En la Fiesta, Su Mejor Amiga Le Quitó al Novio — El Rey Vampiro Se Acercó y Dijo: “Ven Conmigo”

PARTE 1
La noche que mi mejor amiga anunció su compromiso con mi novio frente a casi trescientas personas, yo llevaba puesto un vestido que ella misma me había prestado.
No fue una coincidencia.
Tampoco lo fue el fotógrafo apuntándome mientras todos esperaban verme llorar.
Lo que nadie esperaba era que el hombre más extraño de aquella fiesta cruzara todo el salón para detenerse frente a mí.
Me llamo Elena Valdés.
En aquel tiempo trabajaba restaurando libros antiguos. Mi vida era sencilla, tranquila y bastante alejada de las familias ricas que dominaban Valdemora.
Había llegado a la gala de invierno de los Aristegui por Sebastián Ferrer, mi novio desde hacía tres años.
Y por Camila Rioseco.
Mi mejor amiga desde niña.
Camila me había prestado aquella tarde un vestido azul oscuro.
—Te vas a ver increíble.
Debí sospechar cuando Sebastián no pasó por mí.
Debí sospechar todavía más cuando llegué y encontré a los dos juntos junto a la escalera principal.
Pero uno ve lo que quiere ver cuando confía en alguien.
A las once, Sebastián subió al escenario.
Camila estaba tomada de su mano.
Cuando anunció que se casarían, sentí que algo dentro de mí se apagaba.
No solo por la traición.
Sino porque todos parecían saberlo.
Todos menos yo.
Después Camila tomó el micrófono.
Me agradeció públicamente por “comprender” que Sebastián necesitaba una mujer de su nivel.
Luego señaló mi vestido.
Me dijo que podía quedármelo como recuerdo.
Ahí entendí todo.
La ropa.
El fotógrafo.
La lista de invitados.
Me habían llevado allí para convertirme en parte del espectáculo.
Sentí que las lágrimas estaban a punto de salir.
Entonces recordé algo que mi madre decía cuando yo era adolescente:
Si alguien intenta quitarte todo, no le regales también tu dignidad.
Tomé una copa de agua.
Levanté la cabeza.
—Que sean muy felices —dije—. La verdad es que combinan perfectamente.
Después caminé hacia la salida.
No alcancé a llegar.
El salón quedó extrañamente silencioso.
Un hombre había comenzado a avanzar hacia mí.
Lo había visto antes junto a uno de los ventanales.
Alto.
Cabello negro.
Abrigo oscuro.
Ojos de un gris casi plateado.
Los anfitriones lo habían presentado simplemente como señor Alaric Noctemar.
Nadie parecía saber exactamente quién era.
Pero todos se apartaban cuando él pasaba.
Se detuvo frente a mí.
Pronunció mi nombre.
Luego dijo algo todavía más extraño.
Había asistido a aquella fiesta por mí.
Me ofreció su mano.
—Acompáñame cinco minutos.
No la tomé.
Después de Sebastián, no estaba dispuesta a confiar en otro desconocido solo porque llevara un traje caro.
Eso pareció agradarle.
Se presentó correctamente y me propuso hablar en la terraza, a la vista de todos.
Acepté.
Afuera me explicó que conoció a mi madre, Isabel Valdés, muchos años antes.
Eso era imposible.
Mi madre había sido camarera y costurera.
Había fallecido seis años atrás sin mencionarme jamás a un hombre llamado Noctemar.
Alaric aseguró que tenía una deuda con ella.
Una deuda que no podía pagar con dinero.
Luego me propuso algo todavía más absurdo.
Un cortejo falso.
Él necesitaba aparecer públicamente como alguien integrado a la sociedad de Valdemora.
Yo necesitaba dejar de ser la mujer humillada de aquella noche.
Durante unas semanas asistiríamos juntos a cenas y eventos.
Sin romance.
Sin promesas.
Solo un acuerdo.
Acepté con tres condiciones.
Que nunca me mintiera.
Que yo pudiera terminar el trato cuando quisiera.
Y que algún día me contara toda la verdad sobre mi madre.
Aceptó.
Durante las semanas siguientes empezó el teatro.
Cenas.
Conciertos.
Fotografías.
Flores.
Pero también comenzaron las cosas que no encajaban.
Alaric nunca comía delante de mí.
Su piel siempre estaba fría.
Parecía conocer detalles de libros escritos siglos atrás como si hubiera conocido personalmente a sus autores.
Y varias personas extremadamente poderosas lo llamaban “Majestad”.
Cuando le exigí una explicación, me llevó a su residencia.
No era una casa.
Era una fortaleza escondida entre árboles antiguos.
En una biblioteca enorme, Alaric se quitó los guantes.
Su aspecto cambió sutilmente.
Su piel perdió el color humano.
Y cuando habló vi claramente dos colmillos.
Yo no grité.
Solo pregunté:
—¿Qué eres?
Alaric me sostuvo la mirada.
—Mi nombre completo es Alaric Noctemar. Soy rey de la Corte Nocturna.
Hizo una pausa.
—Tengo más de setecientos años, Elena… y llevo veintiséis buscándote.
PARTE 2
Durante varios segundos pensé que aquello tenía que ser algún tipo de broma.
No lo era.
Alaric me explicó que veintiséis años antes había sido perseguido cerca de Valdemora.
Herido y sin un lugar seguro donde esconderse, llegó hasta un pequeño taller de costura.
La mujer que abrió la puerta era mi madre.
Isabel tenía un bebé en casa.
Yo.
En lugar de pedir ayuda o cerrar la puerta, escondió a Alaric y convenció a quienes lo buscaban de que había escapado hacia otro sitio.
Después cuidó sus heridas durante varios días.
Nunca pidió dinero.
Nunca pidió favores.
Antes de marcharse, Alaric hizo un juramento según las leyes de su gente:
si algún día Isabel o su descendencia necesitaban protección, la Casa Noctemar respondería.
Cuando mi madre falleció, aquella obligación pasó a mí.
Por eso me buscaba.
Por eso apareció en la gala.
Pero entonces confesó algo que no formaba parte de ningún juramento.
Había ido para pagar la deuda de mi madre.
Se quedó porque le interesaba yo.
Aquello me asustó más que sus colmillos.
Nuestro cortejo había empezado como una mentira pública y lentamente estaba dejando de serlo.
Mientras yo intentaba entenderlo, Camila tampoco estaba dispuesta a dejarme en paz.
Su compromiso con Sebastián había dejado de ser la gran noticia de Valdemora.
Todo el mundo hablaba del misterioso Noctemar y de mí.
Eso la enfureció.
Sebastián contrató a un investigador para descubrir quién era Alaric.
La información terminó en manos de Lord Valerio Duscaven, un miembro de la propia Corte Nocturna que llevaba siglos queriendo debilitar a Alaric.
Valerio entendió algo antes que nosotros.
Yo podía convertirse en el punto desde donde atacarlo.
Camila y Sebastián aceptaron ayudarlo.
Firmaron un contrato que ni siquiera comprendían.
Le entregaron cartas mías, información sobre mi madre y detalles de mi vida.
Su objetivo era desacreditarme durante una ceremonia conocida como el Baile del Solsticio, donde la corte decidiría oficialmente si aceptaba a una mortal junto a su rey.
Sebastián terminó buscándome pocos días antes.
Ya no parecía el hombre seguro que me había humillado.
Estaba asustado.
Me confesó que él y Camila habían intentado salirse del acuerdo con Valerio y no podían.
Entonces mencionó un detalle.
Valerio había pedido que Camila asistiera al baile usando un perfume especial.
Eso encendió todas las alarmas.
Alaric descubrió que aquel “perfume” contenía una antigua sustancia capaz de debilitar temporalmente a los miembros de la Corte Nocturna.
El plan real de Valerio era mucho mayor que humillarme.
Pensaba reunir a todos los clanes en un mismo lugar, debilitarlos y después permitir la entrada de un grupo enemigo.
Decidimos no cancelar el baile.
Si lo hacíamos, Valerio desaparecería.
Le hicimos creer que su plan funcionaba.
Durante la ceremonia, toda la corte fingió debilitarse.
Valerio abrió personalmente uno de los accesos.
Y quedó expuesto frente a todos.
Sus aliados, al descubrir que también habían sido utilizados, bajaron sus armas.
Aquella noche no hubo la tragedia que él había planeado.
Valerio fue arrestado por su propia gente.
Pero todavía quedaba una última prueba para mí.
La corte presentó a Camila y Sebastián.
Habían participado conscientemente en la venta de información sobre un mundo secreto.
La ley exigía castigarlos.
Valerio había diseñado aquello para obligarme a elegir.
Si pedía clemencia, tendría que abandonar la Corte Nocturna y perder todos mis recuerdos de Alaric.
Si no hacía nada, conservaría mi nueva vida sabiendo que había permitido que dos personas de mi pasado pagaran el precio máximo.
Camila comenzó a suplicarme.
Sebastián hizo algo inesperado.
Me pidió que no sacrificara nada por ellos.
Entonces recordé por qué restauraba libros.
Porque siempre hay información escondida en aquello que otros pasan por alto.
Había pasado semanas estudiando las leyes antiguas.
Encontré una cláusula que Valerio había ignorado.
Cuando un miembro de la corte compra deliberadamente secretos a humanos y los manipula mediante un contrato que ellos no pueden comprender, la responsabilidad principal recae sobre quien compró la información.
Valerio.
La balanza ceremonial utilizada durante el juicio reaccionó.
Ordenaron revisar su contrato.
Ahí estaba todo.
Sus órdenes.
Sus pagos.
Su plan.
Camila y Sebastián conservaron la vida, aunque sus recuerdos de aquel mundo fueron borrados.
Valerio perdió su posición y fue apartado durante siglos.
Yo superé las pruebas.
Pero la historia no terminó ahí.
Un año después regresé con Alaric a una fiesta de los Aristegui.
La misma familia.
El mismo salón.
Casi las mismas personas.
Yo llevaba un vestido rojo que había elegido yo misma.
A mitad de la noche vi a Camila.
Trabajaba sirviendo comida para una empresa de banquetes.
La vida que había construido sobre apariencias se había derrumbado después del escándalo.
Cuando me vio, esperó que me burlara.
Muchas personas también lo esperaban.
Caminé hacia ella.
Tomé algo de su bandeja y noté que la sujetaba de una manera incómoda.
Entonces recordé a mi madre.
Le expliqué en voz baja cómo apoyar correctamente el peso sobre el antebrazo para que no terminara la noche con dolor en la muñeca.
Camila me miró confundida.
—Después de todo lo que hice… ¿por qué no te ríes?
La respuesta me salió sola.
—Porque entonces habría aprendido de ti. Y yo tuve una maestra mejor.
No la perdoné aquella noche.
Quizá nunca lo hice completamente.
Simplemente dejé de permitir que ocupara espacio en mi vida.
Con Sebastián ocurrió algo parecido.
Años después lo vi del otro lado de una calle.
Nos reconocimos.
Ninguno cruzó.
Y estuvo bien.
Alaric y yo elegimos permanecer juntos.
No porque una deuda antigua lo obligara.
La deuda de mi madre terminó mucho antes.
Nos quedamos porque ambos quisimos.
Durante mucho tiempo pensé que mi vida cambió cuando el hombre más poderoso de aquella fiesta cruzó un salón lleno de gente para ofrecerme su mano.
Después comprendí que había empezado unos minutos antes.
Cuando Camila intentó quitarme todo.
Cuando trescientas personas esperaron que me derrumbara.
Y yo decidí salir de aquella habitación con la espalda recta.
Porque Alaric no se enamoró de una mujer que necesitaba que alguien la salvara.
Cruzó aquel salón porque había visto a una mujer que acababa de salvarse a sí misma.