Ella ocultó su celo del Rey Alfa… hasta que él susurró: «Dámelo».
Ella ocultó su celo del Rey Alfa… hasta que él susurró: «Dámelo».

PARTE 1
Mave llevaba dos días en celo y había hecho todo lo posible para que nadie lo descubriera.
Masticaba raíz amarga hasta que el estómago se le retorcía.
Escondía hojas de menta y agujas de pino debajo de la ropa.
Lavaba los pisos con lejía hasta que la piel de sus manos se abría.
Todo para borrar su olor.
Porque Mave no pertenecía a ninguna manada.
No tenía familia.
No tenía apellido importante.
Era solamente una muchacha recogida años atrás y convertida en sirvienta dentro de la fortaleza del Rey Alfa Reese.
Y conocía perfectamente las reglas.
Si una hembra sin compañero entraba en celo dentro de la fortaleza, podía ser encerrada en las habitaciones lunares hasta que terminara la fiebre.
Después, algún hombre con suficiente rango podía reclamarla.
Mave prefería enfermarse antes que convertirse en propiedad de alguien.
Aquella tarde estaba arrodillada limpiando el gran salón cuando las puertas se abrieron.
Los soldados regresaban de la frontera occidental.
Y con ellos llegó Reese.
Mave no levantó la mirada.
No necesitaba hacerlo.
Podía sentir la presencia del Rey Alfa como una presión en el aire.
Olía a lluvia, cuero mojado y sangre fresca.
Había habido combate.
Reese pasó cerca de ella.
Demasiado cerca.
Mave dejó de respirar.
El efecto de la raíz estaba desapareciendo.
Durante un instante creyó que él había notado su verdadero olor.
Reese inhaló profundamente.
Ella apretó el cepillo entre los dedos.
Pero el rey siguió caminando.
Mave casi lloró de alivio.
Aquella noche, sin embargo, la cocinera le entregó una bandeja.
—Llévale la cena al rey.
Mave palideció.
—Que vaya Clara.
—Clara está ocupada. Muévete.
No podía negarse sin levantar sospechas.
Subió las escaleras hacia las habitaciones reales con las piernas temblando.
Cada escalón parecía multiplicar el calor bajo su piel.
Llegó hasta la puerta.
Respiró.
Entraría.
Dejaría la bandeja.
Y saldría.
Nada más.
Reese estaba junto a la ventana.
Había dejado la armadura.
Llevaba una camisa sencilla y pantalones oscuros.
—Déjala sobre la mesa —ordenó sin mirarla.
Mave obedeció.
Se giró inmediatamente hacia la puerta.
—Espera.
Su mano quedó congelada sobre el picaporte.
—Majestad…
—Date la vuelta.
—Necesitan ayuda en la cocina.
Silencio.
Después escuchó sus pasos.
—Mave.
Ella cerró los ojos.
Él sabía su nombre.
Lentamente se giró.
Los ojos de Reese ya no parecían grises.
Se habían oscurecido casi por completo.
El Rey Alfa respiró profundamente.
—Hueles a menta.
Mave sintió que el corazón se le detenía.
—Es un remedio.
—Y a raíz amarga.
No respondió.
Reese avanzó.
Ella retrocedió hasta chocar contra la puerta.
—¿Por qué estás tomando eso?
—No es asunto suyo.
—Esa raíz puede enfermarte.
La rabia rompió finalmente su miedo.
—Es mejor que la alternativa.
Reese frunció el ceño.
—¿Qué alternativa?
Mave lo miró.
—Ser entregada a cualquier hombre que ustedes decidan cuando descubran que estoy en celo.
El rostro del rey cambió.
—¿Eso crees que haría contigo?
—Soy una sirvienta sin manada. ¿Qué otra cosa debería creer?
Mave estaba demasiado débil.
Las piernas comenzaron a fallarle.
Reese se acercó.
Ella levantó las manos.
—No.
Él se detuvo.
Aquello la sorprendió.
Pero entonces el estómago de Mave se retorció violentamente.
Cayó de rodillas.
La enorme cantidad de raíz amarga que había ingerido con el estómago vacío finalmente estaba pasando factura.
Empezó a vomitar.
Esperaba escuchar disgusto.
Una orden.
Guardias entrando para llevársela.
En cambio, sintió la mano de Reese sosteniéndole el cabello.
—Respira.
Mave levantó la mirada, humillada.
—¿Por qué…?
El rey no respondió.
La levantó cuidadosamente y la llevó hacia su habitación.
—Suélteme.
—No.
—¿A dónde me lleva?
Reese abrió la puerta interior y la dejó sobre su propia cama.
Después tomó agua fría y comenzó a limpiarle el rostro.
Mave lo miró desconcertada.
—¿Por qué no llama a los guardias?
Reese sostuvo su mirada.
—Porque no voy a entregarte a nadie.
Mave sintió un frío diferente recorrerle la espalda.
—Entonces… ¿qué piensa hacer conmigo?
El Rey Alfa acercó la tela fría a su frente.
Y respondió con una calma que la asustó mucho más que cualquier gruñido:
—Primero voy a mantenerte con vida. Después vas a decirme quién te hizo creer que tu propia manada tenía derecho a venderte.
PARTE 2
Mave no respondió.
No sabía cómo hacerlo.
Toda su vida había aprendido que los hombres poderosos no preguntaban.
Decidían.
Reese, en cambio, pasó horas cuidándola.
Le dio agua.
Le cambió los paños fríos.
La obligó a comer un poco cuando dejó de sentir náuseas.
Y, sobre todo, no cruzó el límite que ella había marcado.
Cada vez que la fiebre la hacía acercarse buscando su calor, él la sostenía.
Nada más.
Aquello era mucho más peligroso para Mave que la fuerza.
Porque podía defenderse de la crueldad.
No sabía cómo defenderse de alguien que la trataba con cuidado.
Cuando despertó, la fiebre había bajado.
Llevaba una camisa de Reese demasiado grande para su cuerpo.
El rey estaba sentado frente a la chimenea apagada.
Parecía tan agotado como ella.
—Debo regresar a la cocina —dijo Mave.
Reese levantó la mirada.
—No.
—No puede encerrarme aquí.
—No voy a encerrarte.
—Entonces déjeme ir.
—Puedes salir cuando quieras.
Mave apartó las mantas inmediatamente.
Reese continuó:
—Pero no volverás a fregar pisos.
Ella se quedó quieta.
—¿Qué?
—Hablé con la cocinera. Estás fuera de las cocinas.
El miedo regresó.
—¿Para qué me quiere aquí?
Reese se levantó.
—No te quiero como sirvienta.
—Entonces ¿como qué?
No respondió inmediatamente.
Eso la puso más nerviosa.
—No soy una noble —dijo ella—. No tengo tierras. No tengo familia. Usted necesita una esposa que le dé alianzas.
—No necesito que nadie me entregue tierras.
—Entonces necesita herederos.
—No voy a elegir una mujer como si estuviera comprando un caballo.
Mave soltó una pequeña risa amarga.
—Qué moderno.
La boca de Reese se tensó.
—¿Siempre eres así de insoportable?
—Cuando no estoy intoxicándome, sí.
Eso consiguió algo inesperado.
El rey sonrió.
Solo un instante.
Pero Mave lo vio.
Después Reese se puso serio.
—¿Quién te explicó las reglas de las habitaciones lunares?
—Todo el mundo las conoce.
—Quiero nombres.
—¿Por qué?
—Porque esas reglas fueron abolidas hace años.
Mave se quedó inmóvil.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—Las sirvientas todavía hablan de mujeres encerradas.
Reese frunció el ceño.
Aquella misma tarde ordenó revisar los registros.
Lo que descubrió enfureció a toda la fortaleza.
Algunos oficiales habían continuado utilizando antiguas normas a escondidas.
Mujeres sin familia, especialmente sirvientas y refugiadas, eran trasladadas durante sus ciclos y presionadas para aceptar vínculos que nunca habían elegido libremente.
Reese no sabía que seguía ocurriendo.
Mave esperaba que intentara proteger su orgullo.
No lo hizo.
—Yo soy el rey —dijo—. Si pasó dentro de mis muros, también es mi fracaso.
Tres oficiales fueron arrestados.
Las habitaciones lunares fueron clausuradas.
Las mujeres que habían sufrido abusos pudieron declarar sin castigo.
Y Mave descubrió algo que jamás había imaginado.
El rey realmente escuchaba.
Eso no significaba que confiara inmediatamente en él.
Cada vez que Reese se acercaba demasiado, Mave se tensaba.
Él aprendió a detenerse.
Una tarde extendió una mano hacia ella.
Mave retrocedió.
Reese bajó la mano.
Nada más.
Aquello ocurrió varias veces.
Hasta que un día Mave preguntó:
—¿Por qué siempre se detiene?
Reese la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque dijiste que no.
Dos palabras.
Eso era todo.
Y, sin embargo, nadie le había enseñado antes que podían ser suficientes.
Mave comenzó a trabajar en la enfermería.
Sabía mucho de hierbas debido a los años que había pasado intentando controlar su propia biología.
Con el tiempo aprendió a preparar tónicos seguros para otras mujeres.
Dejó de ser la muchacha que escondía raíces venenosas debajo del colchón.
Reese aparecía a menudo en la enfermería con excusas ridículas.
—Creo que me lastimé la muñeca.
Mave la examinaba.
—No tienes nada.
—Duele.
—¿Dónde?
—Cuando no estás cerca.
—Fuera.
Otra vez apareció diciendo que tenía dolor de cabeza.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me echaste ayer.
—Eso se llama consecuencia.
La relación entre ambos cambió lentamente.
Sin órdenes.
Sin promesas grandiosas.
Sin marcas.
Una noche caminaron juntos por las murallas.
—Mi próximo celo llegará algún día —dijo Mave.
Reese guardó silencio.
—Lo sé.
—Y no quiero que pienses que eso significa que puedes reclamarme.
Él se volvió hacia ella.
—Nunca lo pensaré.
—Aunque mi cuerpo responda al tuyo.
—Tu cuerpo no decide por ti.
Mave sintió que algo dentro de ella se quebraba.
No de dolor.
De alivio.
—¿Y si un día quiero que lo hagas?
Reese respiró lentamente.
—Entonces me lo dirás.
—¿Y si cambio de opinión?
—Me detendré.
—¿Aunque ya haya empezado?
—Especialmente entonces.
Mave lo observó durante mucho tiempo.
Después fue ella quien dio un paso adelante.
Apoyó una mano sobre su pecho.
Reese permaneció completamente quieto.
—¿Ahora qué? —preguntó él.
Mave sonrió.
—Ahora puedes besarme.
No necesitó repetírselo.
Pero incluso entonces, Reese esperó hasta que ella cerró la distancia.
Meses después, cuando llegó otro ciclo, Mave no se escondió.
No masticó raíces.
No llenó su ropa de menta.
Simplemente caminó hasta las habitaciones de Reese.
Golpeó la puerta.
Él abrió.
Y aunque su cuerpo reaccionó inmediatamente a su olor, el rey se quedó donde estaba.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Mave lo miró.
La pregunta era sencilla.
Pero representaba todo lo que nunca había tenido.
Elección.
—Quiero entrar.
Reese se hizo a un lado.
Ella cruzó la puerta por voluntad propia.
Tiempo después, cuando finalmente aceptó convertirse en su compañera, no hubo subasta.
No hubo consejo seleccionando su destino.
No hubo una ceremonia organizada sin su opinión.
Mave eligió el día.
La ropa.
Las palabras.
Y cuando llegó el momento de pronunciar sus votos, Reese dijo delante de toda la fortaleza:
—Nunca serás mía porque una ley lo diga.
Después tomó su mano.
—Seremos el uno del otro solo mientras ambos sigamos eligiéndolo.
Mave sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Durante años había pensado que sobrevivir significaba esconder su olor, soportar el dolor y no necesitar a nadie.
Ahora entendía otra cosa.
A veces sobrevivir también significa llegar a un lugar donde ya no necesitas defenderte de todas las manos que se acercan.
Porque algunas manos no vienen a sujetarte.
Vienen a esperar.
Y todavía recuerdo la primera noche, cuando estaba enferma sobre la cama del rey y estaba segura de que había perdido toda posibilidad de decidir mi futuro.
Me equivocaba.
Aquella fue precisamente la noche en que recuperé esa posibilidad.
Porque Reese nunca me salvó convirtiéndome en suya.
Me salvó demostrándome que podía acercarse lo suficiente para protegerme… y aun así dejar que la última palabra siempre fuera mía.