“Finge Ser Mi Esposa”… Susurró el Rey Vampiro Antes de Cambiar su Destino

PARTE 1
—Finge ser mi esposa —susurró el desconocido cubierto de sangre—. Si no lo haces, moriré antes del amanecer.
Valeria Ríos se quedó inmóvil bajo la lluvia.
Acababa de terminar su turno nocturno en un hospital de Sevilla cuando aquel hombre apareció tambaleándose junto a la entrada lateral. Llevaba un traje de lino negro, un reloj de oro y una profunda herida en el costado.
Aunque estaba pálido y apenas podía sostenerse, poseía la inquietante elegancia de un depredador.
—Necesitas un médico.
Cuando Valeria intentó llevarlo al hospital, él la sujetó.
—No llames a nadie. Si descubren que sigo vivo, vendrán a terminar el trabajo.
Ella estuvo a punto de huir. Sin embargo, vio que la sangre atravesaba sus dedos y su instinto de enfermera se impuso.
Lo ayudó a sentarse en un callejón, abrió su camisa y examinó el corte.
—Esto fue hecho con una espada. Quien te atacó sabía exactamente dónde golpear.
—Mi tío Fernando siempre ha sido meticuloso.
El hombre respiró con dificultad.
—Me llamo Ignacio de los Monteros. Soy el marqués de Alcántara.
Valeria conocía aquel apellido. Los Monteros poseían algunos de los viñedos más importantes de Andalucía. Su fortuna llevaba siglos creciendo.
Pero había algo que los periódicos nunca mencionaban.
Ignacio era un vampiro.
Fernando lo había atacado con una espada de plata bendecida, capaz de impedir su regeneración. Después de escapar de la hacienda familiar, Ignacio condujo hasta Sevilla, pero no podía acudir a un hospital sin revelar su ubicación.
Valeria improvisó un vendaje para detener la hemorragia.
—Aún no entiendo por qué necesitas una esposa.
Ignacio cerró los ojos.
—Mi verdadera mujer murió hace tres años. Según las antiguas leyes de mi linaje, si muero sin esposa ni heredero, Fernando recibirá el título, las tierras y toda la fortuna. Por eso intentó matarme.
—Pero si te casas…
—Mi esposa lo heredaría todo. Mi muerte dejaría de beneficiarlo.
Valeria soltó una risa incrédula.
—¿Pretendes aparecer en tu hacienda con una desconocida y decir que es tu esposa?
—Exactamente.
—Busca a una mujer de tu mundo.
—Fernando esperaría que eligiera a una aristócrata inmortal. Nadie sospecharía que me casé con una enfermera humana.
Aquello era una locura. Valeria apenas llegaba a fin de mes. Sus padres seguían trabajando pese a su edad y ella no tenía ahorros.
Ignacio abrió su cartera.
—Hay quince mil euros. Es el adelanto. Si me ayudas durante tres semanas, te pagaré cien veces tu salario mensual.
El dinero podía cambiar la vida de toda su familia.
—¿Y qué esperas de mí?
—Que cures mi herida, vengas conmigo a la hacienda y convenzas a Fernando de que nuestra relación es auténtica.
Valeria estableció sus condiciones: nada de intimidad en privado, debía conocer toda la verdad sobre la familia y podría marcharse si sentía que su vida corría peligro.
Ignacio aceptó.
—Entonces lo haré —dijo ella—. Fingiré ser tu esposa durante tres semanas.
El alivio apareció en su rostro.
—Hay una última cosa.
—¿Qué más?
—Una mentira no detendrá a Fernando. Necesitaremos un certificado que pueda resistir cualquier impugnación.
Ignacio la miró directamente.
—No basta con fingir, Valeria. Tenemos que casarnos legalmente esta misma tarde.
PARTE 2
Valeria lo contempló como si acabara de sugerir que saltaran juntos desde la Giralda.
—¿Casarnos de verdad?
—Solo ante la ley. Cuando hayan pasado las tres semanas, podremos solicitar la anulación.
—Eso no formaba parte del acuerdo.
—Lo sé. Si no quieres hacerlo, lo entenderé.
Ignacio no intentó presionarla. Estaba herido, desarmado y completamente a merced de su decisión.
Valeria pensó en sus padres, en las facturas acumuladas y en todas las noches que había trabajado doce horas para continuar exactamente donde había empezado.
—Primero debo mantenerte vivo —respondió—. Después hablaremos de la boda.
Lo llevó hasta un apartamento secreto que Ignacio poseía en el centro de Sevilla. Allí extrajo los fragmentos de plata de la herida, limpió el corte y lo suturó.
Ignacio soportó el dolor sin quejarse.
—La espada estuvo a pocos centímetros de tu corazón —dijo Valeria—. Has tenido suerte.
—Encontrarte fue la única suerte de esta noche.
Durante las horas siguientes, Ignacio le explicó todo lo que necesitaba saber.
La hacienda Los Viñedos de Alcántara llevaba más de dos siglos en manos de su familia. Su padre había muerto una década atrás y él heredó el marquesado, las tierras y el liderazgo del linaje.
Su primera esposa, Elena, murió en un accidente durante una tormenta. Fernando, hermano menor de su padre, nunca aceptó que Ignacio heredara el poder.
El hijo de Fernando, Carlos, controlaba parte de las finanzas. Su hija Inés vivía en Cádiz y se mantenía alejada de las intrigas familiares. La señora Carmen, ama de llaves de la casa principal, era humana y conocía la existencia de los vampiros.
—Fernando intentará dividirnos —advirtió Ignacio—. Te hará sentir inferior por ser humana.
—Estoy acostumbrada a que la gente rica me mire así.
—No eres inferior a ninguno de ellos.
Aquella respuesta la sorprendió más que el dinero.
Al caer la tarde, Don Arturo, el abogado de Ignacio, los esperaba en un registro civil. Había conseguido acelerar los trámites mediante una excepción legal.
Antes de acudir, Valeria visitó a su madre.
Doña Rosa observó la ropa costosa de su hija y comprendió que algo extraño ocurría.
—¿Estás en peligro?
Valeria sintió el deseo de contarle la verdad, pero eso solo pondría a su familia en riesgo.
—Estoy intentando conseguir una vida mejor. Confía en mí.
Su madre la abrazó.
—Siempre has sido valiente. Solo espero que ese hombre comprenda lo que vales.
La ceremonia civil fue rápida y sin romanticismo. Un funcionario leyó las obligaciones legales, pidió su consentimiento y los declaró marido y mujer.
No hubo invitados, flores ni beso.
Solo dos firmas sobre un documento oficial.
Al salir, Valeria contempló su nuevo nombre en el certificado:
Valeria Ríos de los Monteros, marquesa de Alcántara.
—Parece el nombre de otra persona —murmuró.
—Quizá sea la mujer en la que estás a punto de convertirte —respondió Ignacio.
A la noche siguiente partieron hacia la hacienda. Valeria condujo porque la herida de Ignacio todavía no había cerrado por completo.
Los viñedos se extendían bajo la luz de la luna. En el centro de la propiedad se levantaba una enorme mansión andaluza, rodeada de jardines, fuentes y edificios antiguos.
La señora Carmen los esperaba en las escaleras.
—Bienvenido, señor marqués.
Ignacio se colocó junto a Valeria.
—Carmen, ella es mi esposa.
La mujer estudió a Valeria en silencio.
—He preparado la habitación principal y otra contigua, por si desean dormir separados.
Ignacio rodeó la cintura de Valeria como parte de la representación.
—Mi esposa se quedará conmigo.
Valeria sonrió, aunque el contacto frío le provocó un escalofrío.
—Su tío Fernando exige verlo —informó Carmen—. Dice que no puede esperar.
Fernando llegó poco después.
Parecía un hombre de cincuenta años, con cabello gris, ojos azules y la serenidad calculada de alguien que había tenido siglos para perfeccionar sus mentiras.
—Me alegra comprobar que sobreviviste a tu accidente, sobrino.
—Solo fue una caída en la biblioteca.
—Una caída muy desafortunada.
Sus ojos se dirigieron a Valeria.
—¿Y tú eres la inesperada esposa?
—Valeria de los Monteros —respondió ella sin bajar la mirada.
Fernando intentó ridiculizarla por su origen humilde y cuestionó la rapidez del matrimonio. Valeria repitió la historia preparada: conoció a Ignacio meses atrás mientras coordinaba donaciones para el hospital; mantuvieron la relación en secreto y decidieron casarse después de que él sufriera el accidente.
—Ignacio tuvo suerte de que yo estuviera presente —añadió—. Retiré la plata y suturé la herida.
Fernando la observó con intensidad.
Sabía que no había sido un accidente, pero no podía acusarlos de mentir sin admitir que él había empuñado la espada.
—Bienvenida a la familia —dijo finalmente—. Espero que estés preparada para sobrevivir en nuestro mundo.
—He sobrevivido a cosas peores que una familia rica.
Cuando Fernando se marchó, Ignacio dejó escapar una risa que terminó en una mueca de dolor.
—Acabas de desafiar a un vampiro de cuatrocientos años.
—He atendido a cirujanos con egos más grandes.
Durante los días siguientes, Valeria cuidó la herida de Ignacio. Cambiaba las vendas, vigilaba la regeneración y evitaba que se esforzara demasiado.
También conoció a los trabajadores de la finca.
Descubrió que muchas familias no recibían atención médica adecuada porque la clínica más cercana estaba demasiado lejos. Propuso transformar un antiguo almacén en un pequeño centro sanitario.
Ignacio aprobó la idea inmediatamente.
—No tienes que aceptar cada propuesta que hago para convencerme de que eres bueno.
—No lo hago por ti. Debí haber construido esa clínica hace años.
Valeria comenzó a descubrir al hombre detrás del título. Ignacio conocía a los trabajadores por sus nombres, pagaba salarios justos y dedicaba parte de las ganancias de los viñedos a programas sociales.
Él también empezó a verla de otra manera.
Ya no era únicamente la enfermera que había aceptado un trato por dinero. Era inteligente, firme y capaz de enfrentarse a su familia sin dejarse intimidar.
Una noche, mientras ella cambiaba el vendaje, Ignacio le rozó accidentalmente la mano.
Los dos se quedaron inmóviles.
—Nuestra regla —recordó Valeria.
—La recuerdo.
Ignacio retiró la mano de inmediato.
Ese respeto hizo que ella deseara que no lo hubiera hecho.
Fernando y Carlos, mientras tanto, investigaban el matrimonio. Descubrieron el adelanto entregado a Valeria y prepararon una humillación pública.
Ignacio había convocado una gran cena para presentar oficialmente a su esposa ante las familias inmortales de Andalucía.
El salón principal se llenó de aristócratas nocturnos, empresarios y representantes de antiguos linajes.
En mitad de la celebración, Fernando levantó una copa.
—Antes de brindar por los recién casados, quizá deberíamos conocer la verdad.
Carlos proyectó sobre una pared una copia del movimiento bancario realizado a nombre de Valeria.
—Quince mil euros entregados la misma noche en que supuestamente comenzó este gran romance —declaró Fernando—. Esta mujer no es una esposa. Es una empleada contratada para impedir que yo reciba una herencia legítima.
El salón quedó en silencio.
Valeria sintió que todas las miradas caían sobre ella.
Ignacio se levantó.
—El matrimonio comenzó como un acuerdo.
Un murmullo recorrió la sala.
Fernando sonrió, convencido de que había ganado.
—Pero eso no lo convierte en ilegal —continuó Ignacio—. Valeria salvó mi vida cuando un miembro de mi propia familia intentó asesinarme. Le ofrecí dinero por su ayuda y protección.
—Entonces admites que todo fue una farsa.
—Admito que empezó de esa manera.
Ignacio buscó la mano de Valeria, pero esperó hasta que ella decidió tomar la suya.
—Durante estas semanas descubrí algo que creía haber perdido con la muerte de Elena. Valeria no es mi esposa únicamente sobre el papel. Se convirtió en la persona en quien más confío.
Fernando dejó de sonreír.
Valeria dio un paso adelante.
—Sí, acepté por dinero. Era una enfermera agotada que apenas podía ayudar a sus padres. No me avergüenzo de haber aprovechado una oportunidad.
Miró a Ignacio.
—Pero me quedo porque amo al hombre que decidió utilizar su poder para proteger a otros. No por el título, el dinero ni una promesa de inmortalidad.
Inés, la hija de Fernando, comenzó a aplaudir.
Después lo hizo la señora Carmen.
Uno por uno, los invitados se unieron.
Entonces Don Arturo entró acompañado por dos agentes del Consejo Nocturno.
Llevaba consigo la espada de plata y los registros de seguridad de la biblioteca. Carlos había intentado borrar las imágenes, pero los archivos se recuperaron.
La grabación mostraba claramente a Fernando atacando a Ignacio.
El rostro del vampiro perdió toda expresión.
—Fernando de los Monteros —anunció uno de los agentes—, queda detenido por intento de asesinato del marqués y conspiración contra su heredero legítimo.
Fernando intentó huir, pero los guardias bloquearon las puertas.
Su plan había terminado.
Tres semanas después, Ignacio colocó ante Valeria los documentos de anulación.
—Prometí que podrías marcharte.
Ella miró los papeles.
—¿Quieres que lo haga?
—No. Pero tampoco quiero que te quedes porque sientas que me debes algo.
Valeria rompió los documentos por la mitad.
—Entonces tendremos que celebrar otra boda.
—Ya estamos casados.
—Esta vez quiero flores, mi familia y un beso al final.
Ignacio sonrió.
—Te daré todo eso. Pero solo si continúas poniendo tus propias condiciones.
La segunda ceremonia se celebró en los jardines de la hacienda. Doña Rosa lloró al ver a su hija y la señora Carmen llenó los patios de flores blancas.
Valeria nunca abandonó la enfermería.
Transformó el antiguo almacén en una clínica moderna que atendía gratuitamente a los trabajadores y sus familias. Ignacio amplió los programas sociales de la finca y los viñedos prosperaron bajo una administración más justa.
Un año después nació su hija, Elena Rosa de los Monteros, heredera indiscutible del marquesado y portadora de sangre humana e inmortal.
Ignacio sostuvo a la niña mientras Valeria descansaba.
—Gracias por salvarme aquella noche —susurró.
Ella sonrió.
—Gracias por darme la oportunidad de hacerlo.
Lo que comenzó como un acuerdo desesperado en un callejón lluvioso terminó convirtiéndose en algo que ninguno de los dos había incluido en el contrato:
Una familia elegida libremente y un amor capaz de sobrevivir tanto al tiempo humano como a la eternidad.