Ella ocultó su aroma al Rey Alfa… hasta que él finalmente perdió el control
Ella ocultó su aroma al Rey Alfa… hasta que él finalmente perdió el control

Parte 1
Durante tres años viví como si no existiera.
No porque estuviera muerta.
Sino porque esa era la única manera de seguir siendo libre.
Cada amanecer, antes de que el mundo despertara, abandonaba mi pequeña habitación y caminaba sola hacia los acantilados helados que rodeaban el territorio del Rey Calder. El frío cortaba mi piel, la nieve cubría mis huellas y el viento intentaba empujarme al vacío, pero nunca me detenía.
Necesitaba conseguir el musgo ashveil.
Una planta plateada que solo crecía dentro del territorio de un Alfa poderoso.
Una planta capaz de borrar mi aroma hasta hacerme invisible.
Porque yo era una Omega.
Y en mi mundo, ser una Omega no significaba tener una vida propia.
Significaba que otros creían tener derecho sobre ti.
Lo aprendí cuando tenía doce años.
Aún recuerdo aquella noche en el gran salón de mi antiguo clan. Yo era demasiado joven para estar allí, pero mi curiosidad me llevó a esconderme detrás de una columna de madera tallada.
Fue entonces cuando vi lo que realmente significaba la tradición.
Vi a Astrid.
Tenía diecisiete años y estaba arrodillada en el centro del salón con las manos sujetas por cadenas de hierro. Todos decían que era un honor. Que había sido elegida por la luna. Que debía sentirse afortunada.
Pero yo miré sus ojos.
Y no vi felicidad.
Vi miedo.
Vi desesperación.
Cuando ella dijo que no, nadie escuchó.
El anciano continuó hablando.
El Alfa continuó acercándose.
Y todos los presentes observaron como si aquello fuera una ceremonia hermosa.
Esa noche entendí dos cosas.
La primera: yo también era una Omega.
La segunda: jamás permitiría que alguien decidiera mi destino.
Por eso encontré el ashveil.
La anciana curandera Vigdis fue quien me mostró aquella planta en las montañas. Nunca me dijo directamente que entendía lo que planeaba hacer, pero sus ojos parecían saberlo todo.
“Crece en tierras reclamadas por Alfas”, me explicó. “Absorbe la esencia del territorio y elimina la señal que los lobos pueden detectar”.
Desde entonces, cada tres días subía aquellos acantilados.
Robaba una pequeña cantidad de libertad.
Y durante años funcionó.
Los ancianos creyeron que mi desarrollo era extraño. Que mi aroma era demasiado débil. Que quizás nunca llamaría la atención de ningún Alfa.
Yo dejé que pensaran eso.
Era mejor ser ignorada que ser elegida.
Pero todo cambió cuando cumplí dieciocho años.
Llegó la Luna de Unión.
La ceremonia que siempre había temido.
Mi amiga Brynja me encontró frente al espejo preparando la última aplicación de ashveil.
—Podrías simplemente no ir —me dijo.
Negué con la cabeza.
—Si una Omega de edad no aparece, perderá la protección del clan.
Ella suspiró.
—El Rey Calder estará allí.
Mi corazón se detuvo por un instante.
Había escuchado historias sobre él toda mi vida.
El Alfa más poderoso del norte.
Un rey que nadie podía desafiar.
Un hombre que jamás había elegido compañera.
—No me elegirá —respondí.
Pero incluso mientras decía esas palabras, mi loba interior permanecía inquieta.
El gran salón del castillo real era exactamente como lo imaginaba.
Enorme.
Frío.
Imponente.
Decenas de Omegas caminaban junto a mí mientras los Alfas observaban desde distintos lugares del salón.
Yo respiraba lentamente.
No mirar.
No destacar.
No existir.
Ese era mi plan.
Funcionó durante casi toda la ceremonia.
Hasta que Lord Eirik se detuvo frente a mí.
Era un Alfa poderoso. Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me hizo sentir incómoda.
—Eres de la manada del sur —dijo.
—Sí, mi señor.
Me observó durante varios segundos.
—Hay algo extraño en ti.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
El ashveil no estaba fallando.
Pero él parecía sentir que algo no encajaba.
—No entiendo lo que quiere decir.
Sonrió ligeramente.
—Lo entenderás pronto.
Cuando se marchó, sentí una presencia detrás de mí.
Una presencia que hizo que todo mi cuerpo se quedara inmóvil.
El aire cambió.
El calor aumentó.
Me giré lentamente.
El Rey Calder estaba allí.
A pocos pasos de mí.
No sabía cuánto tiempo llevaba observándome.
No sabía si había descubierto mi secreto.
Pero entonces habló.
—No pareces disfrutar esta ceremonia.
Su voz era más profunda de lo que esperaba.
Bajé la mirada hacia el fuego.
—Estoy honrada de estar aquí, Majestad.
—Eso no fue lo que pregunté.
Por primera vez en años, alguien no miraba mi apariencia.
No miraba mi aroma.
No miraba mi posición.
Me estaba mirando a mí.
—Has estado parada en ese lugar durante cuarenta minutos —dijo.
Mi respiración se detuvo.
Él lo había notado.
Todo este tiempo pensé que era invisible.
Pero quizás nunca lo había sido.
Y entonces el Rey Calder dijo algo que cambió completamente mi mundo:
—Seren… yo sé quién eres.
Parte 2
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Durante años había construido mi vida alrededor de una sola regla:
Nadie podía descubrir la verdad.
Pero el Rey Calder acababa de decir mi nombre.
Sabía quién era.
Sabía lo que ocultaba.
Y aun así seguía frente a mí sin llamar a los guardias.
Sin acusarme.
Sin castigarme.
Eso era lo que más miedo me daba.
—¿Desde cuándo lo sabe? —pregunté.
Calder no respondió inmediatamente.
Sus ojos grises permanecieron sobre mí con una calma que me confundía.
—Desde hace mucho tiempo.
Mi corazón golpeó contra mi pecho.
—¿Me ha estado observando?
—He estado observando los límites de mi territorio.
Una respuesta política.
Pero ambos sabíamos que había algo más.
Después de la ceremonia pensé que mi secreto estaba perdido. Sin embargo, tres días después tuve que regresar a los acantilados.
El ashveil comenzaba a agotarse.
Sin él, todo cambiaría.
Si mi aroma aparecía, todos sabrían lo que era.
Y esa mañana cometí un error.
Un solo segundo de distracción.
Mi mano resbaló sobre la roca cubierta de hielo y una piedra afilada cortó mi brazo.
El dolor fue intenso, pero no podía detenerme.
Terminé de recoger la planta y regresé al castillo antes de que alguien pudiera verme.
Pensé que nadie lo notaría.
Me equivoqué.
—Estás sangrando.
La voz de Calder detrás de mí hizo que me detuviera.
—No es nada.
—Tu venda está empapada.
No era una orden.
Era una preocupación.
Algo que nunca había recibido de un Alfa.
Entré en su sala de trabajo y él mismo limpió la herida.
Sus manos eran cuidadosas.
Demasiado cuidadosas.
Yo esperaba fuerza.
Esperaba arrogancia.
Pero encontré paciencia.
—No deberías tener que hacer esto sola —dijo.
Lo miré.
—Elegí hacerlo.
Su expresión cambió ligeramente.
—No es una elección verdadera cuando las demás opciones fueron eliminadas.
Sus palabras me golpearon más fuerte que la herida.
Porque tenía razón.
Durante años había llamado libertad a sobrevivir.
Entonces me reveló algo que jamás esperaba.
El Rey Calder llevaba tiempo intentando cambiar la tradición de la Luna de Unión.
Quería una nueva ley.
Una ley donde ninguna Omega pudiera ser obligada a aceptar un vínculo.
Donde ningún Alfa pudiera reclamar a alguien sin consentimiento.
—La ceremonia debe ser un encuentro —dijo—, no una subasta.
Por primera vez en mi vida, alguien con poder estaba usando ese poder para proteger a personas como yo.
Pero también comprendí algo más.
Si Calder estaba intentando cambiar las reglas, tenía enemigos.
Y yo podía convertirme en una amenaza para ellos.
La respuesta llegó poco después.
Lord Eirik comenzó a hacer preguntas sobre mí.
Demasiadas preguntas.
Por qué una Omega aparentemente débil había llamado la atención del rey.
Por qué Calder parecía protegerme.
Por qué yo había estado dentro de su territorio durante años sin ser descubierta.
Entonces entendí que mi secreto no solo me pertenecía a mí.
Ahora podía destruir una guerra.
Una noche, Calder me llamó a su sala privada.
Sobre la mesa había documentos antiguos.
Registros de clanes.
Nombres.
Historias que habían sido ocultadas durante generaciones.
—Hay algo que debes saber sobre tu nacimiento —dijo.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi nacimiento?
Calder tomó un documento antiguo y lo abrió lentamente.
—Tu familia no era una familia común.
Sentí que mi respiración se detenía.
Durante toda mi vida pensé que estaba huyendo de mi destino.
Pero quizás había estado caminando directamente hacia él.
Calder levantó la mirada.
—Seren, no eres una Omega cualquiera.
El silencio llenó la habitación.
Y entonces pronunció las palabras que cambiarían todo:
—Eres la última heredera de una línea que muchos creían desaparecida.
Y por primera vez en muchos años…
no tuve miedo de ser encontrada.
Porque quizás mi destino nunca fue esconderme.
Quizás siempre fue descubrir por qué alguien había intentado borrar mi existencia.