Ella gritó Abájese y saltó hacia adelante el Rey Vampiro la observó recibir cuatro disparos
La Mesera Recibió Cuatro Balas por un Desconocido de Ojos Plateados… Pero Cuando Despertó, Descubrió que Había Salvado al Rey Vampiro y que Su Sangre Ya No Era Completamente Humana

PARTE 1
Mara Solís no pensó antes de lanzarse.
Vio dos pistolas apuntando al hombre de cabello plateado sentado en la esquina de la fonda y su cuerpo reaccionó antes que su cerebro.
—¡Cuidado!
Corrió hacia él.
Entonces llegaron los disparos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
El dolor atravesó su espalda y Mara cayó contra el desconocido mientras su uniforme comenzaba a empaparse de sangre.
Lo último que vio fueron aquellos ojos pálidos, fríos como una mañana de invierno.
Después todo desapareció.
Horas antes, Mara solo había sido una mesera de veintiséis años intentando sobrevivir.
Su padre acababa de morir.
Las facturas médicas eran imposibles.
Había vendido el automóvil, la computadora y hasta las joyas que su madre le había dejado.
El apartamento familiar estaba a punto de ser embargado.
Aquella noche llevaba tantas horas despierta que apenas podía sentir los pies.
Por eso el hombre de la mesa del fondo había llamado su atención.
Era demasiado elegante para aquel lugar.
Abrigo caro.
Cabello plateado hasta los hombros.
Movimientos extrañamente controlados.
Y unos ojos que parecían observar cada puerta, ventana y sombra.
Solo había pedido café negro.
Mara pensó que era alguien peligroso.
No imaginó cuánto.
Su nombre era Luciano Cuervo.
Tenía más de quinientos años.
Y bajo las calles de la ciudad existía un mundo que obedecía sus órdenes.
Vampiros.
Familias antiguas.
Magos.
Criaturas que los humanos jamás debían conocer.
Luciano era su rey.
Y aquella noche, sus enemigos habían decidido asesinarlo.
Las cuatro balas estaban hechas de plata encantada, diseñadas para quemar carne sobrenatural e impedir cualquier curación.
Una sola habría debilitado a Luciano.
Cuatro podrían haber permitido a sus enemigos acabar con él.
Pero ninguna lo alcanzó.
Todas entraron en el cuerpo de Mara.
Luciano la sostuvo mientras su corazón comenzaba a fallar.
Ella ni siquiera sabía quién era él.
Eso fue precisamente lo que lo perturbó.
No había saltado para conseguir dinero.
Ni protección.
Ni poder.
Había visto un arma apuntando a un desconocido y había elegido ponerse delante.
Luciano la cargó y desapareció en la tormenta antes de que llegara la policía.
La llevó a un hospital clandestino oculto bajo un edificio normal.
Los médicos retiraron las balas.
No sirvió.
La plata encantada ya circulaba por su sangre.
Sus pulmones estaban destruidos.
Había perdido demasiado líquido.
Una bala había rozado el corazón.
—No sobrevivirá —advirtió Víctor, un antiguo mago de sangre.
Luciano miró a la muchacha inconsciente.
—Entonces hagan algo más.
Víctor palideció.
—La magia de sangre está prohibida en humanos.
—Sálvenla.
—Si une su sangre con la de ella, puede cambiarla para siempre.
Luciano permaneció inmóvil.
—Ella recibió cuatro balas destinadas a mí.
El monitor comenzó a disminuir.
Mara se estaba yendo.
Víctor todavía dudaba.
—Las familias dirán que un rey ha comprometido su juicio por una humana.
Luciano miró el rostro gris de Mara.
—Que hablen.
Se cortó la muñeca.
Su sangre cayó sobre ella.
Víctor comenzó el ritual.
Palabras más antiguas que cualquier religión conocida llenaron la habitación.
El cuerpo de Mara se arqueó violentamente.
Las luces parpadearon.
Entonces…
el monitor emitió un sonido continuo.
Víctor se quedó blanco.
—Mi rey…
Luciano no apartó la muñeca.
Miró la línea completamente plana.
El corazón de Mara Solís acababa de detenerse.
Y por primera vez en cinco siglos…
Luciano Cuervo sintió verdadero miedo.
PARTE 2
Luciano siguió pronunciando las palabras del ritual.
Víctor intentó detenerlo.
—¡Ya no hay pulso!
Luciano no respondió.
Su sangre continuaba cayendo sobre el pecho de Mara.
Entonces pronunció una última palabra.
No sonó como un hechizo.
Sonó como una orden dirigida a la muerte.
El monitor reaccionó.
Un latido.
Después otro.
Y otro.
Mara abrió la boca y aspiró aire violentamente.
Víctor retrocedió.
—Eso no debería ser posible.
Pero Mara estaba respirando.
Cuando recuperó la conciencia, no sabía cuánto tiempo había pasado.
Primero notó los sonidos.
Podía escuchar conversaciones detrás de las paredes.
Después los olores.
Antiséptico.
Sangre.
Metal.
Hasta el perfume de una enfermera que estaba varios pasillos más lejos.
Por último notó su cuerpo.
Las heridas casi habían desaparecido.
Su fuerza era diferente.
Su visión era demasiado nítida.
Y cuando dormía, veía recuerdos que no le pertenecían.
Ciudades ardiendo siglos atrás.
Salones llenos de vampiros.
Guerras.
Traiciones.
Un Luciano mucho más joven aprendiendo que poder y soledad podían convertirse en la misma cosa.
Cuando finalmente despertó por completo, él estaba sentado en una esquina.
—Estás viva —dijo Luciano.
Mara miró las vendas.
—Me dispararon cuatro veces.
—Sí.
—Debería estar muerta.
Luciano guardó silencio.
Después respondió:
—Lo estuviste.
Mara levantó la mirada.
—Tu corazón se detuvo.
—¿Qué me hiciste?
Luciano se acercó a la ventana.
—Uní mi sangre a la tuya.
Mara sintió que el estómago se cerraba.
—¿Qué significa eso?
—No eres un vampiro.
Hizo una pausa.
—Pero tampoco eres completamente humana.
Mara lo miró fijamente.
Luego soltó una carcajada nerviosa.
—Perfecto. Porque mi vida no tenía suficientes problemas.
Luciano incluso pareció estar a punto de sonreír.
Pocos días después recibió el alta.
Esperaba regresar a su viejo apartamento.
En cambio, descubrió que Luciano había pagado todas sus deudas, trasladado sus pertenencias y alquilado para ella un apartamento protegido durante un año.
Mara lo llamó furiosa.
—No puedes comprar mi vida.
—No intento hacerlo.
—Tomaste decisiones sin preguntarme.
—Sí.
Aquella honestidad la enfureció todavía más.
Cuando Luciano apareció esa noche en su balcón, Mara lo enfrentó.
—No soy una deuda que tengas que pagar.
—Salvaste mi vida.
—Eso no te da derecho a controlar la mía.
Luciano quedó en silencio.
Mara se acercó.
—Si pudiera regresar a aquella fonda sabiendo todo lo que sé ahora…
Él la observó.
—¿Qué?
—Volvería a saltar.
Algo en el rostro del rey se quebró.
—¿Por qué?
—Porque así soy.
Mara sostuvo sus ojos.
—Soy la persona que no puede mirar cómo matan a alguien y quedarse quieta.
Después señaló hacia él.
—Y tú eres la persona que rompió sus propias leyes para salvarme. Quizá los dos somos idiotas.
Por primera vez, Luciano sonrió realmente.
Pero había problemas mucho mayores.
Su sangre había transformado a Mara en algo que ninguna de las antiguas familias conocía.
Su fuerza aumentaba.
Podía detectar magia.
Se movía mucho más rápido que un humano.
Y para los vampiros podía percibirse como sangre humana mezclada con algo extremadamente antiguo.
La noticia corrió por la corte.
Una vampira intentó atacarla solo para probar su sangre.
Luciano la convirtió en cenizas.
Después llegó una noticia peor.
La poderosa dama Morgana ofrecía una recompensa de cincuenta mil piezas de oro por capturar a Mara viva.
No quería matarla.
Quería estudiarla.
Las familias antiguas consideraban que Luciano había roto leyes sagradas por una mujer mortal.
Decían que se había debilitado.
Que ya no era digno del trono.
Luciano reunió a sus consejeros.
Mara escuchó todas sus opiniones.
Ocultarla.
Sacarla de la ciudad.
Mantenerla encerrada.
Ella finalmente golpeó la mesa.
—¿Alguien va a preguntarme qué quiero hacer yo?
El silencio fue inmediato.
Mara eligió entrenar.
Si se había convertido en objetivo, aprendería a defenderse.
Luciano aceptó.
Y poco a poco dejó de tratarla como alguien que debía permanecer escondida.
Le enseñó a controlar sus sentidos.
A detectar hechizos.
A utilizar su nueva velocidad.
A reconocer vampiros antes de que atacaran.
Pero entonces Morgana hizo su movimiento.
Durante el día, cuando Luciano no podía caminar bajo el sol, tres hombres armados atacaron una cafetería donde Mara había ido sola.
Entraron buscando a “la mesera que olía a muerte”.
Amenazaron a clientes inocentes.
Mara pudo haberse escondido.
No lo hizo.
—Estoy aquí.
Las armas giraron hacia ella.
Uno de ellos sonrió.
—La dama Morgana envía saludos.
Antes de que pudiera disparar, Luciano irrumpió en el local.
Había arriesgado incluso la luz del día para llegar.
La pelea fue brutal.
Uno de los atacantes tomó como rehén a un estudiante y le apuntó a la cabeza.
Mara vio a Luciano calcular las posibilidades.
—Luciano.
Solo dijo su nombre.
Él comprendió.
Luciano distrajo al atacante.
Mara utilizó su nueva velocidad.
Cruzó la cafetería en un instante y arrancó el arma lejos del muchacho.
Todos los civiles sobrevivieron.
Pero fuera del establecimiento Luciano hizo una confesión que cambió todo.
—Llegué demasiado tarde porque estaba distraído.
Mara frunció el ceño.
—¿Por qué?
Luciano la miró.
—Porque después de quinientos años de disciplina ya no puedo pensar con claridad cuando creo que estás en peligro.
La corte también lo sabía.
Aquella misma noche celebrarían una asamblea para decidir si Luciano seguía siendo digno de gobernar.
Si él insistía en proteger a Mara, podía comenzar una guerra civil.
Entonces Luciano hizo algo que Mara llevaba semanas exigiéndole.
Le dio una elección.
—Puedes marcharte.
Prometió proporcionarle dinero, protección y una nueva identidad lejos de la ciudad.
—¿Y si me quedo?
Los ojos de Luciano se oscurecieron.
—Si te quedas, probablemente verás en qué puedo convertirme para protegerte. Podría perder la corona.
Hizo una pausa.
—Pero nadie volverá a tocarte mientras yo exista.
Mara pidió unas horas para decidir.
Antes de medianoche entró en la antigua catedral donde se reunía la corte.
Decenas de vampiros giraron hacia ella.
Luciano estaba frente al altar.
Mara caminó hasta el centro.
—Me quedo.
Los murmullos explotaron.
Entonces apareció Morgana.
—Ahí está tu debilidad —dijo mirando a Luciano—. Una mortal que te ha hecho sentir.
Luciano asintió.
—Sí.
Todos callaron.
—Es una debilidad.
Morgana sonrió triunfante.
Pero Luciano continuó:
—También es quien me recordó qué se supone que estamos protegiendo.
Se colocó al lado de Mara.
No delante.
—Gobernamos entre humanos. Nos alimentamos en sus sombras. Pero eso no nos da derecho a masacrar inocentes para demostrar poder.
Un vampiro gritó:
—¡La estás eligiendo a ella por encima de nosotros!
—Estoy eligiendo otra manera de gobernar.
Morgana se burló.
—Eso es sentimentalismo, no fuerza.
Los ojos de Luciano se volvieron rojos.
—Entonces permítanme recordarles mi fuerza.
Su voz hizo temblar la catedral.
—Quien haga daño a Mara me desafía personalmente. Y descubrirá exactamente cómo se ven cinco siglos de violencia cuando dejo de contenerlos.
Nadie habló.
Finalmente, uno de los vampiros más antiguos se puso de pie.
—El rey ha hablado.
Otros comenzaron a asentir.
No todos aceptaron.
Algunos seguidores de Morgana abandonaron el lugar.
Pero eran minoría.
Luciano conservó la corona.
Y por primera vez lo hizo con Mara públicamente a su lado.
Más tarde regresaron al apartamento.
Mara salió al balcón.
Luciano apareció junto a ella.
—¿Te arrepientes?
Ella comprendió exactamente qué preguntaba.
Recordó las cuatro balas.
Su antigua vida.
Su humanidad transformada.
Los enemigos que ahora conocían su nombre.
—No.
Luciano observó la ciudad.
—Te costó todo.
—También me dio algo.
Él la miró.
—¿Qué?
—Un propósito.
Mara tomó su mano fría.
—Antes solo sobrevivía. Ahora tengo algo por lo que decidir ser valiente.
Luciano apretó suavemente sus dedos.
—¿Valió la pena?
Aquella pregunta no sonaba como la de un rey.
Sonaba como la de un hombre que realmente temía la respuesta.
Mara sonrió.
—Pregúntame otra vez dentro de cien años.
Luciano soltó una risa inesperada.
—¿Crees que duraremos cien años?
Mara miró sus manos unidas.
—Ya salté una vez dentro de tu destino.
Se encogió de hombros.
—Supongo que ahora quiero descubrir dónde aterriza.
A lo lejos comenzaba a acercarse el amanecer.
Todavía existían enemigos.
Morgana seguía teniendo seguidores.
Habría nuevos conflictos.
Nadie sabía exactamente cuánto viviría Mara ni hasta dónde llegaría la transformación provocada por la sangre de Luciano.
Pero por primera vez en muchos años, Mara sintió algo diferente a cansancio y desesperación.
Esperanza.
—La mujer que saltó —murmuró Luciano.
—¿Qué?
—Así te llaman ahora en la corte.
Mara rio.
—Mucho mejor que “la mesera”.
Luciano la miró.
—Gracias por saltar.
Después añadió:
—Y gracias por quedarte.
Mara apretó su mano.
—Gracias por atraparme.
Y así permanecieron juntos mientras la noche desaparecía.
No como un rey y alguien a quien debía proteger.
No como un vampiro y una deuda humana.
Sino como dos personas cuyas vidas habían quedado unidas por cuatro balas y una decisión absurda.
Mara Solís siempre había sido la mujer que saltaba cuando alguien necesitaba ayuda.
Aquella noche finalmente descubrió algo igual de importante:
a veces también podía permitir que alguien estuviera allí para atraparla.