Fue entregada al Rey Lobo; nadie sabía que ella era la cazadora más letal con vida.

Fue entregada al Rey Lobo; nadie sabía que ella era la cazadora más letal con vida.

PARTE 1

Mi familia me entregó al Rey Alfa creyendo que me mandaba a morir.

Lo que nadie sabía era que yo llevaba tres cuchillos de plata escondidos bajo el vestido de novia.

No era una víctima.

Era la mujer enviada para acabar con él.

Y tenía exactamente tres noches para hacerlo.

Todos me conocían como Renata Herrera, la hija callada de una familia noble del sur.

Era mentira.

La verdadera Renata había fallecido muchos años antes.

Yo era una huérfana sin apellido criada por la Orden de la Media Luna de Plata, una organización secreta que aseguraba proteger a los humanos de criaturas sobrenaturales.

Desde niña me enseñaron a rastrear.

A reconocer venenos.

A abrir cerraduras.

A luchar.

Y, sobre todo, a no confiar jamás en un Lykan.

Mi misión había tardado dos años en prepararse.

La familia Herrera me recibió como sobrina lejana.

Después esperaron.

Sabían que Gael Montenegro, el temido Rey Alfa de las montañas del norte, llevaba años presionando sus fronteras.

Cuando Gael exigió un matrimonio para asegurar la paz, los Herrera me ofrecieron inmediatamente.

Ellos creían estar sacrificando a la muchacha menos importante de la familia.

La Orden había organizado exactamente eso.

Yo necesitaba entrar en la fortaleza de Gael.

Y una novia podía llegar donde ningún soldado humano llegaría jamás.

El viaje duró varios días.

Cuando cruzamos el Bosque de los Susurros, los caballos se detuvieron.

Doce lobos enormes aparecieron entre los pinos.

Después salió él.

Gael Montenegro.

No parecía el monstruo irracional que me habían descrito.

Era alto, de cabello negro, ojos ámbar y una cicatriz que atravesaba un lado de su rostro.

Me observó.

Yo calculé automáticamente la distancia hasta su cuello.

Él extendió una mano.

La tomé.

Un calor extraño recorrió mi brazo.

Por un segundo olvidé todo mi entrenamiento.

Después recordé mi misión.

Tres noches.

Eso era todo.

La fortaleza tampoco se parecía a lo que esperaba.

Había familias.

Niños.

Ancianos.

Talleres.

Cocinas.

No encontré prisioneros humanos ni las escenas terribles que la Orden aseguraba que encontraría.

Durante la cena, Gael me dijo algo todavía más extraño.

Sabía que mi familia pensaba que él me despedazaría.

No lo haría.

Mientras respetara a su gente, yo sería respetada.

Y esa noche ocurrió algo que contradijo por completo todo lo que me habían enseñado.

Gael no intentó reclamarme como esposa.

Me dio una habitación privada.

Dijo que ningún Lykan digno obligaba a una mujer a aceptar un vínculo.

Me dejó sola.

Yo esperé una hora.

Después abrí la cerradura con una aguja escondida en mi cabello.

Salí a explorar.

Necesitaba conocer las rutas de escape antes de ejecutar la misión.

Cerca de medianoche escuché ruidos en el patio inferior.

Vi tres lobos.

Pero no pertenecían a Gael.

Sus movimientos eran descontrolados.

Su pelaje estaba deteriorado.

Tenían extrañas líneas oscuras bajo la piel.

Dos guardias intentaban contenerlos.

Gael apareció.

Se transformó.

Su lobo era gigantesco y negro.

Yo tenía la mano sobre un cuchillo de plata.

Pero no lo lancé.

Observé.

Gael no estaba enviando aquellas criaturas contra humanos.

Estaba protegiendo su propia fortaleza de ellas.

Cuando todo terminó, se arrodilló junto a una de las criaturas enfermas.

No parecía victorioso.

Parecía triste.

Ordenó reforzar las murallas.

También dijo algo que me dejó helada.

—La corrupción está avanzando hacia el sur.

Regresé a mi habitación.

Por primera vez desde que recibí la misión, dudé.

La Orden aseguraba que Gael era responsable de los ataques fronterizos.

¿Y si aquellas criaturas eran las verdaderas responsables?

A la mañana siguiente fui a la biblioteca.

Había recogido un pequeño trozo de tela encontrado cerca del lugar donde los lobos habían entrado.

Olía a azufre, ceniza y belladona.

Conocía aquella mezcla.

La había olido cientos de veces durante mi entrenamiento.

Era una fórmula utilizada por la propia Orden.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Seguí revisando libros.

Encontré referencias a una enfermedad llamada “la podredumbre”.

Destruía gradualmente la mente de un Lykan hasta dejarlo sin control.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

Gael.

Estaba apoyado en la entrada.

No llevaba armadura.

Parecía más cansado que amenazante.

Me preguntó qué estaba buscando.

Contesté que quería entender a las criaturas.

Él dijo que la enfermedad había comenzado dos años atrás.

Después añadió:

—No apareció sola.

Le pregunté quién la estaba propagando.

Gael se acercó.

—Hombres con máscaras de plata.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

Él siguió avanzando hasta quedar frente a mí.

Sus ojos bajaron hacia mi vestido.

Luego hacia mi cintura.

—Hombres que llevan armas de plata.

Ya tenía una mano cerca del cuchillo.

Gael no intentó detenerme.

Solo dijo:

—También suelen enviar asesinos escondidos detrás de rostros inocentes.

Lo miré.

Mi actuación terminó en ese instante.

—¿Qué estás diciendo?

Gael inclinó ligeramente la cabeza.

Y respondió con una calma que me dio más miedo que cualquier rugido.

—Sé quién eres, Renata.

Sentí el acero oculto contra mi piel.

Entonces añadió:

—Lo supe desde el primer día que bajaste de aquel carruaje para matarme.

PARTE 2

No saqué el cuchillo.

Gael tampoco se movió.

Durante varios segundos ninguno habló.

Finalmente pregunté lo único que tenía sentido.

—Entonces, ¿por qué me dejaste entrar?

Su expresión cambió.

Ya no parecía un rey.

Parecía un hombre agotado de pelear contra enemigos que nadie más veía.

Gael me explicó que llevaba meses siguiendo el origen de la podredumbre.

Habían capturado a hombres con armas de plata cerca de los territorios infectados.

Algunos llevaban símbolos de la Media Luna.

Otros trabajaban para familias humanas interesadas en las minas de hierro y oro del norte.

Mi familia adoptiva estaba entre ellas.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

Gael dijo que los Herrera financiaban parte de los experimentos.

La Orden convertía lobos enfermos en armas.

Luego los dirigía hacia aldeas humanas.

Después culpaban a Gael.

El objetivo era sencillo.

Crear miedo.

Presentar a los Lykan como monstruos.

Provocar una guerra.

Una vez muerto Gael, su manada se dividiría.

Los ejércitos del sur entrarían como supuestos salvadores.

Y las familias que financiaban la operación se quedarían con las tierras.

Pensé en los años de entrenamiento.

En todas las historias que me habían contado.

En cada vez que el maestro Bartolomé aseguró que nosotros éramos los buenos.

—Me utilizaron.

Gael negó lentamente.

—Te convirtieron en un arma antes de que fueras lo bastante grande para decidir quién debía ser tu enemigo.

Aquello dolió más.

Porque era verdad.

Le pregunté cómo sabía que yo era asesina.

Gael casi sonrió.

Había detectado plata desde el bosque.

También olió el veneno cosido dentro de mi capa.

—Tu miedo era falso —dijo—. Pero tu duda no.

Me ofreció una elección.

La noche siguiente sería Luna Roja.

La Orden atacaría.

Esperaban encontrar las puertas abiertas y a Gael fuera del camino.

Yo podía cumplir mi misión.

O podía quedarme.

No intentó convencerme.

Simplemente salió de la biblioteca.

Me dejó sola con mis cuchillos.

Esa noche no dormí.

Pensé en todos los monstruos que había cazado.

Luego pensé en las personas que me enseñaron a hacerlo.

A veces el uniforme correcto puede esconder cosas peores que unos colmillos.

Al amanecer fui a buscar a Gael.

Saqué mi cuchillo principal.

Sus guardias reaccionaron inmediatamente.

Gael levantó una mano para detenerlos.

Me acerqué.

Giré el arma.

Y le entregué el mango.

—No pertenezco a la Orden.

Gael tomó el cuchillo.

—¿Entonces de qué lado estás?

Miré hacia las montañas.

—Del lado que no necesita mentir para justificar una guerra.

La Luna Roja apareció aquella noche.

Desde las murallas vimos luces entre los árboles.

Decenas de soldados de la Orden se acercaban.

También traían jaulas.

Dentro había lobos afectados por la podredumbre.

Comprendí entonces hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

Utilizaban a las mismas criaturas que afirmaban proteger al mundo de ellas.

La batalla comenzó.

Pero no fue la carnicería gloriosa que me habían enseñado a imaginar.

Fue caos.

Gente asustada intentando sobrevivir.

Yo conocía la forma de luchar de la Orden.

Por eso pude anticipar muchas de sus estrategias.

Ayudé a los defensores a cerrar las rutas de entrada.

Desarmamos a quienes lograron cruzar las murallas.

Los lobos infectados fueron contenidos en lugar de perseguidos sin sentido.

Gael protegía el patio central.

Yo cubría los accesos superiores.

Entonces uno de los soldados de la Orden me vio.

Era Gregorio, uno de los hombres que había supervisado parte de mi entrenamiento.

Me llamó traidora.

No respondí.

Él quiso atacarme.

Lo desarmé.

Pude terminar la pelea allí mismo.

No lo hice.

Lo dejé bajo custodia.

Necesitábamos respuestas, no más silencio.

Fue entonces cuando escuché a Gael.

Había sido alcanzado por un proyectil de plata contaminado con la misma sustancia utilizada para provocar la podredumbre.

Cayó.

Corrí hacia él.

Las venas oscuras comenzaban a extenderse por su cuello.

Yo conocía el compuesto.

La Orden me había enseñado a fabricarlo.

También me había enseñado a neutralizarlo.

Qué ironía.

El conocimiento que habían puesto en mis manos para acabar con él era ahora lo único que podía salvarlo.

Saqué un pequeño antídoto que llevaba para protegerme durante la misión.

Retiré cuidadosamente el fragmento de plata y apliqué la fórmula.

Gael perdió el conocimiento.

Me quedé junto a él hasta el amanecer.

Cuando abrió los ojos, la Luna Roja ya había desaparecido.

Me encontró sentada junto a la cama.

—Te quedaste.

Parecía genuinamente sorprendido.

—No te emociones —contesté—. Todavía eres insoportable.

Sonrió.

Fue la primera vez que lo vi hacerlo.

La Orden se retiró después de perder a sus principales comandantes.

Gregorio y otros prisioneros confirmaron los pagos.

Los documentos recuperados conectaban a los Herrera con los laboratorios responsables de la podredumbre.

La historia que había comenzado como una guerra entre humanos y lobos resultó ser una operación económica.

Oro.

Hierro.

Tierras.

Siempre las mismas cosas escondidas detrás de palabras como honor y protección.

Mi antiguo maestro desapareció antes de ser detenido.

Nunca volví a verlo.

Tal vez fue mejor.

No necesitaba su explicación para entender lo que había ocurrido.

Me quedé en el norte.

Al principio no como esposa de Gael.

Se lo dejé claro.

Yo había pasado toda mi vida perteneciendo a alguien.

A la Orden.

A una misión.

A una identidad robada.

No iba a cambiar una jaula por otra solo porque esta tuviera un rey atractivo dentro.

Gael aceptó.

Durante meses trabajé investigando la podredumbre y buscando una cura.

Descubrimos que algunos infectados podían recuperarse si eran tratados pronto.

Eso cambió muchas cosas.

Las criaturas que yo había sido entrenada para eliminar podían ser víctimas.

Con el tiempo, Gael y yo también cambiamos.

No ocurrió porque un destino mágico lo ordenara.

Ocurrió lentamente.

Conversaciones.

Confianza.

Discusiones.

Silencios cómodos.

La primera vez que me besó me preguntó antes.

Me reí.

Le recordé que una vez había planeado entrar en su habitación con tres cuchillos.

—Precisamente por eso pregunto —respondió.

Años después me convertí oficialmente en Luna del norte.

Nunca adopté nuevamente el apellido Herrera.

Tampoco recuperé el nombre que tenía antes de infiltrarme en esa familia.

No sabía cuál había sido.

Elegí conservar Renata.

Ya no era el nombre de una mujer falsa.

Era el nombre de la mujer que yo había decidido ser.

Todavía guardo uno de aquellos cuchillos de plata.

Está sobre mi escritorio.

Gael dice que debería deshacerme de él.

Nunca lo hago.

Me recuerda la noche en que fui enviada al norte para destruir a un monstruo.

Y descubrí que el monstruo más peligroso no era el hombre que podía convertirse en lobo.

Era la mentira que había conseguido convencerme de que jamás necesitaba preguntar quién se beneficiaba cuando yo apretaba el gatillo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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