Encontré a un hombre inconsciente en la nieve junto a sus dos hijos… Lo llevé a mi cabaña sin imaginar que estaba salvando al rey alfa que todos creían perdido

Encontré a un hombre inconsciente en la nieve junto a sus dos hijos… Lo llevé a mi cabaña sin imaginar que estaba salvando al rey alfa que todos creían perdido

PARTE 1 

La primera vez que vi a aquel hombre, estaba tendido sobre la nieve y abrazaba a dos niños pequeños que apenas podían moverse.

Pensé que los tres se habían perdido durante la tormenta.

Lo que jamás imaginé fue que aquel desconocido tenía un reino entero esperándolo.

Y que, al abrirle la puerta de mi casa, estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.

Me llamo Meera. Soy una omega de la manada Thornwood y, hasta aquel invierno, vivía completamente sola en una cabaña apartada del pueblo.

Nunca tuve pareja ni sentí la necesidad de buscar una.

Mis días eran tranquilos. Cuidaba un pequeño huerto, recogía plantas medicinales y cortaba leña para mantener encendida la chimenea.

No tenía grandes aspiraciones. Me gustaba mi vida tal como era.

Pero aquel invierno llegó una tormenta que nadie en la región recordaba haber visto antes.

La nieve cubrió los caminos y el viento sacudía los árboles con tanta fuerza que parecía que iban a partirse.

Una tarde salí a recoger los últimos troncos antes de que oscureciera.

Ya estaba regresando cuando descubrí algo extraño cerca del arroyo congelado.

Había una figura oscura entre la nieve.

Al principio creí que era un tronco caído.

Después vi una mano.

Solté toda la leña y corrí hacia allí.

Era un hombre alto, de cabello oscuro, que estaba prácticamente enterrado bajo la nieve. Tenía el rostro pálido y respiraba con mucha dificultad.

Pero lo que me hizo sentir un nudo en el estómago fueron los dos pequeños que estaban acurrucados contra su pecho.

Una niña y un niño.

Parecían gemelos y no tendrían más de cinco años.

Los dos temblaban mientras se aferraban al abrigo de aquel hombre.

—¿Me escuchan? —les pregunté, arrodillándome junto a ellos.

La niña levantó la mirada.

—Mi papá ya no puede caminar.

No había tiempo para hacer preguntas.

Intenté despertar al hombre, pero apenas reaccionó.

Así que lo sujeté por debajo de los brazos y comencé a arrastrarlo hacia mi cabaña.

Los pequeños caminaban a mi lado, tropezando a cada rato.

El trayecto que normalmente hacía en unos minutos se convirtió en una lucha interminable contra el frío.

Cuando finalmente llegamos, tenía las manos entumecidas y apenas podía respirar.

Metí al hombre junto a la chimenea, encendí más leña y busqué todas las cobijas que tenía.

Después cambié la ropa mojada de los niños y preparé un caldo caliente.

La niña no dejaba de mirar a su padre.

—¿Se va a poner bien?

No sabía qué responderle.

—Voy a cuidarlo lo mejor que pueda, pequeña.

Aquella noche no dormí.

Vigilé la respiración del desconocido, mantuve encendido el fuego y tranquilicé a los gemelos cada vez que despertaban asustados.

Al día siguiente, cerca del mediodía, el hombre abrió los ojos.

Se incorporó de golpe.

—¡Mis hijos!

—Están aquí. Los dos están bien.

Se quedó mirando a los pequeños, que dormían junto a la chimenea.

Luego volvió la vista hacia mí.

Parecía incapaz de comprender dónde estaba.

Le expliqué que lo había encontrado cerca del arroyo y que había pasado toda la noche inconsciente.

—Me llamo Kale —murmuró finalmente.

—Yo soy Meera.

Me agradeció varias veces por haberlos rescatado.

Le dije que no tenía que darme nada a cambio.

Fue entonces cuando noté algo extraño.

Me observó con desconfianza, como si estuviera esperando que le pidiera dinero, algún favor o una promesa.

Pero no pregunté nada.

La tormenta continuó durante varios días y los caminos quedaron completamente bloqueados.

Kale y sus hijos tuvieron que quedarse conmigo.

Al principio, los tres eran muy reservados.

La niña, Lira, apenas hablaba. Su hermano Finn se escondía detrás de ella cada vez que me acercaba.

Poco a poco, aquello cambió.

Lira comenzó a acompañarme cuando preparaba las plantas medicinales. Finn se sentaba junto a la estufa y me ayudaba a revolver la comida.

Kale también empezó a colaborar cuando recuperó las fuerzas.

Reparó una ventana que dejaba entrar el aire y arregló una pata de la mesa que llevaba meses floja.

Una noche intentó preparar la cena.

Terminó quemando el guiso.

Los gemelos se rieron tanto que acabamos riéndonos todos.

Hacía años que mi pequeña cabaña no se sentía tan llena de vida.

Sin embargo, había algo que me inquietaba.

Kale nunca hablaba de su hogar.

Sabía que había perdido a la madre de sus hijos y que habían tenido que escapar después de un ataque.

Pero desconocía quién los había atacado y por qué seguían escondidos.

Cada vez que intentaba acercarme al tema, él cambiaba de conversación.

Hasta que una noche, cuando la tormenta finalmente comenzó a disminuir, se sentó frente a mí mientras yo remendaba la camisa de Finn.

Tenía una expresión distinta.

—Meera, necesito contarte algo antes de que podamos irnos.

Dejé la aguja sobre la mesa.

—Te escucho.

Kale miró hacia los niños dormidos y después volvió sus ojos hacia mí.

—No llegué a estas montañas por accidente. Estaba huyendo con mis hijos.

Sentí un escalofrío.

Entonces me dijo algo que me dejó completamente inmóvil.

—Soy el rey alfa de Ashvale.

PARTE 2

Me quedé mirándolo, convencida de que había entendido mal.

Ashvale era una de las manadas más importantes de las montañas. Incluso nosotros, que vivíamos lejos de sus territorios, conocíamos el nombre de su rey.

Pero nadie sabía dónde estaba.

Desde hacía semanas circulaban rumores sobre una tragedia ocurrida en su hogar.

Algunos decían que había desaparecido para siempre.

Y ahora ese hombre estaba sentado frente a mí, con una cobija sobre los hombros y las manos todavía lastimadas por el frío.

—¿Tú eres Kale, el rey alfa? —pregunté.

Asintió.

Después me contó lo que había sucedido.

Su familia había sufrido un ataque inesperado. Su compañera no había logrado sobrevivir y él había escapado con los gemelos antes de que también les hicieran daño.

Durante semanas habían recorrido las montañas, evitando los caminos principales y escondiéndose de cualquier desconocido.

No podía regresar a Ashvale hasta estar seguro de que sus hijos estarían a salvo.

Pero la tormenta los había sorprendido.

Habían perdido el rumbo y, cuando finalmente llegaron al arroyo, Kale ya no tenía fuerzas para continuar.

—Si no hubieras aparecido, no sé qué habría sido de nosotros —admitió.

Permanecí en silencio unos segundos.

Ahora comprendía por qué se despertaba sobresaltado, por qué miraba constantemente hacia las ventanas y por qué se mostraba tan desconfiado cuando intentaba ayudarlo.

También comprendí algo más.

Aquel hombre llevaba semanas cargando con un dolor que no le había permitido detenerse ni un momento.

—Debió ser terrible para ustedes —le dije.

Kale levantó la mirada.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

No entendí su pregunta.

—¿Qué más quieres que diga?

—Acabo de contarte quién soy.

Miré hacia la chimenea, donde Finn dormía abrazado a su hermana.

—Ya lo sé. Pero sigues siendo el papá de esos niños. Y todavía necesitas descansar antes de volver a salir con este frío.

Por primera vez desde que lo había conocido, Kale sonrió sin parecer preocupado por algo.

No volvimos a hablar del asunto aquella noche.

Sin embargo, a partir de entonces, nuestra relación cambió.

Ya no sentía que tenía delante a un desconocido que ocultaba su pasado.

Y él dejó de comportarse como alguien que debía estar preparado para huir a cada instante.

Durante los días siguientes seguimos compartiendo nuestra pequeña rutina.

Lira aprendió a trenzar las plantas que yo colgaba junto a la ventana. Finn insistía en ayudarme a preparar el desayuno.

Kale y yo pasábamos las noches conversando después de que los niños se quedaban dormidos.

Me habló de su antigua vida, de lo mucho que extrañaba su hogar y de las responsabilidades que lo esperaban.

Yo le conté que había perdido a mis padres cuando era joven.

Desde entonces había aprendido a cuidarme sola.

Nunca había considerado mi soledad como una desgracia.

Pero ahora, cuando escuchaba a los gemelos reír en la habitación, empezaba a preguntarme cómo sería volver a una casa completamente silenciosa.

Una tarde, cuando los caminos comenzaron a despejarse, Kale salió a revisar los alrededores.

Regresó con una expresión seria.

—Pronto podremos marcharnos.

Sentí una tristeza que intenté disimular.

Sabía que ese momento llegaría.

Los niños tenían un hogar al cual regresar y su padre tenía una manada que lo necesitaba.

Yo solamente había sido una desconocida que apareció en el camino durante una tormenta.

Aquella noche preparé la cena como siempre.

Pero cuando los gemelos se quedaron dormidos, Kale se sentó a mi lado.

—Quisiera pedirte algo.

Pensé que necesitaba provisiones para el viaje.

—Dime.

Se quedó callado unos instantes.

—Quiero que vengas con nosotros a Ashvale.

Lo miré sorprendida.

—¿Para qué?

—Para formar parte de nuestras vidas.

No supe qué responder.

Kale continuó hablando.

Me dijo que sus hijos se habían encariñado conmigo y que, desde nuestra llegada a la cabaña, habían vuelto a sonreír después de muchos meses difíciles.

Después bajó un poco la voz.

—Y yo también me he acostumbrado a tenerte cerca, Meera. No quiero que esto termine cuando se derrita la nieve.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.

—Kale, soy una omega que ha vivido toda su vida en una cabaña. No sé nada de vivir en un palacio.

—No estoy buscando a alguien que sepa vivir en un palacio.

—Tampoco sé cómo comportarme junto a un rey.

Él sonrió.

—Entonces sigue comportándote conmigo como lo has hecho hasta ahora.

Miré a los niños.

Lira dormía con la cabeza apoyada sobre el hombro de Finn. Los dos tenían esa expresión tranquila que solamente había empezado a ver después de varios días en mi casa.

Luego miré a Kale.

No me estaba ofreciendo riquezas ni prometiendo convertirme en alguien importante.

Simplemente me estaba pidiendo que no desapareciera de sus vidas.

Y por primera vez en muchos años, descubrí que deseaba algo diferente a mi antigua tranquilidad.

—Está bien —respondí—. Iré con ustedes.

Kale me tomó la mano.

No hizo grandes promesas.

Tampoco las necesitábamos.

Cuando llegó la primavera, la nieve comenzó a desaparecer de las montañas.

Guardé mis pocas pertenencias en una bolsa y cerré la cabaña donde había vivido durante tantos años.

Creí que me costaría marcharme.

Pero cuando Lira me tomó de una mano y Finn de la otra, comprendí que estaba lista.

El viaje hasta Ashvale duró varios días.

Los niños no dejaban de hablar de su hogar. Me contaban cómo eran los jardines, sus habitaciones y los lugares donde solían jugar.

Kale caminaba a nuestro lado.

Ya no parecía el hombre agotado que había encontrado junto al arroyo.

Cuando finalmente llegamos, descubrí que muchas personas estaban reunidas esperando su regreso.

Al reconocerlo, corrieron hacia él.

Algunos lloraban. Otros se arrodillaban conmovidos al ver que su rey y sus pequeños habían regresado con vida.

Yo me quedé un poco apartada.

No sabía qué lugar ocupaba entre todas aquellas personas.

Entonces Kale volvió sobre sus pasos.

Me tomó de la mano y me llevó junto a sus hijos.

Frente a toda su manada, les contó que yo los había encontrado durante la tormenta y que les había ofrecido refugio sin saber quiénes eran.

No me presentó como una sirvienta ni como alguien que esperaba una recompensa.

Me presentó como parte de su familia.

Los primeros meses fueron difíciles.

Tuve que acostumbrarme a una casa enorme, conocer a personas nuevas y aprender costumbres que nunca habían formado parte de mi vida.

Pero conservé mis hábitos.

Seguí preparando mis remedios con plantas, cuidando de Lira y Finn y buscando cualquier oportunidad para pasar tiempo al aire libre.

Kale nunca me pidió que dejara de ser quien era.

Con el tiempo, nuestra relación se convirtió en algo mucho más profundo que el agradecimiento por aquella noche.

Y cuando llegó el siguiente invierno, la manada de Ashvale me recibió oficialmente como su nueva Luna.

A veces todavía pienso en lo extraño que resulta todo.

Durante años había creído que mi destino era vivir sola en aquella pequeña cabaña.

No buscaba un compañero.

Mucho menos imaginaba compartir mi vida con un rey alfa y sus dos hijos.

Pero aquella tormenta me enseñó algo que nunca he olvidado.

Kale no llegó a mi puerta llevando una corona.

Llegó sin fuerzas, abrazando a sus pequeños, necesitando que alguien lo ayudara.

Y yo no lo salvé porque fuera un rey.

Lo ayudé porque, aquella noche, antes de ser cualquier otra cosa, era un padre que necesitaba llevar a sus hijos a casa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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