Ella Calmó al Hijo del Rey Alfa… y Recibió el Golpe que Iba Destinado a Él

PARTE 1

Elsie había pasado tres noches cosiendo aquel vestido a la luz de las velas.

La tela era sencilla, de un dorado parecido al trigo maduro, y las pequeñas flores blancas que adornaban el cuello las había recogido ella misma junto al río. No era seda, no llevaba piedras preciosas y jamás habría llamado la atención entre las hijas de las grandes familias.

Pero para Elsie era el vestido más hermoso del mundo.

Porque Owen le había prometido que aquella noche pronunciaría su nombre delante de toda la manada.

Elsie era una omega sin familia, sin apellido y sin protección. Trabajaba en las cocinas del castillo Velo de Hierro y estaba acostumbrada a que nobles y guerreros pasaran a su lado sin verla.

Owen Hart había sido diferente.

O eso había creído.

Durante meses le había llevado pan caliente en las mañanas frías, había hablado con ella junto al río y, finalmente, le había prometido reclamarla públicamente durante la Reunión de la Cosecha.

—Ya no estarás sola —le había dicho.

Elsie le creyó.

Por eso, cuando Owen dio un paso al centro del gran salón aquella noche, el corazón casi se le salió del pecho.

Mara, su amiga, apretó suavemente su brazo.

—Aquí viene.

Owen levantó la voz.

—Vengo ante esta reunión para declarar mi intención…

Elsie contuvo la respiración.

Entonces él pronunció otro nombre.

No el suyo.

Una joven vestida de azul avanzó entre los asistentes y se colocó junto a Owen.

Era la hija de un poderoso socio comercial de su padre.

El salón respondió con murmullos de aprobación.

Elsie permaneció inmóvil.

Tres noches cosiendo.

Tres semanas creyendo una promesa.

Meses imaginando que, por primera vez, alguien iba a elegirla.

Todo desapareció en una sola frase.

No lloró.

Había aprendido hacía mucho que algunas humillaciones dolían menos si nadie veía cuánto.

Enderezó la espalda y abandonó el salón.

Solo quería llegar a las cocinas, quitarse aquel absurdo vestido y guardar las flores donde nunca volviera a verlas.

Pero cuando dobló por un pasillo lateral, una puerta se abrió violentamente.

Dos hombres entraron arrastrando a un niño.

Elsie se detuvo.

El muchacho tendría unos once años. Vestía negro y carmesí, los colores de la casa gobernante. Tenía sangre sobre una ceja y uno de los hombres mantenía una cuchilla contra su costado.

—Silencio —gruñó el secuestrador.

Elsie debería haber corrido.

Debería haber pedido ayuda.

Era una sirvienta omega enfrentándose a dos hombres armados.

En vez de hacerlo, se colocó directamente delante de ellos.

—Déjenlo ir.

El hombre de la cuchilla casi se rio.

—Apártate.

—No.

El niño la miró fijamente.

Elsie escuchó pasos lejanos, pero todavía estaban demasiado lejos.

—No tengas miedo —le dijo al muchacho.

No sabía si se lo decía a él o a sí misma.

El secuestrador atacó.

La hoja fue hacia su garganta.

Elsie logró apartarse y sintió un dolor abrasador cuando el filo le abrió el brazo.

La sangre comenzó a empapar su vestido dorado.

Pero no retrocedió.

Arrancó el pesado soporte de una antorcha de la pared y lo balanceó con ambas manos.

Golpeó al hombre en el antebrazo.

La cuchilla cayó.

El niño aprovechó la oportunidad para luchar contra quien lo sujetaba.

Entonces la puerta del extremo opuesto del corredor explotó hacia adentro.

Cuatro guardias reales entraron con las espadas desenvainadas.

Y detrás de ellos apareció un hombre que hizo que hasta los secuestradores dejaran de moverse.

Alto.

Vestido de negro.

Cabello oscuro cayendo sobre sus hombros.

Ojos azul pálido, fríos como el invierno.

Elsie reconoció inmediatamente al hombre al que todo el territorio llamaba el Lobo de Hierro.

El rey Alfa Sebastian Velo.

Los guardias redujeron a los secuestradores.

El niño escapó de ellos y corrió hacia Sebastian.

—Estoy bien —dijo, intentando aparentar una valentía que sus manos temblorosas traicionaban.

Sebastian lo observó.

Por primera vez, algo quebró la máscara de hielo del rey.

—Kale.

Una sola palabra.

Pero Elsie comprendió entonces quién era el muchacho al que acababa de proteger con su propio cuerpo.

Era el príncipe heredero.

Y Sebastian Velo era su padre.

Entonces el rey levantó lentamente los ojos hacia Elsie.

Vio la sangre.

Vio el vestido arruinado.

Vio el soporte de antorcha todavía entre sus manos.

Y preguntó:

—¿Cómo te llamas?

PARTE 2

—Elsie —respondió ella.

Sebastian siguió mirándola.

—¿Elsie qué?

—Solo Elsie. No tengo nombre de casa. Trabajo en las cocinas.

El príncipe Kale intervino inmediatamente.

—Ella se puso delante de mí.

Sebastian volvió los ojos hacia su hijo.

—Tenían una cuchilla contra mí —continuó Kale—. Ella sabía que podían herirla y aun así no se apartó.

Elsie habría preferido que el niño dejara de explicar los detalles.

La mirada del rey ya era suficientemente incómoda.

Sebastian ordenó que se llevaran a los secuestradores a las celdas y después examinó la muñeca lastimada de Kale.

Solo cuando estuvo seguro de que su hijo estaba a salvo volvió a mirar el brazo ensangrentado de Elsie.

—Ven conmigo.

—Puedo ir sola al sanador, mi señor.

—No estaba preguntando.

No lo dijo con crueldad.

Simplemente parecía ser un hombre al que la gente rara vez obligaba a repetir una orden.

La condujo hasta una pequeña cámara, sacó vendas y ungüento de un gabinete y, para sorpresa de Elsie, comenzó a atender personalmente la herida.

Sus manos estaban cubiertas de viejas cicatrices.

Manos de guerrero.

Pero trabajaban con una precisión sorprendente.

—No corriste —dijo Sebastian.

—No.

—La mayoría lo habría hecho.

—La mayoría no estaba allí.

Él levantó los ojos.

—¿Por qué lo hiciste?

Elsie pensó en el niño intentando parecer valiente mientras un cuchillo le presionaba las costillas.

—Porque estaba asustado y trataba desesperadamente de ocultarlo. No pude pasar de largo.

Sebastian guardó silencio.

Aquella misma noche ordenó que Elsie permaneciera en el ala este del castillo.

Alguien había sabido exactamente dónde encontrar al príncipe. Hasta descubrir quién había proporcionado aquella información, cualquier testigo estaba en peligro.

A la mañana siguiente, Kale apareció en su puerta llevando un recipiente con ungüento.

—El sanador dijo que debes cambiar el vendaje.

Elsie arqueó una ceja.

—¿El sanador te envió o decidiste venir?

El niño la miró con la misma expresión seria de su padre.

—¿Importa?

Elsie tuvo que contener una sonrisa.

Durante la conversación, Kale terminó diciéndole algo que nadie le había dicho en todos sus años trabajando en el castillo:

—Tú no eres solo una sirvienta de cocina.

Horas después Sebastian la convocó.

Su jefe de inteligencia había descubierto que los secuestradores habían sido contratados por un señor del sur que pretendía utilizar al príncipe para debilitar a la Casa Velo.

Pero existía otro problema.

Los hombres habían recorrido el castillo como si conocieran perfectamente sus pasillos.

—Alguien de dentro los ayudó —dijo Sebastian.

Elsie recordó un detalle.

—El hombre que llevaba la cuchilla nunca dudó. No miró ninguna puerta. Sabía exactamente por dónde tenía que ir.

El jefe de inteligencia se puso serio.

Eso confirmaba la existencia de un traidor dentro de los muros.

Después de responder todas las preguntas, Elsie creyó que finalmente regresaría a las cocinas.

Sebastian tenía otros planes.

—Quiero ofrecerte un puesto en mi casa.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Haciendo qué?

—Serás asistente personal de Kale. Supervisarás parte de sus actividades y tendrás autoridad para intervenir cuando consideres que su seguridad está en riesgo.

—Apenas me conoce.

—Vino a llevarte ungüento esta mañana. Te conoce lo suficiente.

Elsie casi discutió.

Sebastian continuó:

—Tendrás aposentos permanentes en el ala este y estarás bajo la protección formal de la Casa Velo.

Aquellas palabras la golpearon de una manera inesperada.

Protección.

La noche anterior había entrado en el salón esperando que Owen le diera exactamente eso.

Un nombre.

Una pertenencia.

Seguridad.

Owen había elegido a otra mujer.

Ahora el rey Alfa le ofrecía protección sin exigirle matrimonio, gratitud ni obediencia ciega.

Elsie aceptó.

Los meses siguientes cambiaron lentamente su vida.

Kale era inteligente, testarudo y tenía opiniones sobre absolutamente todo.

Elsie descubrió rápidamente que la mejor manera de tratarlo no era darle órdenes, sino decirle la verdad.

Y el príncipe la respetó por ello.

La investigación también terminó dando resultados.

El traidor era un mayordomo principal que llevaba años trabajando dentro del castillo mientras recibía dinero del señor del sur.

Sebastian se ocupó del asunto sin espectáculo.

Era así con casi todo.

No hablaba mucho.

No levantaba la voz.

Simplemente decidía y actuaba.

Pero Elsie comenzó a notar otra cosa.

Sebastian aparecía con frecuencia donde ella estaba.

En el patio cuando Kale entrenaba.

En la biblioteca mientras ella ayudaba al niño con sus estudios.

En los pasillos cuando regresaba de visitar a Mara.

Nunca inventaba excusas elaboradas.

Simplemente estaba allí.

Y Elsie empezó a esperar esas apariciones más de lo que quería admitir.

Una noche de invierno encontró a Sebastian solo en la biblioteca.

—No te vayas —dijo él cuando ella intentó retirarse.

Elsie permaneció cerca de la puerta.

Sebastian dejó el mapa que estaba leyendo.

—Kale me preguntó hoy si pienso encontrarle una nueva madre de manada.

Elsie se quedó inmóvil.

—¿Y qué respondió usted?

—Que todavía no lo había decidido.

Hizo una pausa.

—Él dijo que no quiere una, salvo que sea alguien que no lo trate como si fuera de cristal.

Elsie comprendió inmediatamente.

—Kale me mencionó.

—Sí.

El silencio entre ambos cambió.

—Sebastian —dijo Elsie lentamente—, sé perfectamente quién soy. Soy una omega sin apellido que llegó aquí con un cofre de madera para trabajar en una cocina. Tú eres rey. No necesito que nadie me explique la distancia entre nosotros.

—Lo sé.

—Entonces entiendes por qué tengo cuidado.

—Lo entiendo. No estoy seguro de que sea necesario.

Sebastian cruzó lentamente la biblioteca.

Se detuvo frente a ella.

—La noche en que salvaste a Kale hice una promesa.

—Ya me diste un puesto. Protección. Aposentos.

—Ese fue el principio.

Elsie sostuvo su mirada.

—Entonces dime claramente qué quieres.

Sebastian no vaciló.

—Quiero que te quedes.

—Ya estoy aquí.

—No como asistente de mi hijo.

Se acercó un poco más.

—Quiero que te quedes conmigo.

El corazón de Elsie comenzó a golpearle el pecho.

—Quiero reclamarte ante la manada —continuó él—. Delante de testigos. Con tu nombre junto al mío.

Elsie pensó en Owen.

En aquel vestido color trigo.

En las flores que había cosido con tanto cuidado para un hombre que jamás había visto quién era realmente.

Después pensó en Kale apareciendo en su puerta con un recipiente de ungüento.

Pensó en Sebastian recordando su nombre.

No su rango.

No su condición de omega.

Su nombre.

—De acuerdo —dijo.

Sebastian permaneció inmóvil.

—¿De acuerdo?

Por primera vez, Elsie escuchó algo parecido a incertidumbre en la voz del Lobo de Hierro.

Sonrió.

—Sí. Me quedaré.

La ceremonia se celebró después del solsticio de invierno.

El mismo gran salón estaba lleno.

Los mismos nobles.

Los mismos mercaderes.

Las mismas columnas junto a las que Elsie había esperado meses atrás que Owen pronunciara su nombre.

Pero esta vez ella no estaba escondida junto a la pared.

Estaba frente a todos.

Sebastian Velo tomó su mano.

Y el hombre más poderoso del territorio pronunció:

—Elsie.

Solo Elsie.

Porque ella seguía sin apellido.

Entonces añadió el suyo.

La reconoció formalmente como su compañera elegida y la colocó bajo el nombre de la Casa Velo.

Mara lloraba abiertamente cerca de la pared.

Kale permanecía junto a su padre intentando aparentar absoluta dignidad, aunque cuando Elsie lo miró, el muchacho le dedicó aquel pequeño asentimiento solemne que utilizaba cuando algo le importaba demasiado para expresarlo con palabras.

Y entre los mercaderes estaba Owen.

Con la mujer que había elegido aquella primera noche.

Sus miradas se encontraron.

Elsie esperó sentir rabia.

No sintió nada.

Entonces comprendió algo que finalmente cerró aquella herida.

Owen nunca había sido cruel porque eligiera a otra persona.

Su verdadero error había sido prometerle algo cuando nunca había entendido quién era ella.

Nunca la había visto realmente.

Sebastian sí.

No vio una sirvienta.

No vio una omega sin nombre.

Aquella primera noche la vio cubierta de sangre, sosteniendo un soporte de antorcha frente a dos hombres armados porque un niño necesitaba ayuda.

Y decidió recordarla.

Elsie apartó los ojos de Owen.

Ya no necesitaba que comprendiera lo que había perdido.

Ella sí sabía lo que valía.

Años después, las personas de Velo de Hierro seguían contando la historia de la sirvienta omega y el Lobo de Hierro.

Algunos aseguraban que Elsie había luchado contra los secuestradores sin miedo.

Eso no era cierto.

Había tenido muchísimo miedo.

Simplemente había descubierto que el valor no significaba no tener miedo.

Significaba decidir que algo importaba más.

Kale creció y se convirtió en un rey paciente, directo y difícil de intimidar.

Mara terminó dirigiendo buena parte del personal de la casa.

Y Sebastian cumplió exactamente la promesa que jamás había pronunciado aquella primera noche.

No con joyas.

No con grandes discursos.

No con demostraciones para que otros admiraran su devoción.

La cumplió estando allí.

Cada mañana.

Cada invierno.

Cada vez que tomaba la mano de Elsie bajo la mesa cuando nadie miraba.

El tipo de amor que no necesita anunciarse porque permanece.

Y algunas noches, cuando Elsie veía caer la nieve desde la ventana del ala este, todavía recordaba aquel vestido color trigo que había cosido para ser elegida por un hombre.

Al final, comprendió que aquella noche nunca había sido realmente sobre ser elegida.

Había sido la noche en que, por primera vez, ella eligió no pasar de largo.

Y esa decisión cambió toda su vida.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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