Ella desapareció durante 8 años… pero nunca imaginó que él descubriría su mayor secreto.

Ella desapareció durante 8 años… pero nunca imaginó que él descubriría su mayor secreto.

PARTE 1

Durante ocho años, Audrey Callaway hizo todo lo posible para que nadie descubriera su verdadero nombre.

Había cambiado de pueblo, de rutina y hasta la manera en que hablaba con la gente. En Pine Hollow era conocida solamente como una sanadora tranquila que vivía cerca del bosque y ayudaba a cualquiera que tocara su puerta.

Pero una mañana de invierno, en medio de un mercado cubierto de nieve, alguien pronunció una palabra que ella jamás esperaba volver a escuchar.

“¿Audrey?”

Su cuerpo quedó completamente inmóvil.

No era posible.

Entre los comerciantes, los caballos y la gente caminando con sus abrigos pesados, estaba la única persona de la que había intentado esconderse durante todos esos años.

Grant Wycliffe.

El rey alfa del reino del norte.

El hombre que una vez había prometido protegerla.

Y también el hombre que ella creyó que había permitido que todo se destruyera.

Audrey bajó la mirada y apretó con fuerza la cesta de hierbas que llevaba entre sus manos. Había preparado cada detalle para evitar ese momento.

Usaba aceites y plantas especiales para ocultar su aroma. Había elegido una pequeña aldea lejos de la capital. Nunca participaba en ceremonias del reino y evitaba cualquier registro oficial.

Pensó que así estaría a salvo.

Pero nunca imaginó encontrarse cara a cara con Grant.

Él había cambiado. Ya no era el joven que ella recordaba bajo los árboles iluminados por la luna. Ahora llevaba la responsabilidad de un reino sobre los hombros.

Sin embargo, sus ojos grises seguían siendo los mismos.

Y cuando sus miradas se encontraron, Audrey sintió que ocho años desaparecían en un instante.

—Te equivocas de persona, su majestad —dijo ella intentando controlar su voz.

Pero Grant sabía la verdad.

Su instinto lo había reconocido antes que su propia mente.

Cuando se acercó un poco más, algo extraño llamó su atención.

Frunció el ceño.

Había otro aroma en ella.

Otro lobo.

La expresión de Grant cambió lentamente.

Primero apareció la sorpresa.

Después la confusión.

Y finalmente una herida que Audrey no pudo ignorar.

—¿Quién es él? —preguntó.

Audrey sintió que el miedo regresaba de golpe.

No por ella.

Por alguien más.

Por alguien que estaba esperando su regreso en una pequeña cabaña lejos del pueblo.

—Por favor… no sigas preguntando —susurró.

Grant esperaba encontrar culpa en su rostro.

Pero encontró miedo.

Un miedo que no entendía.

Audrey dio un paso atrás.

—No me sigas.

Y antes de que pudiera detenerla, desapareció entre la nieve.

Grant permaneció quieto observando cómo la mujer que había amado se alejaba otra vez.

Durante años creyó una historia: que Audrey lo había abandonado porque había elegido a otro lobo.

Pero ahora había algo que no encajaba.

Si ella tenía otra pareja…

¿Por qué no llevaba la marca de unión?

¿Por qué nadie en el pueblo había visto jamás a otro hombre viviendo con ella?

Esa duda comenzó a crecer dentro de él.

En lugar de enviar soldados detrás de Audrey, decidió investigar.

Preguntó por ella en el pueblo.

Los habitantes solo tenían buenas palabras.

Decían que era amable, que ayudaba a los enfermos y que había llegado años atrás sin casi nada.

Nadie sabía de un esposo.

Nadie había visto a otro lobo adulto cerca de su casa.

Esa tarde, Grant siguió el camino hasta la pequeña cabaña donde Audrey vivía.

Desde lejos observó la chimenea encendida, las hierbas colgadas bajo el techo y una pequeña huella marcada sobre la nieve.

Entonces notó algo extraño.

No era una huella grande.

Era pequeña.

Demasiado pequeña para pertenecer a un adulto.

Grant miró hacia la ventana iluminada.

Por primera vez en ocho años, comprendió que quizá había estado haciendo la pregunta equivocada.

No debía preguntarse quién era el otro lobo.

Debía preguntarse…

¿A quién había estado protegiendo Audrey todo este tiempo?

A la mañana siguiente, Grant volvió cerca de la cabaña sin acercarse.

Desde la distancia vio algo que hizo que su corazón se detuviera.

Audrey salió con una cesta de comida.

Antes de cerrar la puerta, miró hacia el interior y habló suavemente con alguien.

Después dejó dos platos sobre la mesa.

Y dos tazas.

Grant sintió una presión en el pecho.

No era celos.

Era una mezcla de confusión y miedo.

Porque durante ocho años había pensado que Audrey había construido una nueva vida con alguien más.

Pero ahora solo veía pequeñas señales.

Un juguete de madera junto a la entrada.

Un pequeño guante tejido.

Unas huellas diminutas sobre la nieve.

Cuando Audrey lo descubrió observándola, su rostro perdió el color.

—Prometiste que tus guardias me dejarían tranquila.

—Y lo hicieron —respondió Grant—. Estoy aquí porque creo que me equivoqué.

Los ojos de Audrey se llenaron de dolor.

—¿Ahora lo crees?

Grant no pudo responder.

Porque en ese momento, desde el camino, llegaron sonidos de caballos.

Soldados del reino.

Pero él jamás había ordenado que fueran ahí.

Audrey los vio y quedó paralizada.

La cesta cayó de sus manos.

Las hierbas se esparcieron sobre la nieve.

—No… —susurró.

Y entonces hizo algo que Grant jamás esperaba.

No corrió hacia la cabaña.

Corrió hacia el bosque.

Grant la siguió.

Después de años creyendo que ella huía de él, por fin entendió algo:

Audrey no estaba escapando del pasado.

Estaba intentando llegar a alguien antes de que fuera demasiado tarde.

Al llegar entre los árboles, Audrey se detuvo y llevó sus manos a la boca.

—¡Milo!

Su voz atravesó el bosque.

Por unos segundos no ocurrió nada.

Hasta que una respuesta llegó desde la oscuridad.

Un joven lobo apareció entre la nieve.

Y cuando Grant vio sus ojos grises…

Comprendió que el secreto que Audrey había escondido durante ocho años era mucho más grande de lo que jamás imaginó.

PARTE 2

El pequeño lobo permaneció frente a Audrey como si intentara protegerla.

Grant no se movió.

Ahora entendía aquel aroma que había sentido en el mercado.

No pertenecía a otro hombre.

No era una traición.

Era un niño.

Un hijo.

El joven lobo tenía los mismos ojos plateados que él.

Los ojos de la familia Wycliffe.

Audrey se colocó delante de él.

—Grant… por favor.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre desde que se reencontraron.

Las voces de los soldados se acercaban.

Grant miró al bosque y después volvió a mirar al niño.

Sin decir nada, se quitó su capa y se la entregó.

Audrey dudó.

Pero finalmente la tomó y cubrió al pequeño.

Poco después, la transformación reveló la verdad que había permanecido oculta durante años.

Era un niño.

Un niño de cabello oscuro y mirada desconfiada.

—Mamá…

Esa sola palabra cambió todo.

Grant sintió que todas las piezas encajaban.

Las hierbas.

El aislamiento.

El miedo.

Las pequeñas huellas.

Audrey nunca había escondido a otro hombre.

Había escondido a su hijo.

—¿Él es el rey? —preguntó el niño.

Audrey cerró los ojos.

—Sí.

El silencio fue profundo.

Grant apenas podía respirar.

Sabía cuándo Audrey había desaparecido.

Sabía cuántos años tenía el niño.

Y finalmente hizo la pregunta que había esperado durante años.

—¿Es mío?

Los ojos de Audrey se llenaron de tristeza.

No tuvo que responder inmediatamente.

Grant ya sabía la verdad.

—Sí.

Durante siete años había perdido cumpleaños, primeras palabras y momentos que nunca volverían.

Pero antes de buscar explicaciones, Audrey miró hacia los árboles.

Tenía miedo.

No del pasado.

Del peligro que estaba llegando.

Encontraron refugio en una vieja cabaña.

Allí Audrey finalmente reveló la verdad.

Después de que Grant partió a la guerra, descubrió que estaba esperando un hijo.

Intentó comunicarse con él.

Pero nunca recibió respuesta.

Entonces apareció Dorian Kesler, un antiguo miembro cercano de la corte.

Le mostró un documento con el sello real.

Decía que Grant había ordenado que el niño desapareciera porque podía afectar la sucesión del reino.

Audrey creyó que no tenía otra opción.

Huyó para proteger a su hijo.

Grant tomó el documento entre sus manos.

Y algo no tenía sentido.

La firma parecía suya.

Pero no lo era.

Alguien había falsificado la orden.

Dorian había utilizado el sello del reino para destruir su relación y separar a una madre de la protección que merecía.

Durante los días siguientes, Grant investigó todos los registros.

Encontró cartas de Audrey que nunca llegaron a sus manos.

Encontró órdenes modificadas.

Encontró pruebas de que Dorian había manipulado todo porque Milo cambiaba el futuro del reino.

El niño no era un problema.

Era la verdad que Dorian quería ocultar.

Pero antes de que pudieran regresar, descubrieron algo aterrador.

En la nieve había un rastro de las mismas hierbas que Audrey utilizaba para esconder el aroma de Milo.

Alguien había tomado su mezcla y la había dejado como señal.

Alguien sabía dónde estaban.

Y entonces apareció Dorian.

—Ocho años escondiéndote… pensé que sería más difícil encontrarte.

Audrey protegió a Milo detrás de ella.

Grant se colocó a su lado.

Por primera vez en años, ella no estaba sola.

Dorian finalmente confesó.

No lo hizo por odio hacia Audrey.

Ni por una antigua regla del reino.

Lo hizo porque Milo era el heredero que destruía sus planes de controlar la sucesión.

La verdad salió a la luz.

Pero Grant entendió que no bastaba con castigar a Dorian.

También debía aceptar sus propios errores.

Cuando regresaron al reino, Grant contó públicamente lo ocurrido.

Reconoció que Audrey nunca lo había abandonado.

Reconoció que creyó una mentira porque era más fácil aceptar esa versión que seguir buscando respuestas.

Audrey recuperó su nombre.

Milo fue reconocido como su hijo.

Pero Grant no exigió que lo llamaran padre.

No pidió recuperar siete años en un solo día.

Solo pidió una oportunidad para estar presente.

Y eso fue lo que hizo.

Poco a poco.

Sin órdenes.

Sin imponer su posición.

Solo apareciendo cada vez que Milo lo necesitaba.

Meses después, en una noche tranquila bajo la luz de la luna, Audrey y Grant volvieron a encontrarse entre los árboles.

Ya no eran la joven pareja separada por una mentira.

Eran dos personas que habían sobrevivido a una historia que casi les roba toda una vida.

Grant extendió su mano.

No como rey.

Como hombre.

Audrey la tomó.

Y por primera vez en muchos años, no sintió miedo.

Porque algunas cosas pueden romperse con el tiempo.

Pero cuando la verdad finalmente aparece…

también puede abrir el camino para comenzar de nuevo.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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