ENTERRÓ SOLA A SU BEBÉ… SIN SABER QUE EL REY ALFA YA HABÍA RECONOCIDO SU AROMA

ENTERRÓ SOLA A SU BEBÉ… SIN SABER QUE EL REY ALFA YA HABÍA RECONOCIDO SU AROMA

PARTE 1

La tierra bajo las uñas de Elara llevaba tres días completamente negra. No desaparecía por mucho que se frotara las manos contra las ásperas piedras del lavadero.

Aquella mañana estaba arrodillada en el terreno helado detrás del cementerio de la Manada Cresta de Plata, en la zona reservada para los desconocidos, los rechazados y los niños que nacían sin vida.

Su hijo había respirado durante once segundos.

Once segundos en los que Elara sostuvo su diminuto cuerpo, esperando escuchar un llanto que nunca llegó.

Había querido llamarlo Soren, porque aquel nombre le recordaba el sonido del viento atravesando los conductos del invernadero. Sin embargo, la manada no permitía poner nombre a un cachorro que no hubiese sido reconocido oficialmente.

—Fuiste real —susurró mientras colocaba una pequeña caja de madera dentro de la tumba—. Estuviste aquí.

Junto al cuerpo dejó el Colmillo de Bronce, la medalla militar que había pertenecido a Ronan Voss, su compañero, muerto dos años antes durante el asedio de Ashen Moor.

Era lo único que podía entregarles a ambos.

Una prueba de que alguna vez habían formado una familia.

Nadie la ayudó a cavar. Nadie le ofreció un ataúd. La partera se había limitado a observar al recién nacido y declarar que la sangre de una omega era demasiado débil.

Seis días después del parto, Elara ya había recibido la orden de regresar al trabajo.

El consejero Drecht apareció detrás de ella.

—La delegación del norte llegará al amanecer. Los aposentos necesitan sábanas limpias y todas las omegas deben estar presentables ante el rey Alfa.

Elara cubrió la pequeña tumba con tierra. Cuando se puso de pie, el mundo se inclinó a causa de la pérdida de sangre, pero Drecht no extendió la mano.

Las omegas no recibían descanso.

No importaba que acabaran de enterrar a un hijo.

Al amanecer, seis vehículos negros atravesaron las puertas del complejo. Los guardias descendieron primero y formaron dos líneas perfectas.

Después apareció el rey Alfa Kael Blackmere.

El hombre que había unido siete territorios bajo una sola bandera no llevaba pieles ni una corona ceremonial. Vestía de negro, tenía los antebrazos cubiertos de cicatrices y sus ojos eran del color de la miel bajo la luz del fuego.

Elara permaneció al final de la fila de sirvientes, intentando ignorar el dolor que todavía atravesaba su abdomen.

Vela, la esposa del beta, la había advertido:

—Mantén la mirada baja y no hables. Si preguntan por tu estado, dirás que tuviste una enfermedad estomacal. No necesitamos que el rey crea que nuestra manada produce omegas defectuosas.

Las puertas principales se abrieron.

El rey entró.

El alfa Harrowfield comenzó a pronunciar su discurso de bienvenida, pero Kael dejó de escucharlo a mitad de la primera frase.

Había percibido algo en el aire.

Mar blanco.

Miel tibia.

Lluvia sobre piedra caliente.

Su cabeza giró lentamente hacia la fila de omegas.

Dentro de Elara, algo que llevaba once años dormido se estremeció.

Su loba.

Todos le habían dicho que no poseía una. Su primera transformación nunca ocurrió y, desde entonces, había vivido clasificada como la omega más débil de la manada.

Pero ahora aquella presencia despertaba violentamente, empujando contra una prisión invisible.

Los ojos de Kael encontraron los suyos.

El vestíbulo entero pareció desvanecerse.

El rey Alfa avanzó hacia ella, ignorando a Harrowfield, a los consejeros y a la delegación. Cada paso aumentaba la presión que Elara sentía dentro del pecho.

Se detuvo frente a ella.

—Mírame —ordenó.

Elara levantó lentamente la cabeza.

Los ojos del rey se volvieron de un ámbar incandescente. Su lobo presionó contra la superficie, reconociendo algo que nadie más había logrado ver.

Kael contempló a aquella omega pálida, vestida con ropa prestada y con tierra negra bajo las uñas.

Después pronunció una sola palabra.

Una palabra que hizo que todos los presentes dejaran de respirar.

—Compañera.

PARTE 2

Las piernas de Elara cedieron.

Kael la sostuvo antes de que tocara el suelo. Una mano rodeó su cintura y la otra sujetó su brazo con un cuidado inesperado.

El contacto encendió el vínculo entre ambos.

Fue como si una llave girara dentro de una cerradura que Elara nunca había sabido que existía. Su loba volvió a agitarse, respondiendo al poderoso animal que vivía dentro del rey.

Kael bajó la mirada y vio la mancha oscura sobre su vestido.

—Estás sangrando.

Vela se apresuró a intervenir.

—La omega Elara se está recuperando de una enfermedad menor, majestad.

—No pregunté por una enfermedad —respondió Kael—. Pregunté por la sangre.

Elara estaba demasiado cansada para inventar una mentira.

—Tuve un bebé hace seis días —confesó—. Nació sin vida.

La mirada del rey se endureció.

—¿Dónde está el padre?

—Ronan Voss murió en Ashen Moor hace dos años.

Algo cambió en el rostro de Kael. Él había comandado personalmente aquella batalla.

—Conocí a Ronan —dijo—. Defendió una trinchera durante cuatro horas con seis soldados contra cuarenta. Murió protegiendo a los demás.

Nadie le había contado nunca a Elara cómo había muerto su compañero.

El dolor y el agotamiento terminaron por vencerla.

—No puedo caminar —susurró.

Kael la levantó en brazos y ordenó que llamaran inmediatamente al médico de la manada.

El doctor descubrió que Elara padecía anemia, desnutrición y heridas que no habían recibido tratamiento. Necesitaba permanecer en cama durante varias semanas, pero había regresado al invernadero pocos días después del parto.

—¿Por qué no fue atendida antes? —preguntó Kael.

El médico bajó la mirada.

—No me informaron del nacimiento. Los partos de las omegas no siempre se reportan.

La furia del rey llenó la habitación.

Cuando Harrowfield, Vela y varios miembros del consejo intentaron explicar los “protocolos internos”, Kael los hizo callar.

—Esta mujer es mi compañera, elegida por la Diosa Luna —declaró—. La omega a quien dejaron pasar hambre, trabajar después de un parto traumático y enterrar sola a su hijo será la futura reina del Dominio del Norte.

Elara esperó sentir satisfacción.

En cambio, solamente sintió cansancio.

—Necesito dormir.

La expresión de Kael se suavizó.

—Entonces duerme. Seguiré aquí cuando despiertes.

Elara descansó durante catorce horas. Cuando abrió los ojos, encontró al rey sentado junto a su cama, revisando los registros financieros de Cresta de Plata.

Había descubierto que Harrowfield había desviado más de la mitad de los fondos destinados a las omegas para financiar proyectos personales y la dote de su hija.

—No conquisté siete territorios para construir un reino donde las mujeres den a luz solas sobre el suelo —dijo Kael.

—No puedo convertirme en reina.

—No te estoy pidiendo que seas reina esta noche. Te estoy pidiendo que comas la sopa.

Durante los días siguientes, Elara recuperó lentamente sus fuerzas. Kael permaneció cerca, pero nunca intentó imponerle el vínculo ni ocupar el lugar de Ronan.

Cuando ella estuvo preparada, la acompañó hasta el invernadero.

Elara le mostró las plantas medicinales que llevaba años cultivando. Gracias a su trabajo, la manada ya no necesitaba comprar remedios a proveedores externos.

—Tú construiste todo esto —dijo Kael.

—Las plantas son más fáciles que las personas.

—Casi todo es más fácil que las personas.

Entonces la loba de Elara volvió a despertar.

Sus ojos se tornaron dorados y todas las plantas del invernadero florecieron simultáneamente, a pesar del invierno.

El fenómeno duró exactamente once segundos.

Kael comprendió la verdad.

Elara era descendiente del linaje Veridiano, una antigua estirpe cuyos lobos obtenían poder de la tierra y podían devolver vida a todo lo que crecía.

Su loba jamás había sido débil.

Había permanecido prisionera porque era demasiado poderosa para la jerarquía de Cresta de Plata.

Kael también descubrió que la madre de Elara había pertenecido al mismo linaje. Su loba había sido aplastada durante años por la presión de la manada hasta que su cuerpo no pudo resistir.

Aquella noche, Elara pidió regresar a la tumba de su hijo.

Kael se arrodilló junto al pequeño montículo de tierra.

—Soren Voss —dijo con la autoridad de un rey—. Hijo de Ronan Voss y de Elara del linaje Veridiano. Naciste, fuiste reclamado y estuviste aquí.

Elara sintió que algo se abría dentro de su pecho.

—Haré que coloquen una lápida —prometió Kael.

—Solo tuvo una fecha.

—Entonces llevará una fecha y su nombre. Eso es suficiente.

La paz duró poco.

Cinco días después, un guerrero herido llegó desde la Manada Páramo de Hierro. Sesenta renegados habían atacado el territorio y rodeado a las familias que permanecían refugiadas en el complejo central.

Kael movilizó inmediatamente a sus soldados.

Antes de marcharse, sostuvo el rostro de Elara entre sus manos.

—Regresaré.

—Más te vale.

El rey besó su frente y partió.

En cuanto el convoy desapareció, Marcus y varios guerreros de Cresta de Plata rodearon la habitación de Elara. No aceptaban que una antigua sirvienta se convirtiera en reina.

Los cuatro guardias dejados por Kael se interpusieron.

Durante dos días, la tensión creció.

Entonces Elara sintió un dolor terrible atravesando el vínculo.

Kael estaba herido.

Quiso ir a buscarlo, pero los guardias le advirtieron que el campo de batalla estaba a cientos de kilómetros y que una primera transformación podía matarla.

Antes de decidir, una piedra atravesó su ventana.

En el patio, Marcus y una multitud exigían que entregaran a “la omega perteneciente a Cresta de Plata”.

Un mensaje urgente llegó desde Páramo de Hierro.

—El rey ha caído —informó el comandante Brax—. No podemos enviar ayuda. Protéjanla a cualquier precio.

El vínculo de Elara quedó casi en silencio.

Su loba explotó dentro de ella.

Flores blancas brotaron sobre las sábanas. Musgo verde surgió entre las tablas del suelo y el helecho marchito de la ventana volvió a crecer.

Elara se levantó.

Sus ojos brillaban completamente dorados.

Bajó hasta el patio y enfrentó a Marcus.

—Mi compañero está muriendo. Voy a buscarlo. Pueden apartarse o intentar detenerme. Una de esas decisiones será un error.

Nadie se movió.

El propio Harrowfield ordenó que la dejaran pasar. Después confesó que siempre había conocido el linaje de su madre, pero había guardado silencio porque reconocerlo habría obligado a la manada a cambiar todo su sistema.

Elara lo miró.

—Sé que lo sabías.

Entonces se transformó.

No sintió dolor.

Fue como liberar una respiración contenida durante once años.

Una loba blanca apareció en medio del patio. No era la más grande, pero bajo sus patas la piedra se cubría de hierba y cada árbol se inclinaba hacia ella.

Elara corrió.

Atravesó bosques, ríos helados y valles cubiertos de nieve. La tierra le entregaba energía con cada paso, dejando tras ella un sendero verde en medio del invierno.

Llegó a Páramo de Hierro al anochecer.

El complejo estaba ardiendo.

Encontró a Kael en el patio central, cubierto de sangre y con un hombro destrozado. Tres renegados lo rodeaban mientras él protegía la entrada del refugio donde estaban los niños y los ancianos.

Elara embistió al primero.

Las raíces surgieron del suelo y atraparon sus patas. Kael acabó con el segundo antes de que pudiera atacarla. El tercero intentó huir, pero la tierra lo inmovilizó.

Los renegados restantes se dispersaron.

Elara recuperó su forma humana y corrió hacia Kael.

—Has recorrido cientos de kilómetros después de transformarte por primera vez —dijo él, sin poder creerlo.

—Estabas herido.

Ella colocó las manos sobre su hombro. El poder Veridiano fluyó a través de sus palmas, detuvo la hemorragia y ayudó a cerrar la herida.

Kael apoyó la frente contra la suya.

—Cuando caí, escuché a tu loba. Sonaba como algo creciendo en medio de la batalla. Fue la razón por la que volví a levantarme.

Dos semanas después celebraron la ceremonia de unión.

No tuvo lugar en el palacio real, sino en el cementerio de los olvidados, junto a una nueva lápida de granito.

SOREN VOSS.

Debajo aparecía la única fecha de su breve vida.

Kael aceptó a Elara como su compañera y reina, prometiendo reparar lo que había sido destruido, encontrar lo que había sido enterrado y escuchar todo aquello que la manada había intentado silenciar.

Cuando el vínculo quedó sellado, el terreno helado floreció.

Miles de flores blancas, doradas y violetas cubrieron la tumba de Soren y se extendieron por todo el territorio.

Las flores que rodeaban su lápida nunca se marchitaron.

Meses después, Elara construyó un pequeño invernadero en las tierras de Kael. Tenía buena luz, miraba hacia el este y estaba lleno de plantas medicinales.

Una noche, mientras trabajaba con las manos cubiertas de tierra, llamó a Kael.

—Siéntate. Necesito decirte algo.

Él obedeció.

Cuando Elara le reveló que estaba esperando otro hijo, el rey tomó sus manos entre las suyas y permaneció en silencio, incapaz de contener las lágrimas.

En el alféizar, una flor blanca sin nombre abrió lentamente otro pétalo.

El invernadero se llenó con el aroma de la miel tibia.

Y, afuera, el viento atravesó el bosque del norte produciendo un sonido que Elara reconoció.

Sonaba como el nombre de Soren.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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