Encontré a mi mamá haciendo algo extraño a las tres de la mañana y al día siguiente no recordaba nada
Encontré a mi mamá haciendo algo extraño a las tres de la mañana y al día siguiente no recordaba nada

PARTE 1
La primera vez que vi a mi mamá sentada al borde de la cama a las tres de la mañana, pensé que estaba rezando.
Mi papá dormía a menos de un metro de ella.
Intenté despertarlo y no reaccionó.
Entonces miré otra vez las manos de mi mamá y entendí que aquello no era ninguna oración que yo conociera.
En ese tiempo yo tenía unos 15 años.
Voy a llamar Diana a mi mamá porque prefiero no usar nuestros nombres verdaderos.
Hasta entonces nuestra familia había llevado una vida bastante normal.
Mi mamá siempre había sentido curiosidad por cosas como el tarot, los cuarzos, las limpias y los temas de energía.
Nunca lo vimos como algo preocupante.
Para ella era casi un pasatiempo.
Un día una vecina le habló de unas reuniones que hacían en una casa a las afueras del municipio.
Según le explicó, se juntaban personas para hacer ceremonias relacionadas con la prosperidad, el éxito y la buena suerte.
Mi mamá aceptó ir por curiosidad.
La primera noche salió alrededor de las seis.
Pasaron las horas.
Mi papá y yo comenzamos a preocuparnos porque no respondía llamadas ni mensajes.
Regresó después de las dos de la madrugada.
Se veía agotada.
Tenía unas ojeras enormes y casi no habló con nosotros.
Fue directamente a la recámara y se quedó dormida.
A la mañana siguiente parecía otra persona.
No cansada.
No enferma.
Perfectamente normal.
Cuando le preguntamos dónde había estado, respondió que había ido a la reunión que nos había mencionado y cambió rápidamente de tema.
Después comenzó a asistir con cierta frecuencia.
Y fue entonces cuando nuestra casa empezó a sentirse distinta.
Primero fueron ruidos pequeños.
Golpecitos dentro de las paredes.
Pasos en habitaciones vacías.
Puertas que parecían moverse solas.
Una pequeña cruz que teníamos sobre un mueble apareció varias veces en el piso.
Mi papá siempre encontraba una explicación.
La madera se mueve.
Hay corrientes de aire.
Las casas hacen ruidos.
Yo también quería creer eso.
Hasta que descubrí algo demasiado extraño para ignorarlo.
Cuando mi mamá salía, la casa estaba tranquila.
Los ruidos comenzaban después de que regresaba.
Una noche volvió tarde de otra reunión.
Yo ya estaba dormido cuando escuché pasos en el pasillo.
Abrí la puerta.
No había nadie.
Como ya estaba despierto, decidí ir por agua.
Para llegar a la cocina tenía que pasar frente a la recámara de mis padres.
La puerta estaba entreabierta.
Miré por casualidad.
Mi papá dormía profundamente.
Mi mamá estaba sentada a los pies de la cama.
Tenía los ojos cerrados.
Sus labios se movían.
Al principio creí que estaba rezando.
Pero sus manos hacían movimientos extraños con los dedos, formando posiciones que nunca le había visto.
Además, repetía palabras muy bajas que yo no entendía.
Me quedé parado en el pasillo.
No sé cuánto tiempo.
En algún momento ella dejó de hablar.
Sentí que iba a abrir los ojos.
Me regresé a mi cuarto y cerré la puerta.
A la mañana siguiente estaba preparando el desayuno como siempre.
No mencioné lo ocurrido.
Me daba miedo que se riera de mí.
Pasaron varios días.
Después ocurrió algo peor.
Esa noche escuché voces en la sala.
Pensé que mis padres estaban viendo televisión.
Salí.
Todo estaba oscuro.
Las voces continuaban.
Caminé lentamente por el pasillo.
Cuando llegué a la sala vi a mi mamá arrodillada en medio del piso.
Tenía la espalda inclinada hacia atrás de una manera que me pareció imposible.
Su cabello casi tocaba el suelo.
No estaba mirando hacia mí.
Hablaba en voz baja.
Corrí hacia la habitación de mi papá.
—Papá.
Lo moví.
Nada.
Lo sacudí con más fuerza.
No reaccionaba.
Regresé al pasillo.
Mi mamá seguía en la misma posición.
Entonces escuché que dejó de murmurar.
Muy lentamente comenzó a girar la cabeza hacia donde yo estaba.
Recuerdo haber pensado que tenía que salir corriendo.
Pero no pude moverme.
Y después de eso…
no recuerdo absolutamente nada.
PARTE 2
Abrí los ojos a la mañana siguiente en mi propia cama.
Estaba vestido con la misma ropa de la noche anterior.
No recordaba haber regresado a mi habitación.
Lo primero que hice fue salir al pasillo.
Mi mamá estaba en la cocina.
Mi papá tomaba café.
Los dos actuaban como si nada hubiera ocurrido.
Le pregunté a mi papá si había dormido bien.
Me dijo que sí.
No recordaba que yo hubiera intentado despertarlo.
Ahí empecé a pensar que necesitaba pruebas.
Esperé a que mi mamá saliera.
Entré a su recámara.
Busqué en los cajones.
En el clóset.
En el tocador.
No encontré libros raros, símbolos ni nada parecido.
Estaba a punto de salir cuando miré debajo de la cama.
Vi una mancha negra.
Me agaché.
Había restos de cera oscura pegados al piso.
En el centro parecía haber estado una vela.
Alrededor había ceniza.
Me quedé observándola durante varios segundos.
Ese fue el momento en que dejé de pensar que todo podía ser imaginación mía.
No sabía qué hacer.
Tenía 15 años.
Por eso fui con la única persona que pensé que podía creerme:
mi abuela.
Era la mamá de Diana y una mujer profundamente católica.
Le conté sobre las reuniones.
Los golpes en las paredes.
Mi papá dormido.
La noche en la sala.
La vela.
Mi abuela no se burló.
Comenzó a visitar nuestra casa con mayor frecuencia.
Siempre llevaba su rosario.
A veces rezaba en voz baja.
Mi mamá empezó a molestarse.
Primero le pedía que no hiciera eso.
Luego comenzaron las discusiones.
Finalmente le prohibió entrar a la casa.
Eso asustó todavía más a mi abuela.
Fue a hablar con un sacerdote.
No ocurrió todo de inmediato.
Pasaron semanas de conversaciones, preguntas y visitas.
Mi abuela insistió hasta que finalmente varias personas aceptaron intervenir.
Cuando el sacerdote llegó a nuestra casa, mi mamá se negó a abrir.
Nunca la había visto reaccionar de aquella manera.
Tuvieron que pedir ayuda.
Yo permanecí fuera de la habitación cuando comenzaron a atenderla.
No quiero exagerar lo que pasó porque no vi lo que ocurrió dentro.
Solo puedo contar lo que escuché.
Mi mamá gritaba.
El sacerdote rezaba.
Había varias personas hablando al mismo tiempo.
Yo estaba junto a mi abuela, tratando de no llorar.
Después escuchamos un ruido extraño.
Fue como si alguien hubiera quebrado varias ramas secas de golpe dentro de la habitación.
Y todo quedó en silencio.
No un silencio normal.
Uno de esos silencios en los que parece que toda la casa se ha detenido.
Finalmente abrieron la puerta.
Entramos.
Mi mamá estaba acostada.
Se veía agotada.
Pero su rostro parecía otra vez el de siempre.
Mi abuela se acercó.
Yo me senté junto a ella.
Después de un rato le preguntamos por las reuniones.
Mi mamá frunció el ceño.
—¿Qué reuniones?
Pensé que estaba evitando responder.
Le mencioné a la vecina.
La casa a las afueras del municipio.
Las noches en que regresaba después de las dos.
Su expresión no cambió.
No recordaba nada.
Ni siquiera recordaba haber recibido aquella primera invitación.
Pensamos que quizá estaba fingiendo.
Durante los días siguientes le hicimos preguntas de diferentes maneras.
Siempre respondía igual.
Aquellos meses simplemente parecían tener huecos en su memoria.
Con el tiempo nuestra casa volvió a la normalidad.
Dejaron de escucharse pasos.
Los golpes en las paredes desaparecieron.
Nunca encontré otra vela debajo de la cama.
Mi papá tampoco volvió a caer en aquellos sueños tan profundos.
Mi mamá dejó por completo los temas de rituales y reuniones.
Todavía conserva algunos cuarzos y cartas que tenía desde antes, pero nunca volvió a visitar aquel lugar.
Yo tampoco intenté encontrarlo.
Hoy soy adulto.
He pensado muchas veces en explicaciones posibles.
Tal vez mi mamá atravesaba una crisis que nosotros no comprendíamos.
Tal vez las reuniones influyeron psicológicamente en ella.
Tal vez varias cosas que yo interpreté como extrañas tuvieron una explicación normal.
Hay una sola parte que todavía me cuesta entender.
Años después, durante una comida familiar, hablamos de aquella época.
Mi mamá volvió a decir que no recordaba absolutamente nada.
Entonces mi abuela mencionó la vela negra que yo había encontrado debajo de la cama.
Mi mamá dejó de comer.
La cuchara se le cayó de la mano.
Nos miró.
Y durante apenas unos segundos pareció reconocer perfectamente de qué estábamos hablando.
Después bajó la mirada y dijo:
—Hay cosas que es mejor no intentar recordar.
Nunca volvió a hablar del tema.
Y yo jamás volví a preguntarle.