Huí del rey alfa estando embarazada porque descubrí que odiaba a mi familia… pero cuando me encontró, me confesó un secreto que jamás imaginé.
Huí del rey alfa estando embarazada porque descubrí que odiaba a mi familia… pero cuando me encontró, me confesó un secreto que jamás imaginé.

PARTE 1
El hombre con el que compartía mi cama había ordenado desaparecer a todas las personas que tuvieran los ojos plateados.
Yo acababa de descubrir que mi madre tenía esos mismos ojos.
Y había algo todavía peor: estaba esperando un hijo suyo.
Si el rey descubría lo que llevaba dentro, ni las murallas de su propio castillo podrían protegerme.
Me llamo Genoveva y, durante tres años, fui la esposa de Kalin, el rey alfa de la Casa Helecho Rojo.
Desde afuera, cualquiera habría pensado que yo tenía una vida perfecta.
Vivía en una fortaleza enorme, usaba vestidos carísimos y tenía sirvientes que atendían hasta el más pequeño de mis caprichos.
Pero había algo que nadie sabía.
Kalin no me permitía salir sola. Siempre había guardias vigilando mis habitaciones y cualquier persona que intentara acercarse demasiado a mí terminaba metida en problemas.
Yo creía que era su manera de protegerme.
Hasta aquella tarde de noviembre.
Había bajado a las mazmorras para llevar cobijas a unos prisioneros. Kalin supuestamente estaba de cacería y yo aprovechaba sus ausencias para ayudarlos a escondidas.
Entonces escuché sus pasos.
Me escondí detrás de unas cajas y observé cómo entraba acompañado de dos soldados.
Frente a él había una muchacha de cabello oscuro y ojos plateados.
—Dime dónde están los demás —exigió Kalin.
La joven negó con la cabeza.
—Ya no puedes acabar con nosotros.
Lo siguiente ocurrió tan rápido que apenas pude reaccionar.
Kalin se transformó parcialmente en lobo y atacó a la muchacha. Ella cayó al suelo y dejó de moverse.
Me tapé la boca para no gritar.
Conocía las historias sobre los aurelios, una antigua estirpe de hombres lobo cuyo poder podía quitarles a los alfas su autoridad sobre las manadas.
El abuelo de Kalin había perseguido a aquella familia hasta hacer creer al reino que había desaparecido.
Y ahora yo recordaba algo que mi madre me había contado antes de partir para siempre.
Cuando era pequeña, sus ojos cambiaban de color cada vez que tenía miedo.
Se volvían plateados.
Regresé a mis habitaciones temblando.
Durante toda mi vida había creído que era humana. Pero las historias de mi madre, mis sueños extraños y aquella sensación de tener algo dormido dentro de mí comenzaron a cobrar sentido.
Instintivamente, puse una mano sobre mi vientre.
Estaba embarazada.
El hijo de Kalin podía llevar la sangre de las dos familias que se habían enfrentado durante generaciones.
A la mañana siguiente tenía una revisión con Alarico, el médico del castillo.
Si descubría mi embarazo y mi verdadera naturaleza, seguramente informaría al rey.
No podía arriesgarme.
Busqué a Beatriz, una empleada de cocina en quien confiaba desde hacía años.
Cuando le expliqué que necesitaba escapar, me miró durante varios segundos.
Después cerró la puerta.
—Hay un túnel debajo de la antigua armería —susurró—. Pero los rastreadores pueden seguir tu olor.
Preparó una mezcla de hierbas y resina de pino para disimularlo.
Me ardió la piel cuando me la apliqué.
Me quité mis vestidos, me puse ropa vieja de mozo de establo y guardé un poco de pan, algunas monedas y una pequeña herramienta para defenderme.
Beatriz me abrazó antes de abrir la entrada secreta.
—Sigue el río hacia el norte. No regreses, pase lo que pase.
No tuve valor para mirar atrás.
Atravesé el túnel a oscuras y salí en medio de un bosque cubierto de nieve.
Durante dos días caminé junto al río Vint.
Tenía los pies entumidos, casi no me quedaba comida y cada vez sentía más cansancio.
Al amanecer del tercer día escuché un rugido que hizo que las aves levantaran el vuelo entre los árboles.
Conocía aquel sonido.
Era Kalin.
Poco después comenzaron a escucharse decenas de aullidos.
Había enviado a su guardia de rastreadores.
Apreté el paso hasta que una tormenta de nieve me obligó a buscar refugio.
Cuando estaba a punto de caer, distinguí una luz entre los árboles.
Era una pequeña posada.
El dueño, un hombre llamado Tomás, me recibió creyendo que yo era un muchacho perdido.
Me acercó al fuego y me sirvió un plato de comida caliente.
Pero cuando me quité la capucha, vio el broche de plata que sujetaba mi cabello.
Su expresión cambió.
—Usted es Genoveva, la esposa del rey.
Me quedé inmóvil.
Tomás levantó las manos.
—No voy a entregarla. Mi familia también sufrió por culpa de los soldados de Helecho Rojo.
Quise creerle.
Su hijo Guillermo me llevó unas cobijas y me ayudó a acomodarme cerca de la chimenea.
Por primera vez desde mi huida, pude cerrar los ojos.
No sé cuánto tiempo dormí.
Desperté porque algo estaba mal.
La posada estaba completamente silenciosa.
Me acerqué a una ventana y separé apenas las cortinas.
Afuera había decenas de lobos enormes rodeando el edificio.
Entre ellos reconocí al comandante Garrett, el rastreador más temido de Kalin.
Pero lo que me dejó sin aliento fue descubrir quién estaba parado a su lado.
Guillermo.
El hijo de Tomás sostenía una bolsa llena de monedas de oro.
Entonces escuché la voz de Garrett.
—Genoveva, sabemos que estás adentro. Sal ahora mismo o todos los que te ayudaron pagarán las consecuencias.
Retrocedí buscando una salida.
La puerta principal estaba rodeada.
También la trasera.
Y entonces vi que Garrett levantaba una antorcha y daba una orden que me heló por completo.
—Si la reina no sale, prendan fuego a la posada.
PARTE 2
Un instante después, el humo comenzó a entrar por las ventanas.
Corrí hacia la cocina, pero Tomás apareció antes de que pudiera llegar.
Tenía una lámpara en una mano y una barra de hierro en la otra.
—Mi hijo cometió una estupidez —dijo, desesperado—. Yo no sabía que iba a entregarte.
Se arrodilló detrás del mostrador y levantó una tabla del piso.
Debajo había una escalera.
—Es un viejo pasadizo de contrabandistas. Llega hasta las minas abandonadas.
Le pregunté qué iba a pasar con él.
Tomás miró hacia la entrada, donde los golpes de los soldados se escuchaban cada vez más cerca.
—Yo conozco este lugar. Tú necesitas salir de aquí.
Intenté convencerlo de que viniera conmigo, pero me entregó la lámpara y me empujó suavemente hacia la escalera.
—Cuida a ese pequeño.
Me quedé helada.
No le había contado que estaba embarazada.
Tomás señaló mi vientre.
—Mi esposa fue partera. Aprendí a reconocer ciertas cosas.
Bajé sin decir nada.
Él cerró la trampilla sobre mi cabeza.
Segundos después escuché cómo la puerta principal cedía.
Avancé por los túneles con la lámpara temblando entre mis manos.
El aire era húmedo y el suelo estaba lleno de charcos helados.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando finalmente encontré una salida.
Subí por una pendiente de piedras sueltas y aparecí en una estrecha cornisa.
Frente a mí había un barranco enorme.
Abajo se escuchaba un río.
No había puente ni otro camino.
Entonces alguien habló detrás de mí.
—Debiste quedarte en el castillo.
Me volví.
Garrett estaba saliendo de la mina.
Sus ojos brillaban en la oscuridad.
Se acercó lentamente, pero cuando estuvo a pocos pasos, se detuvo.
Levantó la cabeza y olfateó el aire.
Su expresión cambió.
—No puede ser…
Miró mi vientre.
Después, mis ojos.
—Tienes sangre aurelia.
Retrocedí hasta sentir que el suelo terminaba detrás de mis talones.
Garrett llevó una mano a su arma.
—El rey no sabe lo que está protegiendo.
—Déjame ir —le pedí.
Negó con la cabeza.
—Ese niño podría cambiarlo todo.
Dio un paso hacia mí.
Sentí un miedo tan intenso que por un momento olvidé respirar.
Y entonces algo despertó dentro de mi cuerpo.
Un calor extraño recorrió mis brazos.
Mis manos comenzaron a cambiar y una luz plateada apareció frente a mis ojos.
Garrett se detuvo.
Por primera vez, parecía asustado.
Intentó acercarse de nuevo, pero lo empujé con una fuerza que no sabía que tenía.
Retrocedió varios metros sobre la nieve.
Me miré las manos, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.
No había terminado de reaccionar cuando escuché el silbido de varias flechas.
Dos se clavaron en el suelo junto a Garrett y lo obligaron a detenerse.
Desde los árboles aparecieron hombres y mujeres vestidos con pieles blancas.
Todos tenían los ojos plateados.
Un hombre alto, de cabello entrecano, avanzó hacia mí.
—Genoveva…
Pronunció mi nombre como si llevara años esperando aquel momento.
—Soy Gedeón. Hemos estado buscándote desde que eras una niña.
Me llevaron hasta un antiguo refugio escondido entre las montañas del norte.
Lo llamaban Robledal.
Durante tres días recibí atención de sus curanderos, descansé y comencé a comprender lo que me estaba sucediendo.
Gedeón me explicó que mi madre pertenecía a la familia que había gobernado a los aurelios antes de que comenzara la persecución.
Cuando los soldados del antiguo rey destruyeron sus hogares, ella escapó y ocultó su identidad.
Después nací yo.
—Tu madre nos pidió que te encontráramos si algún día ella no podía protegerte —me dijo Gedeón.
Sentí un nudo en la garganta.
Mi madre nunca me había hablado de aquello.
—¿Por qué no vino a buscarme?
Gedeón bajó la mirada.
—Nos dejó pistas, pero cuando finalmente llegamos al lugar donde vivían, ustedes ya se habían marchado.
Me explicó que los aurelios no eran simples lobos de ojos plateados.
Su poder podía romper la obediencia que los alfas imponían sobre otras manadas.
Por eso la familia de Kalin los había considerado una amenaza durante generaciones.
—¿Y mi hijo? —pregunté.
Gedeón guardó silencio antes de responder.
—Nunca hemos conocido a alguien que tenga la sangre de ambas familias.
Aquella respuesta me inquietó más que cualquier amenaza.
Yo no quería que mi hijo fuera un rey ni una criatura destinada a cambiar el mundo.
Solo quería que pudiera crecer sin tener que esconderse.
Pero la tranquilidad duró poco.
Al cuarto día, las protecciones del refugio comenzaron a temblar.
Las campanas sonaron por toda la montaña.
Gedeón entró apresuradamente en mi habitación.
—Kalin está aquí.
Corrí hacia el balcón.
Abajo había un ejército enorme ocupando el patio cubierto de nieve.
En medio de todos estaba mi esposo.
Llevaba una capa negra y tenía el cabello revuelto.
Cuando levantó la cabeza y me encontró entre las columnas, su expresión cambió.
Uno de sus generales, Harrington, avanzó hacia las escaleras.
—¡Entréguennos a la mujer!
Los aurelios se colocaron frente al templo.
Los soldados de Kalin prepararon sus armas.
Comprendí que, si nadie hacía algo, aquella montaña se convertiría en el escenario de otra tragedia.
Bajé las escaleras.
Gedeón intentó detenerme.
—No tienes que enfrentarlo sola.
—No voy a permitir que decidan mi vida sin escucharme.
Seguí caminando hasta quedar entre los dos grupos.
Kalin dio varios pasos hacia mí.
Sus ojos recorrieron mi rostro y después se detuvieron en mi vientre.
—Genoveva…
Levanté la cabeza.
Esta vez no intenté ocultar mis ojos plateados.
Los soldados comenzaron a murmurar.
Harrington señaló hacia mí.
—¡Es una aurelia! ¡Ha engañado a nuestro rey!
Kalin permaneció inmóvil.
Yo esperaba que retrocediera.
Que ordenara capturarme.
Que hiciera lo mismo que había hecho con aquella muchacha en las mazmorras.
Pero se acercó y dijo algo que jamás imaginé escuchar.
—Sé lo que eres, Genoveva.
Sentí que todo se detenía.
—¿Qué?
—Lo supe desde el día que te conocí.
No podía creerlo.
Kalin me explicó que Alarico había reconocido mi linaje durante una de mis primeras revisiones.
El médico se lo había contado y él le había ordenado guardar silencio.
—¿Entonces por qué me encerrabas? —pregunté.
Miró de reojo a Harrington.
—Porque había gente en mi propia corte que estaba buscándote. Si descubrían tu identidad, intentarían hacerte desaparecer.
Me quedé sin palabras.
Kalin continuó.
La muchacha de las mazmorras, según él, había sido enviada por Harrington para acercarse a mí con un veneno.
Aseguró que la había interrogado para descubrir quién estaba detrás del plan.
—Nunca quise que supieras lo que estaba ocurriendo —dijo.
Recordé las puertas vigiladas.
Los guardias siguiéndome por los pasillos.
Las veces que había pedido salir y él se había negado.
—Pudiste decírmelo —respondí.
Kalin bajó la mirada.
—Pensé que podía resolverlo sin ponerte en peligro.
—Me tuviste tres años viviendo con miedo. Y cuando escapé, tus soldados me persiguieron hasta un barranco.
Su expresión se endureció.
—Les ordené traerte de regreso sin lastimarte.
—Garrett intentó atacarme.
Kalin se volvió hacia sus hombres.
Nadie respondió.
Entonces Harrington dio un paso al frente.
—Majestad, esa mujer y su hijo representan una amenaza para nuestra casa.
Varios soldados se colocaron detrás de él.
Harrington desenvainó su espada.
—Si usted no cumple con las antiguas leyes, nosotros lo haremos.
Los guardias de Gedeón se prepararon para intervenir.
Pero Kalin levantó una mano.
Su voz resonó por todo el patio.
—Nadie va a tocar a Genoveva.
Harrington intentó avanzar.
Kalin lo desarmó de un golpe y lo derribó sobre la nieve.
Los demás retrocedieron.
—Arresten a todos los que participaron en esta conspiración —ordenó.
Después se volvió hacia su ejército.
Anunció que la persecución de los aurelios había terminado y que ambas familias podrían regresar a sus territorios sin ser perseguidas.
Los soldados bajaron las armas.
Gedeón permaneció a mi lado.
Kalin se acercó lentamente y se arrodilló frente a mí.
Su mirada se detuvo sobre mi vientre.
—Regresa conmigo —me pidió—. Quiero que nuestro hijo tenga un hogar.
Durante unos segundos no supe qué responder.
Todavía lo amaba.
Pero también recordaba aquella noche en que tuve que escapar por un túnel, disfrazada y temblando, porque no me atrevía a decirle la verdad al hombre que dormía junto a mí.
—No puedo regresar a vivir como antes —le dije.
Kalin levantó la mirada.
—Dime qué necesitas.
—Quiero poder salir sin pedir permiso. Quiero conocer a mi familia. Y quiero que nuestro hijo crezca sin miedo a lo que lleva en la sangre.
Guardó silencio.
—No voy a volver a una jaula, Kalin. Aunque tenga las puertas hechas de oro.
Por primera vez desde que lo conocía, no intentó darme una orden.
Simplemente asintió.
No regresé al castillo aquel día.
Me quedé en Robledal durante varios meses.
Kalin comenzó a visitarme sin soldados y sin exigir que lo acompañara.
Gedeón y los ancianos de ambas familias iniciaron conversaciones para permitir que los aurelios recuperaran sus hogares.
Alarico confirmó que conocía mi origen y declaró ante los representantes de las dos casas lo que sabía sobre la conspiración.
Garrett fue detenido por haber desobedecido las órdenes del rey.
También supe que Tomás había sobrevivido al incendio de la posada.
Mandé reconstruir el lugar y lo visité personalmente para agradecerle lo que había hecho por mí.
Su hijo Guillermo se había marchado después de confesar que había aceptado las monedas por miedo a perder la posada familiar.
Tomás nunca quiso quedarse con aquel oro.
Lo utilizó para ayudar a las familias que habían perdido sus casas durante la búsqueda.
Cuando finalmente nació mi hijo, tenía los ojos oscuros de su padre.
Kalin lo sostuvo entre sus brazos durante un largo rato, sin decir una palabra.
Después el pequeño abrió los ojos.
Por un instante, un reflejo plateado iluminó sus pupilas.
Kalin me miró.
Yo sonreí y tomé la mano de nuestro hijo.
Ya no había razón para esconderlo.
Y comprendí algo que había tardado demasiado en aprender: no había escapado para encontrar a alguien que me protegiera del mundo.
Había escapado para recuperar el derecho de decidir sobre mi propia vida.