Fue apuñalada cinco veces al salvar a la cría del Rey Alfa; a la mañana siguiente, veinte lobos fueron a por ella.

Fue apuñalada cinco veces al salvar a la cría del Rey Alfa; a la mañana siguiente, veinte lobos fueron a por ella.

PARTE 1

La madrugada en que veinte lobos gigantes rodearon mi casa, pensé que los hombres de la noche anterior habían regresado para terminar lo que empezaron.

Yo apenas podía moverme.

La puerta estaba destrozada.

Y debajo del piso seguía escondido un niño cuyo nombre ni siquiera conocía.

Me llamo Beatriz Hayes.

Tenía veintitrés años y vivía sola en una cabaña a las afueras de Darosa, una aldea pequeña rodeada de bosque y montañas.

La gente del pueblo me llamaba curandera cuando necesitaba mis plantas.

Cuando no necesitaban nada, algunos preferían llamarme bruja.

Nunca me importó demasiado.

Había aprendido de mi madre a preparar ungüentos, infusiones y remedios para la fiebre. Vivía tranquila, lejos de todos.

Aquella noche estaba moliendo corteza de sauce cuando escuché algo en la puerta.

No fue un golpe.

Era como si alguien rascara desesperadamente la madera.

Tomé el atizador de la chimenea y me acerqué.

Cuando abrí, un niño cayó prácticamente dentro de la casa.

Tendría seis años.

Llevaba ropa demasiado fina para ser hijo de un campesino y una pequeña capa cubierta de nieve.

Lo más extraño eran sus ojos.

Dorados.

Nunca había visto algo parecido.

—Ayúdeme —alcanzó a decir.

Después escuché un aullido en el bosque.

El niño comenzó a temblar.

Le pregunté quién lo perseguía.

—Los hombres de mi tío.

Aquello no tenía sentido.

Pero tampoco tuve tiempo para entenderlo.

Afuera comenzaron a escucharse pasos.

El niño me sujetó del vestido.

Dijo que querían llevárselo porque su padre tenía algo que su tío deseaba.

Entonces alguien golpeó mi puerta.

Una voz masculina exigió que entregara al pequeño.

Podría haber abierto.

Podría haber dicho que yo no tenía nada que ver con sus problemas.

Probablemente eso habría sido lo más inteligente.

En lugar de hacerlo, levanté la alfombra del centro de la habitación.

Debajo estaba la trampilla del sótano donde guardaba raíces y frascos.

Hice bajar al niño.

—No salgas aunque escuches ruido.

Moví una mesa pesada encima.

Segundos después la puerta cedió.

Entraron tres hombres.

O al menos parecían hombres.

Eran demasiado grandes.

Sus ojos tenían un brillo amarillento que me hizo comprender que las historias que escuchaba en el pueblo tal vez no eran simples cuentos.

El que iba adelante tenía una cicatriz en la cara.

Me preguntó dónde estaba el niño.

Le dije que ahí no había nadie.

Sonrió.

—Puedo olerlo.

Fue entonces cuando supe que no iba a convencerlos hablando.

Lo que ocurrió después todavía aparece algunas noches en mis sueños.

Intenté impedir que llegaran al sótano.

Ellos intentaron obligarme a apartarme.

La casa quedó destrozada.

Recuerdo frascos cayendo.

Hierbas por el suelo.

El sabor metálico en mi boca.

Y mucho frío.

En algún momento tomé un recipiente con sal, chile seco y polvo de alumbre que utilizaba para preparar ciertos remedios.

Lo lancé directamente al rostro del hombre de la cicatriz.

Comenzó a gritar.

Sus compañeros pensaron que el niño había escapado por la parte trasera.

Se fueron siguiendo unas huellas que ni siquiera eran de él.

Yo quedé tirada en el suelo.

No podía levantarme.

Pero tampoco escuchaba al niño.

Eso significaba que había obedecido.

Había permanecido escondido.

Recuerdo pensar una sola cosa antes de perder el conocimiento:

“Por lo menos él está a salvo”.

Cuando volví a abrir los ojos ya había amanecido.

El frío que entraba por la puerta rota era insoportable.

Entonces sentí vibrar el suelo.

Una vez.

Otra.

Muchas veces.

Miré hacia afuera.

Había lobos rodeando completamente mi cabaña.

No cinco.

No diez.

Eran alrededor de veinte.

Mucho más grandes que cualquier animal normal.

El mayor era blanco y tenía unos ojos azules que parecían hielo.

Entró lentamente.

Pensé que todo había terminado.

Pero frente a mí ocurrió algo todavía más imposible.

El lobo comenzó a cambiar.

Segundos después, un hombre enorme vestido con cuero oscuro estaba de pie dentro de mi casa.

Llevaba una pequeña corona de hierro.

Miró el desastre.

Luego me miró a mí.

—¿Dónde está el niño?

No pude hablar.

Solo moví los ojos hacia la mesa.

El hombre la apartó con una facilidad absurda.

Retiró la alfombra.

La trampilla comenzó a levantarse desde abajo.

El pequeño asomó la cabeza.

En cuanto vio al desconocido, empezó a llorar.

—Papá.

PARTE 2

El hombre cayó de rodillas frente al sótano.

Por un instante dejó de parecer el ser aterrador que había entrado en mi casa.

Sacó al niño y lo abrazó con tanta fuerza que comprendí inmediatamente que no estaba actuando.

El pequeño se llamaba Arthur.

Y aquel hombre era Tristan Vain, rey de las manadas del norte.

Yo había escondido al hijo del Alpha King debajo de mi mesa sin saberlo.

Arthur le contó lo sucedido.

Dijo que tres hombres habían llegado buscando matarlo y que yo me había negado a entregarlo.

Tristan dejó de mirar a su hijo.

Me miró a mí.

Entonces el niño añadió:

—La lastimaron porque me escondió.

El rey se acercó.

Yo estaba demasiado débil para sentir miedo.

Se arrodilló a mi lado y buscó mi pulso.

Su expresión cambió.

Ordenó que llamaran inmediatamente a un sanador.

Uno de sus hombres inspeccionó la casa mientras esperaban.

Fue él quien encontró algo entre las tablas.

Un fragmento metálico perteneciente al arma del hombre de la cicatriz.

Tenía un símbolo grabado.

Tristan lo reconoció.

Nunca olvidaré su cara.

No era el emblema de un grupo desconocido.

Pertenecía a su propio tío, Lord Reginald.

Un hombre de su consejo.

La persona que, según Arthur, había organizado su desaparición.

Ahí entendimos que aquello no había sido un ataque casual.

Alguien dentro de la familia real quería eliminar al niño y después utilizar su ausencia para tomar el poder.

Yo era la única testigo adulta que había visto a los hombres.

Por eso también habían intentado silenciarme.

Después de aquello recuerdo muy poco.

Me llevaron a la fortaleza.

Pasé varios días entre fiebre y sueños extraños.

Cuando desperté estaba acostada en una habitación enorme.

Tristan estaba sentado junto a la chimenea.

Parecía no haber dormido.

Me explicó que habían tenido que utilizar métodos de sanación de su gente porque mis heridas eran graves.

Después me dio las gracias por Arthur.

Le respondí que cualquiera habría hecho lo mismo.

Tristan negó con la cabeza.

—No todos.

Fue entonces cuando me explicó otra cosa.

Cuando se acercó a mí en la cabaña había percibido un vínculo que su especie consideraba extremadamente raro.

Yo no entendí la palabra al principio.

Compañera.

Según sus tradiciones, algunas personas podían reconocerse de una manera que iba más allá de la decisión consciente.

No acepté aquello inmediatamente.

Yo apenas conocía a ese hombre.

Y él lo respetó.

Eso me hizo confiar más en él que cualquier discurso.

Pero no tuvimos mucho tiempo para hablar.

Un capitán entró en la habitación.

Reginald había convocado al consejo.

Estaba diciendo que Tristan y Arthur habían desaparecido.

Peor aún:

afirmaba que una curandera humana había provocado la tragedia.

Y pretendía proclamarse nuevo rey aquella misma noche.

Tristan quiso que yo permaneciera en cama.

Me negué.

Si él entraba solo, Reginald podía llamarlo mentiroso.

Si Arthur aparecía con nosotros, desmontaría una parte de la historia.

Pero si también aparecía yo…

el supuesto monstruo humano que había “eliminado” al príncipe…

la mentira completa se vendría abajo.

Entramos los tres al gran salón.

Reginald ya estaba frente al trono.

Tenía la corona preparada.

Cuando vio a Arthur vivo, dejó de hablar.

Cuando me vio a mí, perdió el color del rostro.

Y cuando Tristan ordenó que llevaran al hombre de la cicatriz, todo terminó.

Seguía vivo.

Herido, pero perfectamente reconocible.

Arthur lo identificó.

Yo también.

Después mostraron el fragmento con el símbolo de Reginald.

El consejo comprendió lo ocurrido.

Reginald había enviado a sus propios hombres para hacer desaparecer al heredero.

Luego planeaba usar la supuesta pérdida de Tristan y del niño para tomar el trono.

No necesitábamos una guerra.

Su propia mentira se derrumbó frente a todos.

Fue detenido y apartado definitivamente del poder.

Arthur nunca olvidó aquella noche.

Yo tampoco.

Durante semanas el niño venía a mi habitación con pequeños dibujos y se sentaba a contarme cosas mientras me recuperaba.

Tristan también aparecía todos los días.

Al principio porque quería saber cómo estaba.

Después dejó de fingir que esa era la única razón.

No pasé de curandera desconocida a reina de un día para otro.

Las historias que después contó la gente exageraron bastante esa parte.

Lo verdadero fue más sencillo.

Me quedé.

Conocí a Tristan.

Aprendí sobre su mundo.

Él aprendió sobre el mío.

Y mucho tiempo después elegimos construir una vida juntos.

Todavía conservo una pequeña bolsa de tela con sal, chile seco y alumbre.

Tristan siempre se ríe cuando la encuentra.

Dice que veinte guerreros entrenados tardaron días en localizar a su hijo.

Yo, en cambio, conseguí protegerlo con una mesa vieja, un sótano lleno de raíces y un frasco de remedios.

Pero cuando recuerdo aquella madrugada, no pienso en lobos ni en reyes.

Pienso en un niño asustado que llamó a mi puerta.

Yo no sabía quién era.

No sabía quién era su padre.

Y quizá por eso hice lo correcto.

Porque aquella noche no protegí a un príncipe.

Solo protegí a un niño que necesitaba que alguien le abriera la puerta.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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