Ella publicó: «Necesito un novio falso para la reunión de mi familia», y el Rey Vampiro respondió en cuestión de segundos.

Ella publicó: «Necesito un novio falso para la reunión de mi familia», y el Rey Vampiro respondió en cuestión de segundos.

PARTE 1

Contraté a un desconocido para que fingiera ser mi novio durante una reunión familiar de tres días.

Pensé que lo peor sería soportar las preguntas de mis tías sobre matrimonio.

No imaginé que aquella misma noche descubriría que el hombre que llevé conmigo no tenía pulso.

Ni que mi abuela había escondido algo debajo de la capilla de nuestra hacienda.

Me llamo Inés Mercado, tengo 32 años y trabajo restaurando grabaciones antiguas.

Mi familia considera mi profesión “interesante”, palabra que utilizan cuando realmente quieren decir que no entienden cómo puedo vivir de eso.

Cada dos años hacemos una reunión en Hacienda La Umbría, una propiedad antigua cerca de San Miguel de Allende que perteneció a mis abuelos.

Ese año no quería ir.

Mi tía Teresa había organizado hasta los lugares de la mesa.

Me sentó entre mi tía abuela Josefina, quien preguntaba cuándo pensaba “sentar cabeza”, y Jorge, mi exnovio.

Jorge llevaría a su nueva pareja.

Yo estaría sola.

Después de ver el plano de las mesas cometí una tontería.

Publiqué en una aplicación:

“Busco novio falso para reunión familiar. Tres días. Debe soportar preguntas incómodas, comidas eternas y familiares que consideran la soltería una emergencia.”

Quise borrarlo inmediatamente.

No alcancé.

Un hombre llamado Aarón Beltrán contestó.

Su perfil era rarísimo.

Una fotografía de una mano sosteniendo un libro viejo.

Nada de vacaciones.

Nada de amigos.

Nada de selfies en gimnasio.

Me escribió que tenía traje, sabía bailar y no se asustaba fácilmente de familiares difíciles.

Me dio risa.

Acepté tomar un café con él al día siguiente.

Nos encontramos en un lugar concurrido del centro.

Aarón parecía de unos cuarenta años.

Cabello oscuro, ropa sencilla pero impecable y esa tranquilidad extraña de algunas personas que parecen sentirse cómodas en cualquier lugar.

Llevé reglas impresas.

Nada de besos sin permiso.

Nada de inventar compromisos.

Habitaciones separadas.

Nada de escenas contra Jorge.

Y cualquiera podía terminar el trato cuando quisiera.

Aarón leyó todo.

—Me falta una regla.

—¿Cuál?

—Si alguien te falta al respeto, puedo responder.

—Siempre que no provoques un problema familiar.

Sonrió.

—Intentaré ser diplomático.

Entonces me confesó que también tenía una razón para querer ir a La Umbría.

Eso me puso inmediatamente alerta.

Dijo que mi abuela había cuidado durante años un objeto perteneciente a su familia.

No quiso decirme exactamente qué era.

Solo aseguró que necesitaba revisar la antigua capilla.

Acepté con condiciones.

Nada de entrar solo.

Nada de sacar objetos.

Nada de habitaciones cerradas sin mi permiso.

Aquella tarde practicamos nuestra historia falsa.

Supuestamente llevábamos siete meses juntos.

Nos habíamos conocido en una exposición.

Nuestra primera cita había sido en un restaurante de terraza.

Aarón memorizó todo después de escucharlo una sola vez.

Yo confundí dos detalles cinco minutos después.

Antes de despedirnos me ofreció la mano.

La toqué.

Estaba helada.

Busqué inconscientemente el pulso en su muñeca.

No encontré nada.

Pensé que había colocado mal los dedos.

No pregunté.

Todavía.

Llegamos a la hacienda el viernes por la tarde.

Mi tía Teresa casi se atragantó cuando me vio bajar del coche acompañada.

Durante la cena ocurrió algo extraño.

Aarón no intentó impresionar a nadie.

Cuando Josefina preguntó qué encontraba interesante en mi trabajo, él respondió que yo recuperaba voces que otras personas habían dado por perdidas.

Me quedé mirándolo.

Ninguno de mis novios anteriores había entendido mi trabajo así.

Jorge intentó burlarse de nuestra relación.

Aarón consiguió responder sin levantar la voz y terminó haciendo que media mesa tuviera que ocultar la risa.

La actuación estaba resultando demasiado convincente.

Esa noche caminamos hasta la vieja capilla.

Aarón tocó la puerta azul.

Su mano salió despedida hacia atrás como si hubiera recibido una descarga.

—Necesito que me permitas entrar —dijo.

—Ya estás dentro de la hacienda.

—La capilla tiene otra protección.

Dejé de sonreír.

—Aarón… ¿qué eres?

Por un segundo vi algo puntiagudo detrás de sus labios.

Él no respondió.

A la mañana siguiente, mi familia anunció que quería vender La Umbría a un grupo hotelero.

Yo tenía la participación que había pertenecido a mi abuela.

Mi voto podía detener la venta.

La representante de los compradores llegó esa tarde.

Se llamaba Verónica Sanz.

Elegante.

Pálida.

Demasiado interesada en la capilla.

Cuando Aarón la vio, toda la simpatía desapareció de su rostro.

—La conozco desde hace siglos —me dijo.

Creí que exageraba.

Hasta que esa noche finalmente admitió la verdad.

Aarón era un vampiro.

Y no cualquier vampiro.

Era el líder de una comunidad que llevaba generaciones protegiendo un objeto escondido bajo nuestra propiedad.

La Campana de la Liberación.

Según él, podía romper pactos sobrenaturales.

Alianzas.

Juramentos.

Acuerdos que mantenían enfrentados a ciertos grupos lejos de nuestro mundo.

Por eso Verónica quería comprar la hacienda.

Al cambiar legalmente de dueño, algunas protecciones creadas por mis antepasados desaparecerían.

Me negué a vender.

Esa noche cayó una tormenta.

Aprovechamos un apagón para entrar a la capilla.

Yo invité a Aarón a cruzar.

Encontramos una escalera oculta debajo del altar.

Bajamos.

Al final había una cámara de piedra.

En el centro se encontraba un pedestal.

Vacío.

La campana ya no estaba.

Entonces apareció mi prima Mariana corriendo por el túnel.

Traía una fotografía de seguridad en el teléfono.

En la imagen se veía claramente a una mujer saliendo de la capilla tres noches antes con un objeto envuelto entre los brazos.

Amplié la foto.

Sentí un golpe en el estómago.

Era mi tía Teresa.

Y Mariana susurró:

—Inés… creo que tu tía ya entregó la campana.

PARTE 2

—¿A quién? —pregunté.

Mariana negó con la cabeza.

Pero Aarón ya sabía la respuesta.

Verónica.

Subimos inmediatamente.

Encontramos a mi tía en el comedor.

Negó todo al principio.

Después confesó que Verónica le había prometido suficiente dinero para pagar las deudas de la hacienda y asegurar económicamente a toda la familia.

Teresa pensaba que la historia de la campana era una superstición inventada por mi abuela.

—Era solo una pieza de bronce —dijo.

Aarón la miró.

—Si fuera solamente bronce, Verónica no habría pasado trescientos años buscándola.

Fue entonces cuando descubrí otra mentira.

La familia de Aarón llevaba meses vigilando discretamente nuestra propiedad.

Por eso había respondido tan rápido a mi publicación.

Conocía mi apellido.

Sabía quién era yo.

Me sentí utilizada.

—¿Entonces nunca fue casualidad?

—No completamente.

—¿Me elegiste porque necesitabas entrar aquí?

Aarón no intentó endulzarlo.

—Al principio, sí.

Eso dolió.

Mucho más de lo que debería haber dolido tratándose de un novio falso.

Terminé inmediatamente nuestro acuerdo.

Pero le permití quedarse como invitado porque Verónica todavía tenía la campana.

Al día siguiente se celebraría la votación definitiva sobre la venta.

Durante el banquete, mi tía Teresa decidió exponerme frente a toda la familia.

Proyectó mi publicación original.

Después mostró las reglas que había escrito para Aarón.

Hubo risas.

Jorge parecía encantado.

—Entonces ni siquiera son pareja —dijo.

Miré a Aarón.

Podría haber mentido.

Podría haber declarado delante de todos que se había enamorado de mí.

No lo hizo.

Esperó.

Era mi historia.

Mi decisión.

Así que me levanté.

—Sí. Contraté a alguien para fingir ser mi novio.

Las risas se apagaron.

—Lo hice porque cada vez que vengo aquí me preguntan qué me falta. Pareja. Esposo. Hijos. Como si llegar sola significara que mi vida está incompleta.

Nadie respondió.

—Lo verdaderamente vergonzoso no fue contratarlo. Fue creer que necesitaba traer a un hombre para que mi propia familia respetara mis límites.

Mariana se levantó y se puso a mi lado.

Después otros primos hicieron lo mismo.

Teresa perdió por primera vez aquella seguridad absoluta con la que había controlado a todos durante años.

Verónica entonces apareció con la campana.

Ya no fingía ser una empresaria amable.

La sostuvo frente a todos.

Aarón retrocedió.

Sonó una vez.

El ruido fue bajo, profundo.

Varias personas que yo no conocía y que estaban alrededor del patio se doblaron como si hubieran sentido un golpe invisible.

Eran miembros de la comunidad de Aarón.

Verónica volvió a tocarla.

Aarón perdió fuerza.

—Cuando suene siete veces —explicó—, los pactos que mantienen este territorio en equilibrio quedarán anulados.

Una tercera campanada sacudió los ventanales.

Entonces escuché algo.

Una vibración defectuosa dentro del sonido.

La conocía.

Había oído exactamente el mismo defecto en una vieja grabación de mi abuela.

Corrí al archivo.

Encontré el cilindro de cera que habíamos restaurado parcialmente.

Aislé frecuencias.

Reduje velocidad.

Quité ruido.

La voz de mi abuela apareció entre la estática.

Ahora entendí la frase completa.

La campana no obedecía al vampiro que la poseyera.

Respondía al heredero humano encargado de custodiarla.

A mí.

Cuando regresé al patio ya habían sonado cinco veces.

Verónica levantó el brazo para la sexta.

—Quítasela —le gritó a Aarón—. Eres mucho más rápido que ella.

Aarón podría haberlo hecho.

No se movió.

—No me pertenece.

Me miró.

Finalmente comprendí algo importante sobre él.

Había mentido por omisión.

Había llegado buscando poder.

Pero cuando llegó el momento de tomarlo, prefirió dejarme elegir.

Sonó la sexta campanada.

Observé el borde del objeto.

Había una pequeña grieta.

El sonido defectuoso provenía de allí.

Tomé una barra metálica decorativa de una mesa.

Verónica se rio.

Pensó que intentaría romper la campana.

Golpeé solamente la grieta.

El sonido que salió esta vez fue totalmente diferente.

Claro.

Limpio.

La campana no destruyó todos los pactos.

Solo rompió aquellos establecidos sin consentimiento.

Varias personas que acompañaban a Verónica dieron un paso atrás.

Habían estado obligadas a servirla.

La campana acababa de liberarlas.

Después ocurrió algo todavía mejor.

También deshizo una cláusula sobrenatural que impedía a mi tía Teresa hablar sobre ciertos detalles del contrato.

De repente confesó todo.

Verónica había manipulado las deudas de La Umbría.

Había ocultado el verdadero valor de la propiedad.

La venta nunca había sido para construir un hotel.

Solo quería eliminar las protecciones legales y mágicas de la hacienda.

Mi familia rompió los contratos.

Verónica fue expulsada de la propiedad por la misma barrera que había intentado destruir.

Aarón no fue tras ella.

Exigió un juicio delante de su propia comunidad.

Sin desapariciones secretas.

Sin venganza escondida.

Seis meses después, La Umbría seguía perteneciendo a nuestra familia.

Pero ya no estaba bajo el control de una sola persona.

Creamos un fideicomiso para conservarla.

Abrimos un archivo histórico.

Y la capilla permanece protegida.

La campana sigue allí.

Mi relación con Aarón tardó mucho más en arreglarse.

Tenía que recuperar mi confianza.

Curiosamente, un vampiro de varios siglos resultó bastante paciente.

Volvía con café.

Me acompañaba mientras restauraba grabaciones.

Aprendió a preguntar antes de intervenir.

Hasta sobrevivió otro desayuno familiar sin discutir con nadie.

Una noche abrí la misma aplicación donde había comenzado todo.

Escribí una publicación que solo podía ver una persona.

“Busco novio de verdad. Debe respetar límites, bailar decentemente y soportar reuniones familiares extremadamente largas.”

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Aarón estaba disponible.

Esta vez sonreí.

Cuando llegó a La Umbría, se quedó afuera de la puerta esperando.

—¿Puedo pasar?

—Ya tienes permiso.

—Prefiero preguntar.

Entró.

Después se detuvo frente a mí.

—¿Y puedo besarte?

Me hice esperar unos segundos.

Después dije que sí.

Lo más extraño es que nuestra relación comenzó con una mentira.

Pero solo funcionó cuando dejamos de fingir.

Y todavía hoy, cada vez que Aarón entra a la capilla, pregunta si tiene permiso.

No porque la barrera siga obligándolo.

Sino porque aprendió que poder entrar en la vida de alguien nunca significa tener derecho a hacerlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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