Fingió ser ciega durante 10 años… hasta que el Rey Vampiro descubrió su secreto.
Fingió ser ciega durante 10 años… hasta que el Rey Vampiro descubrió su secreto.

PARTE 1
Durante diez años fingí ser ciega.
No porque mis ojos no pudieran ver, sino porque podían ver demasiado.
Veía secretos, mentiras, fragmentos del futuro… incluso los hilos invisibles que parecían unir el destino de unas personas con otras.
Por eso mantuve los ojos cerrados desde que asesinaron a mi familia.
Y funcionó.
Hasta la noche en que un hombre apareció dentro de mi habitación sin abrir la puerta.
—Puedes sentirme —dijo.
Reconocí inmediatamente el peligro en su voz.
—Escuché la ventana —mentí—. Soy ciega, señor.
El desconocido soltó una pequeña risa.
—Puedes ser muchas cosas, Novely Thorne. Pero ciega no eres.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Había vivido durante años en el Instituto para Ciegos de Ashwick. Allí nadie cuestionaba que caminara con los ojos cerrados ni que conociera cada rincón sin ayuda. Era el escondite perfecto.
Hasta que cometí un error.
Doné sangre porque necesitaba dinero.
Aquella sangre llegó hasta él.
—Abre los ojos —ordenó el extraño.
—No puedo.
Se acercó.
—Entonces no tienes nada que temer.
Comprendí que seguir fingiendo era inútil.
Abrí lentamente los párpados.
El hombre retrocedió.
Mis ojos eran violetas. En su interior aparecían símbolos que ninguna persona normal debía poseer.
—Imposible… —susurró—. Eres una vidente.
Sentí que se me helaba la sangre.
Había pasado una década evitando escuchar esas palabras.
Los videntes habían sido perseguidos hasta casi desaparecer porque podían observar el pasado, el futuro y los caminos del destino. Incluso se decía que nuestra sangre podía transmitir visiones a quien la bebiera.
—¿Quién eres? —pregunté.
Sus ojos adquirieron un brillo plateado.
—Casemir. Rey de los vampiros de los Territorios del Norte.
Pensé que estaba bromeando.
Hasta que vi sus colmillos.
Casemir me explicó que los análisis habían detectado algo extraño en mi sangre. Si otros vampiros descubrían mi existencia, intentarían capturarme. Y si las brujas responsables de exterminar a los míos descubrían que una vidente había sobrevivido, regresarían para terminar el trabajo.
—Entonces huiré.
—Ya es demasiado tarde.
—¿Qué quieres de mí?
Esperaba que dijera mi sangre.
Mi poder.
Mi obediencia.
En cambio respondió:
—Quiero ofrecerte protección.
Lo miré directamente.
Y entonces vi algo.
Un hilo rojo salía de mi pecho y terminaba en el suyo.
Nunca había visto uno tan intenso.
—Nuestros destinos están unidos —murmuré.
Casemir permaneció inmóvil.
Una visión golpeó mi mente.
Vi fuego.
Sangre.
Vampiros convirtiéndose en polvo.
Una guerra.
Y en medio de todo aquello estábamos Casemir y yo.
—¿Qué viste?
—Si permanecemos separados, todo terminará en oscuridad.
Acepté acompañarlo.
Su palacio era un lugar imposible de describir: columnas de obsidiana, mármol negro y un techo encantado donde podían verse las estrellas.
Casemir ordenó que nadie me tocara.
Pero pronto comprendí que no todos aceptaban su decisión.
Aquella misma noche me reveló algo todavía peor.
Varios vampiros habían muerto de una forma imposible.
Habían envejecido siglos en segundos antes de convertirse en polvo.
Y todos pronunciaron la misma profecía:
“Cuando la vidente ciega vuelva a ver, la noche eterna terminará y el rey de las sombras enfrentará su último amanecer.”
Sentí un escalofrío.
La vidente ciega era yo.
Entonces un grito atravesó el palacio.
Corrimos hasta el salón principal.
Una vampira estaba retorciéndose en el suelo.
Ante mis ojos comenzó a envejecer.
Su cabello se volvió blanco.
Su piel se secó.
Antes de convertirse en cenizas me miró.
—La trajiste… —susurró—. Nos condenaste a todos.
Cientos de vampiros se volvieron hacia mí.
Alguien gritó:
—¡Mátenla!
Casemir se colocó delante de mí.
Pero entre la multitud apareció un vampiro antiquísimo llamado Malachi.
Y cuando mis ojos observaron su aura, vi algo que nadie más podía ver.
La misma oscuridad que había matado a aquella mujer salía directamente de él.
Entonces una visión atravesó mi mente.
Vi a Malachi realizando un ritual.
Vi sangre.
Vi vampiros muriendo.
Y comprendí la verdad.
Lo señalé.
—Eres tú. Tú los estás matando.
Malachi sonrió…
y antes de que Casemir pudiera detenerlo, su mano se cerró alrededor de mi garganta.
PARTE 2
Sentí los dedos de Malachi apretándome el cuello mientras una energía negra penetraba en mi mente.
No quería simplemente matarme.
Estaba buscando algo dentro de mí.
Mis recuerdos.
Mis visiones.
Mi poder.
Entonces Casemir apareció.
Sujetó la muñeca de Malachi con tanta fuerza que escuché crujir los huesos.
—Vuelve a tocarla y te destruiré.
Malachi soltó una carcajada.
—Sigues sin entenderlo, muchacho.
Levantó una mano.
Las cenizas de la vampira muerta comenzaron a elevarse alrededor de nosotros.
—Cada muerte alimenta mi ritual. Cuando termine la noche eterna, vuestra especie cambiará para siempre… y yo seré su nuevo dios.
La oscuridad explotó.
Vampiros comenzaron a caer.
Algunos envejecían.
Otros gritaban atrapados en visiones.
Casemir me protegió con su propio cuerpo.
—Tenemos que salir.
—No.
Acababa de ver la respuesta.
—La profecía debe cumplirse.
Me miró horrorizado.
—¿Qué estás diciendo?
—La noche eterna tiene que terminar.
Lo llevé hacia las catacumbas.
Mientras descendíamos, le expliqué aquello que Malachi nunca había comprendido.
La profecía no hablaba de la extinción de los vampiros.
La “noche eterna” era su condena: vivir esclavizados por la sangre, la oscuridad y el hambre.
Su final significaba transformación.
Libertad.
Pero existía un precio.
—En todos los futuros donde tu pueblo sobrevive —le dije— yo muero.
Casemir se detuvo.
—No.
—Tienes que confiar en mí.
—No voy a dejarte morir.
Toqué su rostro.
—Prométeme que no intervendrás hasta que yo te lo diga.
Después de un largo silencio, aceptó.
Llegamos a una enorme cámara.
Doce vampiros estaban encadenados alrededor de un círculo mágico. Malachi estaba absorbiendo lentamente su esencia inmortal para completar su transformación.
Cuando nos vio, sonrió.
—Justo como predijo la profecía.
Entré sola en el círculo.
La magia negra comenzó a envolverme.
Casemir permaneció inmóvil.
Podía ver cuánto le costaba cumplir su promesa.
Malachi abrió los brazos.
—Cuando mueras, tu sangre completará mi ascensión.
Sonreí.
—Hay algo que nunca entendiste sobre los videntes.
Mis ojos comenzaron a brillar.
—No fuimos exterminados porque pudiéramos ver el futuro.
La luz violeta atravesó el círculo.
—Nos exterminaron porque podíamos cambiarlo.
Los símbolos del suelo comenzaron a transformarse bajo mis pies.
Malachi perdió su sonrisa.
—¿Qué estás haciendo?
Había pasado diez años preparándome para aquella noche.
Desde el asesinato de mi familia había visto fragmentos de ese momento.
Pero durante años interpreté equivocadamente mi propia muerte.
Para romper la profecía tenía que “morir” como última vidente del antiguo linaje.
No necesariamente morir físicamente.
Abrí completamente mis ojos.
El poder acumulado durante años salió de mí.
Malachi intentó absorberlo.
Eso era exactamente lo que necesitaba.
Permití que lo hiciera.
La energía atravesó su cuerpo.
Y entonces invertí los hilos del destino.
Todo el poder robado a los vampiros comenzó a regresar hacia ellos.
Malachi gritó.
—¡IMPOSIBLE!
—No puedes convertirte en dios robando un futuro que nunca te perteneció.
Casemir comprendió.
Rompió las cadenas de los cautivos mientras yo sostenía el ritual.
Malachi intentó escapar.
Pero había construido su poder utilizando destinos ajenos.
Ahora esos destinos reclamaban lo que era suyo.
Su cuerpo comenzó a envejecer.
Primero décadas.
Después siglos.
Finalmente miles de años cayeron sobre él al mismo tiempo.
Malachi se convirtió en cenizas.
Pero el ritual todavía no había terminado.
La luz atravesó todo el palacio.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Caí.
—¡Novely!
Casemir me atrapó.
Mis ojos ardían.
Entonces todo quedó negro.
Cuando desperté, escuché pájaros.
Algo cálido tocaba mi rostro.
Abrí los ojos.
Y grité.
El sol.
Casemir estaba junto a la ventana.
La luz caía directamente sobre su piel.
Pero no ardía.
—¿Qué ocurrió?
Me tomó la mano.
—Cumpliste la profecía.
La noche eterna había terminado.
Los vampiros seguían siendo inmortales, pero la antigua maldición había cambiado. Ya no estaban condenados a vivir exclusivamente en la oscuridad ni dominados por un hambre incontrolable.
Yo había sobrevivido.
Pero había perdido algo.
Intenté mirar los hilos del destino.
No vi ninguno.
Mis ojos seguían siendo violetas, pero los símbolos habían desaparecido.
Mi poder se había ido.
La última vidente había muerto aquella noche.
Y por primera vez en mi vida…
yo solamente podía ver el presente.
Lloré.
Casemir creyó que lamentaba haber perdido mi don.
No entendía.
Estaba llorando de felicidad.
Durante años había visto cómo podían morir las personas que amaba.
Había contemplado guerras antes de que comenzaran.
Había vivido prisionera de futuros que todavía no existían.
Ahora miraba a Casemir y no podía saber si estaría conmigo mañana.
Y aquello era hermoso.
Porque significaba que nuestro futuro finalmente nos pertenecía.
—¿Qué ves cuando me miras ahora? —preguntó.
Sonreí.
—A un hombre.
Casemir soltó una pequeña risa.
—Soy un vampiro de trescientos años.
—Un hombre muy viejo.
Se rio por primera vez desde que lo conocía.
Después tomó mi rostro entre sus manos.
—Pasé siglos creyendo que saberlo todo era poder. Tú me enseñaste que elegir importa más que predecir.
Lo besé bajo la luz del amanecer.
Durante diez años había mantenido los ojos cerrados porque tenía miedo de que alguien descubriera quién era.
Creía que fingir estar ciega me mantenía a salvo.
Pero la verdad era exactamente la contraria.
Había pasado diez años viendo todos los futuros posibles… sin atreverme a vivir ninguno.
Y fue un rey vampiro quien finalmente me enseñó a abrir los ojos.