Ella huyó después de que su amante embarazada ocupó su lugar — ahora el Rey Vampiro la caza
LA ESPOSA HUMANA DEL REY DE LOS VAMPIROS

PARTE 1 — LA MUJER QUE HUYÓ DEL REY
Genoveva Valdés sostenía una copa de champán con tanta fuerza que temía romperla.
El salón del Hotel Imperial estaba lleno de políticos, empresarios y familias cuya fortuna podía comprar ciudades enteras. Sin embargo, detrás de aquella fachada de lujo se ocultaba una corte mucho más peligrosa: el Alto Consejo Vampírico.
Y en el centro de todos ellos estaba Ricardo Valdés.
Su esposo.
El hombre que controlaba un imperio financiero durante el día y gobernaba a los vampiros durante la noche.
Ricardo tenía cuatro siglos de vida, una belleza aterradora y una reputación construida con sangre. Pero con Genoveva era diferente. Ella era la única persona capaz de hacer desaparecer por unos instantes al monstruo que todos temían.
—Algo está mal —susurró Genoveva.
Ricardo cubrió su mano con la suya.
—Mientras estés conmigo, nadie te tocará.
Genoveva quiso creerle.
Entonces las enormes puertas del salón se abrieron.
El silencio cayó de inmediato.
Una mujer apareció.
Alta, elegante, pálida como mármol.
Camila Rosas.
La antigua amante de Ricardo.
Genoveva conocía su historia. Camila pertenecía a una de las familias vampíricas más antiguas de Europa. Había amado a Ricardo mucho antes de que Genoveva naciera.
Pero aquello no era lo que paralizó a los invitados.
Era su vientre.
Camila estaba embarazada.
Los vampiros no podían tener hijos.
Al menos, eso decía la historia.
Camila caminó hasta Ricardo y sonrió.
—Parece que la sangre Valdés tendrá un heredero después de todo.
Genoveva sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
Miró a Ricardo esperando una negación.
Una carcajada.
Una orden para expulsarla.
Cualquier cosa.
Pero Ricardo permaneció inmóvil.
Sus sentidos sobrenaturales parecían concentrados en el vientre de Camila.
—Ricardo… —susurró Genoveva.
Él no respondió.
Y ese silencio destruyó algo dentro de ella.
Camila sonrió con crueldad.
—Vuelve a tus libros, humana. Los adultos tenemos un imperio que asegurar.
Genoveva comprendió entonces cuál sería su lugar si aquel niño era realmente de Ricardo.
No sería su reina.
Sería un obstáculo.
—Necesito aire.
Ricardo intentó detenerla.
—Genoveva, quédate conmigo.
Pero ella ya había tomado una decisión.
Abandonó el salón, recuperó una bolsa que escondía para emergencias y desapareció entre las calles de Ciudad de México.
No volvió a casa.
No utilizó tarjetas.
No llamó a nadie.
Durante meses cambió de ciudades, documentos y apariencia.
Terminó trabajando como camarera en un pequeño restaurante del norte de México bajo el nombre de Natalia Solís.
Pero Genoveva guardaba un secreto todavía más peligroso.
Poco después de escapar había descubierto que estaba embarazada.
El verdadero hijo de Ricardo crecía dentro de ella.
Si Ricardo la encontraba, temía perder al bebé.
Y si Camila descubría la verdad, probablemente intentaría matarlos a ambos.
Por eso Genoveva aprendió a desaparecer.
Hasta que una tarde el restaurante quedó extrañamente silencioso.
—Mesa para uno —dijo una voz.
Genoveva se congeló.
Reconoció al hombre inmediatamente.
Lucio Cruz.
El mejor rastreador de Ricardo.
Genoveva escapó por la cocina y corrió hasta su automóvil, pero Lucio ya la esperaba.
—Hola, Genoveva.
Ella retrocedió.
—Dile a Ricardo que estoy muerta.
—Eso sería difícil. Lleva meses destruyendo medio mundo buscándote.
Genoveva utilizó agua bendita para distraerlo y consiguió escapar.
Pero sabía lo que aquello significaba.
Lucio llamaría a Ricardo.
Y el rey vendría personalmente.
Genoveva condujo hasta Tijuana y buscó refugio en el sótano protegido mágicamente de un club dirigido por un brujo llamado Silvano.
Allí, agotada, finalmente se permitió llorar.
Horas después despertó sobresaltada.
Lo sintió antes de escucharlo.
Ricardo estaba allí.
La puerta del club fue arrancada.
Luego llegaron pasos lentos descendiendo hacia el sótano.
Genoveva levantó una daga de plata.
Los pasos se detuvieron frente a su habitación.
—Genoveva —dijo aquella voz que había perseguido sus sueños durante meses—. Abre la puerta.
—¡Vete!
—Abre.
—¡Vuelve con Camila y con tu heredero!
Hubo un silencio.
Después, la puerta de hierro salió despedida.
Ricardo apareció.
Parecía un hombre que había cruzado el infierno.
Genoveva levantó la daga.
—No te acerques.
Ricardo avanzó.
—Pensé que estabas muerta.
Ella quiso responder, pero el agotamiento la venció.
Sus piernas cedieron.
Ricardo la atrapó antes de que tocara el suelo.
Y entonces sucedió.
Mientras la sostenía, su expresión cambió.
Sus ojos descendieron lentamente hacia el vientre de Genoveva.
Su mano tembló al tocarlo.
Luego Ricardo quedó completamente inmóvil.
Genoveva sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Porque comprendió lo que estaba haciendo.
Estaba escuchando.
No su corazón.
Otro.
Un pequeño latido oculto dentro de ella.
Ricardo levantó lentamente la mirada.
Por primera vez, el rey de los vampiros parecía verdaderamente aterrorizado.
—Genoveva… —susurró—. ¿Qué llevas dentro de ti?
PARTE 2 — LA VERDADERA HEREDERA
Genoveva supo que ya no podía mentir.
—Es tu hijo.
Ricardo cayó de rodillas frente a ella.
El hombre que había obligado a reyes y monstruos a inclinarse estaba ahora arrodillado ante el vientre de una mujer humana.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque pensé que me lo quitarías.
Ricardo levantó la cabeza.
—¿Cómo pudiste creer eso?
—¡Porque Camila llevaba a tu heredero!
Entonces Ricardo comprendió.
—Camila no está embarazada.
Genoveva quedó inmóvil.
Ricardo explicó que los vampiros de sangre pura eran incapaces de reproducirse. Camila había utilizado magia oscura para crear dentro de su cuerpo una falsa presencia capaz de imitar un embarazo. Su objetivo era convencer al Consejo de que llevaba al heredero Valdés y obligar a Ricardo a compartir el trono.
Él había permanecido en silencio aquella noche porque necesitaba descubrir cómo funcionaba el engaño.
Pero Genoveva había interpretado aquel silencio como una traición.
—Nunca volví a tocar a Camila —dijo Ricardo—. Desde que te conocí, solo has existido tú.
Las lágrimas descendieron por el rostro de Genoveva.
Ricardo la abrazó.
Pero su reconciliación duró apenas unos segundos.
Las luces se apagaron.
Una risa femenina atravesó los conductos.
Camila los había encontrado.
El edificio comenzó a incendiarse.
Ricardo rompió el suelo del sótano y escapó con Genoveva hacia antiguos túneles bajo la ciudad. Herido y debilitado por meses sin alimentarse correctamente, estuvo a punto de morir, hasta que Genoveva le ofreció unas gotas de su propia sangre.
Esta vez ella no huyó de su monstruo.
Lo salvó.
Juntos regresaron a Ciudad de México.
Camila ya había reunido al Consejo y acusaba a Ricardo de haber asesinado a su esposa humana. Estaba a punto de conseguir que lo condenaran cuando las puertas se abrieron.
Ricardo entró.
De su mano caminaba Genoveva.
Viva.
Y visiblemente embarazada.
El Consejo quedó paralizado.
Genoveva caminó directamente hacia Camila.
—Si una vampira no puede tener hijos —preguntó—, ¿qué llevas tú dentro?
Camila intentó mantener la mentira, pero los ancianos percibieron inmediatamente la poderosa firma sobrenatural que emanaba del verdadero bebé de Genoveva.
De Camila no provenía nada.
Acorralada, arrancó de su cuerpo el amuleto que sostenía el hechizo.
Su vientre desapareció.
La futura madre nunca había existido.
Camila había intentado robar el trono.
El Consejo ordenó arrestarla.
Pero Camila tenía preparada una última jugada.
Sus mercenarios irrumpieron en la torre.
Cristales explotaron.
Disparos atravesaron el salón.
Ricardo luchó mientras Genoveva se refugiaba detrás de una barra. Entre el caos vio a Camila intentando escapar hacia un helicóptero.
Si conseguía huir, aquella guerra jamás terminaría.
Genoveva observó una botella de alcohol.
Luego una vela encendida.
Tomó ambas.
—¡Camila!
La vampira se volvió.
Genoveva lanzó la botella.
El líquido empapó su vestido.
Después arrojó la vela.
Las llamas envolvieron a Camila.
Su grito atravesó la torre antes de que cayera desde el helicóptero hacia las calles.
La guerra terminó aquella noche.
Meses después, el mundo humano creyó que Genoveva Valdés había muerto.
En realidad vivía protegida junto a Ricardo en una propiedad escondida entre las montañas.
Allí llegó el momento del parto.
Y casi terminó en tragedia.
Genoveva sufrió una hemorragia brutal. Su corazón se detuvo mientras los médicos intentaban salvar al bebé.
Ricardo perdió toda apariencia de rey.
Se mordió la muñeca y obligó a Genoveva a beber su sangre ancestral.
—Vuelve conmigo —suplicó—. Te esperé cuatrocientos años. No me dejes ahora.
Entonces un llanto poderoso llenó la habitación.
Era una niña.
Tenía un ojo humano como su madre y otro marcado por los colores sobrenaturales del linaje de su padre.
La primera híbrida nacida naturalmente entre humanos y vampiros.
Y mientras Ricardo sostenía a su hija, el corazón de Genoveva volvió a latir.
La llamaron Josefina.
Semanas después, el Consejo reconoció oficialmente a la niña como Princesa de la Sangre.
Una noche, mientras Genoveva mecía a Josefina, Ricardo la abrazó por detrás.
—¿Alguna vez estaremos a salvo? —preguntó ella.
Ricardo observó a su hija.
—No. Siempre habrá alguien que quiera quitarnos lo que tenemos.
Genoveva giró hacia él.
Ya no era la mujer aterrorizada que había escapado de aquel salón de baile.
Había sobrevivido a vampiros, asesinos, fuego y traiciones.
Había descubierto que ser humana nunca significó ser débil.
Ahora era una madre.
Una reina.
Y probablemente la única criatura en el mundo capaz de hacer que el monstruo más peligroso de la noche se arrodillara.
Ricardo sonrió mostrando apenas sus colmillos.
—Que vengan.
Genoveva miró a Josefina dormida entre sus brazos.
Luego sonrió también.
—Que lo intenten.
Fuera, el viento golpeaba las montañas.
Dentro, el fuego seguía ardiendo.
Y por primera vez, Genoveva comprendió que ya no necesitaba escapar de la oscuridad.
Porque ahora la oscuridad pertenecía a su familia.