Ella Se Esfumó la Noche en Que el Rey Vampiro Eligió a Otra — Ahora Él Intenta Recuperarla

PARTE 1
Durante diez años fui la persona más cercana al rey de la noche… y aun así, él nunca supo que yo lo amaba.
La noche en que anunció frente a toda la corte que otra mujer sería su reina, yo hice lo único que una simple escriba podía hacer: sonreír, inclinar la cabeza y felicitarlo.
Nadie vio cómo algo dentro de mí se rompía.
Nadie escuchó mi despedida.
Porque los inmortales podían escuchar hasta el latido de un corazón humano a muchos metros de distancia, pero mi dolor llevaba tanto tiempo escondido que ni siquiera yo sabía cómo sonaba.
Mi nombre es Ariadna Navey.
Durante una década fui la escriba personal de Casian Valdren, soberano de la Corte Nocturna y señor de los siete clanes de sangre antigua.
Para los nobles yo era solamente su sombra.
La mujer que copiaba sus decretos.
La mortal que ordenaba sus documentos.
La sirvienta que conocía los secretos del rey.
Ellos decían esa palabra como si fuera una humillación.
Pero ellos no entendían algo que yo sí sabía: estar cerca de Casian era mi elección.
Prefería vivir en su silencio antes que buscar un lugar donde nunca sentiría lo mismo.
La noche del baile real, la ciudadela estaba llena de velas oscuras, música y cientos de invitados.
Los siete clanes habían llegado para presenciar un momento que todos esperaban desde hacía meses.
El anuncio de la futura reina.
Yo lo sabía antes que todos.
Había sido mi propia mano la que escribió el documento donde se confirmaba el compromiso del rey.
Recuerdo aquella tarde en su estudio.
Casian estaba junto a la ventana mirando cómo desaparecía el último rayo de luz.
—Dime la verdad, Ariadna… ¿crees que estoy haciendo lo correcto? —me preguntó.
Aquella pregunta me sorprendió.
Porque el rey nunca pedía consejos.
No a sus generales.
No a sus consejeros.
No a nadie.
Solo a mí.
Durante unos segundos tuve la respuesta verdadera en mis labios.
“No, Casian. No deberías casarte con alguien que no amas.”
Pero yo era su escriba.
Y una escriba no podía hablar desde el corazón.
—Un rey no siempre puede elegir con el corazón, majestad —respondí.
Él me observó durante mucho tiempo.
Como si hubiera esperado otra respuesta.
Después volvió a ponerse la corona.
Y volvió a ser el rey.
Esa noche del baile me vestí como siempre.
Un vestido gris sencillo.
Sin joyas.
Sin adornos.
Nada que llamara la atención.
Yo estaba junto a la columna cercana al trono, el lugar exacto donde había estado durante diez años.
Cerca para ayudarlo.
Lejos para no ser vista.
Entonces ella entró.
Lady Vespera Belmora.
Era hermosa.
Tenía un porte que parecía hecho para una corona.
Su vestido rojo destacaba entre cientos de sombras y todos los presentes entendieron inmediatamente por qué los clanes la habían elegido.
Yo bajé la mirada.
Porque en ese instante comprendí algo doloroso:
Ella parecía una reina.
Yo parecía lo que siempre había sido.
Tinta y papel.
Cuando Casian apareció en el salón, llevaba la expresión fría que todos conocían.
Pero yo sabía algo que nadie más sabía.
Esa no era su verdadera cara.
Yo había visto al hombre detrás del rey.
Había visto cómo se reía cuando una traducción antigua salía mal.
Había jugado ajedrez con él durante noches enteras.
Había escuchado historias que jamás contaba a nadie.
Había visto al hombre que escondía detrás de la corona.
Y por un segundo ocurrió algo extraño.
Antes de anunciar su decisión, sus ojos buscaron entre la multitud.
Me encontró.
Y yo cometí el error más grande de mi vida.
Le sonreí.
La misma sonrisa que le había dado durante diez años.
La sonrisa que decía:
“Estoy aquí. Siempre estaré aquí.”
Casian tomó la mano de Lady Vespera.
Y frente a toda la corte pronunció las palabras que cambiaron mi vida.
—Ante los siete clanes y la sangre antigua, declaro mi intención de tomar como reina a Lady Vespera Belmora.
El salón respondió con una sola voz.
La noche fue testigo.
Yo también pronuncié la bendición.
Mientras todos celebraban, yo fingí estar feliz.
Después del baile regresé a mi pequeña habitación.
Encendí una vela.
Tomé papel y tinta.
Y por primera vez en diez años escribí algo que nadie me había pedido escribir.
Una carta para Casian.
No para el rey.
Para el hombre que conocía.
Le conté la verdad.
Le dije que lo había amado durante diez años.
Pero también le dije que no lo culpaba.
Que no me iba por orgullo.
Que simplemente ya no podía quedarme mirando cómo mi corazón esperaba algo que nunca llegaría.
Cuando terminé, doblé la carta y la escondí dentro del libro que ambos habíamos estudiado durante años.
El libro de los antiguos cantos.
Pensé que algún día lo encontraría.
Pero para entonces yo ya estaría lejos.
Antes del amanecer salí de la ciudadela.
Sin despedirme.
Sin dejar mi nombre.
Durante diez años fui la sombra del rey.
Esa noche decidí desaparecer.
Lo que yo no sabía era que, mientras caminaba hacia el norte sin mirar atrás, alguien dentro de la ciudadela estaba a punto de descubrir que había perdido mucho más que una escriba.
Y que la mujer que sonreía junto al trono sabía exactamente dónde había escondido mi carta.
PARTE 2
Lady Vespera había sabido de mí desde mucho antes de aquella noche.
Eso fue algo que descubrí demasiado tarde.
Mientras yo viajaba hacia el norte intentando construir una nueva vida, Casian seguía adelante con sus obligaciones.
Al principio no notó mi ausencia.
La corte estaba llena de celebraciones, reuniones y acuerdos.
Pero después llegó la primera noche en que entró a su estudio y algo se sintió diferente.
El fuego no estaba encendido.
El escritorio estaba vacío.
No había documentos preparados.
No había una voz tranquila diciendo:
“Buenas noches, majestad.”
Por primera vez en diez años, el estudio estaba completamente silencioso.
—¿Dónde está Ariadna? —preguntó.
Nadie sabía responder.
Solo encontraron una pequeña nota donde yo decía que me iba por voluntad propia.
Cuando Casian la leyó, se quedó inmóvil.
Porque para él no era posible entender cómo alguien podía marcharse sin decirle nada.
Él había enfrentado guerras.
Había sobrevivido siglos.
Pero nunca había pensado que una persona pudiera desaparecer de su vida.
Con el tiempo comenzaron los problemas.
Casian perdió fuerzas.
Su sangre ya no respondía como antes.
Los médicos de la corte no encontraban una explicación.
Hasta que el viejo maestro Corbin encontró algo en los archivos antiguos.
—Majestad… existe una antigua condición llamada el vínculo de sangre.
Casian no quería creerlo.
Según los registros, cuando un vampiro de sangre antigua encontraba a su verdadera compañera y el vínculo era rechazado o separado, su fuerza comenzaba a desaparecer lentamente.
Pero había algo más.
Porque su deterioro era demasiado rápido.
La verdad salió a la luz cuando el médico analizó la bebida que Lady Vespera le entregaba cada noche.
Había una sustancia escondida.
Alguien lo estaba debilitando.
Y esa persona sabía algo que nadie debía saber.
Sabía que Ariadna existía.
Mientras tanto, yo había encontrado un hogar lejos de la corte.
En una pequeña aldea llamada Fuente Fría aprendí a vivir como una persona común.
La antigua escriba del rey ahora era conocida como una curandera.
Ayudaba a los vecinos.
Cultivaba plantas.
Y por primera vez en mi vida no tenía que caminar detrás de nadie.
Allí conocí al doctor Tomás Herrera.
Era amable.
Honesto.
Todo lo contrario a la vida de secretos que había dejado atrás.
Un día me pidió que me casara con él.
Y yo tuve que aceptar una verdad difícil.
Lo quería.
Pero mi corazón todavía pertenecía a alguien más.
Tomás lo entendió.
—Hay personas que llegan tarde a nuestra vida —me dijo.
Y nunca volvió a presionarme.
Pero mi pasado finalmente llegó hasta mí.
Casian había descubierto la carta.
La encontró años después dentro del antiguo libro.
La leyó una y otra vez.
Y comprendió algo que nunca había querido aceptar.
Durante diez años no había visto a una simple escriba.
Había visto a la única persona que realmente lo conocía.
La única que podía estar con él sin miedo.
La única que hacía soportable una eternidad demasiado larga.
Entonces dejó la corona.
Se disfrazó como un viajero común.
Y fue tras mi rastro.
Pero no era el único que viajaba hacia Fuente Fría.
Los enemigos también iban detrás de mí.
Dos hombres llegaron al pueblo fingiendo ser comerciantes.
Pero no buscaban comprar nada.
Buscaban encontrarme.
La Hermandad del Eclipse había recibido una orden.
Querían que mi muerte pareciera un accidente.
Yo no sabía nada.
Hasta aquella noche en que escuché pasos cerca de mi casa.
Abrí la puerta y vi a un hombre frente a mí.
Pero no era uno de los asesinos.
Era Casian.
El hombre que había dejado atrás una corona para encontrarme.
Estaba más débil.
Más cansado.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Los ojos del hombre que había conocido en una biblioteca años atrás.
—Ariadna… —susurró.
Yo no pude responder.
Porque después de tantos años, después de tanto dolor, tenía frente a mí la única persona de la que había intentado escapar.
Y entonces escuchamos otro sonido.
Pasos detrás de él.
Los asesinos habían llegado.
Casian se colocó delante de mí.
No como rey.
No como señor de la noche.
Sino como el hombre que finalmente había entendido lo que significaba perderme.
Y por primera vez en muchos años, comprendí algo:
Tal vez algunas historias de amor no terminan cuando alguien se va.
A veces apenas comienzan cuando alguien finalmente aprende a buscarte.