Expulsada por ser «débil», salvó a un lobo moribundo sin saber que era el Rey Alfa.
Expulsada por ser «débil», salvó a un lobo moribundo sin saber que era el Rey Alfa.

PARTE 1
La nieve roja del invierno de 1142 fue recordada durante siglos.
Pero los antiguos registros ocultaban una verdad mucho más sorprendente: aquella fue la noche en la que una joven desterrada salvó la vida del hombre más poderoso de los clanes de lobos.
Mi nombre es Isolda Vain.
Durante diecinueve años viví bajo la sombra de un apellido que todos respetaban, pero que nunca me protegió.
Nací como la hija mayor de Alpha Garrick Vain, líder del clan Oak Haven, uno de los territorios más temidos del norte. Desde pequeña todos esperaban que me convirtiera en una guerrera legendaria.
Esperaban que heredara la fuerza de mi familia.
Esperaban que pudiera transformarme en una poderosa loba.
Pero nunca ocurrió.
Mientras los demás jóvenes mostraban sus habilidades, mi cuerpo permanecía igual.
No tenía garras.
No tenía una forma animal.
No tenía la fuerza que mi clan admiraba.
Para ellos, yo era un error.
Una vergüenza.
Una criatura que llevaba el apellido Vain sin merecerlo.
Pero había algo que nadie quería reconocer.
Aunque no podía luchar como ellos, tenía algo diferente.
Conocía las plantas.
Sabía curar heridas.
Aprendí de mi padre cómo salvar vidas.
Pero en Oak Haven, la compasión era considerada una debilidad.
El día que salvé a un pequeño cachorro enfermo usando mis conocimientos de medicina, pensé que finalmente demostraría mi valor.
Me equivoqué.
En lugar de agradecerme, mi padre se enfureció.
—Los lobos fuertes no necesitan depender de hierbas ni métodos humanos —dijo delante de todo el clan—. Has demostrado que no perteneces a nuestra sangre.
Todos observaron en silencio.
Mis antiguos amigos.
Mis vecinos.
Incluso Cedric, el hombre con quien estaba prometida desde niña.
Nadie habló por mí.
Nadie dio un paso adelante.
Ese día, Alpha Garrick decidió borrar mi existencia.
Me quitó mi nombre dentro del clan.
Me quitó mis pertenencias.
Y me expulsó hacia el bosque Dreadmore.
—Deja que el invierno decida tu destino —fueron sus últimas palabras.
Pensaron que moriría.
Pero no lo hice.
Durante semanas sobreviví sola en aquel bosque helado.
Construí un pequeño refugio con piedras antiguas.
Aprendí dónde encontrar alimento.
Usé las enseñanzas de mi padre para crear medicinas.
Estaba cansada.
Tenía hambre.
Sentía frío cada noche.
Pero seguía viva.
Y en medio de aquella soledad entendí algo:
A veces perderlo todo era la única forma de descubrir quién eras realmente.
Entonces llegó la tormenta.
Una noche, mientras preparaba hierbas junto al fuego, escuché un ruido extraño.
Un golpe.
Después otro.
La puerta de mi refugio tembló.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
No era un animal pequeño.
Algo enorme estaba afuera.
Tomé una vieja herramienta de hierro y me acerqué lentamente.
Los golpes continuaron.
Después escuché un sonido diferente.
Un gemido.
No era una amenaza.
Era dolor.
Abrí la puerta apenas unos centímetros.
El viento congelado entró de golpe.
Y entonces lo vi.
Tumbado sobre la nieve había un lobo gigantesco.
Nunca había visto una criatura así.
Era enorme.
Su pelaje era negro como la noche.
Pero estaba cubierto de sangre.
Tres flechas sobresalían de su cuerpo.
Flechas de plata.
El veneno más peligroso para cualquier hombre lobo.
Aquel animal no estaba buscando atacar.
Estaba pidiendo ayuda.
Sus ojos dorados encontraron los míos.
No eran los ojos de una bestia salvaje.
Eran ojos inteligentes.
Llenos de dolor.
Por un momento pensé en cerrar la puerta.
Después de todo, los lobos habían sido quienes me habían rechazado.
¿Por qué debía salvar a uno de ellos?
Pero entonces vi su mirada.
Era la misma mirada que yo había tenido cuando me expulsaron.
La mirada de alguien que sabía que estaba solo.
Suspiré.
—Maldita sea… —susurré.
Abrí la puerta completamente.
Salí hacia la tormenta y tomé su enorme cuerpo.
—Vas a entrar conmigo —dije—. No pienso dejar que mueras en la nieve.
No sabía que aquella decisión cambiaría mi vida para siempre.
No sabía que el lobo que estaba arrastrando hacia mi refugio no era un simple guerrero perdido.
Era Kalin Hawthorne.
El Rey Alfa de Frost Ridge.
El soberano de cien clanes.
El hombre que todos creían invencible.
Y yo acababa de salvarlo cuando todos los demás lo habían abandonado.
PARTE 2
Durante tres días no hice otra cosa que intentar mantenerlo con vida.
El enorme lobo permanecía inconsciente junto al fuego mientras yo cambiaba sus vendajes y preparaba nuevas medicinas.
Cada vez que tocaba las heridas causadas por la plata, sentía miedo.
No por él.
Por lo que significaba.
Aquellas flechas no pertenecían a cazadores comunes.
Tenían una marca especial.
Una marca de la realeza.
Alguien poderoso había intentado acabar con su vida.
Pero no importaba quién fuera.
En ese momento solo era una criatura herida que necesitaba ayuda.
Cuando finalmente retiré la última flecha, pensé que lo había logrado.
Hasta que ocurrió algo imposible.
El cuerpo del lobo comenzó a cambiar.
Sus huesos se movieron.
Su pelaje desapareció.
Y frente a mí apareció un hombre.
Alto.
Imponente.
Cubierto de cicatrices.
Sus ojos eran exactamente iguales a los del lobo.
Dorados.
Intensos.
Peligrosos.
Retrocedí y tomé mi cuchillo.
—¿Quién eres?
El hombre me observó durante unos segundos.
Luego respondió con una voz profunda que llenó toda la habitación.
—Soy Kalin Hawthorne.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Ese nombre no era desconocido.
Todos habían escuchado historias sobre él.
El Rey Alfa que había unido territorios enteros.
El guerrero que nadie podía derrotar.
El líder que incluso mis enemigos temían.
Y ahora estaba frente a mí.
Vulnerable.
Porque yo había sido quien lo había salvado.
—¿Por qué una hija de Oak Haven vive abandonada en este lugar? —preguntó.
Bajé la mirada.
—Porque para ellos soy inútil.
El rostro de Kalin cambió.
Por primera vez vi algo diferente en sus ojos.
No era ira.
Era indignación.
—Te hicieron creer una mentira.
No entendí sus palabras.
Entonces me reveló algo que cambió todo.
Mi padre no había sido un simple sanador.
Había pertenecido a una antigua línea de médicos reales.
Mi propia sangre tenía un valor que Oak Haven había intentado ocultar.
Pero antes de que pudiera procesarlo, Kalin se quedó completamente inmóvil.
Sus sentidos habían detectado algo.
Alguien se acercaba.
—Nos encontraron.
La puerta explotó de repente.
Tres guerreros armados con espadas de plata entraron en el refugio.
Habían venido por el Rey Alfa.
Kalin intentó levantarse, pero sus heridas aún eran recientes.
Uno de los atacantes avanzó directamente hacia él.
Y entonces hice algo que nadie esperaba.
Tomé mis mezclas de hierbas.
Las que todos habían despreciado.
Las que mi padre me había enseñado.
Y las convertí en mi propia arma.
Cuando el humo llenó la habitación, los guerreros quedaron confundidos.
Kalin aprovechó el momento.
Pero cuando todo terminó, él no miró a los enemigos derrotados.
Me miró a mí.
A la chica que todos llamaron débil.
A la mujer que había sobrevivido sola en el bosque.
Y entonces comprendió algo que ni siquiera él esperaba.
Yo no era una Omega sin valor.
Yo era alguien capaz de salvar a un rey.
Kalin se acercó lentamente.
—Toda mi vida pensé que la fuerza estaba en destruir enemigos.
Sus ojos dorados brillaron.
—Pero tú me has demostrado que la verdadera fuerza está en proteger incluso cuando nadie te protegió.
Yo no sabía qué responder.
Porque por primera vez en mi vida alguien no me veía como una carga.
Me veía como alguien importante.
Y mientras la tormenta continuaba afuera, el Rey Alfa de Frost Ridge tomó una decisión que cambiaría la historia de todos los clanes.
La mujer que había sido expulsada por no tener poder.
Sería la misma mujer que caminaría a su lado como la futura reina.