hijo del rey vampiro sufría todos los días hasta que empleada encontró algo horripilante en cabello

La Recamarera Tocó el Cabello del Príncipe Vampiro Moribundo… y Descubrió el Secreto que Todo el Reino Había Temido Durante Catorce Años

PARTE 1

El grito del príncipe Miguel atravesó el Castillo de la Luna Roja como si alguien hubiera clavado una espada en sus paredes.

Las recamareras dejaron caer sus cubetas. Los guardias corrieron hacia la Torre del Este. Incluso los médicos palidecieron.

Sofía llevaba apenas unos días trabajando en el castillo, pero ya conocía la regla que todos repetían en voz baja:

Cuando el príncipe gritaba, nadie se acercaba.

Miguel, heredero del rey vampiro don Ricardo, llevaba catorce años enfermo. Algunos aseguraban que estaba poseído. Otros decían que había nacido maldito.

Sofía no creyó ninguna de las dos cosas.

Corrió hacia la torre.

Cuando entró en la habitación, encontró al muchacho convulsionando sobre una cama de seda negra. Tenía sangre en la nariz y las orejas, y se arañaba desesperadamente la cabeza.

—¡Haz que pare, padre! —suplicó.

Don Ricardo, el vampiro al que ejércitos enteros temían, sostenía a su hijo con una expresión que Sofía jamás habría esperado ver en un rey.

Miedo.

Los médicos no podían hacer nada.

Sofía se acercó.

—Déjeme intentarlo.

Don Ricardo la miró como si hubiera perdido la razón.

—Veinte médicos y tres hechiceras han fracasado.

—No quiero curarlo todavía. Solo quiero mirar.

El siguiente grito de Miguel decidió por él.

Sofía se sentó junto al príncipe y apartó lentamente sus manos ensangrentadas.

—Miguel, mírame.

Los ojos azul plateado del muchacho se abrieron.

—Me duele…

—Lo sé.

Ella introdujo cuidadosamente los dedos entre su largo cabello negro.

Entonces tocó algo.

Metal.

Frío.

Afilado.

Apartó otro mechón y sintió que el corazón se le detenía.

Decenas de pequeñas espinas metálicas estaban incrustadas directamente en el cuero cabelludo de Miguel. Cada una llevaba diminutas runas verdes que parecían palpitar bajo la piel.

Sofía reconoció los símbolos inmediatamente.

La Maldición de las Espinas de Hierro.

Y también reconoció a quienes podían crearla.

El clan de las Brujas Cenizas.

El mismo clan que la había criado.

Sofía ocultó su terror.

Don Ricardo la nombró asistente personal del príncipe y le dio acceso a la biblioteca prohibida.

Allí encontró la verdad.

La maldición había sido diseñada para matar lentamente. Las espinas absorbían la fuerza vital de la víctima mientras crecían hacia el cerebro y la columna vertebral.

Miguel no tenía meses.

Tal vez solo semanas.

Pero había algo peor.

Las espinas no podían ser extraídas por cualquier persona.

Solo alguien con la misma firma mágica que quienes habían creado la maldición podía romper el vínculo.

Alguien como Sofía.

Y si intentaba hacerlo mal, Miguel moriría.

Ella también.

Sofía cerró el libro con las manos temblorosas.

Durante años había ocultado quién era. Si don Ricardo descubría que había sido entrenada por el clan responsable de torturar a su hijo, probablemente la ejecutaría antes de escuchar una explicación.

Pero Miguel confiaba en ella.

Por primera vez en años permitía que alguien le cepillara el cabello.

Por primera vez dormía algunas horas sin gritar.

Y cada noche preguntaba lo mismo:

—¿Crees que algún día dejará de doler?

Sofía siempre respondía:

—Voy a encontrar una manera.

Finalmente llegó la noche en que decidió cumplir esa promesa.

Preparó velas, símbolos protectores y un círculo de sal alrededor de una silla.

Miguel se sentó en el centro.

—Solo quitaré una —dijo Sofía—. Si algo sale mal…

—Hazlo.

Ella apartó su cabello y sujetó una espina cercana a la sien.

Cerró los ojos.

Pronunció palabras que no había utilizado desde niña.

Sus dedos comenzaron a emitir una tenue luz azul.

Miguel contuvo la respiración.

Sofía tiró.

El príncipe lanzó un grito aterrador.

La espina se resistió como si estuviera viva.

Una energía negra trepó por los dedos de Sofía, penetró en sus brazos y llegó hasta su pecho.

Entonces una voz apareció dentro de su cabeza.

Una voz que no pertenecía a ningún ser humano.

“Te reconocemos.”

Sofía dejó de respirar.

La maldición sabía quién era.

Y volvió a susurrar:

“Tú eres una de nosotras…”

PARTE 2

Sofía apretó los dientes y tiró con todas sus fuerzas.

—¡No soy como ustedes!

La luz azul que envolvía sus manos se volvió cegadora.

Miguel gritó hasta quedarse sin voz.

Por un instante, Sofía sintió que la magia oscura intentaba entrar en su corazón, como si quisiera convertirla en una extensión de la misma maldición.

Entonces la runa de la espina se quebró.

El pequeño fragmento metálico salió de la cabeza del príncipe.

Miguel se desplomó.

—¡Miguel!

Sofía cayó de rodillas junto a él.

Seguía respirando.

Débilmente.

Pero respiraba.

Y por primera vez desde que ella lo conocía, una pequeña zona alrededor de la herida ya no emitía aquella luz verde enfermiza.

Había funcionado.

La esperanza apenas duró unos segundos.

Las puertas se abrieron violentamente.

Don Ricardo apareció acompañado de guardias.

Sus ojos se clavaron primero en su hijo inconsciente.

Después en las manos de Sofía, que todavía brillaban de azul.

El silencio fue mortal.

—Eres una bruja.

Sofía no respondió.

No hacía falta.

Los guardias la encadenaron.

Pero cuando don Ricardo ordenó llevarla a las mazmorras, Miguel recuperó el conocimiento.

—¡No!

Intentó ponerse de pie y casi cayó.

—Ella me salvó.

—Pertenece al clan que te hizo esto.

Miguel miró a Sofía.

Ella ya no podía mentirle.

—Me criaron las Brujas Cenizas después de que mi pueblo fue destruido. Me enseñaron su magia. Pero escapé hace años. Yo no sabía lo que te habían hecho.

Don Ricardo mostró los colmillos.

—¿Y esperas que te crea?

Miguel se interpuso.

—No tienes que creerle. Créeme a mí.

El muchacho señaló la herida de su cabeza.

—Durante catorce años nadie pudo quitar una sola espina. Ella lo hizo.

Don Ricardo permaneció inmóvil.

Finalmente ordenó liberar a Sofía con una condición:

Tenía pocos días para salvar a Miguel.

Si fracasaba, moriría con él.

Sofía comenzó entonces una carrera desesperada.

Cada noche retiraba nuevas espinas.

Cada extracción era peor.

Miguel gritaba, sangraba, perdía el conocimiento… pero siempre despertaba.

Hasta que Sofía comprendió algo aterrador.

Las espinas restantes estaban creciendo más rápido.

La maldición sabía que estaba perdiendo.

No podían seguir quitándolas una por una.

Tendrían que arrancar todas las restantes durante un único ritual.

Aquello podía matarlos.

La noche elegida, Sofía llevó a Miguel hasta una antigua capilla abandonada lejos del castillo.

La tormenta rugía sobre las ruinas.

Sofía dibujó runas de protección sobre la espalda del príncipe y preparó el círculo mágico.

Miguel la observó.

—Si muero, prométeme que escaparás antes de que mi padre te culpe.

—No vas a morir.

—Sofía…

Ella tomó su rostro entre las manos.

—Has soportado catorce años de algo que habría destruido a cualquier otra persona. Vas a sobrevivir y vas a convertirte en un rey que recuerde lo que significa sufrir.

Miguel sonrió débilmente.

—Tienes más fe en mí que yo mismo.

—Entonces usa la mía.

Miguel se acostó sobre el altar.

Sofía comenzó.

Las veintitrés espinas restantes reaccionaron al mismo tiempo.

El grito del príncipe se perdió entre los truenos.

La magia negra explotó.

Las piedras de la capilla temblaron.

Sofía tiró.

Las espinas no cedieron.

Miguel comenzó a morir frente a ella.

Entonces tomó una decisión que ningún libro le había enseñado.

Abrió completamente sus defensas mágicas.

—¡Ven por mí!

La maldición obedeció.

La oscuridad abandonó lentamente el cuerpo de Miguel y penetró en Sofía.

Fue como tragarse fuego.

Sintió las espinas intentando nacer dentro de su propio cráneo.

Sintió su corazón detenerse durante un instante.

Pero siguió tirando.

Una espina cayó.

Luego otra.

Otra más.

Hasta que la última salió.

Una explosión de energía destruyó parte de la capilla.

Sofía salió despedida.

Miguel perdió el conocimiento.

Cuando despertó, la tormenta había terminado.

Se tocó la cabeza.

Nada.

Solo pequeñas heridas.

El dolor que lo había acompañado desde que tenía memoria había desaparecido.

Entonces recordó.

—Sofía.

La encontró entre los escombros.

Inmóvil.

Sus labios estaban azulados.

Miguel se arrodilló junto a ella.

Un latido.

Muy débil.

Comprendió lo que había hecho.

Sofía había absorbido la maldición.

El poder vampírico de Miguel, reprimido durante catorce años, despertó entonces con una fuerza que ni él sabía que poseía.

Se mordió la muñeca y dejó caer su sangre sobre los labios de Sofía.

—Vive.

Nada.

—¡Vive!

La sangre real comenzó a combatir la oscuridad dentro de ella.

Sofía sobrevivió.

Y cuando ambos regresaron al castillo ocurrió algo todavía más inesperado.

El ejército de las Brujas Cenizas, que se preparaba para enfrentarse al reino vampiro, detuvo su avance.

Una única representante pidió audiencia.

Cuando las puertas del salón del trono se abrieron, Sofía sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

Entró una anciana vestida de gris.

Cabello blanco.

Un árbol plateado bordado sobre el pecho.

—Abuela Rosa… —susurró Sofía.

Era la mujer que la había salvado cuando era niña.

La mujer que le había enseñado magia.

Don Ricardo se levantó lentamente.

—¿Tú maldijiste a mi hijo?

—No.

Rosa contó finalmente la verdad.

Años atrás, soldados vampiros habían atacado un pueblo del clan Cenizas buscando un antiguo objeto sagrado. Durante aquella incursión murió la hija de una bruja llamada Carmen.

Destrozada por el dolor, Carmen decidió vengarse.

Entró sola al castillo y colocó la Maldición de las Espinas de Hierro sobre Miguel cuando todavía era un bebé.

Actuó sin permiso del clan.

Y murió antes de que nadie pudiera detener las consecuencias.

Durante años ambos pueblos continuaron alimentando el odio, cada uno convencido de que el otro era el verdadero monstruo.

Miguel escuchó todo en silencio.

Después miró a su padre.

—Se termina aquí.

Don Ricardo frunció el ceño.

—Hijo…

—No más ataques. No más maldiciones. No más hijos pagando por los pecados de sus padres.

El salón entero quedó en silencio.

Entonces sucedió algo que nadie esperaba.

El poderoso rey vampiro se arrodilló frente a su hijo.

—Eres más sabio de lo que yo fui.

Bajó la cabeza.

—Cuando llegue tu momento, serás el rey que yo nunca pude ser.

Miguel ayudó a su padre a levantarse y miró a Rosa.

—Dile a tu gente que vuelva a casa. La guerra terminó.

Aquella noche, Sofía encontró a Miguel sentado en el viejo Jardín del Recuerdo mirando las estrellas.

Ya no parecía un príncipe moribundo.

Parecía simplemente un muchacho de catorce años descubriendo la vida por primera vez.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sofía.

Miguel sonrió.

—Ahora reconstruimos todo.

Tomó su mano.

—Y quiero que te quedes. No como recamarera. Como consejera, amiga… familia.

Sofía miró el castillo, luego las estrellas.

Había pasado gran parte de su vida huyendo de lo que era.

Tal vez finalmente había encontrado un lugar al que pertenecer.

—¿A dónde más iría?

A lo lejos, las Brujas Cenizas comenzaron a regresar a sus tierras.

En el Castillo de la Luna Roja, por primera vez en catorce años, no se escucharon gritos provenientes de la Torre del Este.

La maldición había terminado.

La guerra también.

Y en un jardín que todos creían muerto, nuevas flores comenzaron a abrirse bajo la luz de la luna.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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