Fui a un panteón por envidia de mi jefe… cuando regresé al trabajo, su escritorio estaba vacío
Fui a un panteón por envidia de mi jefe… cuando regresé al trabajo, su escritorio estaba vacío

PARTE 1
La primera señal de que había cometido un error apareció antes de que saliera del panteón.
Yo había ido convencido de que todo aquello era una tontería.
No creía en brujería, maldiciones ni historias de muertos que cumplen favores.
Pero cuando vi desaparecer frente a mí lo único que había llevado relacionado con mi jefe, dejé de sentirme tan seguro.
Me llamo Héctor y esto ocurrió en León, Guanajuato, cuando tenía 27 años.
Trabajaba en una empresa de telecomunicaciones.
Llevaba unos cinco años ahí.
Al principio era de esos empleados que siempre decían que sí.
Si había que quedarse más tiempo, me quedaba.
Si alguien faltaba, cubría su trabajo.
Si el jefe pedía ayuda, yo estaba disponible.
Durante años pensé que eso acabaría sirviendo para algo.
Un aumento.
Un puesto mejor.
Cualquier señal de que habían notado mi esfuerzo.
No ocurrió.
Con el tiempo dejé de esforzarme igual.
Me casé, los gastos aumentaron y empecé a sentir que estaba atrapado.
Entonces contrataron a un muchacho de 19 años.
Voy a llamarlo Diego.
Era bueno.
Y eso es algo que durante mucho tiempo me costó admitir.
Vendía muchísimo más que nosotros, aprendía rápido y parecía tener energía para todo.
Al principio incluso me cayó bien.
El problema comenzó cuando los jefes empezaron a utilizar sus resultados para compararnos.
“Si él puede, ustedes también.”
Las metas subieron.
La presión aumentó.
Tres meses después se abrió una vacante de supervisor.
Ascendieron a Diego.
Yo llevaba cinco años esperando.
Él apenas acababa de llegar.
Ahí nació mi resentimiento.
Lo peor era que Diego no se convirtió en un mal jefe.
Solo hacía su trabajo.
Pero cada vez que me pedía mejorar mis resultados, yo lo tomaba como una humillación.
Cada llamada de atención me molestaba más.
En mi cabeza había construido una historia donde él me había quitado algo que me pertenecía.
Un día me encontró perdiendo el tiempo durante la jornada.
Me llamó la atención delante de otros compañeros.
No gritó.
No me insultó.
Pero yo sentí que todos me observaban.
Regresé a mi lugar furioso.
Mientras fingía trabajar, empecé a navegar por internet.
Terminé viendo un video sobre un supuesto ritual para alejar de tu vida a una persona que te estaba perjudicando.
Hoy no voy a explicar cómo se hacía.
No porque quiera crear misterio.
Sino porque una de las cosas que más lamento es haber tomado en serio esas instrucciones.
En ese momento me reí.
Pensé que era una estupidez.
Pero seguí mirando.
Esa noche volví a pensar en Diego.
Al día siguiente también.
Tres días después tenía preparada una fotografía suya y había decidido probarlo.
Mi lógica era absurda:
“Si no funciona, no pasa nada. Y si funciona…”
Nunca terminé esa frase.
Fui de noche a un panteón.
Busqué una zona antigua donde casi no había visitantes.
Recuerdo sentirme ridículo mientras caminaba entre las tumbas.
En algún momento pensé seriamente en regresar a casa.
Pero recordé la vergüenza que había sentido en la oficina.
El orgullo ganó.
Seguí aquellas indicaciones sin detenerme a pensar en lo que realmente estaba deseando.
Cuando terminé, dejé la fotografía sobre la tierra.
Esperé.
Nada.
Me reí de mí mismo.
—Qué tontería.
Di media vuelta.
Entonces escuché un ruido detrás.
Regresé la mirada.
Algo se movía sobre la tierra alrededor de la fotografía.
Me acerqué.
Habían aparecido pequeños insectos blancos.
Primero unos cuantos.
Después muchos.
Cubrieron la imagen.
Sentí un escalofrío.
La fotografía comenzó a moverse.
No había viento.
La vi deslizarse lentamente hacia una grieta junto a la tumba hasta desaparecer.
Me quedé ahí, sin saber si salir corriendo o buscar una explicación.
Finalmente regresé a casa.
No le conté nada a mi esposa.
Todavía quería pensar que había sido una coincidencia.
Dormí poco.
A la mañana siguiente llegué a la oficina.
Dejé mis cosas.
Miré hacia el escritorio de Diego.
Estaba vacío.
Y por primera vez desde que había comenzado todo, deseé que aquel ritual no hubiera funcionado.
PARTE 2
Al principio nadie le dio importancia.
Quizá estaba enfermo.
Quizá tenía algún asunto familiar.
Pasaron dos días.
Después una semana.
Diego seguía sin presentarse.
Pregunté tratando de sonar casual.
Me dijeron que había solicitado incapacidad porque estaba pasando por un problema de salud.
Sentí algo que me avergüenza admitir.
Satisfacción.
Pensé que aquello estaba funcionando.
Un mes después Diego regresó.
Casi no lo reconocí.
Había bajado mucho de peso.
Tenía el rostro cansado y tosía constantemente.
El joven que siempre llegaba impecablemente vestido parecía haber envejecido varios años en unas semanas.
Mis compañeros estaban preocupados.
Yo lo observaba desde mi escritorio pensando en aquella fotografía desapareciendo bajo la tierra.
Después comenzaron a circular otros comentarios.
Problemas familiares.
Dificultades en el trabajo.
Su pequeño hijo había estado enfermo.
Todo parecía juntarse al mismo tiempo.
Y aun así yo no detuve nada.
No sabía cómo hacerlo.
Tres meses después, Diego dejó la empresa.
Entonces ocurrió aquello que llevaba años esperando.
Me ofrecieron la supervisión.
Recuerdo llegar a casa y decirle a mi esposa que finalmente me habían ascendido.
Me felicitó.
Yo sonreí.
Pero esa noche casi no dormí.
Pocos días después llegó una noticia desde la oficina:
Diego había perdido la vida.
No nos explicaron demasiado.
Solo nos dijeron que habría un velorio y que quienes quisieran podían acompañar a la familia.
Fui.
Hasta ese momento todavía podía engañarme.
Podía decirme que todo eran coincidencias.
Que Diego simplemente había enfermado.
Que yo no había causado absolutamente nada.
Pero después vi a su esposa.
Era muy joven.
Tenía a su bebé en brazos.
También estaban los padres de Diego.
Toda la satisfacción que había sentido por el ascenso desapareció.
Por primera vez comprendí algo muy simple:
yo había deseado que aquel muchacho desapareciera de mi camino sin pensar que él también tenía una vida.
Una familia.
Un hijo.
Regresé a casa con una culpa que no sabía manejar.
Aquella noche comenzó el sueño.
Estaba encerrado en un espacio oscuro y estrecho.
No podía mover los brazos.
Sentía madera alrededor de mí.
Después comprendía dónde estaba.
Dentro de un ataúd.
Entonces algo comenzaba a subir desde mis pies.
Pequeños movimientos.
Cientos.
Desperté gritando.
Pensé que había sido una pesadilla provocada por el velorio.
Pero volvió la noche siguiente.
Y la siguiente.
Cada vez era más real.
Comencé a dormir poco.
Luego aparecieron otros problemas.
Me sentía débil.
Enfermaba con frecuencia.
Mis compañeros empezaron a decirme que tenía un olor extraño, aunque yo me bañara y usara perfume.
Eso fue lo que me recordó a Diego.
Él había regresado a la oficina exactamente así.
Más delgado.
Enfermo.
Cansado.
Con aquel olor que nadie sabía explicar.
Y ahora parecía que yo estaba repitiendo la misma historia.
El trabajo comenzó a salir mal.
Cometía errores por falta de sueño.
Perdí concentración.
Finalmente también perdí aquel puesto que tanto había deseado.
Fue entonces cuando entendí la ironía.
Había hecho todo aquello porque quería ascender.
Conseguí el puesto.
Y después lo perdí junto con muchas otras cosas.
Pasaron los años.
Nunca pude demostrar que lo ocurrido tuviera relación con aquella noche en el cementerio.
Tal vez Diego tenía una enfermedad que nadie conocía.
Tal vez mis propios síntomas aparecieron por culpa, ansiedad y falta de sueño.
Una parte de mí necesita creer eso.
Porque la otra explicación me resulta demasiado pesada.
Todavía tengo épocas en que vuelve aquella pesadilla.
Ya no sueño todas las noches, pero cuando ocurre siempre comienza igual:
oscuridad.
Madera.
Algo moviéndose alrededor de mis pies.
Hoy no tengo aquel trabajo.
Mi vida es mucho más sencilla y buena parte de lo que gano se va en cuidar mi salud.
Pero lo que más pesa no es haber perdido dinero.
Es recordar al bebé de Diego en brazos de su mamá.
Durante mucho tiempo pensé que Diego me había quitado una oportunidad.
Ahora sé que eso nunca fue cierto.
Él trabajó por lo que consiguió.
Yo fui quien convirtió mi frustración en resentimiento.
Quizá aquella noche en el panteón no ocurrió nada sobrenatural.
Quizá todo lo que vino después fueron coincidencias.
Pero incluso si fuera así, hay una cosa que no cambia:
entré a aquel lugar deseando que la vida de otra persona se arruinara simplemente porque tenía algo que yo quería.
Y esa es una decisión con la que he tenido que vivir desde entonces.
A veces todavía sueño con aquella fotografía desapareciendo bajo la tierra.
Solo que ahora, justo antes de despertar, la cara que aparece en ella ya no es la de Diego.
Es la mía.