Fue al pozo por agua… ¡sin saber que el Alfa ya había firmado su sentencia de muerte!

Fue al pozo por agua… ¡sin saber que el Alfa ya había firmado su sentencia de muerte!

El rey firmó mi sentencia de muerte antes de conocerme.

La única “prueba” estaba escondida bajo el piso de mi casa.

Yo solo tenía diecisiete años y dos cubetas de agua en las manos.

Cuando entendí lo que pasaba, ya me perseguían por el bosque prohibido.

Me llamo Lía Salgado. En el Valle de la Luna me decían la maldita, aunque a veces lo disfrazaban de lástima. Mi padre, Bastián, había sido el mejor guerrero de la guardia real hasta que lo acusaron de intentar envenenar al antiguo rey. Murió en los calabozos antes de que nadie pudiera demostrar su inocencia. Mi madre falleció dos inviernos después, consumida por la pena.

Desde entonces vivía con mi prima Selene y su familia. Ella era dos años mayor y se encargaba de recordarme que debía agradecer cada migaja.

—Podríamos haberte dejado en el monte —decía, riéndose—. A los lobos de verdad.

Cada mañana cargaba dos cubetas desde el Pozo de la Luna hasta la casa. A cambio, el viejo encargado del pozo me daba pan duro para llevar a las cocinas del palacio. Era una vida pequeña, pero la conocía. No esperaba que cambiara.

Aquella mañana, mientras volvía por el camino de los abedules, un joven guardia llamado Tomás se acercó corriendo. Estaba pálido.

—Lía, tienes que huir.

—¿Qué pasó?

—Desapareció el sello del rey. Lo encontraron en tu casa, junto con una carta que dice que vendías secretos a la manada del Encino Rojo.

La cubeta se me resbaló del hombro. El agua cayó sobre la tierra.

—Eso es mentira. Nunca he visto el sello.

—El rey firmó la orden de ejecución. Están levantando el cadalso en la plaza.

Sentí que el mundo se inclinaba. Yo no había hecho nada. Pero el sello real estaba bajo mi piso, la carta llevaba mi nombre y la orden tenía la firma de Gael Montoya, el rey licántropo del valle.

Tomás me señaló el bosque prohibido. Nadie entraba allí. Decían que sus árboles se tragaban a los lobos y que sombras antiguas vigilaban el corazón de la montaña.

—Si voy a morir —le dije—, al menos no será esperando a que me encuentren en mi cama.

Corrí hacia los árboles mientras las trompetas de la guardia comenzaban a sonar. Detrás de mí, el rey ordenó que me declararan fugitiva y ofreció una recompensa por mi cabeza. No quería que me llevaran ante un juez. Quería que me mataran.

Al tercer día, agotada y con las manos llenas de rasguños, oí algo entre los pinos. Una figura enorme se movía en la oscuridad. Sus ojos brillaban como plata fría. Supe que era uno de los lobos de sombra de las historias, y, para mi sorpresa, ya no tenía fuerzas para sentir miedo.

—Si vas a comerme, hazlo rápido —le dije—. He tenido una semana terrible.

El lobo se acercó. Bajó la cabeza hasta que su aliento me rozó la frente. Yo, que ya no tenía fuerzas ni para temblar, levanté la mano y toqué su hocico plateado.

El bosque entero se llenó de luz.

PASS 2 

La luz me envolvió y, junto a ella, escuché una voz que no venía de ninguna garganta.

—Hija del pozo, hija de la sangre inocente. ¿Dejarás que yo te juzgue como tu rey no quiso hacerlo?

—No tengo nada que ocultar —contesté.

Cuando desperté, el bosque se había vuelto distinto. Hilos plateados brillaban en mi cabello y mis ojos reflejaban una luz tenue, incluso bajo el sol. Los lobos de sombra me rodeaban en silencio. El más viejo habló dentro de mi mente: la luna me había elegido como su oráculo, la primera en cuatro siglos.

Durante tres años —aunque para mí pareció mucho menos— aprendí a sanar heridas, reconocer mentiras y escuchar a los lobos cuando hablaban desde el miedo. La diosa me enseñó que juzgar no era lo mismo que vengarse.

También descubrí la verdad: Selene había robado el sello y falsificado la carta. Quería ocupar mi lugar junto al rey. Para lograrlo, sembró sospechas sobre mí y se ganó la confianza de Gael. Él había firmado mi condena sin invocar el antiguo juicio de la verdad, el derecho que todo acusado tenía.

Y había algo más: Gael era mi pareja destinada. Selene lo sabía. Por celos y ambición, había decidido matarme antes de que él pudiera descubrirlo.

No supe qué hacer con esa verdad. Mi destino me unía al mismo hombre que había firmado mi muerte. Pero la diosa me dio una elección: perdonarlo no significaba dejarlo sin consecuencias.

Cuando regresé al Valle de la Luna, el pueblo había cambiado. Selene gobernaba junto a Gael como su Luna. Los ancianos que habían cuestionado la sentencia habían muerto en supuestos accidentes. El tesoro estaba casi vacío. Gael se había debilitado hasta no poder transformarse con normalidad.

El rey no parecía notar cómo su reino se desmoronaba. Selene se encargaba de que nadie se lo explicara.

Llegué a la plaza con los lobos de sombra detrás de mí. La misma plaza donde habían empezado a construir el cadalso para una muchacha inocente. Al verme, la multitud retrocedió. Selene palideció.

—La hija del traidor volvió —dijo—. ¿Vienes a reclamar el puesto que nunca fue tuyo?

—No. Vengo a reclamar la verdad.

Gael apareció en el balcón. Sus ojos estaban hundidos y su rostro, enfermo. Me miró como si reconociera algo que no alcanzaba a nombrar. Yo no le pedí que bajara ni que me creyera. Pedí que se realizara el juicio que me había negado.

Lo hicimos al anochecer, en un círculo de ceniza y polvo de plata. En el centro colocaron un cuenco con agua del Pozo de la Luna, el mismo lugar donde yo llenaba las cubetas cada mañana.

Selene juró que nunca había falsificado pruebas. El agua se enturbió.

Yo juré que jamás había traicionado al reino. El agua brilló limpia.

No hicieron falta más discursos. Ren, el beta y viejo amigo del rey, confesó que había puesto una hierba venenosa en la bebida de Gael durante tres años. Selene lo había convencido de que debilitando al rey podría controlar el reino. También confesó que los dos ancianos muertos habían descubierto la estafa y que sus muertes no fueron accidentes.

La plaza estalló en murmullos. Gael miró a Selene, comprendiendo al fin quién había sido ella y cuánto tiempo llevaba engañándolo.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque yo merecía estar a tu lado —respondió ella—. No una muchacha a la que todos compadecían.

—No me conocías lo suficiente para saber qué merecía —dije—. Y no tenías derecho a decidir quién debía morir.

La ley pedía la muerte por traición. Yo también había soñado con verla pagar. Pero el poder de juzgar no me daba derecho a convertirme en otra Selene.

La condené al exilio, sin rango ni protección de la manada. Ren recibió una década de trabajo en las minas y perdió su posición. Gael, debilitado por el veneno, aceptó el antídoto que preparé con la ayuda de los sanadores. No le ofrecí perdón esa noche. Le ofrecí la oportunidad de responder por lo que había hecho.

Me quedé en el valle para ayudar a reconstruirlo. No como Luna, ni como pareja del rey, sino como oráculo. Gael se disculpó muchas veces. Al principio, yo escuchaba sin contestar. Después entendí que sus palabras no buscaban comprarme. Él había empezado a cambiar incluso cuando no sabía si yo lo vería.

—Firmé esa sentencia sin preguntarme por qué una muchacha que apenas tenía para comer habría robado el sello —me dijo una noche—. No sé cómo pude hacerlo.

—Estabas enfermo y dejaste que Selene fuera la única voz que escuchabas —respondí—. Eso explica parte de lo que pasó. No lo vuelve justo.

—Lo sé.

Con el tiempo, volvió a transformarse. El reino recuperó sus cuentas, los ancianos tuvieron un juicio justo y ninguna persona acusada volvió a ser condenada sin la prueba de la luna. Gael no me pidió que ocupara su lado en el trono hasta que yo estuve lista.

En la primavera, bajo los abedules que rodeaban el pozo, me ofreció su mano.

—No te pido que olvides —dijo—. Solo que me permitas construir algo distinto contigo, si eso es lo que tú quieres.

Acepté su mano, pero no su corona. No ese día. Primero debía aprender a confiar en el hombre que había sido capaz de firmar mi muerte y demostrarme, día tras día, que ya no era ese hombre.

Una vez por semana sigo yendo al Pozo de la Luna antes del amanecer. Ahora nadie me llama maldita. Aun así, cargo mis propias cubetas. No porque me falten sirvientes, sino porque quiero recordar a la muchacha que caminaba sola con agua para otros y no sabía cuánto poder guardaba su voz.

El bosque me devolvió la vida. Pero fui yo quien decidió qué hacer con ella.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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