Encontré a un bebé en la nieve… y el rey Alfa me acusó de robar a su heredero
Encontré a un bebé en la nieve… y el rey Alfa me acusó de robar a su heredero

PARTE 1
Cuando encontré al bebé, sus labios ya estaban azules.
Un lobo blanco, tan grande como un caballo, lo protegía con su cuerpo en medio de la tormenta. Entre las mantas había una nota con solo tres palabras:
«Protégelo o muere».
No sabía que aquel niño era el heredero del rey Alfa. Tampoco imaginaba que salvarlo me convertiría en el blanco de una conspiración nacida dentro del propio palacio.
Me llamo Casia y durante años viví sola en una cabaña del bosque. Era una omega sin manada, una de esas mujeres a las que nadie busca cuando desaparecen. Aquella tarde había salido a revisar mis trampas antes de que la nieve borrara los senderos.
Entonces escuché un llanto.
Lo seguí hasta un claro. Allí estaba el enorme lobo blanco, tendido junto a un bebé de apenas dos meses. Sus ojos dorados no mostraban amenaza, sino una súplica desesperada.
—No voy a hacerle daño —prometí.
El animal se apartó y me permitió levantar al pequeño. Estaba helado, pero aún respiraba. Lo apreté contra mi pecho y sentí algo imposible: mi cuerpo reconocía su aroma, a pino y ceniza, como si aquel niño hubiera estado unido a mí desde antes de que lo conociera.
Lo llevé a mi cabaña. El lobo nos siguió y montó guardia frente a la puerta mientras yo calentaba al bebé, lo alimentaba con leche de cabra y lo envolvía en mis mejores mantas.
Cuatro días después, una vecina llegó con noticias inquietantes. Soldados del Reino del Norte registraban todos los pueblos. El hijo recién nacido del rey Cael Norberen había desaparecido y ofrecían una fortuna por cualquier información.
Miré al bebé dormido y después al lobo blanco.
—Es él, ¿verdad?
El animal apoyó su cabeza contra mi mano.
Aquella misma noche apareció Gareth Bors, un hombre de mi pasado que llevaba años persiguiéndome. Había escuchado rumores sobre el bebé y quería entregarlo a cambio de oro. Intentó entrar por la fuerza, pero el lobo lo derribó y lo expulsó al bosque.
Gareth escapó con vida. Antes de desaparecer entre los árboles, gritó:
—¡Cuando el rey llegue, no verá a una salvadora! ¡Verá a una omega que robó a su hijo!
Llegaron al amanecer.
La puerta de mi cabaña fue arrancada de sus bisagras. Varios soldados entraron, pero todos parecían insignificantes junto al hombre vestido de negro que avanzó entre ellos.
El rey Cael era enorme, de ojos grises y presencia helada. El lobo blanco se interpuso para protegerme.
—Skol, apártate —ordenó el rey.
Para mi sorpresa, el animal obedeció.
Entonces comprendí que Skol le pertenecía.
El bebé comenzó a llorar. Cael lo encontró en la cesta y se arrodilló a su lado. Durante un instante dejó de parecer un rey temido; solo era un padre que acababa de recuperar a su hijo.
—No lo toques —dije, colocándome frente a la cesta—. Alguien lo abandonó en la nieve. Si yo no lo hubiera encontrado, no habría sobrevivido.
Cael se levantó lentamente.
—¿Quién te lo entregó?
Le mostré la nota. El rey la leyó y todo el color desapareció de su rostro.
—Reconozco esta escritura —murmuró.
—¿De quién es?
Cael cerró el puño alrededor del pergamino y miró a sus propios soldados con una desconfianza aterradora.
—De alguien que vive dentro de mi palacio. Alguien que secuestró a mi hijo y esperaba que muriera en este bosque.
Después clavó sus ojos en mí.
—Tú y el príncipe vendrán conmigo. Porque a partir de este momento, no puedo confiar en nadie… excepto en la omega a la que esa persona ordenó morir por él.
PARTE 2
Sus palabras me helaron más que la tormenta.
No quería abandonar mi cabaña, pero tampoco podía dejar que Cael se llevara al bebé sin mí. Acepté acompañarlo con una condición: permanecería cerca del niño hasta descubrir quién intentaba eliminarlo.
Durante el viaje supe su verdadero nombre: Alden Norberen, único heredero del Reino del Norte.
El palacio era una fortaleza de piedra negra. Apenas llegamos, me encerraron en una habitación y separaron a Alden de mí. Cael decía que era por mi seguridad, pero durante tres días no me permitieron verlo.
Al tercero, el rey mandó buscarme.
Alden llevaba horas llorando. Había rechazado la leche y no dormía desde nuestra llegada. En cuanto lo tomé entre mis brazos, se tranquilizó y escondió el rostro contra mi cuello.
Cael nos observó en silencio.
—Lleva tu esencia —dijo—. Como si fueras su madre.
—No soy su madre —respondí—, pero fui la única persona que estuvo con él cuando creyó que todos lo habían abandonado.
Aquello pareció herirlo. Cael confesó que la madre de Alden había fallecido durante el parto y que nunca había aprendido a cuidar al niño. Bajo la armadura de aquel Alfa temido descubrí a un hombre que se sentía incapaz de acercarse a su propio hijo.
Me instaló junto a las habitaciones reales. Con el paso de las semanas, Alden recuperó la salud y Cael empezó a participar en sus cuidados. Al principio lo hacía con torpeza; después aprendió a alimentarlo, cargarlo y permanecer junto a su cuna cuando tenía miedo.
También comenzó a mirarme de una manera diferente.
La investigación reveló que Gareth se encontraba en la capital y que alguien del palacio le pagaba. Antes de que pudieran capturarlo, una segunda nota apareció bajo la puerta del rey:
«El heredero de sangre impura no ocupará el trono. Entréguenlo o el reino pagará».
Llevaba el símbolo del Clan del Este: una luna partida.
Cael me explicó que la madre de Alden había sido beta. Los líderes orientales consideraban al niño indigno y querían sustituirlo por uno de sus propios herederos. Solo existía una forma de impedirlo: el antiguo Vínculo de la Luna Roja.
Una omega debía ofrecerse como guardiana del príncipe. Su esencia se uniría a la del niño y a la del Alfa, convirtiéndolos ante la ley en una familia reconocida por la magia antigua.
—El vínculo será temporal —dijo Cael—, pero tendré que dejar mi marca en tu cuello. No puedo obligarte.
Miré a Alden dormido y recordé cómo lo había encontrado sobre la nieve.
—Lo haré, pero cuando todo termine decidiré por mí misma si me quedo o me marcho.
—Tienes mi palabra —respondió, no como rey, sino como hombre.
Dos noches después, la luna se volvió roja.
Cael y yo entramos descalzos en el círculo ritual. Mezclamos nuestra sangre en un cuenco de piedra y pronunciamos los juramentos. Cuando nuestras manos se tocaron, sus recuerdos atravesaron mi mente: la muerte de su compañera, el peso del trono y una soledad tan profunda como la mía.
Él también vio mi abandono, mi miedo a Gareth y el instante en que decidí que Alden sería mi familia aunque el mundo entero lo negara.
Cael dejó la marca en mi cuello. Las runas ardieron y el vínculo se cerró entre nosotros.
Entonces sonó la alarma.
El ala real estaba en llamas.
Corrimos hacia la habitación del príncipe y encontramos a Gareth junto a una ventana abierta, sosteniendo a Alden sobre el vacío.
—El Clan del Este me pagó para terminar el trabajo —se burló—. Un paso más y lo suelto.
Cael se transformó en un enorme lobo negro, pero no podía atacar sin poner al bebé en peligro.
—Tómame a mí —supliqué—. Yo soy quien escapó de ti. Yo soy quien te humilló.
Gareth sonrió y giró apenas la cabeza.
Fue su error.
Skol apareció detrás de él y se lanzó sobre su brazo. Gareth soltó al niño. Corrí y alcancé a Alden antes de que tocara el suelo, protegiéndolo con mi cuerpo mientras Cael y Skol reducían al atacante.
Antes de ser llevado por los guardias, Gareth confesó que Eldara Stoneclaw, líder del Clan del Este, había organizado el secuestro. La primera nota no era una orden para eliminarme: había sido escrita por un espía leal a Cael que descubrió el complot y entregó el bebé a Skol. Sin tiempo para explicar nada, le había pedido al lobo que buscara a alguien fuera de la influencia del palacio.
Skol me había elegido a mí.
Al amanecer, Cael convocó a todos los clanes. Eldara negó las acusaciones hasta que Gareth fue presentado encadenado y repitió su confesión delante del Consejo.
Después, Cael mostró la marca de la Luna Roja en mi cuello.
—Casia no es una sirvienta ni una omega sin manada —declaró—. Es la guardiana legítima de mi hijo. Su palabra tiene el mismo peso que la mía y Alden es el heredero reconocido por la ley antigua.
Eldara me miró con desprecio.
—¿Debemos entregar el futuro del reino a una desconocida sin linaje?
Di un paso al frente con Alden en mis brazos.
—No aparecí de la nada. Encontré a su príncipe muriéndose en la nieve mientras quienes presumían de linaje conspiraban desde habitaciones calientes. Lo alimenté, lo protegí y ofrecí mi vida por él. Si eso vale menos que un apellido, entonces el problema no está en mi sangre, sino en su orgullo.
El salón quedó en silencio.
Uno por uno, los líderes se arrodillaron. Eldara fue despojada de su rango y el Clan del Este quedó bajo investigación del Consejo.
Cuando todos se marcharon, Cael se acercó a mí.
—Prometí que podrías irte cuando Alden estuviera a salvo —dijo—. Cumpliré mi palabra, aunque perderte sea lo más difícil que haya hecho.
Miré al hombre que había aprendido a amar a su hijo y después a Skol, el guardián que me había llevado hasta ellos.
—No me quedaré por el ritual ni porque seas rey —respondí—. Me quedaré porque esta vez puedo elegir mi propia manada.
Meses después, el vínculo no se había desvanecido. Se volvió más fuerte porque cada día Cael y yo elegíamos conservarlo.
Como nueva Luna del reino, mi primera decisión fue impulsar una ley que protegiera a las omegas sin manada y les permitiera rechazar vínculos impuestos. Ninguna volvería a ser tratada como propiedad ni abandonada sin que hubiera consecuencias.
En primavera regresamos al lugar donde había encontrado a Alden. Allí plantamos un roble.
—Que este árbol recuerde lo que ocurrió aquí —dije mientras cubría las raíces—: la familia no siempre nace de la sangre. A veces comienza con una persona temblando de frío que, aun así, decide no abandonar a alguien más indefenso que ella.
Cael tomó mi mano. Alden reía entre sus brazos y Skol descansaba a nuestros pies.
Yo había pasado años creyendo que no pertenecía a ningún lugar. Al final comprendí que mi hogar no era el palacio ni el título de Luna.
Mi hogar eran las personas que había elegido proteger… y que también habían decidido protegerme a mí.