Ella fingió ser una sirvienta común, hasta que el Rey Alfa descubrió que era su Luna destinada.

Ella fingió ser una sirvienta común, hasta que el Rey Alfa descubrió que era su Luna destinada.

PARTE 1

Durante tres años limpié los pisos del hombre que estaba destinado a reconocerme con solo respirar cerca de mí.

Cada mañana cubría mi piel con ceniza y una planta venenosa para esconder mi aroma. Si el rey descubría quién era yo, también lo sabría el hombre que había destruido a mi familia.

Y ese hombre vivía dentro de la fortaleza.

Mi nombre verdadero es Mara Santillán, última heredera del clan Pino de Plata. Sin embargo, en la Fortaleza de Peña Alta todos me conocían como Elena, una criada huérfana, torpe y casi muda.

La señora Greta, encargada del servicio, decía que yo debía agradecer que me permitieran dormir en el sótano. No sabía que, debajo de mi ropa gastada, tenía una marca de nacimiento en forma de media luna.

Era la señal de una Luna legítima.

Años atrás, un grupo de lobos rebeldes atacó la propiedad de mi familia. Escapé hacia territorio humano y permanecí escondida hasta que los rumores sobre mi linaje desaparecieron.

Después tomé una decisión arriesgada: entré a trabajar en la corte del rey Cedric.

Peña Alta era el último sitio donde alguien buscaría a una heredera fugitiva. Además, necesitaba descubrir quién había financiado el ataque contra mi familia.

Para mantener oculta mi naturaleza, preparaba una pasta de acónito, ceniza y jabón. La untaba en mi cuello y muñecas. Quemaba, me debilitaba y mantenía dormida a mi loba, pero anulaba mi verdadero aroma.

El problema comenzó cuando Cedric regresó de una campaña en el norte.

El rey llevaba años sin encontrar a su compañera destinada. Según las leyes de su especie, si permanecía demasiado tiempo separado de ella, su lobo acabaría dominándolo.

Su principal consejero, Reginaldo Herrera, insistía en que se casara con su sobrina Beatriz. Aquella unión convertiría a Reginaldo en el hombre más poderoso del reino.

Cedric se negaba.

La tarde de su regreso, yo estaba limpiando una rejilla cerca de la armería cuando escuché sus pasos. Bajé la cabeza y escondí el rostro debajo de la capucha.

Reginaldo caminaba a su lado, explicándole las ventajas de casarse con Beatriz.

Cedric respondió que prefería permanecer solo antes que entregar su vida a una mujer elegida por conveniencia.

En ese momento, una ventana se abrió por el viento.

La corriente atravesó el pasillo y levantó parte de la ceniza que cubría mi cuello.

Cedric se detuvo.

No tuve que mirarlo para saber qué había ocurrido. Mi loba, debilitada por el acónito, despertó dentro de mí y pronunció una palabra que llevaba años temiendo:

Compañero.

El rey avanzó hacia mí.

Por suerte, Greta apareció cargando una cubeta. Al verme en medio del corredor, tropezó y derramó el agua jabonosa sobre mi ropa. El fuerte olor cubrió cualquier rastro de mi esencia.

Cedric se quedó observándome, confundido. Después se marchó, quizá convencido de que su mente le había jugado una mala pasada.

Pero desde ese día comenzó a recorrer la fortaleza durante la noche.

Me estaba buscando sin saber a quién buscaba.

Dos semanas después se celebró el baile del solsticio. Aumenté la cantidad de acónito para evitar otro accidente, aunque ya me provocaba mareos.

Mientras llevaba bandejas desde la cocina, sentí que iba a desmayarme. Salí por una puerta lateral y llegué al jardín.

Entonces escuché metal rozando cuero.

Entre los arbustos vi a cinco hombres armados acercándose a la terraza. Reconocí al que los dirigía: era Fabián Rojas, el mismo mercenario que había participado en el ataque contra mi familia.

También lo había visto entrar en secreto a las habitaciones de Reginaldo.

Antes de que pudiera avisar a los guardias, Cedric salió solo al jardín.

Fabián y sus hombres lo rodearon.

El rey reaccionó con rapidez, pero uno de ellos llevaba un arma cubierta con plata. Cedric recibió una herida en el costado y cayó de rodillas.

Fabián levantó su espada detrás de él.

Pude haber escapado. Si intervenía, revelaría todo lo que había escondido durante años.

Aun así, corrí.

Empujé a Fabián y me coloqué frente al rey. Mis ojos cambiaron de color y mis uñas se convirtieron en garras. Dos atacantes retrocedieron al comprender que no estaban frente a una criada humana.

Cedric me observó en silencio.

El esfuerzo hizo que el sudor borrara la mezcla de mi piel. Mi aroma verdadero llenó el jardín: lluvia fresca y flores blancas.

El rey quedó inmóvil al reconocerlo.

Fabián arrojó una pequeña hoja de plata. Logré esquivarla, pero cortó mi vestido a la altura del hombro.

La tela cayó.

Bajo la luz de la luna apareció mi marca plateada.

Cedric miró la media luna sobre mi piel y después clavó sus ojos dorados en los míos.

—Te encontré —murmuró.

Pero detrás de él, Fabián, todavía consciente, levantó otra arma y apuntó directamente al corazón del rey.

PARTE 2

Me lancé hacia Cedric y lo aparté justo antes de que Fabián atacara.

Cedric cayó detrás de una fuente. Yo sujeté el brazo del mercenario y lo obligué a soltar el arma. Al escuchar a los guardias acercándose, los hombres que aún podían moverse huyeron hacia el laberinto de arbustos.

Fabián intentó seguirlos, pero Cedric se levantó y le bloqueó el camino.

—¿Quién te envió? —preguntó.

El mercenario miró hacia las ventanas iluminadas de la fortaleza.

No necesitaba responder. Yo ya sabía dónde había estado reuniéndose durante los últimos meses.

Sin embargo, antes de que los guardias lo detuvieran, Fabián aprovechó la confusión y desapareció entre los setos. No fui detrás de él. La plata había rozado mi hombro y comenzaba a debilitarme.

Cedric se volvió hacia mí.

La marca continuaba brillando. Mi aroma ya no podía ocultarse.

—Eres mi compañera —dijo, avanzando con cuidado.

Sentí el vínculo entre nosotros, fuerte y cálido, pero también recordé a mi familia.

—No sabes quién soy.

—Entonces dímelo.

Escuché más guardias aproximándose. Si Reginaldo descubría que yo había reconocido a Fabián, actuaría antes de que pudiera reunir pruebas.

Salté sobre la pequeña barda del jardín y corrí hacia el laberinto.

Cedric gritó que me detuviera, pero no lo hice.

Llegué al sótano por una entrada utilizada para descargar alimentos. Limpié la herida como pude, volví a cubrirme con acónito y me envolví el hombro con un chal.

Antes del amanecer, todas las salidas de la fortaleza quedaron cerradas.

El rey había ordenado reunir en el salón principal a cada mujer que viviera allí, desde las nobles hasta las criadas.

Reginaldo intentó convencerlo de que la mujer del jardín era una espía. Incluso ofreció a sus propios hombres para interrogar al personal.

Cedric se negó.

Cuando los guardias bajaron por nosotras, apenas podía mantenerme de pie. La plata había frenado mi capacidad de sanar y el acónito empeoraba la fiebre.

Entramos al salón entre empujones. Greta me colocó al final de la fila, esperando que mi ropa sucia me volviera invisible.

Cedric apareció llevando un pedazo de tela arrancado de mi vestido.

Comenzó a caminar frente a las mujeres.

No buscaba un rostro.

Buscaba un aroma.

Pasó junto a Beatriz sin detenerse, aunque ella se había cubierto con un perfume costoso. Después revisó a las cocineras, las lavanderas y las ayudantes.

Yo mantuve la cabeza baja.

Cuando llegó frente a mí, se detuvo.

Sentí su presencia a pocos centímetros. Debajo de la ceniza y el jabón todavía quedaba un rastro de lluvia.

Cedric tomó mi chal.

—No lo hagas —susurré.

Lo retiró de mi cabeza y descubrió mi rostro sudoroso. Después vio los puntos improvisados de mi hombro y comparó mi ropa con el trozo que llevaba en la mano.

Finalmente apareció la media luna.

Un murmullo recorrió el salón.

Cedric se arrodilló ante la criada que todos despreciaban y sostuvo mi mano lastimada.

La reacción de Reginaldo confirmó mis sospechas.

Ordenó a sus guardias que me arrestaran y gritó que yo había embrujado al rey. Cinco hombres avanzaron hacia nosotros.

Cedric se colocó frente a mí, pero lo aparté.

Había vivido demasiado tiempo inclinando la cabeza.

Mis ojos recuperaron su brillo plateado y mi verdadera autoridad se extendió por el salón. Los lobos más débiles bajaron la mirada.

—Mi nombre es Mara Santillán —anuncié—. Soy la última heredera de Pino de Plata.

Reginaldo palideció.

Entonces expliqué que Fabián Rojas, el mercenario del jardín, había participado en la caída de mi familia. Durante meses lo había visto entrar a escondidas en las habitaciones del consejero.

Yo limpiaba la chimenea de Reginaldo. Mientras trabajaba, había escuchado fragmentos de sus conversaciones.

Su plan tenía dos partes: eliminar a Cedric y culpar a los clanes del norte. Después, Beatriz sería presentada como la única persona capaz de estabilizar el reino, mientras su tío gobernaría a través de ella.

—Es mentira —protestó Reginaldo.

—Entonces revisen el compartimento detrás de su chimenea.

Gideon, el segundo al mando de Cedric, envió de inmediato a dos guardias. Regresaron con cartas selladas, pagos dirigidos a Fabián y un mapa del jardín donde habían marcado la ruta privada del rey.

Beatriz miró a su tío con auténtico desconcierto.

Fue entonces cuando llegó el giro que nadie esperaba.

Ella no conocía el atentado.

Reginaldo había utilizado su nombre y su posición, pero nunca le contó que planeaba atacar al rey. Beatriz era arrogante y deseaba la corona, aunque no había participado en la conspiración.

Reginaldo, al verse descubierto, tomó un arma e intentó abrirse paso hacia la salida.

Cedric lo detuvo antes de que llegara a la puerta. Gideon ordenó que lo encerraran junto con los guardias que habían obedecido sus instrucciones.

Beatriz también fue apartada de la corte mientras se investigaba hasta dónde llegaba su responsabilidad.

Cuando el peligro terminó, mis piernas cedieron.

Cedric me sostuvo antes de que tocara el suelo y pidió al médico real. Greta trató de alejarse entre las demás criadas, pero yo la señalé.

No pedí venganza.

Solicité que se investigara el trato que recibían todos los empleados de la fortaleza. No quería que otra joven soportara humillaciones simplemente porque nadie conocía su apellido.

Desperté cuatro días después en una habitación cercana a la enfermería.

Cedric estaba sentado junto a la ventana. Parecía no haber dormido.

Me contó que Fabián había sido localizado en un paso de montaña. Tras ser detenido, confesó que Reginaldo también había financiado el ataque contra Pino de Plata. Quería eliminar a una familia capaz de disputar su influencia sobre el reino.

Cedric me ofreció protección, una posición en su corte y el reconocimiento de mi linaje.

No acepté inmediatamente convertirme en su reina.

El vínculo podía unir nuestros instintos, pero no reemplazaba la confianza. Le dije que necesitaba conocer al hombre antes de compartir la vida con el rey.

Para mi sorpresa, Cedric estuvo de acuerdo.

Durante los meses siguientes reconstruimos Pino de Plata y buscamos a otros sobrevivientes. Encontramos familias dispersas en aldeas humanas, algunas de las cuales llevaban años ocultando su identidad.

Cedric cumplió su promesa. No intentó decidir por mí y cambió las reglas de servicio dentro de Peña Alta.

Cuando finalmente acepté ocupar mi lugar a su lado, no lo hice porque el destino hubiera elegido por mí.

Lo hice porque él me permitió elegir.

Años después, mientras renovaban el antiguo sótano de las criadas, un trabajador encontró un pequeño frasco escondido detrás de una piedra. Todavía contenía la mezcla de ceniza y acónito que yo había usado para desaparecer.

Cedric quiso arrojarlo al fuego.

Yo decidí conservarlo.

No como recuerdo del miedo, sino como prueba de algo que tardé demasiado en comprender:

Puedes ocultar tu nombre, tu rostro y hasta tu verdadera naturaleza, pero nadie debería pasar la vida entera fingiendo ser menos de lo que es.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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