ENCONTRÓ A UNA SIRVIENTA CASI MUERTA… Y AL ABRIR EL ARMARIO VIO A UN NIÑO IDÉNTICO A ÉL
ENCONTRÓ A UNA SIRVIENTA CASI MUERTA… Y AL ABRIR EL ARMARIO VIO A UN NIÑO IDÉNTICO A ÉL

PARTE 1
La lluvia golpeaba el reino como miles de puños, pero el rey Alfa Jordan Blackwood apenas la sentía.
Sus botas se hundían en el barro mientras observaba la pequeña cabaña situada al borde del bosque. Era una vivienda para sirvientes, un lugar que normalmente nunca habría llamado la atención de un rey.
Sin embargo, allí vivía Laira.
Aquella mañana no se había presentado a trabajar por tercer día consecutivo.
—Probablemente esté escondiéndose —se había burlado Selene, la mujer elegida por el consejo para convertirse en la futura Luna—. Esa muchacha siempre ha sido una perezosa.
Jordan había guardado silencio, pero su mandíbula se tensó.
Nadie trabajaba más que Laira. Durante años había servido a la familia real sin quejarse. Nunca llegaba tarde, jamás respondía con insolencia y no pedía nada para sí misma.
Aun así, Selene parecía odiarla.
Jordan nunca había comprendido por qué.
Tampoco entendía la reacción de su lobo cada vez que Laira se encontraba cerca. No era deseo ni simple curiosidad.
Era reconocimiento.
Como si su animal supiera algo que su mente había olvidado.
Una ráfaga de viento sacudió los árboles. El lobo de Jordan gruñó dentro de él.
Peligro.
La puerta de la cabaña estaba entreabierta.
—¿Laira? —llamó.
Solamente respondió la lluvia.
Jordan subió los escalones y empujó la puerta.
El olor lo golpeó de inmediato.
Sangre.
La habitación estaba destrozada. Una silla se había partido contra la pared, la mesa estaba volcada y los platos rotos cubrían el suelo. Había manchas oscuras sobre las tablas de madera.
Demasiadas.
Su lobo rugió.
Jordan avanzó hasta la chimenea y entonces la vio.
Laira estaba acurrucada en el suelo. Su cabello oscuro estaba enredado y tenía el rostro cubierto de moretones. Uno de sus brazos permanecía en una posición extraña.
Parecía que alguien la había golpeado y abandonado allí para que muriera.
Un sonido inhumano escapó de la garganta del rey.
Las ventanas temblaron cuando su poder Alfa llenó la cabaña.
Jordan cayó de rodillas y buscó un pulso en su cuello.
Durante un segundo interminable no sintió nada.
Entonces percibió un latido.
Débil, irregular, pero real.
—Laira —susurró—. Abre los ojos.
Ella no respondió.
Jordan la levantó cuidadosamente. Su cuerpo era tan ligero que aquella fragilidad lo enfureció todavía más.
Estaba a punto de salir cuando escuchó algo.
Un pequeño sollozo.
Jordan se quedó inmóvil.
Su lobo también.
El sonido volvió a repetirse desde el fondo de la cabaña. Parecía el gemido asustado de un niño.
La mirada de Jordan se posó sobre un viejo armario cuya puerta estaba cerrada con llave. Del interior emanaba un intenso olor a miedo.
Cruzó la habitación y rompió la cerradura con una mano.
La puerta se abrió.
Dos enormes ojos verdes lo miraron desde la oscuridad.
Un niño de unos seis años estaba acurrucado entre las mantas. Tenía las mejillas cubiertas de lágrimas y todo su cuerpo temblaba.
Jordan olvidó cómo respirar.
El pequeño tenía el mismo cabello negro que él.
Los mismos ojos verdes.
La misma mandíbula firme e incluso los mismos hoyuelos.
Era como contemplar su propio rostro durante la infancia.
El mundo pareció inclinarse bajo los pies del rey.
El niño miró el cuerpo inconsciente de Laira entre sus brazos y después volvió a fijarse en él.
Sus labios temblaron.
—¿Dónde está mamá? —preguntó con voz quebrada.
Jordan sintió que su lobo golpeaba violentamente contra su pecho.
Porque aquel niño no solamente se parecía a él.
Su sangre lo reconocía.
PARTE 2
Jordan llevó a Laira y al niño hasta el palacio bajo la tormenta.
El pequeño permaneció aferrado a su manga durante todo el camino. No confiaba en él, pero tampoco quería perder de vista a su madre.
En cuanto llegaron, los sanadores trasladaron a Laira al ala de curación. Cuando intentaron separar al niño de la cama, él comenzó a luchar.
—¡Mamá!
Solo se calmó cuando consiguió sujetar la mano de Laira.
Jordan observó cada uno de sus movimientos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Cordell.
El niño respondió sin mirarlo.
Un sanador se acercó al rey.
—Majestad, perdone mi atrevimiento, pero… ¿quién es el padre?
Toda la habitación quedó en silencio.
Jordan contempló el rostro de Cordell.
—No lo sé.
En ese instante, el niño soltó un pequeño gruñido protector. Sus ojos encontraron los de Jordan y una emoción atravesó a ambos.
Miedo.
No un miedo observado desde fuera. Jordan lo sintió dentro de su propio pecho, como si procediera de su misma sangre.
Solo los familiares podían compartir accidentalmente una emoción de aquella manera.
Antes de que pudiera formular la pregunta, Selene entró en la habitación.
Cordell se escondió de inmediato junto al cuerpo de su madre.
Jordan vio cómo Selene miraba al niño. En su rostro apareció algo que no era celos.
Era miedo.
La reina madre Evelyn llegó poco después y tuvo exactamente la misma reacción.
Ambas sabían algo.
El sanador principal terminó de examinar a Laira.
—Sus heridas no fueron causadas por renegados —informó—. Fue torturada deliberadamente. Quien la atacó quería obtener información o silenciarla.
Jordan observó cómo Selene y su madre intercambiaban una mirada fugaz.
Entonces comprendió que el ataque no había sido casual.
Laira despertó al día siguiente.
Lo primero que hizo fue buscar a su hijo.
Cuando vio a Cordell dormido cerca de la chimenea, el alivio inundó su rostro. Después reparó en Jordan y toda aquella calidez desapareció.
—Estás a salvo —le aseguró él.
Jordan intentó tocarle el brazo.
—No me toques.
Laira retrocedió con tanta violencia que casi reabrió sus heridas.
Jordan se quedó inmóvil.
Ella no lo miraba como a un rey ni como a un desconocido. Lo miraba con un odio construido durante años.
Su lobo gimió dentro de él.
Cordell despertó y corrió hacia la cama.
—Pensé que me habías dejado.
—Nunca te dejaré —prometió Laira mientras lo abrazaba.
Durante los días siguientes, Jordan regresó constantemente al ala de curación. Se decía que lo hacía para investigar el ataque, pero la verdad era otra.
Quería conocer a Cordell.
El parecido se volvía más evidente con cada gesto. El niño organizaba sus juguetes como Jordan ordenaba a sus soldados y fruncía el ceño exactamente igual que él.
Un día, Cordell le mostró varios lobos de madera.
—Este es el Alfa —explicó señalando al más grande—. Y esta es mamá.
La figura que representaba a Laira era la más pequeña.
—¿Por qué mamá es tan pequeña?
Cordell pareció ofendido.
—Porque no necesita ser grande para ser la más fuerte.
La respuesta conmovió a Jordan.
Después, el niño le contó que Laira sufría pesadillas y que cada noche miraba el camino desde la ventana.
—Dice que no espera a nadie —añadió—, pero creo que espera a una persona que la olvidó.
Aquellas palabras provocaron un dolor insoportable detrás de los ojos de Jordan.
Vio imágenes fragmentadas: un bosque iluminado por la luna, una cabaña bajo la lluvia y una mujer riendo.
Los recuerdos desaparecieron antes de que pudiera atraparlos.
Mientras tanto, la investigación avanzaba. Jordan encontró registros alterados, sanadores sobornados y sirvientes trasladados seis años atrás por órdenes de la reina madre.
Cuando Laira estuvo lo bastante fuerte, pidió regresar a su cabaña.
—No es seguro —dijo Jordan.
—Es mi hogar.
—Estamos cerca de descubrir quién te atacó.
Ella envió a Cordell fuera de la habitación y después se acercó al rey.
La bofetada resonó en todo el estudio.
Jordan giró lentamente el rostro.
Laira tenía lágrimas en los ojos.
—Estoy cansada de este juego. De ti, de Selene y de tu madre.
—No entiendo.
Su dolor se transformó en incredulidad.
—¿De verdad no recuerdas nada?
—¿Qué debería recordar?
Laira parecía estar rompiéndose frente a él.
—Prometimos bajo la luna que, pasara lo que pasara, siempre encontraríamos el camino de regreso.
El mundo estalló dentro de la cabeza de Jordan.
Vio lluvia.
Flores silvestres.
Las manos de Laira entre las suyas.
Sintió un beso y un vínculo que alguna vez había llenado cada rincón de su alma.
Después llegó la oscuridad.
Jordan se tambaleó. Laira lo sostuvo por instinto, pero lo soltó inmediatamente.
—Ya no puedo seguir haciendo esto.
Se marchó, dejándolo solo con los primeros fragmentos de una vida que no recordaba.
Más tarde, los sirvientes llevaron al palacio una caja recuperada de la cabaña. En su interior había un chal gastado, dibujos infantiles y una flor de luna seca.
Cuando Jordan tocó la flor, todos sus recuerdos regresaron.
Seis años atrás había sido envenenado durante un banquete. Confundido y herido, huyó al bosque, donde Laira lo encontró.
Ella no sabía que era rey. Solo vio a un hombre que necesitaba ayuda.
Laira curó sus heridas y compartió con él la poca comida que tenía. Durante semanas vivieron juntos en la pequeña cabaña.
Jordan se enamoró de ella.
Bajo una luna llena, sus lobos se reconocieron como compañeros destinados. Él le prometió que siempre regresaría.
Cuando los guardias reales finalmente lo encontraron, Jordan pidió unos días para resolver sus obligaciones antes de volver por Laira.
Pero en el palacio, su madre y Selene le administraron un segundo veneno.
No querían que el rey eligiera a una sirvienta como Luna.
El veneno borró sus recuerdos y debilitó el vínculo. Los sanadores comprados aseguraron que sus imágenes del bosque eran alucinaciones.
Jordan olvidó a Laira.
Ella, en cambio, recordó cada promesa.
Esperó su regreso mientras llevaba a Cordell en su vientre.
Cuando la reina descubrió la existencia del niño, comenzó a amenazarla. Durante seis años, Laira soportó intimidaciones y ataques porque temía que le arrebataran a su hijo.
La agresión de la cabaña había sido el último intento de Selene por silenciarla antes de la ceremonia real.
Jordan confrontó a su madre.
Al principio, Evelyn lo negó todo. Cuando él presentó documentos, testimonios y órdenes firmadas, finalmente confesó.
—Necesitabas una Luna apropiada —dijo—. Una mujer noble capaz de estar junto a un rey.
—Laira es mi compañera.
—Era una sirvienta.
—Y tú eras mi madre.
Selene llegó poco después. Al ver los recuerdos en los ojos de Jordan, comprendió que había perdido.
La ceremonia de unión se celebraría al día siguiente. Selene creyó que Jordan guardaría silencio para proteger la reputación de la Corona.
Se equivocó.
Miles de lobos se reunieron en el patio real. Selene avanzó hacia la plataforma vestida de plata, segura de que se convertiría en Luna.
El anciano principal comenzó la ceremonia.
—Deténgase —ordenó Jordan.
El poder Alfa silenció a toda la multitud.
—Esta unión no se celebrará.
El color desapareció del rostro de Selene.
Jordan reveló públicamente el envenenamiento, la manipulación de sus recuerdos, las amenazas contra Laira y el intento de asesinato.
—Le robaste seis años a mi compañera —declaró—. Y le robaste seis años a mi hijo.
Selene cayó de rodillas.
—Lo hice porque te amo.
—Eso nunca fue amor.
Jordan la rechazó, le quitó todos sus títulos y la expulsó del territorio. A la reina madre le retiró su autoridad y le prohibió volver a intervenir en los asuntos de la Corona.
Sin embargo, Laira no se quedó para presenciar su caída.
Tomó a Cordell y regresó a la cabaña.
Jordan fue a buscarla.
Cuando Laira abrió la puerta, intentó cerrarla inmediatamente.
—Por favor —suplicó él—. Lo recuerdo todo.
Le contó la verdad sin ocultar ni justificar nada. Cuando terminó, Laira permaneció en silencio.
—Te esperé todos los días —dijo finalmente—. Primero pensé que estabas herido. Después creí que me habías olvidado. Al final comprendí que tal vez nunca me habías amado lo suficiente para regresar.
—Te amaba —respondió Jordan—. Te amo. Pero sé que eso no puede devolverte los años perdidos.
Laira no lo perdonó aquella noche.
Jordan tampoco se lo pidió.
Durante las semanas siguientes regresó a la cabaña, no como rey, sino como un hombre dispuesto a reconstruir lo que otros habían destruido.
Conoció los primeros pasos que no había presenciado, los cumpleaños que se había perdido y los dibujos que Cordell había guardado.
Una tarde, padre e hijo se sentaron juntos en los escalones.
—Si amabas a mamá, ¿por qué no volviste? —preguntó Cordell.
Jordan bajó la mirada hacia sus manos.
—Alguien me robó los recuerdos, pero eso no cambia el hecho de que no estuve aquí. Quería regresar. Habría vuelto cada día si hubiera podido.
Las lágrimas corrieron silenciosamente por el rostro del rey Alfa.
Cordell lo observó durante unos segundos.
Después se acercó hasta que sus hombros se tocaron.
No era un perdón completo.
Tampoco era el final de los seis años de dolor.
Pero era un comienzo.
Y después de tanto tiempo perdido, aquel pequeño gesto fue suficiente para mostrarles el camino de regreso.