Encontró a un bebé llorando en la nieve; este la agarró y la marca del Rey Vampiro apareció en…

Encontró a un bebé llorando en la nieve; este la agarró y la marca del Rey Vampiro apareció en…

PARTE 1

La noche que encontré a un bebé enterrado entre la nieve pensé que lo más extraño era que siguiera vivo.

Me equivoqué.

En cuanto sus dedos tocaron mi muñeca, una marca negra apareció debajo de mi piel.

Y unas horas después, un desconocido llegó al hospital para decirme que aquel niño llevaba más de cuatro siglos siendo esperado.

Me llamo Renata Salgado. Tenía 28 años y trabajaba como enfermera neonatal en Saltillo.

Aquella noche salí después de un turno doble.

Una tormenta había cubierto de nieve parte de la Sierra de Arteaga y casi no había vehículos en la carretera.

Yo solamente quería llegar a casa.

Entonces mis faros iluminaron algo rojo junto al camino.

Al principio pensé que era una chamarra.

Frené.

Cuando bajé del auto escuché un sonido muy débil.

Era un bebé.

Estaba envuelto en una manta de terciopelo rojo, demasiado elegante para estar tirada en medio de la sierra.

No tendría más de tres meses.

Lo primero que me preocupó fue que no temblaba.

Un bebé expuesto a semejante frío debería haber estado en condiciones críticas.

Pero él simplemente me miraba.

Tenía la piel muy pálida y unos ojos gris plateado que jamás había visto en un niño.

Me arrodillé y lo levanté.

Entonces ocurrió.

Su pequeña mano cerró mi muñeca.

Sentí una descarga.

Luego calor.

No el calor de una quemadura normal.

Era como si algo se estuviera moviendo debajo de mi piel.

Solté un grito y traté de apartarme, pero aquel bebé tenía una fuerza absurda.

Finalmente me soltó.

Miré mi brazo.

En la muñeca había aparecido un dibujo perfectamente definido: una media luna atravesada por una especie de daga, rodeada por pequeñas líneas parecidas a espinas.

No era tinta.

No estaba antes.

Pensé que el cansancio me estaba jugando una mala pasada.

Pero seguía teniendo un bebé en mitad de una tormenta.

Así que lo llevé al hospital.

Mis compañeros pensaron que había encontrado a un niño con hipotermia.

Hasta que tomamos su temperatura.

Marcaba poco más de 16 grados.

Repetimos la medición.

El resultado fue casi idéntico.

—Eso no puede ser —dijo el doctor Cárdenas.

Después revisó su corazón.

Treinta y un latidos por minuto.

Y, sin embargo, el bebé estaba despierto, respiraba normalmente y seguía nuestros movimientos con la mirada.

Cuando intentaron sacarle una pequeña muestra de sangre, tampoco lloró.

La sangre era tan oscura que la técnica del laboratorio volvió a mirarla dos veces.

Llamamos a las autoridades.

No existía ninguna alerta por un bebé desaparecido en la zona.

Nadie parecía estar buscándolo.

Hasta casi medianoche.

Tres hombres entraron al hospital.

Trajes oscuros.

Sin chamarras.

Afuera seguía nevando y ninguno parecía sentir frío.

El hombre que iba delante presentó documentos extranjeros y dijo que el niño se llamaba Nicolás Croft.

Aseguró que había sido sustraído de una clínica privada en Europa y que ellos habían venido a recuperarlo.

No me gustó nada.

—Hasta verificar todo, el bebé no sale de aquí —respondí.

El hombre me observó.

Después miró mi muñeca.

Su expresión cambió.

—¿El niño la tocó?

Instintivamente me cubrí la marca.

Antes de que pudiera contestar, las puertas se abrieron otra vez.

Entró otro hombre.

Alto.

Cabello oscuro.

Abrigo negro.

Aparentaba poco más de treinta años.

Pero lo que me paralizó fueron sus ojos.

Eran exactamente iguales a los del bebé.

Gris plateado.

El niño comenzó a moverse dentro de la incubadora.

El hombre caminó hacia él y, por primera vez desde que lo había encontrado, Nicolás sonrió.

—Es mi hijo —dijo.

Se llamaba Valerius Croft.

Cuando intenté preguntarle qué estaba pasando, volvió a mirar mi muñeca.

La marca comenzó a calentarse.

Los tres hombres que habían llegado primero bajaron la cabeza.

Valerius no.

Él parecía sorprendido.

Casi preocupado.

Me pidió que le mostrara el brazo.

Me negué.

Entonces la marca brilló debajo de mi manga.

—¿Qué me hizo su hijo?

Valerius tardó varios segundos en responder.

—Intentó sobrevivir.

Pensé que estaba hablando en metáforas.

No lo estaba.

Me explicó que Nicolás no era un bebé humano común.

Pertenecía a un linaje que llevaba siglos viviendo oculto.

Yo quise reírme.

Hasta que Valerius me enseñó sus colmillos.

Mi cabeza inmediatamente buscó una explicación médica.

Alguna modificación dental.

Alguna enfermedad genética.

Cualquier cosa.

Entonces Valerius tomó una charola metálica y la dobló con una mano como si fuera de aluminio delgado.

Dejé de buscar explicaciones.

Según él, Nicolás había nacido con una condición rara incluso entre los de su especie.

Durante su primer año necesitaba una persona compatible que estabilizara su cuerpo.

Millones podían tocarlo sin provocar nada.

Yo había sido compatible.

—Por eso apareció la marca.

—Quítemela.

Valerius negó lentamente.

—Yo no puedo.

Sentí un hueco en el estómago.

—Entonces ¿quién puede?

Miró hacia la incubadora.

—Nicolás. Cuando termine su transición.

—¿Cuándo?

—Cuando cumpla un año.

Me quedé mirándolo.

—¿Está diciendo que tengo que cuidar a su hijo durante meses?

Su expresión se volvió todavía más seria.

—Estoy diciendo algo mucho peor, Renata.

Señaló mi pecho.

—Desde el momento en que Nicolás te marcó, su vida quedó unida a la tuya. Si algo te ocurre, él lo sentirá.

Tragué saliva.

—¿Y si ustedes se lo llevan?

Valerius me sostuvo la mirada.

—Si lo alejamos demasiado de ti, la conexión empieza a romperse.

—¿Qué significa “romperse”?

Él respondió sin apartar aquellos ojos plateados de los míos.

—Que tu corazón comienza a detenerse.

PARTE 2

Pensé que me estaba intimidando.

Así que le pedí que lo demostrara.

Fue una de las peores decisiones de mi vida.

Valerius tomó a Nicolás y salió del hospital.

Durante el primer minuto no pasó nada.

Incluso miré al doctor Cárdenas como diciendo: “¿Ve?”.

Después me faltó el aire.

La marca perdió su color negro y se volvió gris.

Sentí una presión en el pecho.

Mis piernas dejaron de responder.

Cuando desperté, Valerius estaba arrodillado junto a mí.

Había regresado con Nicolás.

Y mi corazón volvía a funcionar con normalidad.

Ya no tenía dudas.

Aquella conexión era real.

Esa misma madrugada subí a un avión privado sin maleta, todavía con mi uniforme del hospital.

No porque Valerius pudiera ordenármelo.

Porque acababa de descubrir que permanecer lejos de Nicolás podía mandarme directamente a terapia intensiva.

Durante el vuelo, el niño comenzó a inquietarse.

Me lo entregaron.

En cuanto apoyó la cabeza contra mi pecho, se tranquilizó.

Era imposible sentir miedo de él.

Nicolás no había elegido aquello.

Yo tampoco.

Valerius me explicó que alguien de una familia rival había secuestrado al bebé en Europa.

Pensaron que abandonarlo lejos sería suficiente para acabar con su linaje.

Pero Nicolás, de alguna manera que nadie comprendía completamente, había encontrado a una persona compatible antes de debilitarse.

A mí.

Llegamos a una propiedad enorme cerca de Ginebra.

Allí conocí a la doctora Beatriz Armand.

Ella estudió la marca y confirmó algo todavía peor.

Mi cuerpo humano no podía manejar indefinidamente la energía que Nicolás descargaba a través del vínculo.

Cada doce horas, esa energía tendría que ser liberada.

—¿Cómo?

Beatriz miró a Valerius.

Yo también.

Entonces recordé lo ocurrido durante el vuelo.

Cuando la marca comenzó a arder, Valerius había sujetado mi mano.

El dolor desapareció.

Era capaz de absorber el exceso.

Perfecto.

Ahora no solamente estaba ligada al hijo.

También necesitaba al padre.

Los primeros días fueron extraños.

Valerius casi no hablaba conmigo.

Llegaba cuando la marca empezaba a calentarse, tomaba mi muñeca y retiraba aquella energía.

Después se marchaba.

Yo seguía diciéndome que todo era temporal.

Hasta la quinta noche.

Una empleada entró a mi habitación con la cena.

Algo en su mirada me inquietó.

No parecía ella misma.

De pronto sacó un objeto de debajo del uniforme y avanzó hacia mí.

Alcancé a encerrarme con Nicolás en el baño.

Los guardias llegaron segundos después.

La mujer estaba bajo una especie de control mental.

Fue entonces cuando entendí que la amenaza contra Nicolás no había terminado.

Valerius trasladó al niño y a mí a una zona protegida debajo de la propiedad.

Esa noche alguien atacó el perímetro.

Él salió para ayudar a contener la intrusión.

Antes de irse me dejó una sola instrucción:

no abrir la puerta.

Diez minutos después apareció la doctora Beatriz.

Entró por un acceso médico que yo ni siquiera sabía que existía.

Traía una jeringa.

No parecía asustada.

Parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

—¿Qué es eso?

Beatriz cerró la puerta.

Entonces comprendí.

El ataque exterior era una distracción.

Ella era la persona que había permitido que todo ocurriera.

Pero su motivo me sorprendió.

No quería entregar a Nicolás a los enemigos de Valerius.

Quería “salvar” la pureza de la familia Croft.

Para ella, que el heredero estuviera unido a una mujer humana era una humillación.

La sustancia dentro de la jeringa podía romper el vínculo.

Nicolás sobreviviría.

Yo probablemente no.

Retrocedí.

—Valerius confía en usted.

—Valerius dejó de pensar con claridad desde que apareciste.

Beatriz avanzó.

Yo era enfermera.

No soldado.

No vampiro.

No tenía ninguna posibilidad contra ella.

Pero cuando intentó sujetarme, pensé en Nicolás dormido detrás de mí.

Y ocurrió algo.

La marca se volvió completamente blanca.

Una fuerza atravesó mi brazo.

Beatriz salió despedida varios pasos hacia atrás.

Las dos nos quedamos inmóviles.

Ella parecía más sorprendida que yo.

—Eso es imposible…

Miré mi muñeca.

Ya no me dolía.

Sentía poder.

No era mío.

Pero tampoco venía solamente del bebé.

En ese momento la puerta se abrió.

Valerius apareció.

Miró la jeringa.

Miró a Beatriz.

Y entendió todo.

Los guardias se llevaron a la doctora.

Yo esperaba que Valerius corriera hacia Nicolás.

En cambio vino directamente hacia mí.

—¿Qué acaba de pasar?

Le mostré la marca.

Él la observó durante mucho tiempo.

Entonces dijo algo que Beatriz nunca había descubierto.

El sello de Nicolás debía haberme unido únicamente al niño.

Pero al parecer, cuando Valerius retiró por primera vez el exceso de energía de mi cuerpo, una segunda conexión comenzó a formarse.

Por eso yo había podido acceder a aquella fuerza.

—No estás vinculada solamente a Nicolás —me explicó.

Sentí que se me secaba la boca.

—¿Entonces a quién más?

Valerius colocó mi mano sobre su pecho.

Su corazón latía lentamente.

En ese mismo instante, la marca de mi muñeca pulsó.

Exactamente al mismo ritmo.

—A mí.

No me convertí en vampiro aquella noche.

Tampoco me convertí en reina de nada.

Le dejé claro a Valerius que salvar a su hijo no significaba pertenecerle.

Para mi sorpresa, aceptó.

Pasaron meses.

Seguí cuidando a Nicolás mientras buscábamos una manera segura de terminar el vínculo cuando cumpliera un año.

También conocí al verdadero Valerius.

No al hombre aterrador que había entrado en aquel hospital.

Al padre que pasaba horas sentado al lado de la cuna cuando pensaba que nadie lo veía.

Al hombre que había perdido casi todo y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por conservar a su hijo.

Cuando llegó el primer cumpleaños de Nicolás, el sello cambió.

La conexión que amenazaba mi corazón finalmente se abrió.

Ya podía alejarme del niño.

Podía volver a México.

Era libre.

Valerius no intentó detenerme.

Y eso fue exactamente lo que hizo que me quedara.

Hoy Nicolás corre por la casa como cualquier niño inquieto, aunque todavía tiene esos ojos plateados que hacen que las visitas se queden mirándolo demasiado tiempo.

La marca sigue en mi muñeca.

Los médicos de Valerius aseguran que debería haber desaparecido.

No desapareció.

Y hay algo que ninguno de ellos ha podido explicarme.

Cuando Nicolás duerme lejos de mí, el sello continúa latiendo.

Pero ya no sigue el corazón del niño.

Sigue exactamente el ritmo del corazón de su padre.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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