Ella besó a un desconocido para salvarlo, sin saber que era el jefe de la mafia.

PARTE 1

Sadi besó a un desconocido que se desangraba en un callejón para evitar que dos hombres le dispararan.

Creía que estaba salvando a un delincuente de poca monta.

No sabía que acababa de besar a Gabriel Rossi, el jefe criminal más poderoso de la ciudad.

La lluvia caía sobre las calles cuando Sadi terminó su turno en el bar Rusty Anchor. Estaba agotada después de pasar horas atendiendo a clientes borrachos y solo quería regresar a su pequeño apartamento.

Al salir por la puerta trasera, escuchó un golpe junto a los contenedores.

Dos hombres con abrigos oscuros tenían acorralado a un tercero contra la pared. El desconocido se sujetaba el costado y una mancha oscura se extendía por su camisa. Uno de los atacantes levantó una pistola con silenciador.

—¿Algún último mensaje, Gabriel?

Sadi sabía que debía esconderse y llamar a la policía. Sin embargo, el hombre herido levantó la cabeza. No parecía asustado, sino furioso ante la idea de morir de rodillas.

Antes de pensarlo, Sadi salió de las sombras.

—¡Amor! —gritó, fingiendo estar ebria—. Te he buscado por todas partes.

Los atacantes se volvieron sorprendidos.

Sadi caminó directamente hacia el herido, le rodeó el cuello con los brazos y presionó sus labios contra los de él.

Gabriel permaneció inmóvil durante un instante. Después comprendió el engaño, colocó una mano en la nuca de Sadi y le devolvió el beso mientras se apoyaba sobre ella para no caer.

Sadi se separó y miró a los hombres.

—¿Les molesta? Los guardias del bar están adentro. Si no se marchan, comenzaré a gritar.

Una sirena sonó a lo lejos. Los atacantes guardaron el arma y desaparecieron bajo la lluvia.

Cuando estuvieron solos, Gabriel se desplomó.

Sadi consiguió llevarlo hasta su apartamento. Antes de abandonar la universidad por las deudas médicas de su madre, había estudiado enfermería, así que limpió la herida de bala que rozaba sus costillas y suturó el corte de su hombro.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Gabriel.

—Porque me enfureció verlos apuntando a un hombre indefenso.

—No estaba indefenso.

—Claro. Por eso estás desangrándote sobre mi único sofá.

A la mañana siguiente, Gabriel había desaparecido. Sobre la mesa dejó diez mil dólares, sin ninguna nota.

Sadi guardó el dinero y no gastó un solo centavo. Algo le decía que un pago tan generoso siempre escondía un precio.

El precio llegó semanas después.

Din, su hermano mayor, apareció en el bar con el rostro golpeado. Había pedido dinero para apostar y ahora debía cincuenta mil dólares a Jimmy Carelli, un prestamista relacionado con el sindicato criminal.

Si no pagaba, no sobreviviría a la noche.

Sadi tomó los diez mil dólares y se dirigió al Obsidian, un exclusivo club privado. Explicó que quería entregar un anticipo y negociar el resto de la deuda.

Un hombre llamado Marcus la condujo hasta un elevador privado. Sadi esperaba encontrarse con Jimmy Carelli, pero el ascensor se abrió directamente en una enorme oficina situada sobre el club.

Al fondo había un hombre sentado de espaldas, contemplando la ciudad.

—Jefe —anunció Marcus—, la hermana de Din Hayes trajo un pago inicial.

La silla giró lentamente.

Sadi dejó de respirar.

El desconocido herido del callejón estaba sentado detrás del escritorio. Ya no tenía sangre en la camisa ni dolor en los ojos. Vestía un traje impecable y todos los hombres del edificio obedecían sus órdenes.

Gabriel Rossi la observó con aquellos ojos grises que ella nunca había conseguido olvidar.

Una sonrisa peligrosa apareció en su rostro.

—Déjanos solos, Marcus.

Las puertas del elevador se cerraron.

Gabriel apoyó las manos sobre el escritorio y pronunció su nombre como si hubiera estado esperándola desde aquella noche.

—Sadi… Te advertí que no te olvidaría.

PARTE 2

Gabriel dejó su vaso sobre el escritorio y se acercó a ella.

Sadi apretó la bolsa con el dinero.

—Traje diez mil dólares. Dame tiempo para conseguir el resto.

Gabriel abrió la bolsa, tomó uno de los billetes y reconoció una pequeña mancha de sangre seca.

—Me devolviste mi propio dinero.

—Es todo lo que tengo. Mi hermano es un idiota, pero no voy a dejarlo morir.

Gabriel la estudió en silencio. Entonces tomó una tarjeta y escribió una dirección.

—La deuda de Din queda cancelada.

El alivio debilitó las piernas de Sadi.

—Gracias.

—Todavía no he terminado. Alguien de mi organización reveló mi ruta la noche del callejón. Solo tres hombres conocían mis movimientos. Necesito a una persona ajena a este mundo, alguien a quien mis capitanes consideren invisible.

Deslizó la tarjeta hacia ella.

—Mañana comenzarás a trabajar como gerente en el Silver Spoon, uno de mis restaurantes. Observarás quién se reúne con mis hombres y me informarás directamente.

—No soy espía.

—Tampoco eras cirujana, pero conseguiste cerrar mis heridas.

Sadi comprendió que la oferta no era completamente voluntaria. Si se negaba, su hermano volvería a quedar expuesto.

Tomó la tarjeta.

—¿A qué hora comienzo?

El Silver Spoon era un restaurante de lujo frecuentado por políticos, jueces, empresarios y miembros del sindicato. Sadi aparecía ante ellos como una simple gerente, pero registraba cada conversación sospechosa y cada reunión clandestina.

Pronto aprendió a reconocer a los principales capitanes de Gabriel: Víctor controlaba los muelles, Frank administraba los negocios inmobiliarios y Leo supervisaba las rutas de distribución.

Todos la ignoraban.

Aquello la convertía en una observadora perfecta.

Una noche, después del cierre, un hombre salió herido de uno de los salones privados. Sadi actuó por instinto. Lo llevó a la cocina, detuvo la hemorragia y vendó su brazo.

Víctor, responsable de haberlo herido durante una discusión, la observó trabajar.

—Tienes valor —admitió finalmente.

Cuando los hombres se marcharon, Sadi se apoyó sobre el fregadero, temblando ahora que la adrenalina había desaparecido.

—Estás convirtiendo esto en una costumbre.

Gabriel se encontraba en la puerta.

Se acercó y limpió una mancha de sangre de su mejilla.

—Dices que detestas este mundo, pero cada vez que alguien sangra, corres hacia él.

—Estudié enfermería. Es memoria muscular.

—Es algo más.

Gabriel la llevó a su residencia para escuchar su informe. En la biblioteca, Sadi le contó que había visto a Leo reunirse con un desconocido. El hombre llevaba un pequeño tatuaje de ancla en la mano izquierda.

La expresión de Gabriel cambió.

El ancla pertenecía a los O’Connor, una organización rival con la que había mantenido una frágil paz durante años.

—Leo conocía mi ruta aquella noche —dijo Gabriel—. Él organizó el ataque.

Sadi sintió náuseas.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo necesario para impedir que vuelva a intentarlo.

Por primera vez, la máscara de Gabriel pareció romperse. Bajo la autoridad y la frialdad había un hombre cansado de dormir rodeado de personas en quienes no podía confiar.

—No debiste salvarme —murmuró.

—No pensé. Solo vi a un hombre que iba a morir.

Gabriel se acercó.

—La deuda está pagada, Sadi. Puedes llevarte a Din y abandonar la ciudad. No volveré a buscarte.

Era la libertad que ella había deseado. Sin embargo, cuando Gabriel rozó sus labios, Sadi recordó la lluvia, el sabor metálico del primer beso y la forma en que él había confiado en sus manos.

Esta vez fue ella quien lo besó.

—Nunca he sabido mirar hacia otro lado —susurró.

A la mañana siguiente, Gabriel recibió noticias preocupantes. Leo había desaparecido antes de que pudieran interrogarlo. Los O’Connor lo habían silenciado para evitar que revelara el resto de la conspiración.

También sabían quién era Sadi.

Gabriel ordenó cerrar su residencia y envió hombres para recoger a Din, pero encontraron su apartamento destrozado y vacío.

—Se llevaron a mi hermano —dijo Sadi.

—Estoy movilizando a todos mis hombres. Tú permanecerás aquí.

Pero Sadi sabía que Din tenía un escondite en un viejo patio ferroviario. Incapaz de esperar, engañó a un conductor de Gabriel y escapó de la propiedad.

Encontró el contenedor donde su hermano solía ocultarse. La puerta estaba entreabierta.

Dentro, Din permanecía atado a una silla.

—¡Sadi, vete! —alcanzó a gritar.

Un hombre salió de las sombras. Tenía un ancla tatuada en la mano y sostenía una pistola.

—Sabía que vendrías. Ahora Rossi tendrá que negociar.

Sadi se colocó delante de su hermano.

—Gabriel no negocia.

El hombre levantó el arma.

Antes de que pudiera disparar, un estruendo sacudió el contenedor. El atacante cayó y la pistola salió despedida.

Gabriel apareció en la entrada acompañado por varios hombres. Había rastreado el automóvil en el que Sadi escapó.

Cruzó el contenedor y la abrazó con una desesperación que ella nunca había visto en él.

—Te ordené que te quedaras a salvo.

—No podía abandonar a mi hermano.

Gabriel liberó a Din y ordenó llevarlo a una clínica. Después miró a Sadi.

—Arriesgaste tu vida y toda mi operación por un hombre que ha desperdiciado cada oportunidad que le diste.

—Es mi familia. Yo no abandono a los míos.

La furia desapareció lentamente del rostro de Gabriel.

—Algún día vas a acabar conmigo.

—Probablemente. Pero también soy la única que sabe cómo volverte a coser.

Gabriel soltó una risa cansada y la besó bajo la lluvia.

La información encontrada gracias a Sadi permitió identificar a los demás traidores. La conspiración de los O’Connor se derrumbó y los responsables fueron detenidos o expulsados de la ciudad.

Din sobrevivió. Por insistencia de Sadi ingresó en un programa de rehabilitación y comenzó a trabajar lejos de los casinos. Ella dejó claro que aquella sería la última vez que lo rescataría de sus propios errores.

Sadi tampoco regresó al viejo bar.

Convirtió el Silver Spoon en un negocio legítimo y comenzó a supervisar las empresas legales de Gabriel. Ya no era una camarera invisible ni una pieza utilizada para pagar la deuda de otra persona. Tenía voz propia y tomaba sus decisiones.

Gabriel aprendió que protegerla no significaba encerrarla. Sadi, por su parte, nunca fingió ignorar las sombras de su pasado. Lo obligó a abandonar los negocios más violentos y a construir algo que no dependiera del miedo.

Un año después, ambos se encontraban en el mismo restaurante donde Sadi había comenzado como espía.

—Tenemos una reunión importante —dijo Gabriel, ofreciéndole la mano—. ¿Vienes?

Sadi tomó un libro de cuentas y se levantó.

—Intenta detenerme.

Había besado a un desconocido en un callejón para salvarle la vida, sin saber que aquel gesto también transformaría la suya.

Pero ya no pertenecía a Gabriel, a su hermano ni a ninguna deuda.

Ahora caminaba a su lado porque lo había elegido.

Y esta vez, ella tenía las llaves de la jaula.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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