera, la nieve golpeaba las ventanas con tanta fuerza que apenas se distinguían los árboles.

—Ya no podemos seguir manteniéndote —anunció frente a todos.

Le expliqué que podía continuar trabajando. Que no necesitaba mucho.

Ni siquiera me permitió terminar.

Ordenó a dos guardias que me llevaran hacia las montañas del norte.

Nadie intervino.

Ni siquiera las personas a quienes había cuidado durante años.

Los guardias caminaron conmigo durante casi una hora. Cuando llegamos a un pino seco, uno de ellos se detuvo.

—Hasta aquí llegas.

Pensé que estaban tratando de asustarme.

Pero el otro guardia dejó mi viejo abrigo sobre la nieve y ambos comenzaron a alejarse.

Corrí unos pasos detrás de ellos.

Les supliqué que no me abandonaran.

No voltearon.

Cuando sus figuras desaparecieron entre los árboles, comprendí que estaba completamente sola.

El viento me quemaba la cara. Mis zapatos estaban empapados y apenas podía sentir los dedos.

Me envolví con el abrigo y busqué algún sitio donde protegerme.

Entonces escuché un pequeño gemido.

Detrás del pino había un cachorro de lobo blanco. Tenía una patita atrapada debajo de una rama y estaba temblando.

Me arrodillé junto a él.

—Tranquilo, chiquito. Voy a ayudarte.

Con las pocas fuerzas que me quedaban, levanté la rama y liberé su pata.

El cachorro intentó caminar, pero se desplomó junto a mis rodillas.

Saqué el último pedazo de pan que llevaba escondido en el vestido y lo partí.

Le di la porción más grande.

Mientras comía, escuché un aullido a lo lejos.

Después otro.

Y otro más.

Levanté la mirada.

Entre los árboles comenzaron a aparecer enormes figuras blancas.

Primero vi tres.

Luego diez.

Finalmente conté treinta lobos.

Me quedé inmóvil.

Eran mucho más grandes que cualquier lobo que hubiera visto. Sus ojos brillaban entre la nieve y ninguno parecía dispuesto a marcharse.

Pensé que habían venido por el cachorro.

Lo abracé contra mi pecho, esperando que se acercaran.

Pero sucedió algo extraño.

Los lobos se acomodaron a nuestro alrededor, formando un círculo. Los más grandes quedaron mirando hacia el bosque, como si estuvieran vigilando.

Entonces apareció uno diferente.

Tenía el lomo negro, el cuello plateado y unos ojos dorados que parecían entenderlo todo.

Se acercó lentamente.

Miró al cachorro, después el pan que había quedado sobre la nieve y finalmente me observó a mí.

Extendí una mano temblorosa.

El animal bajó la cabeza y dejó que tocara su pelaje.

Fue lo último que recuerdo antes de desmayarme.

Cuando desperté, ya había amanecido.

Seguía bajo el mismo árbol, pero mi cuerpo estaba caliente.

Los treinta lobos permanecían acostados a mi alrededor, protegiéndome del viento.

Alguien había acomodado mi abrigo sobre mis hombros. Cerca de mí había comida y algunas ramas secas.

El lobo negro y plateado se levantó en cuanto abrí los ojos.

Fue entonces cuando descubrí algo que me dejó sin aliento.

Debajo de su cuello tenía una marca plateada: una luna creciente atravesada por tres líneas.

Metí la mano bajo mi vestido y saqué el pequeño dije que mi madre me había entregado antes de desaparecer.

Era exactamente el mismo símbolo.

—¿De dónde sacaste esa marca? —murmuré.

El lobo no respondió.

Simplemente se acercó y apoyó su cabeza contra mi mano.

Durante los días siguientes, aquellos animales me guiaron por la montaña.

Nunca me dejaban atrás.

Si me cansaba, esperaban. Si me acercaba a un arroyo, dos de ellos me acompañaban.

Hasta que llegamos a unas ruinas escondidas entre los árboles.

En una pared encontré un dibujo antiguo: treinta lobos rodeaban a una mujer que sostenía una luna plateada.

La misma luna de mi collar.

Antes de que pudiera examinarlo mejor, escuchamos caballos.

Eran hombres de Garan.

Habían venido a buscarme.

Los lobos se colocaron frente a mí, pero uno de los cazadores lanzó una flecha.

El lobo negro cayó junto a mis pies.

Corrí hacia él y presioné mis manos sobre su costado.

—Por favor, no me dejes sola.

Mi dije salió de entre mi ropa y tocó su pelaje.

Una luz plateada recorrió las ruinas.

Los lobos retrocedieron.

El animal comenzó a cambiar frente a mis ojos.

Su cuerpo tomó forma humana y, donde segundos antes había un enorme lobo, apareció un hombre de cabello oscuro, vestido con ropa negra desgarrada.

Tenía los mismos ojos dorados.

Me miró fijamente y pronunció mi nombre.

—Lyra, llevo años buscándote.

Retrocedí, incapaz de hablar.

El desconocido se arrodilló frente a mí y dijo algo que hizo que todo mi mundo se viniera abajo.

—Soy Kalin, el último rey de los lobos de Frostvale… y el hombre que ordenó tu destierro también fue quien destruyó a mi familia.

PARTE 2 

—¿Garan? —pregunté, todavía sin poder apartar la mirada de sus ojos.

Kalin asintió.

Afuera, los cazadores seguían recorriendo las ruinas. Los lobos vigilaban las entradas mientras él se cubría la herida con un pedazo de tela.

Me explicó que tres inviernos atrás, Garan había participado en una traición contra la familia real.

Su padre había perdido la vida y él consiguió escapar transformándose en lobo.

Desde entonces, todos lo creían muerto.

—Tu madre descubrió lo que ocurrió —continuó—. Se llamaba Ayra y pertenecía a una antigua familia de guardianas.

Sentí un nudo en la garganta.

Durante toda mi vida, Garan me había dicho que mi madre había desaparecido por una enfermedad.

Kalin me contó una historia completamente diferente.

Ayra había protegido a su familia y descubierto la conspiración. Antes de que pudieran capturarla, me escondió entre los integrantes de una manada común.

Me dejó su collar para que algún día pudiera encontrar mis verdaderas raíces.

Pero Garan descubrió quién era ella.

Y ordenó que nunca regresara.

Me quedé mirando el dije.

—Entonces, ¿por qué me permitió crecer en su manada?

—Porque quería tenerte cerca. Sabía que eras una guardiana de la Luna, pero no sabía cómo despertar tu don.

Recordé todos aquellos años en los que me había llamado inútil.

Las ocasiones en que me prohibía salir sola.

Las veces que me aseguraba que jamás sería más que una Omega.

No había intentado protegerme.

Había intentado convencerme de que no valía nada.

Kalin me explicó que las guardianas poseían una conexión especial con los lobos. No podían obligarlos a obedecer, pero sí despertar vínculos que el miedo y los años habían mantenido dormidos.

Por eso los treinta lobos me habían encontrado.

Y por eso ninguno quiso abandonarme.

Miré al cachorro que había rescatado.

Dormía junto a una columna, con su pequeña pata vendada.

Por primera vez comprendí que no necesitaba demostrarle nada a Garan para merecer un lugar en el mundo.

Sin embargo, nuestra tranquilidad duró poco.

Días después, los hombres de Garan regresaron con más cazadores.

Esta vez lograron capturar a varios lobos y los llevaron a una fortaleza situada al pie de la montaña.

Kalin quería buscar ayuda.

Yo no podía esperar.

—Ellos me salvaron cuando todos me dieron la espalda. No pienso dejarlos encerrados.

Descendimos hacia la fortaleza durante la noche.

Conseguimos atravesar una entrada lateral, pero apenas llegamos al patio principal, las enormes puertas se cerraron.

Antorchas iluminaron las murallas.

Soldados aparecieron por todas partes.

Y Garan salió de una torre.

Nos había estado esperando.

Unas cadenas de plata sujetaron a Kalin antes de que pudiera transformarse.

A mí me encerraron en una habitación sobre el patio.

Horas después, Garan entró llevando un libro antiguo.

Lo dejó frente a mí.

Sus páginas mostraban el mismo símbolo de mi collar.

—Tu madre sabía demasiado —dijo mientras abría el libro—. Y tú heredaste lo único que podía quitármelo todo.

Me explicó que una guardiana tenía el poder de romper los vínculos impuestos por un falso rey.

Durante años, había esperado que mi don nunca despertara.

Por eso me mantuvo trabajando como sirvienta.

Por eso me hizo creer que era débil.

Y por eso, cuando supo que los lobos blancos estaban regresando a las montañas, decidió abandonarme.

Quería que desapareciera antes de descubrir quién era.

—Nunca fui inútil para ti —le dije—. Siempre fui alguien a quien temías.

Garan cerró el libro y abandonó la habitación.

Me quedé sola.

Debajo de mis pies escuchaba a los lobos encerrados en sus jaulas.

También escuchaba las cadenas de Kalin.

Apreté el collar contra mi pecho.

Pensé en mi madre.

En aquel cachorro bajo la nieve.

En los treinta lobos que habían compartido su calor conmigo cuando no tenía nada.

Entonces escuché la voz de Kalin desde el patio.

Me pidió que dejara de intentar salvar a todos a costa de mí misma.

Que por una vez pensara también en mi propia libertad.

Cerré los ojos.

Y sentí que algo despertaba dentro de mí.

Una marca plateada apareció en mi muñeca.

La piedra bajo mis manos comenzó a vibrar.

Abajo se escuchó un fuerte crujido.

Una jaula se abrió.

Después otra.

Las cadenas de Kalin se rompieron.

Cuando la puerta de mi habitación cedió, salí al pasillo y bajé las escaleras.

Los lobos estaban libres.

Garan retrocedió al verme.

La luz de mi collar iluminaba todo el patio.

Pero antes de que pudiéramos marcharnos, escuchamos cientos de aullidos provenientes de las montañas.

Mi despertar había llegado mucho más lejos de lo que imaginábamos.

Los lobos de todo el norte habían respondido.

Garan escapó de la fortaleza y reunió a sus soldados junto al antiguo Pozo de la Luna.

Al amanecer, Kalin, los treinta lobos y yo llegamos hasta allí.

Detrás de nosotros aparecieron decenas de manadas.

Frente a nosotros, Garan había formado un enorme ejército.

Creía que todavía podía conservar su poder mediante amenazas.

Pero algo había cambiado.

Cuando los soldados avanzaron, la luz plateada se extendió desde mi muñeca.

Los lobos se movieron juntos, abriendo un camino sin perseguir a quienes retrocedían.

Algunos soldados bajaron sus armas.

Otros comenzaron a cuestionar las órdenes de Garan.

Kalin se acercó a él junto al pozo, pero Garan sacó su espada y lo obligó a retroceder.

Cuando levantó el arma nuevamente, me interpuse entre los dos.

—¿También vas a sacrificarte por él? —preguntó Garan.

Lo miré directamente.

—No vine a perder mi vida por nadie. Vine a recuperar la que me quitaste.

Levanté el collar.

La luz plateada alcanzó el agua del pozo.

Y sobre su superficie comenzaron a aparecer imágenes.

Vi a mi madre caminando por los pasillos del antiguo palacio.

Vi a Garan reunido en secreto con los hombres que habían traicionado a la familia real.

Vi a Ayra escondiéndome entre los integrantes de una manada antes de entregarme aquel dije.

También aparecieron los momentos que Garan había mantenido ocultos durante años.

Todos pudieron verlos.

Los soldados dejaron de avanzar.

Garan miró desesperadamente a su alrededor, buscando a alguien dispuesto a defenderlo.

Nadie se movió.

Finalmente soltó su espada.

Los guardias que habían presenciado la verdad lo detuvieron.

Kalin recuperó su lugar como rey, pero no permitió que la historia terminara con otra venganza.

Garan quedó prisionero y tuvo que responder por lo que había hecho.

Con el paso de las semanas, las antiguas reglas de Frostvale comenzaron a cambiar.

Ninguna Omega volvería a ser expulsada simplemente por ser considerada débil.

Ningún líder podría quitarle su hogar a alguien sin responder por sus decisiones.

Y los lobos que habían permanecido ocultos durante años pudieron regresar a sus territorios.

Kalin me ofreció un lugar a su lado en el palacio.

Se lo agradecí, pero le expliqué que todavía necesitaba descubrir quién era lejos de las órdenes de cualquier otra persona.

Él lo entendió.

Cuando llegó la primavera, regresamos juntos a la montaña.

Los treinta lobos nos acompañaron.

El cachorro que había rescatado corría delante de todos. Su patita estaba completamente recuperada.

Caminamos hasta encontrar aquel pino seco.

El lugar donde me habían dejado sola.

Me acerqué al tronco.

La nieve comenzaba a desaparecer y pequeñas flores blancas crecían entre sus raíces.

Kalin se detuvo a mi lado.

—Aquí fue donde quisieron que desaparecieras —murmuró.

Negué lentamente.

—Aquí fue donde encontré a mi familia.

Los lobos se acomodaron alrededor de nosotros.

El más pequeño se acercó y apoyó su cabeza contra mi pierna.

Me arrodillé para acariciarlo.

Por primera vez en muchos años, no sentí miedo del futuro.

Había pasado toda mi vida creyendo que necesitaba volverme fuerte para que alguien me aceptara.

Pero aquellos treinta lobos me habían protegido cuando todavía era una muchacha perdida, sin comida, sin refugio y sin saber quién era realmente.

Y mientras acariciaba al pequeño lobo bajo aquel árbol, comprendí algo que nunca olvidaría:

La familia que me había criado me abandonó porque pensaba que no valía nada. La familia que encontré en la nieve me eligió cuando no tenía absolutamente nada que ofrecer.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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