Ella pensó que el berserker exigiría su vida… pero su verdadera petición la dejó CONMOCIONADA

PARTE 1
Astrid tenía diecinueve años y una certeza que la perseguía desde niña:
si permanecía en Eldvik, acabaría viviendo y desapareciendo sin haber conocido nada más que barro, semillas y las mismas colinas de siempre.
Su padre, Halvar, era granjero.
Su abuelo también lo había sido.
Y para Halvar, el futuro de su hija era evidente: casarse con algún hombre del pueblo, tener hijos y continuar trabajando la misma tierra.
Astrid odiaba aquella idea.
No porque despreciara a su padre.
Sino porque deseaba algo que nadie parecía comprender.
Quería conocer el mundo.
Los comerciantes que pasaban ocasionalmente por Eldvik hablaban de ciudades amuralladas, grandes mercados, fortalezas junto al mar y salones donde los señores celebraban banquetes.
Cada historia alimentaba sus deseos de escapar.
Había rechazado a todos los hombres que intentaron casarse con ella.
Eric, el hijo del herrero.
Olaf, el pescador.
Incluso Magnus, un viudo mucho mayor que ella.
Su padre pensaba que Astrid era demasiado exigente.
La verdad era más sencilla:
casarse con cualquiera de ellos significaba quedarse.
Entonces llegaron los barcos.
Tres enormes drakkars aparecieron en el río con velas oscuras y guerreros armados.
El pueblo entero entró en pánico.
Pero pronto descubrieron que los hombres no habían venido a atacar.
Solo atravesaban aquellas tierras.
Y entre ellos estaba Vigo Stenson.
El Berserker de Ulfheim.
Astrid conocía las historias.
Decían que en combate Vigo se transformaba en un hombre imposible de detener.
Decían que tenía cicatrices de innumerables batallas.
Decían también que había tenido dos esposas y que ninguna seguía a su lado.
Algunos aseguraban que era un monstruo.
Otros simplemente bajaban la voz al mencionar su nombre.
Astrid observó al enorme guerrero de cabello oscuro y ojos verdes caminando por la orilla.
Y tuvo una idea completamente absurda.
Aquella misma noche se puso el vestido azul que había pertenecido a su madre.
Halvar la encontró preparándose.
—¿Qué estás haciendo?
—Me voy.
—¿Con esos hombres?
Astrid lo miró fijamente.
—Si puedo.
Su padre palideció.
—No sabes quién es Vigo Stenson.
—Sé exactamente quién es.
—¡Es un Berserker!
—Y tiene barcos.
Halvar tardó unos segundos en comprender.
—No puedes estar pensando en ofrecerte a ese hombre.
—Toda mi vida me has dicho cuál debe ser mi futuro.
Astrid respiró profundamente.
—Pero esa es tu vida, padre. No la mía.
Salió antes de perder el valor.
Cruzó sola el campamento de los guerreros hasta llegar a la tienda de Vigo.
Cuando finalmente la dejaron entrar, lo encontró sentado frente a una mesa cubierta de mapas.
De cerca era todavía más intimidante.
—¿Quién eres?
—Astrid, hija de Halvar.
—¿Y qué quieres de mí?
Ella había preparado muchas frases.
No utilizó ninguna.
—Cásate conmigo.
Vigo no reaccionó.
Astrid continuó:
—Llévame lejos de aquí y te daré lo que quieras a cambio.
Entonces apareció una lenta sonrisa en el rostro del guerrero.
—¿Lo que quiera?
—Sí.
Vigo se levantó.
Se acercó hasta quedar frente a ella.
—Dicen que soy un monstruo.
—He oído cosas peores.
—También dicen que mis esposas nunca duran.
Astrid sintió miedo.
Pero no retrocedió.
—Tengo más miedo de pasar toda mi vida en este pueblo.
Vigo la observó durante un largo momento.
Finalmente asintió.
—Hecho.
Al amanecer, Astrid abandonó Eldvik.
Poco después llegaron a Ulfheim y la ceremonia se celebró en el gran salón de la fortaleza.
Aquella noche, Astrid esperaba que Vigo exigiera inmediatamente el precio de su promesa.
Pero él permaneció a varios pasos.
—Ahora eres mi esposa —dijo—. Y tienes derecho a conocer la verdad.
Astrid esperó.
Vigo bajó la mirada.
—No necesito una mujer para compartir mi cama.
Ella frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué quieres?
El hombre más temido del norte levantó los ojos.
Y por primera vez Astrid vio algo parecido a vulnerabilidad.
—Un hijo.
Hizo una pausa.
—Quiero un heredero… y quiero dejar de estar solo.
Astrid sintió que todo lo que creía saber sobre aquel supuesto monstruo acababa de cambiar.
PARTE 2
Astrid lo observó en silencio.
Aquello no era lo que había imaginado.
Esperaba exigencias.
Órdenes.
Tal vez crueldad.
En cambio tenía delante a un hombre que parecía avergonzado de admitir que necesitaba a alguien.
—Un niño necesita más que un apellido —dijo finalmente.
Vigo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Necesita una familia.
Astrid dio un paso hacia él.
—Y no pienso traer un hijo al mundo para que crezca entre dos personas que apenas se soportan.
—Estamos casados.
—Eso no significa que seamos una familia.
Vigo permaneció inmóvil.
Nadie le hablaba así.
Astrid continuó:
—Cumplí mi promesa. Vine contigo y me casé contigo. Pero si realmente quieres un hijo, dame tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para conocerte.
Su voz se suavizó.
—Quiero descubrir quién eres cuando no estás luchando. Y tú tendrás que descubrir quién soy yo cuando no estoy intentando escapar.
El silencio duró tanto que Astrid creyó haber ido demasiado lejos.
Entonces Vigo asintió.
—Tiempo.
Aquella noche él se marchó a otra habitación.
No volvió a mencionarle la deuda.
Las semanas siguientes fueron extrañas.
Compartían las comidas.
Se cruzaban por los pasillos.
Hablaban poco.
Hasta que una mañana Astrid le preguntó:
—¿Cómo aprendiste a luchar?
Vigo levantó la mirada sorprendido.
Nadie le preguntaba por su pasado.
Pero respondió.
Su padre lo había entrenado desde niño porque creía que la debilidad era una sentencia.
Vigo creció aprendiendo a ganar batallas.
Nunca aprendió a confiar.
Astrid le habló entonces de Eldvik.
De su madre.
De los años soñando con atravesar las colinas.
Una conversación llevó a otra.
Y lentamente dejaron de ser dos desconocidos unidos por un trato.
Astrid descubrió que Vigo leía mapas durante horas.
Que conocía cada barco de su puerto.
Que ayudaba discretamente a las familias de los guerreros que no regresaban.
Vigo descubrió que Astrid era curiosa, obstinada y mucho más valiente de lo que parecía.
Una tarde estaban en la pequeña biblioteca cuando ella lo besó.
Vigo quedó completamente inmóvil.
—¿Por qué hiciste eso?
Astrid sonrió.
—Porque quería.
Él se echó a reír.
Fue la primera vez que ella escuchó aquella risa.
Y desde entonces algo cambió.
Meses después ya no dormían separados.
No porque un acuerdo lo exigiera.
Porque ambos habían elegido acercarse.
Cuando Astrid descubrió que estaba embarazada, Vigo tardó varios segundos en reaccionar.
Después se arrodilló frente a ella y colocó la mano cuidadosamente sobre su vientre.
—¿De verdad?
Astrid asintió.
El Berserker que aterrorizaba ejércitos sonrió como un niño.
Durante semanas fueron felices.
Hasta que Vigo tuvo que viajar para resolver un conflicto en la frontera.
Astrid permaneció en Ulfheim.
Una mañana, mientras caminaba por los jardines, escuchó gritos.
Hombres desconocidos habían penetrado en la fortaleza.
No buscaban riquezas.
La buscaban a ella.
—La esposa del Berserker —dijo uno—. Vigo pagará cualquier precio por recuperarla.
Astrid intentó escapar.
No pudo.
La sacaron de Ulfheim y la encerraron lejos de la fortaleza.
Los días siguientes fueron oscuros.
Tenía poca comida.
Apenas información.
Solo sabía que debía resistir.
Por ella.
Por su bebé.
Pero su cuerpo no soportó el miedo, el agotamiento y las condiciones del cautiverio.
Una noche comenzó a sentir un dolor terrible.
Horas después comprendió la verdad.
Había perdido al niño.
Astrid dejó de contar los días.
Ya no pensaba en escapar.
Ni siquiera sabía si Vigo seguía buscándola.
Hasta que una noche escuchó ruido en el exterior.
Voces.
Pasos.
La puerta se abrió.
Y Vigo apareció.
Astrid jamás olvidaría su rostro.
No había furia en él.
Había terror.
—Astrid.
Corrió hacia ella y la levantó con una delicadeza que parecía imposible en aquellas manos enormes.
—Te encontré.
Astrid se aferró a su ropa.
—El bebé…
No pudo continuar.
Vigo entendió.
Cerró los ojos.
Su rostro cambió.
Pero en lugar de preguntar nada, la abrazó con más fuerza.
—Tú estás aquí.
Su voz se quebró.
—Eso es lo que importa ahora.
La llevó de regreso a Ulfheim.
Astrid pasó días enferma.
Vigo permaneció junto a su cama.
Cuando despertaba, él estaba allí.
Cuando lloraba, no intentaba silenciarla.
Cuando no quería hablar, se sentaba en silencio.
Finalmente Astrid dijo aquello que llevaba días atormentándola.
—Era lo único que querías.
Vigo la miró.
—¿Qué?
—Un hijo.
Las lágrimas aparecieron.
—Te prometí una familia y lo perdí.
—No.
Vigo tomó su mano.
—Nunca vuelvas a decir eso.
Astrid lo miró.
—Te elegí antes de que existiera ese niño.
Su voz fue firme.
—Y te seguiría eligiendo aunque jamás podamos tener otro.
Aquello rompió la última defensa de Astrid.
Lloró durante mucho tiempo.
Vigo también.
No sanaron de inmediato.
Hubo días malos.
Noches en que ninguno conseguía dormir.
Momentos en que Astrid quería estar sola y otros en que no soportaba que Vigo saliera de la habitación.
Pero él nunca volvió a hablar de herederos.
Nunca la presionó.
Casi un año después, Astrid fue quien hizo la pregunta.
—¿Todavía quieres un hijo?
Vigo permaneció callado.
—Solo si tú también lo quieres.
—¿Y si nunca estoy preparada?
—Entonces no tendremos hijos.
Astrid lo estudió.
El hombre al que había utilizado como boleto para escapar de Eldvik había terminado convirtiéndose en la primera persona que le daba libertad incluso para quedarse.
—Creo que estoy preparada.
La segunda vez que Astrid quedó embarazada, la alegría llegó acompañada por miedo.
Vigo aumentó la vigilancia alrededor de la fortaleza.
Pero no podía protegerla de todos sus recuerdos.
Así que hizo algo más importante.
Estuvo presente.
Cuando Astrid despertaba asustada, él la abrazaba.
Cuando dudaba, la escuchaba.
Cuando el embarazo avanzó sin problemas, ninguno de los dos se atrevió a celebrar demasiado pronto.
Hasta una noche de invierno.
Astrid despertó con contracciones.
La curandera fue llamada.
Vigo permaneció junto a ella durante todo el proceso.
Después de una noche agotadora, un llanto llenó la habitación.
Astrid dejó de respirar.
—Es un niño —anunció la curandera—. Sano y fuerte.
Cuando colocaron al bebé en sus brazos, Astrid comenzó a llorar.
Vigo se inclinó junto a ellos.
Sus ojos estaban húmedos.
—Nuestro hijo.
Lo llamaron Leif.
Aquel niño creció rodeado de algo que ninguno de sus padres había tenido durante su infancia:
seguridad.
Astrid le enseñó a disparar con arco.
Vigo le enseñó disciplina y paciencia antes que combate.
Y el hombre del que antiguamente se contaban historias aterradoras se convertía en una persona completamente diferente cada vez que Leif gritaba:
—¡Papá!
Años después, Vigo preguntó a Astrid:
—¿Alguna vez te arrepientes?
—¿De qué?
—De haber dejado Eldvik. De haberme elegido.
Astrid miró a su marido.
Después miró a Leif corriendo por el jardín.
Recordó aquella joven cubierta de tierra que soñaba con escapar hacia un mundo lleno de palacios y aventuras.
Sonrió.
—Ni una sola vez.
Vigo arqueó una ceja.
—¿Encontraste el mundo que querías conocer?
Astrid negó suavemente.
—Encontré algo mejor.
Leif corrió hacia ellos riendo.
Vigo fingió perseguirlo.
Astrid se unió al juego y, segundos después, los tres terminaron abrazados sobre el césped.
Entonces comprendió finalmente la ironía de su propia historia.
Había abandonado Eldvik buscando libertad.
Pensaba que la libertad significaba recorrer caminos lejanos y no pertenecer a ningún lugar.
Pero había descubierto algo diferente.
La verdadera libertad era poder elegir dónde quedarse.
Elegir a quién amar.
Y construir una vida que nadie hubiera decidido por ella.
Vigo había querido un heredero.
Astrid había querido escapar.
Ninguno de los dos consiguió exactamente aquello que buscaba.
Obtuvieron algo mucho más difícil de construir:
un hogar.
Y Astrid comprendió que aquella noche en que había entrado en la tienda de un supuesto monstruo diciendo “cásate conmigo y llévame lejos”…
no había comenzado su huida.
Había comenzado el viaje que finalmente la llevaría al lugar al que sí quería pertenecer.