Ella salvó a la niña —que no tenía absolutamente nada y cuyo padre se desconocía— del hombre lobo Roman.
Ella salvó a la niña —que no tenía absolutamente nada y cuyo padre se desconocía— del hombre lobo Roman.

PARTE 1
La misma mañana en que recibí una orden de desalojo, encontré a una niña llorando sola en una calle donde nadie sensato caminaba de noche.
Yo apenas tenía comida para mi propio hijo.
Tenía una mano lastimada, fiebre y dos trabajos que ya no alcanzaban para pagar la renta.
Aun así, cuando vi a aquella pequeña escondida detrás de unos contenedores, no pude seguir caminando.
Me llamo Mara.
Tenía 25 años y llevaba cinco criando sola a mi hijo Mateo.
Su padre se había ido cuando él tenía apenas dos meses.
No dejó dinero.
No volvió.
Ni siquiera se molestó en preguntar si teníamos dónde vivir.
Desde entonces yo trabajaba como mesera durante el día y limpiaba oficinas por la noche.
Mateo se quedaba con doña Elena, una vecina mayor que me cobraba casi nada por cuidarlo.
Vivíamos en un departamento de una sola habitación.
Esa semana debía tres meses de renta.
Cuando vi el aviso pegado en la puerta, entendí que teníamos siete días antes de quedarnos sin casa.
No sabía qué hacer.
Aun así fui a trabajar.
Durante el turno del restaurante se me cayó una bandeja.
Al recoger los vidrios me hice una cortada profunda en la mano.
Mi jefe apenas miró la herida.
La envolví con servilletas y terminé el turno.
Después fui a limpiar oficinas.
Para cuando salí, casi a medianoche, tenía fiebre.
Tomé un atajo por una zona de bodegas porque quería llegar rápido con Mateo.
Entonces escuché un llanto.
Pensé en llamar a seguridad y continuar.
Pero escuché otra vez.
Era una niña.
Seguí el sonido hasta un callejón.
Estaba detrás de un contenedor.
Tendría unos seis años.
Cabello oscuro y rizado.
Un osito de peluche roto apretado contra el pecho.
—¿Dónde está tu familia?
La niña solo repetía que quería a su papá.
Se llamaba Lucía.
Poco a poco consiguió contarme que varios hombres se la habían llevado de un parque.
Había escapado cuando se distrajeron.
Ahora estaba perdida.
Su tobillo estaba inflamado y no podía caminar bien.
La cargué.
Mi mano dolía tanto que casi no podía sostenerla.
Pero había una estación de vigilancia a varias calles.
Pensé que si llegábamos ahí estaríamos bien.
No alcanzamos.
Escuché pasos detrás de nosotros.
Tres hombres aparecieron en la esquina.
Lucía se aferró a mi cuello.
Uno de ellos dijo algo que me hizo entender que aquella no era una niña cualquiera.
La llamó “princesita”.
Querían recuperarla porque su padre pagaría muchísimo dinero.
Les dije que se alejaran.
Se rieron.
Yo no podía ganar una pelea.
Estaba enferma, agotada y cargando a una niña.
Así que hice lo único que podía.
La protegí.
No voy a contar detalles porque todavía me cuesta recordarlos.
Solo sé que no permití que se la llevaran.
Cuando ya casi no podía mantenerme de pie, escuchamos sirenas.
Alguien había avisado a los guardias.
Los hombres escaparon.
Yo caí al suelo todavía abrazando a Lucía.
Lo siguiente que recuerdo fue despertar en un hospital.
Una enfermera me explicó que había estado inconsciente varias horas.
Lucía estaba bien.
Su familia ya la había encontrado.
Después pregunté por Mateo.
La enfermera sonrió.
Los guardias también lo habían llevado al hospital.
Estaba seguro.
Entonces me informó algo todavía más extraño.
Todas mis cuentas médicas estaban pagadas.
—El padre de la niña se hizo cargo.
—No tenía que hacerlo.
—Insistió.
Me dijo que aquel hombre llevaba horas esperando que despertara.
Esa misma tarde entró a mi habitación.
Era alto, de cabello oscuro, ojos azules y una presencia que hizo que mi loba interior se pusiera alerta inmediatamente.
Había conocido Alphas antes.
Aquello era diferente.
El hombre se acercó a la cama.
—Mara, soy Caden Thorne.
El nombre me sonaba.
Tardé unos segundos en recordar de dónde.
Luego lo entendí.
Miré al hombre.
Miré la puerta por donde acababa de entrar.
Y sentí que se me olvidaba hasta el dolor.
El padre de la niña que había encontrado detrás de un contenedor no era un empresario rico ni un noble cualquiera.
Era el Alpha King.
PARTE 2
—Y Lucía es mi hija —añadió Caden.
Yo intenté incorporarme.
Las costillas protestaron inmediatamente.
Él levantó una mano.
—No tienes que hacer ninguna reverencia desde una cama de hospital.
Me dio tanta vergüenza que no supe qué responder.
Caden tampoco parecía interesado en protocolos.
Solo quería saber una cosa.
Por qué había ayudado a Lucía.
Le expliqué que había escuchado llorar a una niña.
Nada más.
Él sabía que yo estaba lesionada antes de encontrarla.
También sabía que tenía un hijo propio.
Eso parecía impresionarlo incluso más.
—Podías haberte ido.
—Soy mamá.
Para mí esa era toda la explicación.
Antes de marcharse dijo que tenía una deuda conmigo.
Le respondí que Lucía estaba viva y eso era suficiente.
Caden no estuvo de acuerdo.
Dos días después salí del hospital y descubrí que había pagado seis meses de renta.
También medicamentos y comida.
Por primera vez en años abrí la alacena y no tuve que calcular cuántas comidas podía sacar de cada paquete.
Dos semanas después acepté visitar su residencia.
Pensaba agradecerle y terminar ahí.
Caden tenía otros planes.
Me ofreció trabajo.
Quería que cuidara a Lucía.
La niña tenía pesadillas desde el secuestro y desconfiaba de los adultos.
Él necesitaba a alguien en quien pudiera confiar completamente.
—No soy niñera profesional.
—Eres madre.
También me ofrecía alojamiento dentro de la propiedad para Mateo y para mí.
Salario.
Comidas.
Seguro médico.
Escuela para Mateo.
Pensé que era demasiado.
Después conocí nuevamente a Lucía.
En cuanto me vio corrió a abrazarme.
—Pensé que no ibas a despertar.
Le aseguré que estaba bien.
Entonces preguntó si me quedaría.
Miré a Caden.
Luego pensé en Mateo.
En las noches en que fingía no tener hambre para dejarle la última rebanada de pan.
Acepté.
Nuestra mudanza necesitó cuatro cajas y dos maletas.
Eso era todo lo que poseíamos.
Mateo entró en su nueva habitación y dio varias vueltas mirándolo todo.
—¿Esta habitación es solo mía?
Cuando le dije que sí, sonrió de una forma que no veía desde hacía mucho.
Ahí supe que había tomado la decisión correcta.
Los meses siguientes cambiaron nuestra vida.
Lucía y Mateo se hicieron inseparables.
Ella tenía seis años.
Él cinco.
Al poco tiempo parecían hermanos.
Y Caden empezó a aparecer cada vez más.
Primero durante las comidas.
Después en los juegos.
Luego a la hora de contar cuentos.
Yo creía que simplemente quería pasar más tiempo con su hija.
Hasta que su asistente, Catalina, me dijo algo que me hizo reír.
—El rey está enamorándose de ti.
Me pareció imposible.
Yo era una mujer abandonada por su primera pareja.
Una mamá que cuatro meses antes estaba a punto de perder su departamento.
Caden era el Alpha King.
Pero empecé a notar cosas.
La forma en que preguntaba por Mateo.
Cómo recordaba detalles pequeños de lo que yo decía.
Cómo encontraba razones absurdas para quedarse después de que los niños se dormían.
También conocí su propia historia.
La madre de Lucía había fallecido tres años antes después de una enfermedad.
Caden tampoco había estado buscando reemplazarla.
Éramos dos personas que ya habían aprendido lo fácil que podía romperse una familia.
Quizá por eso fuimos despacio.
Cuatro meses después hubo un festival de cosecha.
Caden me invitó como parte de su familia, aunque yo seguía insistiendo en que era empleada.
Esa noche bailamos por primera vez.
Estaba a punto de decirme algo cuando sonó una alarma.
Habían detectado intrusos.
El objetivo volvía a ser Lucía.
No esperé instrucciones.
Tomé a Lucía de una mano y a Mateo de la otra.
Fuimos directamente al área segura del palacio.
No hubo una gran batalla delante de nosotros.
Solo puertas cerrándose, guardias corriendo y dos niños asustados mientras yo les contaba historias para mantenerlos tranquilos.
Una hora después llegó la señal de que todo había terminado.
Caden fue el primero en abrir la puerta.
Abrazó a Lucía.
Después me miró.
Ahí ocurrió algo que ninguno de los dos había planeado.
—Mara, tengo que decirte algo.
Pensé que quería agradecerme otra vez.
Ya estaba preparada para decirle que proteger a Lucía era literalmente mi trabajo.
Pero negó con la cabeza.
—No hablo de eso.
Respiró profundamente.
—Me enamoré de ti.
Me quedé inmóvil.
Caden continuó.
No quería una empleada a su lado.
Quería una compañera.
Alguien que compartiera su vida.
No solo alguien que cuidara a Lucía.
Mi primera reacción fue buscar razones para decir que no.
Mi historia.
Mi situación.
Mi antiguo vínculo.
La opinión de la corte.
Entonces miré a Mateo.
—¿Qué piensas tú?
Mi hijo me hizo una sola pregunta.
—¿Lo quieres?
Miré a Caden.
Y me di cuenta de que sí.
No porque fuera rey.
Porque trataba a Mateo como alguien importante.
Porque nunca me hizo sentir menos por venir de donde venía.
Porque cuando Lucía tenía miedo, se sentaba junto a su cama durante horas.
Porque durante meses había conocido al hombre antes de pensar en la corona.
Acepté.
No me convertí en reina al día siguiente.
Ni quería hacerlo.
Seguimos construyendo nuestra familia con calma.
Tres años después llegó la ceremonia.
Lucía ya me llamaba mamá.
Mateo hablaba de ella como su hermana.
Y yo, la mujer que una vez lloraba encerrada en el baño porque no podía comprar suficiente comida, estaba delante de todo el territorio junto al hombre que amaba.
Cuando terminó la ceremonia, Lucía corrió hacia mí.
—Ahora sí eres mi mamá para siempre.
La abracé.
Mateo se unió a nosotros.
Caden hizo lo mismo.
Y entonces comprendí algo que el dinero nunca habría podido enseñarme.
Yo creía que la noche que encontré a Lucía le había salvado la vida a una niña.
Pero aquella niña también había encontrado a una madre agotada caminando sola por un callejón, una mujer que ya no sabía cuánto tiempo más podía seguir luchando.
La ayudé a regresar con su familia.
Sin saberlo, ella estaba a punto de llevarme hasta la mía.