«Hueles igual que mi mamá», gimió el pequeño cachorro; el Rey Alfa se quedó paralizado al instante.

«Hueles igual que mi mamá», gimió el pequeño cachorro; el Rey Alfa se quedó paralizado al instante.

PARTE 1

Mi propio hijo me reconoció antes que yo supiera que era su madre.

Tenía cinco años.

Yo llevaba una cicatriz en el rostro, otro nombre y una vida que no recordaba haber elegido.

Pero cuando aquel niño me abrazó en medio del gran salón y dijo que yo olía igual que su mamá, el Rey Alfa dejó caer la copa que tenía en la mano.

Hasta ese momento, yo me llamaba Nora.

O al menos eso me habían dicho.

Trabajaba como sirvienta para don Hernán Montiel, un noble del sur que había viajado con su comitiva hasta la fortaleza de Sierra Nieve para negociar alimentos y rutas comerciales.

Mi trabajo era sencillo.

Mantener la cabeza baja.

Servir.

No hacer preguntas.

Y, sobre todo, evitar llamar la atención.

Tenía cicatrices en las manos y una marca de quemadura que subía desde la mandíbula hasta detrás de la oreja.

No recordaba cómo las había conseguido.

Cada vez que intentaba pensar demasiado en mi pasado, un dolor terrible aparecía detrás de mi cabeza.

Don Hernán aseguraba que cinco años antes me había encontrado junto a un río después de un incendio.

Decía que me había salvado.

Yo le creía.

No tenía otra historia.

Aquella noche servíamos en el Festival de la Luna de Plata.

El hombre sentado en la cabecera era Alejandro Valdés, el Rey Alfa del norte.

Había escuchado historias sobre él.

Decían que después de perder a su esposa se había convertido en un hombre incapaz de confiar en nadie.

Su única debilidad era su hijo Leo.

El pequeño corría entre las mesas mientras una mujer intentaba alcanzarlo.

Yo llevaba una jarra de vino cuando Leo chocó contra mis piernas.

La jarra cayó.

El cristal se rompió.

Él terminó sentado sobre el piso.

No pensé.

Me arrodillé inmediatamente.

Olvidé que había soldados.

Olvidé al rey.

Solo vi a un niño.

Le revisé los brazos y le aparté el cabello de la frente.

—¿Te lastimaste?

Leo no respondió.

Me miraba fijamente.

Después acercó su rostro a mi vestido y respiró.

Yo pensé que estaba asustado.

Entonces me tomó de la ropa con sus pequeñas manos.

—Hueles como mi mamá.

El salón quedó en silencio.

Sentí una presión extraña en el pecho.

Arriba, Alejandro se había puesto de pie.

Un viento frío entró por las ventanas.

Mi bufanda se movió.

Durante unos segundos el rey simplemente me observó.

Después bajó hacia mí.

Cuanto más se acercaba, más miedo sentía.

No sabía por qué.

Su rostro me resultaba familiar.

Pero esa familiaridad producía dolor.

Alejandro me pidió que levantara la cara.

Obedecí.

Cuando vio mis ojos, perdió el color.

Pronunció un nombre.

Victoria.

Le expliqué que se equivocaba.

Mi nombre era Nora.

Él dio un paso hacia mí y levantó la mano.

Me asusté tanto que retrocedí.

Su expresión se rompió.

No entendí por qué un hombre tan poderoso parecía a punto de llorar.

Don Hernán apareció rápidamente.

Dijo que yo era una de sus sirvientas.

Que me había encontrado cinco años atrás.

Alejandro dejó de mirarme.

Miró a Hernán.

La temperatura del salón pareció bajar varios grados.

El rey ordenó que llevaran a Leo a sus habitaciones y me pidió acompañarlo a una sala privada.

Don Hernán protestó.

Alejandro no negoció.

Minutos después yo estaba frente a una enorme chimenea mientras él caminaba de un lado a otro.

Me preguntó qué recordaba del incendio.

Nada.

Mi nombre anterior.

Nada.

Mi familia.

Nada.

Me enseñó un pequeño medallón.

Sentí una punzada en la cabeza.

Por un segundo vi fuego.

Una habitación.

Un bebé llorando.

Después la imagen desapareció.

Me doblé de dolor.

Alejandro me sostuvo antes de que cayera.

Fue entonces cuando vio algo.

Apartó cuidadosamente mi cabello de la nuca.

Se quedó inmóvil.

Pedí un espejo.

Él no respondió.

Un sanador entró y examinó la marca.

Yo creía que era otra cicatriz del incendio.

No lo era.

Debajo del cabello había un símbolo oscuro dibujado directamente sobre mi piel.

Cuando intentaba recordar, el símbolo emitía un débil brillo violeta.

El sanador palideció.

Dijo que conocía ese tipo de marca.

No servía para curar.

Servía para bloquear.

Leo apareció silenciosamente y se sentó junto a mí.

Se acurrucó contra mi costado como si lo hubiera hecho toda su vida.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Lo abracé.

El temblor desapareció.

Alejandro observó aquello con lágrimas en los ojos.

Después miró nuevamente la marca detrás de mi cuello.

Su voz salió casi en un susurro.

—Victoria… tú no olvidaste a tu familia.

Me giré hacia él.

Y entonces terminó la frase.

—Alguien te obligó a olvidarnos.

PARTE 2

—Alguien te obligó a olvidarnos.

No pude responder.

Leo seguía abrazado a mi cintura.

Alejandro llamó inmediatamente a su comandante, Casiano.

Ordenó revisar todo lo relacionado con el incendio ocurrido cinco años atrás.

También mandó detener temporalmente a don Hernán.

Yo intenté protestar.

Después de todo, había vivido bajo su techo durante años.

Alejandro me preguntó algo muy simple:

—¿Alguna vez te permitió viajar sola?

Pensé.

No.

—¿Hablar con otros Lykan?

Tampoco.

—¿Ver a un sanador diferente?

Nunca.

Cada respuesta hacía que mi supuesta vida pareciera menos un rescate y más una jaula.

Hernán terminó confesando una parte.

No había provocado el incendio.

Pero cinco años antes alguien le había pagado una enorme cantidad para esconderme.

Yo había llegado herida y sin recuerdos después del ataque.

Una mujer experta en magia había colocado la marca de memoria antes de entregarme.

Hernán recibió dinero a cambio de mantenerme lejos del norte y evitar que otros Lykan pudieran reconocer mi aroma.

Alejandro preguntó quién había pagado.

Hernán no sabía el nombre.

Solo sabía que el dinero provenía de una persona con acceso a riqueza noble del propio norte.

Una mujer.

Aquella descripción reducía mucho la lista.

Y había alguien en la fortaleza cuya reacción desde mi aparición había sido extraña.

Beatriz Montemayor.

Durante tres años había permanecido cerca de Alejandro.

Todos suponían que acabaría convirtiéndose en su nueva Luna.

Cuando Leo me reconoció, yo había visto su rostro desde el otro extremo del salón.

No parecía sorprendida.

Parecía aterrada.

Casiano fue a buscarla.

Ya era tarde.

Beatriz había desaparecido de sus habitaciones.

Yo seguía con Leo cuando el dolor detrás de mi cabeza volvió.

Esta vez fue más fuerte.

El niño tocó mi mano.

Algo apareció en mi memoria.

No una imagen completa.

Una voz.

Una mujer discutiendo.

Después fuego.

Alguien arrancando a Leo de mis brazos.

Yo gritando el nombre de Alejandro.

Y unos ojos que había visto aquella misma noche.

Los de Beatriz.

Me puse de pie.

—Fue ella.

Alejandro se volvió.

Antes de que pudiera explicarlo, escuchamos un sonido detrás de un tapiz.

Una puerta oculta se abrió.

Beatriz entró.

Ya no llevaba el vestido elegante del banquete.

Tenía una pequeña daga plateada y la expresión de alguien que sabía que su secreto había terminado.

Miró primero a mí.

Después a Leo.

Y finalmente a Alejandro.

Entonces confesó.

Había planeado el ataque cinco años atrás.

No esperaba que yo sobreviviera.

Cuando descubrió que seguía viva, hizo que bloquearan mis recuerdos y pagó para mantenerme oculta.

Su objetivo era sencillo.

Mientras yo existiera, Alejandro nunca elegiría a otra Luna.

Conmigo fuera del camino, solo necesitaba esperar.

Cinco años.

Cinco años consolándolo.

Cinco años presentándose como la mujer que podía ayudarlo a reconstruir su vida.

Alejandro parecía incapaz de hablar.

Yo, en cambio, sentí algo distinto.

La voz de Beatriz estaba abriendo puertas dentro de mi cabeza.

Recordé su rostro observándome la noche del incendio.

Recordé su perfume.

Recordé haber cargado a Leo mientras corría por un pasillo lleno de humo.

Recordé a Alejandro besándome antes de partir hacia una campaña.

Y recordé mi nombre.

Victoria Valdés.

Beatriz vio mi expresión y entendió que la magia estaba fallando.

Intentó acercarse.

Yo puse a Leo detrás de mí.

Un instinto antiguo despertó en mi cuerpo.

No necesitaba recordar cómo ser madre.

Mi cuerpo nunca lo había olvidado.

Casiano entró antes de que ocurriera algo peor.

Beatriz fue detenida.

La daga cayó al suelo.

Pero cuando ella gritó el nombre del incendio, el símbolo de mi nuca ardió como nunca.

Caí.

Alejandro llegó hasta mí.

Oía voces a lo lejos.

Leo llorando.

El sanador dando órdenes.

Alejandro repitiendo mi nombre.

Entonces sentí algo cálido rodeándome.

Los Lykan hablan de un vínculo entre compañeros.

Yo no recordaba el mío.

Pero mi cuerpo sí.

Alejandro apoyó la frente contra la mía.

Me pidió que no luchara contra los recuerdos.

Que él estaba allí.

Que Leo estaba allí.

Y que esta vez nadie iba a llevármelos.

La marca comenzó a romperse.

No físicamente.

Fue como si una pared dentro de mi mente se llenara de grietas.

Primero recordé nuestra boda.

Luego el nacimiento de Leo.

Recordé que Alejandro había llorado cuando lo sostuvo por primera vez.

Recordé una noche de lluvia en la que los tres dormimos juntos porque Leo no dejaba de llorar.

Después llegó el incendio.

Y finalmente todo volvió.

Abrí los ojos.

Alejandro estaba inclinado sobre mí.

Habían pasado cinco años desde la última vez que recordaba claramente su rostro.

Lo observé.

Tenía más cicatrices.

El cabello ligeramente más largo.

Y una barba que antes no llevaba.

Toqué su mandíbula.

—Te dejaste crecer la barba.

Alejandro se quedó inmóvil.

Después comenzó a llorar.

Leo tardó menos.

Se lanzó directamente sobre mí.

—¿Mamá?

Aquella palabra terminó de romper todo.

Lo abracé.

Esta vez sabía exactamente quién era.

Beatriz fue juzgada.

No hubo una venganza brutal.

Se revelaron los pagos, los documentos falsos y la participación de quienes ayudaron a mantenerme desaparecida.

Perdió sus privilegios y fue desterrada del territorio.

Las propiedades que habían financiado el plan fueron utilizadas para ayudar a las familias afectadas por el incendio.

Don Hernán también perdió sus títulos y enfrentó juicio por haberme mantenido cautiva sabiendo que yo no recordaba mi identidad.

Yo tardé mucho más en recuperarme.

Recordar no significaba que cinco años desaparecieran.

Había pesadillas.

Confusión.

Días en los que una habitación de la fortaleza me parecía desconocida.

Alejandro nunca volvió a exigirme que actuara como la mujer que había sido.

Eso fue importante.

No intentó obligarme a convertirme inmediatamente en la antigua Victoria.

Me dejó conocer nuevamente a Leo.

A él.

Y a mí misma.

Meses después volví al gran salón.

Esta vez no llevaba vestido gris de sirvienta.

Pero tampoco necesitaba esconder mis cicatrices.

Leo caminaba entre Alejandro y yo, sosteniendo una mano de cada uno.

Cuando llegamos al lugar donde aquella jarra se había roto, se detuvo.

Sonrió.

Y dijo:

—Aquí encontré a mamá.

Alejandro lo corrigió suavemente.

—No, hijo. Aquí mamá nos encontró a nosotros.

Yo miré a los dos.

Durante años alguien había conseguido borrar mi nombre, mis recuerdos e incluso mi historia.

Pero había una cosa que la magia nunca logró tocar.

Cuando Leo cayó frente a mí aquella primera noche, yo no sabía que era su madre.

Aun así corrí hacia él.

Y desde entonces aprendí que quizá la memoria puede ser robada…

pero algunas partes del corazón parecen recordar solas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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