Ella ofreció su sangre para salvar al rey vampiro moribundo; él se mordió la propia muñeca para salvarla a ella en su lugar.

Ella ofreció su sangre para salvar al rey vampiro moribundo; él se mordió la propia muñeca para salvarla a ella en su lugar.

PARTE 1

Audrey Sinclair había pasado años estudiando enfermedades de la sangre.

Creía conocer todos los límites del cuerpo humano.

Hasta la noche en que un hombre moribundo fue llevado ante ella con venas negras, colmillos demasiado largos y una sangre que desafiaba todas las leyes de la medicina.

Lo más aterrador no fue descubrir que los vampiros existían.

Fue comprender que la única forma de salvar al rey de aquellos monstruos era ofrecerle su propia garganta.

Audrey era una brillante hematóloga de Seattle especializada en trastornos sanguíneos extremadamente raros. Durante meses había recibido misteriosas muestras enviadas por un contratista llamado Arthur Hayes.

Aquella sangre era imposible.

Las células se regeneraban a una velocidad extraordinaria, pero reaccionaban violentamente ante la radiación ultravioleta y ciertos metales.

Audrey pensaba que estudiaba una enfermedad desconocida.

Una noche, Arthur irrumpió en su laboratorio cubierto de sangre.

—Empaca tu equipo.

Audrey retrocedió.

—¿Qué pasó?

Arthur dejó un maletín sobre la mesa.

Dentro había dinero suficiente para cambiar la vida de cualquier persona.

Pero Audrey apenas lo miró.

Junto a los billetes había un pequeño recipiente que contenía una sustancia negra capaz de corroer lentamente el vidrio.

—Alguien está muriendo —dijo Arthur—. Si no lo salvas, Seattle podría convertirse en un campo de guerra.

Poco después Audrey viajaba dentro de una camioneta hacia Pioneer Square.

No entraron en un hospital.

Descendieron por túneles olvidados bajo la ciudad.

En una antigua cámara de ladrillo encontró al paciente.

Gabriel Ashcroft.

Oficialmente, un multimillonario extremadamente reservado.

En realidad, el soberano vampiro que controlaba el territorio de Seattle.

Gabriel estaba tendido sobre una mesa improvisada.

Venas negras recorrían su cuello.

Su piel parecía mármol.

Al abrir la boca, Audrey vio los colmillos.

—¿Qué demonios es esto?

—Un intento de asesinato —respondió Arthur.

Audrey tomó una muestra.

Los resultados fueron aterradores.

Alguien había diseñado un compuesto capaz de convertir el propio poder regenerativo de Gabriel en un arma contra él.

Había plata mezclada con una toxina vegetal concentrada.

El veneno estaba destruyendo su sistema nervioso desde dentro.

—No puedo eliminarlo con métodos normales —dijo Audrey.

Gabriel soltó un rugido de dolor.

Los hombres armados que rodeaban la sala levantaron sus armas.

—¡Haz algo! —ordenó Arthur.

Audrey volvió a analizar los datos.

Entonces comprendió.

Había una posibilidad.

Solo una.

Pero necesitaba un tipo de sangre tan extraño que existían apenas unas pocas decenas de personas compatibles en todo el planeta.

Rh nulo.

La llamada sangre dorada.

Audrey miró sus propias manos.

Ella tenía ese tipo de sangre.

Se acercó lentamente a Gabriel.

—Bajen las armas.

Arthur la miró.

—¿Qué vas a hacer?

—Convertirme en su filtro.

El rostro de Gabriel cambió.

—No.

Audrey se quitó la bata.

—Mi sangre puede atrapar parte del metal y ayudar a expulsar el veneno de tu organismo.

—También pasará a ti.

—Lo sé.

—Morirás.

Audrey recordó el juramento que había hecho como médica.

Se acercó hasta quedar junto al rostro del vampiro.

Desabrochó ligeramente el cuello de su camisa.

—Entonces será mejor que no desperdicies tiempo.

Gabriel intentó apartarse.

—Humana, no sabes lo que estás ofreciendo.

—Sí lo sé.

Audrey inclinó el cuello hacia él.

—Estoy ofreciendo una transfusión de emergencia.

Por primera vez apareció algo parecido al miedo en los ojos del rey vampiro.

No miedo por su propia muerte.

Miedo por ella.

—Audrey…

—Hazlo.

El aroma de su sangre llenó el aire.

Los ojos de Gabriel se volvieron completamente oscuros.

Sus brazos rodearon la cintura de Audrey.

Y sus colmillos atravesaron su cuello.

Durante un instante sintió una extraña euforia.

Después llegó el fuego.

El veneno comenzó a abandonar el cuerpo de Gabriel…

y a entrar directamente en el suyo.

Audrey sintió cómo su corazón comenzaba a fallar.

Y justo antes de perder el conocimiento comprendió la terrible verdad:

había conseguido salvar al monstruo.

Pero ahora el monstruo tendría que decidir si estaba dispuesto a salvarla a ella.

PARTE 2

Gabriel sintió el instante exacto en que el corazón de Audrey perdió su ritmo.

La sangre pura de la doctora estaba limpiando su organismo, pero el precio era brutal.

Las venas negras comenzaron a desaparecer de su cuello.

Mientras tanto, aparecieron bajo la piel de Audrey.

—¡Gabriel, basta! —gritó Arthur.

El vampiro arrancó los colmillos del cuello de ella.

Audrey cayó entre sus brazos.

Sus labios comenzaban a ponerse azules.

Su corazón entraba en una arritmia mortal.

Gabriel había sobrevivido cuatro siglos.

Había visto ciudades arder.

Había enterrado enemigos, amantes y aliados.

Pero nunca nadie había arriesgado voluntariamente la vida por él.

Y se negó a permitir que Audrey fuera la primera persona en hacerlo… y muriera por ello.

Se mordió violentamente la muñeca.

La sangre oscura comenzó a brotar.

—Abre la boca.

Audrey apenas reaccionó.

Gabriel presionó la herida contra sus labios.

—Bebe.

La sangre inmortal entró en su organismo.

La reacción fue inmediata.

Audrey arqueó la espalda y gritó.

La sangre de Gabriel comenzó a combatir el veneno dentro de ella, reparando tejidos mientras la toxina destruía otros.

Gabriel continuó alimentándola.

Demasiado.

Arthur lo comprendió.

—Estás transfiriéndole tu capacidad regenerativa.

Gabriel no respondió.

—Si sigues así, el veneno volverá a dominar tu cuerpo.

—Entonces que lo haga.

La respiración de Audrey comenzó a estabilizarse.

El color regresó lentamente a sus labios.

Cuando abrió los ojos, por un instante sus iris fueron completamente negros.

Gabriel sonrió débilmente.

—Bienvenida de vuelta.

Después cayó al suelo.

—¡Gabriel!

Audrey se incorporó.

Algo había cambiado.

Ya no sentía el frío de los túneles.

Podía escuchar el corazón de Arthur desde varios metros.

Podía distinguir el olor metálico de las tuberías antiguas.

Incluso podía oír algo debajo del pecho inmóvil de Gabriel.

Un latido.

Lento.

Pero presente.

—No está muerto.

Arthur se acercó.

—¿Qué?

—Su cuerpo entró en una especie de coma protector.

Audrey volvió a convertirse en médica.

—Ayúdame a subirlo.

Cuando tomó a Gabriel por los hombros, casi lo levantó ella sola.

Se quedó paralizada.

Su fuerza era imposible.

Gabriel le había dado algo mucho más profundo que una simple transfusión.

Pero no había tiempo para analizarlo.

El veneno seguía dentro del cuerpo del vampiro.

Audrey diseñó un procedimiento desesperado.

Conectaría su sistema circulatorio directamente al de Gabriel.

Su organismo modificado filtraría nuevamente la toxina, pero esta vez de manera controlada.

Arthur preparó las vías.

Entonces escucharon un fuerte impacto en la entrada de los túneles.

Pasos.

Armas.

Audrey alzó la cabeza.

Sus nuevos sentidos captaron un sonido agudo.

—¿Qué es eso?

Arthur palideció.

—Emisores ultravioleta.

—¿Cazadores?

—Peor.

Miró hacia el corredor.

—Nathaniel Croft.

Nathaniel era el segundo al mando de Gabriel.

La persona responsable de toda la seguridad del territorio.

Y si Nathaniel podía entrar en aquellas instalaciones sin activar las defensas…

significaba que nunca había existido una brecha de seguridad.

Él era la brecha.

—Fue él —susurró Audrey.

Arthur asintió.

—Probablemente envenenó la reserva privada de Gabriel.

Aquello no era un atentado extranjero.

Era un golpe de Estado.

—Conéctanos —ordenó Audrey.

Las agujas entraron en sus venas.

La sangre comenzó a circular entre ambos cuerpos.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Audrey dejó de ver el laboratorio.

Vio recuerdos.

Ciudades antiguas.

Guerras.

Inviernos.

Personas que habían muerto siglos antes.

Sintió la soledad de Gabriel.

Cuatrocientos años sobreviviendo mientras todos los demás desaparecían.

Entonces escuchó su voz.

No salió de su boca.

Apareció dentro de su cabeza.

Estoy contigo.

Audrey apretó los dientes.

—Entonces vuelve.

El corazón de Gabriel comenzó a fortalecerse.

Fuera del laboratorio comenzaron los disparos.

Arthur salió junto a los pocos hombres leales que quedaban.

—¡Necesito tiempo! —gritó Audrey.

Continuó filtrando la sangre.

El dolor era insoportable.

Pero lentamente las venas negras desaparecieron completamente del cuerpo de Gabriel.

Entonces las puertas explotaron.

Nathaniel entró entre humo y escombros.

Llevaba una escopeta modificada.

—Qué conmovedor.

Apuntó hacia Audrey.

—El gran rey reducido a depender de una humana.

Audrey no desconectó las vías.

—Tú lo envenenaste.

—Gabriel se volvió débil.

Nathaniel sonrió.

—Protege demasiado a los humanos. Se niega a expandir nuestro territorio.

Cargó el arma.

—Yo gobernaré de manera diferente.

Audrey calculó mentalmente.

Necesitaba un poco más de tiempo.

Nathaniel levantó el arma.

—Una lástima desperdiciar una sangre como la tuya.

Disparó.

Audrey vio el proyectil avanzar.

Pero antes de que pudiera reaccionar, algo cruzó la habitación.

La mesa quirúrgica fue levantada y utilizada como escudo.

El proyectil explotó contra el metal.

Las vías se rompieron.

Audrey cayó hacia atrás.

Cuando el humo desapareció, Nathaniel ya no sonreía.

Gabriel estaba de pie frente a ella.

Completamente curado.

Sus ojos brillaban.

—Nathaniel.

La voz hizo vibrar las paredes.

—Cometiste un error.

Nathaniel atacó.

Gabriel lo atrapó por el cuello antes de que pudiera acercarse.

—Traicionaste a tu rey.

Nathaniel forcejeó.

—El territorio necesita un líder fuerte.

—Lo tiene.

Gabriel apretó lentamente la mano.

—Pero tu peor error no fue intentar matarme.

Miró a Audrey.

—Fue amenazarla.

Nathaniel no tuvo oportunidad.

La pelea terminó en segundos.

Cuando todo quedó en silencio, Gabriel cruzó la sala y se arrodilló frente a Audrey.

Tomó el brazo que ella misma había cortado durante el procedimiento.

Besó suavemente la herida.

La piel comenzó a cerrarse.

Audrey lo miró sorprendida.

—¿Qué me hiciste?

Gabriel levantó los ojos.

—Tú me diste tu vida.

—Y tú me diste tu sangre.

—Exactamente.

Audrey escuchó su propio corazón.

Era distinto.

Más fuerte.

Y, de alguna forma inexplicable, podía sentir el ritmo de Gabriel junto al suyo.

—¿Sigo siendo humana?

Gabriel acarició su rostro.

—En parte.

—Eso no suena muy científico.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Tendremos mucho tiempo para estudiarlo.

—¿Cuánto tiempo?

Gabriel guardó silencio.

Entonces Audrey comprendió.

—¿No voy a envejecer normalmente?

—Probablemente no.

Ella respiró profundamente.

Horas antes había sido simplemente una hematóloga.

Ahora podía escuchar corazones a través de paredes, curar heridas en segundos y compartir recuerdos con un vampiro de cuatro siglos.

—¿Y qué pasa ahora?

Gabriel se inclinó hasta apoyar su frente contra la de ella.

—Nathaniel no actuó solo.

—Jonathan Pierce.

Gabriel asintió.

Audrey sonrió ligeramente.

—Entonces supongo que todavía tienes trabajo pendiente.

—Tenemos.

Ella lo miró.

—¿Tenemos?

—Si decides quedarte.

Por primera vez desde que había entrado en aquellos túneles, Gabriel no habló como rey.

Habló como un hombre que temía escuchar una respuesta.

Audrey pensó en el laboratorio.

En su antigua vida.

En el mundo que acababa de descubrir.

Después recordó cómo Gabriel había abierto sus propias venas para impedir que ella muriera.

—Me quedaré.

Los ojos del vampiro se suavizaron.

—¿Como médica?

—Alguien tendrá que evitar que vuelvas a dejarte envenenar.

Gabriel soltó una risa baja.

—Entonces necesitarás autoridad.

—¿Qué clase de autoridad?

Tomó su mano.

—La misma que yo.

Audrey lo miró sorprendida.

—Gabriel…

—No eres mi sirvienta ni mi propiedad.

Su voz se volvió solemne.

—Eres la mujer que salvó mi vida.

Apretó suavemente sus dedos.

—Mi igual.

La policía jamás supo realmente qué ocurrió aquella noche bajo Seattle.

Para el mundo exterior, la doctora Audrey Sinclair simplemente desapareció.

Pero en los círculos más secretos de la ciudad comenzó a circular otra historia.

La historia de una médica que ofreció su sangre para salvar a un monstruo.

Y de un monstruo que estuvo dispuesto a morir para devolvérsela.

Con el tiempo, nadie volvió a hablar de Gabriel Ashcroft como un rey solitario.

Porque junto a él apareció una mujer de ojos dorados que entendía tanto la ciencia de la sangre como los secretos de los inmortales.

Y quienes conocían la verdad dejaron de llamarla doctora Sinclair.

La llamaban simplemente…

la reina de Seattle.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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