Ella duerme con el presidente por error. Él ofrece dinero, ella rompe el cheque y él se enamora.

Entré en la habitación equivocada, perdí a mi prometido y terminé casada con el hombre al que pagué cien pesos… sin saber que era el dueño de media ciudad
PARTE 1
La mañana en que desperté junto a un desconocido, pensé que aquella sería la peor humillación de mi vida.
Me equivocaba.
Antes de que terminara el día descubriría que mi novio esperaba un hijo con mi media hermana, que mi padre planeaba venderme a un hombre poderoso y que el extraño de aquella habitación podía ser mi única salida.
Todo comenzó con un mensaje de Leonardo.
—Te espero en la habitación 1818. Quiero compensarte por haber estado lejos tanto tiempo.
Era nuestro aniversario. Entré en la suite sin encender la luz, convencida de que el hombre que me abrazó era él.
A la mañana siguiente, una voz fría me hizo abrir los ojos.
—Buenos días. Ya puedes irte.
El hombre a mi lado no era Leonardo.
Era alto, inexpresivo y demasiado tranquilo para alguien que acababa de despertar con una desconocida. Cuando intenté explicarle que había entrado por error, sacó un cheque.
—Dime cuánto quieres.
Sentí que me quemaba la cara.
—¿Me estás tomando por una prostituta?
Él señaló el número de la puerta. Era su habitación. Leonardo me había enviado un número equivocado y luego había apagado el teléfono.
El desconocido dejó el cheque sobre la cama. Yo saqué cien pesos de mi bolso y los lancé sobre su pecho.
—Tu arrogancia no vale más que esto.
Salí antes de que pudiera detenerme.
Fui a buscar a Leonardo para exigirle una explicación. Lo encontré en la cafetería del hotel, abrazando a Mariana, mi media hermana. Ella tenía una mano sobre el vientre.
—El bebé crece cada día —le susurró—. Ya no podemos seguir ocultándolo.
Leonardo me vio y ni siquiera pareció avergonzado. Dijo que nunca había tenido valor para terminar conmigo porque le daba lástima. Mariana fingió llorar, se dejó caer al suelo y gritó que yo había empujado a una embarazada.
Cuando Leonardo levantó la mano para golpearme, alguien le sujetó la muñeca.
Era el hombre de los cien pesos.
Sin pensarlo, me aferré a su brazo.
—Te presento a mi prometido —dije—. Es cien veces más guapo, cien veces más rico y me trata mejor que tú.
El desconocido no me contradijo. Me rodeó la cintura y miró a Leonardo con una calma aterradora.
—No vuelvas a tocar a mi mujer.
Creí que aquel favor sería el último encuentro entre nosotros.
Al regresar a casa, mi padre ya sabía lo ocurrido. Roberto Rivera me llamó desvergonzada, mientras Rosa, su amante convertida en esposa, consolaba a Mariana.
Mi madre, Isabel, llevaba doce años en coma desde que cayó de un balcón después de descubrir la relación de Roberto con Rosa.
—Mañana te casarás con el director Vargas —ordenó mi padre—. Su inversión salvará nuestra empresa.
Me negué. Roberto mandó encerrarme, pero logré escapar. Entonces trasladó a mi madre a una clínica desconocida y me llamó.
—Si quieres volver a verla, obedece.
Acepté reunirme con Vargas en un restaurante. Apenas bebí una copa, mis piernas dejaron de responder. Él sonrió y cerró la puerta del salón privado.
—Tu padre ya recibió el adelanto. Esta noche eres mía.
Intenté gritar, pero la voz no me salió. Vargas se acercó y, justo cuando pensé que todo había terminado, la puerta se abrió de golpe.
El desconocido entró acompañado por varios hombres.
Vargas palideció.
—Señor Fuentes… yo no sabía que ella era su mujer.
Desperté horas después en una mansión. El hombre de los cien pesos estaba sentado frente a mí con una carpeta que contenía toda mi vida.
—Me llamo Emilio Fuentes —dijo—. Sé dónde está tu madre y sé por qué tu padre quiere entregarte a Vargas.
Cerró la carpeta y me miró fijamente.
—Cásate conmigo. Mañana recuperarás a tu madre… y Roberto Rivera aprenderá lo que ocurre cuando alguien amenaza a mi esposa.
PARTE 2
Lo miré durante varios segundos, intentando descubrir si hablaba en serio.
—¿Por qué querrías casarte conmigo?
—Mi abuela desea verme casado antes de someterse a una operación. Yo necesito una esposa que no persiga mi dinero. Tú necesitas protección, tiempo y poder para recuperar lo que te arrebataron. Será un acuerdo beneficioso para ambos.
Acepté con dos condiciones: no habría obligaciones conyugales y ninguno interferiría en la vida privada del otro.
Emilio aceptó sin discutir.
Fuimos al Registro Civil y, mientras firmaba, pensé en lo absurdo de mi situación: me había casado con un hombre cuyo nombre apenas conocía y al que había pagado cien pesos después de entrar en su habitación por error.
A la mañana siguiente, Roberto devolvió a mi madre al hospital donde siempre la habían atendido. También pagó las deudas médicas atrasadas y pidió disculpas públicamente.
Yo creí que Emilio había recurrido a algún amigo influyente.
No sabía que él era el presidente del Grupo Fuentes, el consorcio más poderoso de la ciudad.
Emilio ocultó su identidad y permitió que yo pensara que solo era un heredero reservado. Nunca presumía de su riqueza. En cambio, se aseguraba de que desayunara, enviaba un chofer cuando salía sola y pasaba las noches revisando personalmente los informes médicos de mi madre.
Su abuela me recibió como si me conociera desde siempre. Me entregó joyas familiares y le advirtió a Emilio que lo castigaría si me hacía llorar.
Por primera vez desde que mi madre cayó en coma, sentí que pertenecía a una familia.
Nuestro matrimonio seguía siendo falso, pero mis sentimientos dejaron de serlo.
El problema comenzó en la empresa donde yo hacía prácticas. Mariana y Rosa sobornaron a una empleada para que destruyera el vestido de una diseñadora famosa y me culpara.
El daño provocó la cancelación de varios contratos y la empresa me exigió una indemnización imposible de pagar.
Emilio quiso resolverlo con una llamada, pero me negué.
—Necesito demostrar mi inocencia por mí misma.
Entonces tendí una trampa.
Hice correr el rumor de que poseía un video del momento en que habían dañado el vestido. Mariana mordió el anzuelo. Ordenó a varios hombres que me siguieran y me quitaran la memoria donde supuestamente guardaba la grabación.
No querían solamente robarme.
Me secuestraron.
Dentro del vehículo, uno de ellos me golpeó y otro dijo que Mariana había pagado para que desapareciera. Cuando intenté saltar, me sujetaron del cabello.
Pensé en mi madre, en todo lo que aún no había podido decirle y, para mi sorpresa, pensé también en Emilio.
Una fila de camionetas negras bloqueó la carretera.
Emilio bajó del primer vehículo.
Nunca había visto tanta furia contenida en un rostro.
Uno de los secuestradores me puso un cuchillo en el cuello. Emilio avanzó sin detenerse. En el forcejeo, la hoja le abrió el hombro, pero él me cubrió con su cuerpo hasta que sus hombres controlaron a todos.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó, sosteniéndome como si temiera que volviera a desaparecer.
Esa noche tuvo fiebre por la herida. Lo cuidé, le cambié las vendas y permanecí a su lado hasta el amanecer.
Cuando despertó y vio que todavía sostenía su mano, sonrió.
—Camila, nuestro contrato tiene un problema.
—¿Cuál?
—Ya no quiero que seas mi esposa solo sobre el papel.
Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que apenas pude responder.
—Entonces tendremos que modificar las condiciones.
Emilio me acercó hacia él.
—Primera condición: no vuelvas a enfrentarte sola a quienes quieren destruirte.
—Segunda —dije—: no vuelvas a ocultarme algo importante.
Su expresión cambió.
Poco después comprendí la razón.
Cuando regresamos a la casa Rivera para enfrentar a Mariana y Rosa, varios policías llegaron acompañados por los abogados del Grupo Fuentes. Todos se inclinaron respetuosamente ante Emilio y lo llamaron “presidente”.
Roberto perdió el color.
Mariana se quedó inmóvil.
Yo aparté la mano de Emilio.
—¿Presidente del Grupo Fuentes?
Él no intentó negarlo.
—Oculté mi identidad porque quería saber si confiarías en el hombre, no en su fortuna.
Rosa y Mariana fueron detenidas por ordenar mi secuestro, falsificar pruebas y trasladar ilegalmente a mi madre. Leonardo, que había participado en la vigilancia, también quedó bajo investigación.
Roberto intentó salvarse culpando a todos los demás. Cuando comprendió que su empresa estaba al borde de la quiebra, se arrodilló ante mí.
—Cami, soy tu padre. Pídele a tu esposo diez millones. Podemos empezar de nuevo.
Lo miré sin sentir ya miedo.
—Nuestro vínculo terminó el día en que elegiste a tu amante y dejaste a mi madre entre la vida y la muerte. No volverás a utilizarme para salvarte.
Salí de aquella casa tomada de la mano de Emilio.
Creí que ese sería el momento más importante del día, pero al llegar al hospital una enfermera corrió hacia nosotros.
—Señorita Rivera, su madre despertó.
Entré en la habitación temblando. Isabel abrió lentamente los ojos y pronunció mi nombre.
Me arrodillé junto a la cama y lloré como la niña que había esperado doce años aquel instante.
Después miró a Emilio.
—Mamá —le dije—, él es mi esposo. Me salvó cuando yo ya no tenía a nadie.
Emilio negó suavemente.
—Ella también me salvó a mí.
Meses más tarde celebramos una boda verdadera.
Esta vez no hubo contrato ni secretos. Mi madre asistió en silla de ruedas, la abuela de Emilio llevó los anillos y, antes de besarme, él deslizó algo en mi mano.
Era el billete de cien pesos que le había lanzado aquella primera mañana.
—Lo guardé porque fue la primera vez que alguien se atrevió a decirme cuánto valía mi arrogancia.
Me reí entre lágrimas.
Había entrado en la habitación equivocada buscando a un hombre que me traicionaba.
Sin saberlo, aquella equivocación me condujo hasta la persona correcta.