Ella Soltó 30 Guajolotes en su Milpa — Todos Rieron, la Plaga les Dio la Razón

Solté treinta guajolotes en mi milpa antes del amanecer.

Mis vecinos llevaban semanas diciéndome que iban a acabar con el maíz antes que cualquier plaga.

Tres años después, el chapulín arrasó los cultivos de cuatro comunidades del valle de Tlacolula. Mi parcela fue la única de la zona que llegó casi completa a la cosecha.

Me llamo Elena Cruz. Tenía cincuenta y cuatro años, cuatro hijos y dos hectáreas de milpa en las laderas de San Pedro Quiatoni, Oaxaca. Sembraba maíz criollo negro y amarillo, intercalado con frijol y calabaza, como mi madre y mi abuela antes que yo. En un buen año cosechaba entre treinta y cinco y cuarenta costales. En uno malo, el chapulín podía llevarse la mitad.

Durante quince años usé insecticida. Era caro, había que aplicarlo más de una vez y nunca garantizaba que el chapulín no volviera desde el terreno de al lado. Además, me preocupaba que afectara a las abejas que polinizaban el frijol. Pero cuando veías a los insectos comerse la milpa, era difícil pensar en otra cosa.

En 2016 asistí a un taller de tres días organizado por una cooperativa de mujeres productoras del valle. Una de las participantes era doña Amalia, una mujer de setenta años de San Pablo Villa de Mitla. Llevaba décadas manejando guajolotes en su milpa.

Explicó que los guajolotes buscaban chapulines porque eran una fuente fácil de alimento, pero que no debían soltarse en cualquier momento. Si el maíz estaba tierno, podían doblar los tallos. Si se esperaba a que tuviera suficiente firmeza y se controlaba el acceso, los animales podían caminar entre los surcos sin destruirlos.

—El error no es el guajolote —dijo—. El error es no saber cuándo soltarlo.

Regresé a casa con un cuaderno lleno de apuntes y una idea que no me dejaba en paz. La temporada siguiente crié treinta guajolotes desde polluelos en el corral trasero. Mis vecinos los veían pasar por el camino de terracería y me repetían que estaba jugando con mi cosecha.

El ingeniero Mario Robles, técnico agrícola del distrito, me escuchó cuando le conté lo que pensaba hacer. No fue grosero. Revisó mis notas y me señaló riesgos reales: los guajolotes podían dañar los tallos si entraban demasiado temprano; además, debía controlar el tiempo y la zona en que permanecían en la milpa.

—Los métodos que conocemos son más predecibles —me dijo—. Trampas, barreras y aplicaciones selectivas en los bordes. Soltar animales sin un protocolo puede hacer más daño que el chapulín.

Le pregunté cuánto costaba aplicar el plan completo por hectárea durante toda la temporada. Me dio la cifra. La anoté sin discutir. Era dinero que yo no siempre tenía.

Don Julián, mi vecino, tenía tres hectáreas y cuarenta años de experiencia. Cuando me vio arreando a los guajolotes hacia el primer lote, se quitó el sombrero.

—Mi mamá criaba guajolotes en la milpa. Una vez le echaron a perder tres surcos de calabaza antes de que pudiera sacarlos.

—Estos ya conocen el maíz —le respondí—. Y voy a meterlos cuando el tallo esté firme.

Me miró con la expresión de quien ha visto demasiadas cosechas perderse como para entusiasmarse por una idea nueva.

—Ojalá tengas razón.

Doña Marta, que compraba maíz y frijol para un intermediario de la ciudad de Oaxaca, también se detuvo a mirar. Era mujer de números: precio por costal, calidad y fecha de entrega. No solía opinar sobre cómo sembrábamos.

—¿No se van a comer el maíz? —preguntó al ver a los guajolotes dentro del cultivo.

—Están aprendiendo qué buscar.

Doña Marta me miró como si acabara de anotarme en una lista de proveedoras poco confiables.

—Avíseme cuando tenga maíz de verdad para vender.

Yo no le contesté. Tampoco quise contarle a nadie que tenía miedo.

Esperé hasta que los tallos alcanzaron unos cuarenta centímetros. Esa mañana me levanté antes del alba, cuando el chapulín todavía estaba entumido por el frío de la noche. Abrí el corral y guié a los treinta guajolotes hasta el primer lote. Llevaba días pensando en lo que podía salir mal: el maíz doblado, la calabaza picoteada, una cosecha entera dañada por mi propia mano.

Los solté y me quedé observando.

Los guajolotes entraron entre los surcos.

Pero ninguno se dirigió al maíz. Todos bajaron la cabeza hacia el suelo.

PARTE 2 

Caminaban despacio, girando el cuello y picoteando con una precisión que nunca les había visto en el corral. Buscaban chapulines en la tierra y en la parte baja de los tallos. Si uno brincaba, varios lo perseguían. Después seguían avanzando entre los surcos.

Yo no me moví. No quería espantarlos ni celebrar antes de tiempo.

Durante la primera mañana los dejé trabajar en un lote de prueba y permanecí cerca, con el corazón apretado. Cuando vi que los tallos seguían en pie y que los guajolotes se concentraban en el suelo, sentí alivio. No era una prueba definitiva. Era apenas el comienzo.

Los roté por secciones cada tres días para que no se quedaran demasiado tiempo en una misma zona. Los soltaba temprano y los regresaba al corral antes del calor del mediodía. Anotaba qué lote habían recorrido, cuánto tiempo estuvieron ahí y qué tanto chapulín veía antes y después.

En un cuadrado de unos cuarenta metros, al terminar la mañana había muchos menos insectos que en las partes donde no habían entrado. Al día siguiente, los guajolotes regresaron y volvieron a buscar. No era una solución mágica. Era trabajo constante, observación y cuidado para no convertir una ayuda en otro problema.

Ese primer año, mi milpa tuvo menos chapulín que en muchas temporadas anteriores. Coseché treinta y siete costales, uno más que en mi mejor año. Al siguiente, ajusté el horario. Los soltaba más temprano y los llevaba al corral antes de que el calor los hiciera buscar sombra entre las plantas.

También empecé a registrar los daños por lote. No quería depender de mi memoria ni decir que el sistema funcionaba solo porque me gustaba la idea. Anotaba dónde habían trabajado los guajolotes, cuánto chapulín había al principio y cuánto quedaba después. En las zonas que visitaban con regularidad, el rebrote de la plaga parecía más lento.

No siempre fue sencillo. Una mañana, los guajolotes se dispersaron por un borde donde el frijol estaba tierno y tuve que sacarlos antes de que lo picotearan. Otra vez, un portón mal cerrado dejó que varios entraran a un lote que todavía no estaba listo. A partir de entonces reforcé la cerca y revisé el acceso antes de soltarlos.

El ingeniero Robles seguía teniendo dudas. Yo también. Por eso continué anotando los errores, no solo los días buenos.

Entonces llegó 2019.

El chapulín alcanzó una densidad que no se veía en años. La alerta fitosanitaria llegó al valle y los productos más comunes se agotaron pronto en las tiendas agrícolas. En cuatro comunidades cercanas, los productores empezaron a reportar pérdidas. Algunos perdieron una parte importante de sus milpas; otros apenas salvaron lo necesario para la despensa.

Don Julián perdió casi un tercio de su cosecha en el lote más expuesto al monte. Había aplicado insecticida dos veces, pero la plaga seguía llegando.

En mi milpa, el daño fue inferior al cinco por ciento.

Mis treinta guajolotes habían trabajado durante toda la temporada con el sistema de rotación que yo había ido ajustando. Coseché treinta y ocho costales, más que mi promedio habitual. No fue porque el chapulín desapareciera ni porque mis vecinos hubieran hecho algo mal. La plaga llegó como siempre. La diferencia era que, esta vez, yo tenía un método que podía sostener con los recursos de mi parcela.

En octubre, el ingeniero Robles llegó como parte de un recorrido para documentar los daños. Caminó por los lotes con su libreta en la mano. Miró el estado de las plantas, revisó mis registros y se detuvo al llegar a las anotaciones de ese ciclo.

—¿Menos del cinco por ciento de daño con esta infestación? —preguntó.

—Eso anoté.

Miró a los guajolotes descansando junto al terreno cosechado.

—¿En qué momento los suelta?

—Cuando el maíz llega a cuarenta centímetros. Ni antes ni después.

Subrayó la frase en su cuaderno. Luego me pidió permiso para regresar la siguiente temporada y documentar el proceso desde el principio.

—Vuelva cuando quiera —le dije—. Pero también tiene que hablar con doña Amalia. Ella me enseñó.

Tres semanas después me llamó. Había presentado mis registros en una reunión técnica y querían incluir el caso en un informe sobre alternativas de manejo en milpas del valle. Me preguntó por la rotación, el tamaño de los lotes y el cuidado de los animales. Le repetí lo que yo había aprendido y le di el contacto de doña Amalia.

No quería que mi nombre borrara el de ella.

Don Julián llegó un domingo de noviembre. Traía preguntas que, según me dijo, llevaba meses guardándose. Hablamos en la cocina mientras los guajolotes descansaban en el patio.

Quería saber cómo manejaba los accesos donde había frijol intercalado, cuánto tiempo dejaba a los animales en cada lote y si el método podía adaptarse a un terreno más inclinado, como el suyo.

—Lo mejor es que vayas al taller de doña Amalia —le dije—. Yo puedo contarte lo que hago, pero ella lleva más de cuarenta años manejándolos.

Don Julián asintió.

—Entonces hay que ir a buscarla.

Doña Marta volvió en diciembre para comprar parte de mi cosecha. Revisó los costales uno por uno y anotó el peso.

—Este es el mejor maíz que he visto en todo el valle este año —dijo al terminar.

No le recordé lo que me había dicho cuando vio a los guajolotes en la milpa. Ella tampoco lo mencionó.

—La próxima temporada le aparto un precio mejor desde antes de la cosecha.

—Ya sé que va a llegar —le respondí.

Los años siguientes seguí con el mismo cuidado: esperaba a que los tallos estuvieran firmes, rotaba a los guajolotes cada pocos días y los llevaba al corral antes del mediodía. Adapté el manejo a cada temporada y no dejé de registrar lo que pasaba.

En 2023, mis dos hectáreas volvieron a producir por encima de su promedio. El chapulín seguía llegando desde el monte, pero yo ya no lo esperaba con las manos vacías.

No creo que los guajolotes sean la respuesta para todas las milpas, ni que una práctica funcione igual en cualquier terreno. A mí me sirvió porque aprendí cuándo hacerlo, observé los riesgos y cambié el plan cuando algo no funcionó.

Lo que entendí fue más sencillo: el conocimiento que una generación deja de usar no siempre desaparece. A veces queda en la voz de una mujer mayor, en una práctica que otros dejaron de mirar y en alguien dispuesto a preguntar antes de descartarla.

Yo solté treinta guajolotes en mi milpa mientras el cielo todavía estaba oscuro. Mis vecinos temían que destruyeran el maíz.

Tres años después, cuando el chapulín llegó en bandadas, ellos también miraron hacia el suelo. Y el técnico que había dudado de mí regresó con su libreta abierta.

No para decirme que tenía razón.

Para aprender exactamente cómo lo había hecho.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward