Jefe de mafia se casó con una gorda por una apuesta, ¡pero su cambio físico lo dejó en shock tota
Jefe de mafia se casó con una gorda por una apuesta, ¡pero su cambio físico lo dejó en shock tota

PARTE 1
A los veintiséis años, yo había aprendido una habilidad que nunca aparecía en ningún currículum: ser invisible.
Trabajaba en una taquería durante las noches, en una lavandería durante el día y algunos fines de semana en una tienda de conveniencia. Aun así, debía tres meses de alquiler, me habían cortado la electricidad y mis zapatos estaban tan viejos que la suela izquierda se abría con cada paso.
Yo era Sofía Ruso.
La chica gorda que recogía platos y a la que nadie miraba dos veces.
Hasta la noche en que entró Dante Salvatore.
Lo sentí antes de verlo.
El restaurante entero se volvió más silencioso.
Tres hombres atravesaron la puerta. Dos parecían guardaespaldas.
El tercero no necesitaba presentación.
Traje gris oscuro. Cabello negro perfectamente peinado. Ojos casi negros.
Y una presencia que hacía que hasta mi jefe pareciera olvidar cómo respirar.
Salvatore Jeppe, el dueño del restaurante, salió personalmente de su oficina para recibirlo.
Aquello nunca ocurría.
—Su mesa está preparada, señor Salvatore.
Yo llevaba una jarra de agua hacia otra mesa cuando mi zapato roto se enganchó en una silla.
Tropecé.
La jarra salió de mis manos.
Y todo el contenido terminó sobre el pecho de Dante Salvatore.
El restaurante quedó completamente en silencio.
Sus hombres llevaron las manos hacia el interior de sus chaquetas.
Pensé que acababa de cometer el último error de mi vida.
Pero Dante levantó una mano.
Todos se detuvieron.
Después me miró.
Realmente me miró.
—Lo siento muchísimo —balbuceé—. Mi zapato… pagaré la limpieza del traje.
Él bajó la mirada hacia mi zapato roto.
Luego volvió a mis ojos.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía.
—Sofía… ¿qué?
—Sofía Ruso.
Mi jefe apareció detrás de mí.
—La despediré inmediatamente, señor.
Dante ni siquiera lo miró.
—¿Te pedí que la despidieras?
—No, señor.
—Entonces no lo hagas.
Después ordenó a uno de sus hombres que me entregara quinientos dólares.
Me negué.
O lo intenté.
—Yo fui quien arruinó su traje.
Por primera vez vi una sombra de sonrisa en su rostro.
—Entonces compra zapatos nuevos. Esos son peligrosos.
Se marchó hacia su mesa.
Yo me quedé sosteniendo más dinero del que había tenido en meses.
Mi jefe me explicó quién era.
Dante Salvatore controlaba empresas, construcción, casinos y negocios que nadie mencionaba en voz alta.
—No es un hombre al que le arrojas agua encima y luego sigues con tu vida.
Pero eso fue exactamente lo que intenté hacer.
Terminé mi turno y caminé hacia mi apartamento.
Estaba pensando en pagar la electricidad cuando una camioneta negra se detuvo junto a mí.
La puerta trasera se abrió.
Dante estaba sentado dentro.
—Sube.
Todos mis instintos me dijeron que corriera.
Subí.
Cuando la puerta se cerró, quedé sola con él en aquel vehículo silencioso.
—¿Me tienes miedo? —preguntó.
—Creo que sería estúpida si no lo tuviera.
La misma pequeña sonrisa apareció.
—Bien.
Se inclinó ligeramente.
—Tengo una propuesta.
Mi estómago se cerró.
—No es lo que estás pensando —añadió—. Necesito una mujer durante seis meses.
—¿Qué significa eso?
—Necesito demostrarles a ciertos socios que soy estable. Que puedo construir una familia. Que no soy simplemente un hombre impredecible al que nadie debería confiarle un acuerdo a largo plazo.
Lo miré confundida.
—Entonces busca una novia.
—Necesito algo más convincente.
—¿Qué?
Dante mantuvo mis ojos durante varios segundos.
Después dijo las palabras que partieron mi antigua vida exactamente en dos.
—Quiero que te cases conmigo.
PARTE 2
Pensé que había oído mal.
—¿Casarme contigo?
—Seis meses —respondió tranquilamente—. Vives en mi casa, asistes conmigo a eventos y haces que todos crean que estamos enamorados.
—Estás loco.
—Probablemente.
—¿Y qué gano yo?
—Cinco millones de dólares.
Me quedé sin palabras.
Dante ya sabía todo sobre mí.
Mi apartamento.
Mis deudas.
La carrera de enfermería que había abandonado cuando se acabó el dinero.
Mis tres empleos.
Incluso sabía que llevaba días duchándome en un gimnasio porque no tenía electricidad.
Sentí vergüenza.
—¿Por qué yo?
Dante me estudió.
—Porque todos esperan que me case con una mujer rica, elegante y conectada con mi mundo.
Se acercó.
—Tú harás que me subestimen.
Aquello dolió.
—Porque soy gorda y pobre.
Su expresión cambió ligeramente.
—Porque eres inesperada.
—Es lo mismo.
—No.
Por primera vez su voz perdió algo de dureza.
—Te observé antes de que derramaras el agua. Una niña tiró su bebida y tú la ayudaste para que no se sintiera avergonzada. Nadie te estaba mirando. No esperabas nada a cambio.
Hizo una pausa.
—La gente de mi mundo siempre quiere algo. Tú eres real.
Aun así intenté marcharme.
Entonces ofreció cincuenta mil dólares por adelantado.
Aquella misma noche.
Podría recuperar la electricidad.
Pagar el alquiler.
Comer sin contar monedas.
Finalmente acepté.
Pero puse condiciones.
Habitaciones separadas.
Nada físico que yo no quisiera.
Un contrato real revisado por abogados.
Dante aceptó todo.
A la mañana siguiente, mi antigua vida desapareció.
Un Mercedes me llevó hasta una mansión que parecía un museo.
Dante colocó un enorme diamante en mi dedo.
—No te encariñes —advirtió—. Es parte del papel.
Me dieron una habitación junto a la suya con una puerta comunicada.
Después llegó Francesca, una estilista que no intentó hacerme más delgada.
Hizo exactamente lo contrario.
—Has pasado años escondiéndote —me dijo mientras ajustaba un vestido verde esmeralda a mi cuerpo—. Las curvas no son algo que debas disculpar.
Cuando me miré al espejo, apenas me reconocí.
Dante tampoco apartó los ojos.
Francesca sonrió.
—Podemos hacerla deslumbrante.
—Ya lo es —dijo Dante.
Todos nos quedamos en silencio.
Él fingió revisar su teléfono.
Aquella fue la primera grieta en nuestro acuerdo perfectamente calculado.
La segunda llegó durante una gala.
Entré tomada del brazo de Dante mientras cientos de personas nos observaban.
Algunos hombres me miraban con curiosidad.
Las mujeres con desprecio.
Todos parecían preguntarse lo mismo:
¿Por qué ella?
Entonces apareció Isabela Romano.
Alta.
Delgada.
Elegante.
La clase de mujer que parecía diseñada específicamente para estar junto a Dante.
También era su ex.
—Siempre pensé que terminarías con alguien más… tradicional —comentó mientras me examinaba.
—¿Tradicional? —pregunté.
—Alguien de nuestro mundo.
Antes de que pudiera responder, Dante rodeó mi cintura.
—Sofía es exactamente donde debe estar.
Aquellas palabras no formaban parte de nuestro guion.
Más tarde bailamos.
Su cuerpo estaba pegado al mío.
Sus ojos me miraban de una forma que hacía demasiado fácil olvidar el contrato.
—Deja de mirarme así —susurré.
—¿Así cómo?
—Como si esto fuera real.
Su expresión se cerró inmediatamente.
—No confundas las cosas, Sofía. Esto es una transacción.
Las palabras me hirieron porque ya era demasiado tarde.
Me estaba enamorando.
Y sospechaba que él también estaba asustado.
Al día siguiente conocí a su padre, Antonio Salvatore.
Antonio me trató como si yo fuera una equivocación que necesitaba explicación.
—Mi hijo podría haberse casado con cualquiera. ¿Qué tienes tú?
Decidí no fingir.
—No sé qué ve Dante en mí.
Miré al hombre sentado junto a mí.
—Pero sé lo que yo veo en él. Es la primera persona en años que me mira en lugar de mirar a través de mí. Cuando estoy con él, siento que importo.
Dante se quedó inmóvil.
Antonio también.
Aquella noche, de regreso a la mansión, Dante estaba extrañamente silencioso.
Durante las semanas siguientes dejamos de actuar sin darnos cuenta.
Desayunábamos juntos aunque no hubiera testigos.
Él preguntaba por mis estudios.
Yo aprendía cuándo estaba preocupado aunque su rostro no mostrara nada.
La puerta entre nuestras habitaciones permanecía cada vez más abierta.
Y el hombre que aseguraba que el amor era una debilidad comenzó a proteger mi felicidad con la misma intensidad con la que protegía su imperio.
Hasta que finalmente ocurrió.
Dante entró en mi habitación una noche.
No cruzó la puerta.
Se quedó allí.
Esperando que yo decidiera.
—Todo esto empezó por una apuesta —dijo—. Y fue una estupidez.
Mi corazón se hundió.
—¿Quieres terminarlo?
—Quiero terminar la mentira.
Se acercó lentamente.
—No quiero pagarte para que te quedes conmigo.
Lo miré sin entender.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Quiero darte la posibilidad de irte.
Dante tragó saliva, como si aquella frase le costara más que cualquier amenaza que hubiera pronunciado.
—Si quieres marcharte, conservarás suficiente dinero para empezar una nueva vida. Sin condiciones. Sin deuda conmigo.
—¿Y si quiero quedarme?
Sus ojos encontraron los míos.
—Entonces te cortejaré de verdad. Citas. Tiempo. Elecciones tuyas. Y si algún día nos casamos, será porque tú quieras ser mi esposa, no porque haya un contrato.
El silencio llenó la habitación.
Yo había deseado libertad toda mi vida.
Y por primera vez alguien realmente me la estaba dando.
Me acerqué.
—Quiero quedarme.
Dante cerró los ojos brevemente.
—Sofía…
—No por los cinco millones.
Tomé su mano.
—Quiero quedarme porque cuando estoy contigo ya no siento que soy la chica gorda que nadie ve. Soy simplemente Sofía.
Él acarició mi mejilla.
—Siempre fuiste suficiente.
Tres meses después nos casamos.
De verdad.
No en una oficina discreta como decía el contrato original.
En los jardines de la finca Salvatore.
Francesca diseñó un vestido blanco que celebraba mi cuerpo en lugar de esconderlo.
Incluso Antonio asistió.
Y cuando Dante prometió amarme mientras ambos viviéramos, le creí.
Seis meses después de aquella noche en la taquería, estaba frente a las ventanas de nuestra casa viendo caer la nieve cuando Dante me abrazó desde atrás.
—¿Arrepentimientos?
Me giré hacia él.
—Ninguno.
Sonrió.
—Bien. Porque ahora estás atrapada conmigo sin contrato y sin fecha de vencimiento.
Lo besé.
Había comenzado aquella historia como una mujer invisible que apenas podía pagar unos zapatos.
Creí que Dante Salvatore me había elegido porque era útil para una apuesta.
Pero la verdadera apuesta nunca había sido si podía fingir amarme durante seis meses.
Era si un hombre que consideraba el amor una debilidad sería capaz de arriesgar todo su control por algo real.
Y, por primera vez en su vida…
Dante Salvatore decidió perder el control.