Ella aceptó como pareja a un misterioso marginado que nadie quería… sin imaginar que en realidad era el poderoso Rey Alfa disfrazado. ¡Cuando descubrió su verdadera identidad, todo cambió para siempre!
Ella aceptó como pareja a un misterioso marginado que nadie quería… sin imaginar que en realidad era el poderoso Rey Alfa disfrazado. ¡Cuando descubrió su verdadera identidad, todo cambió para siempre!

Mi alfa me rechazó frente a toda la manada.
Nadie quiso elegirme después.
Entonces le ofrecí mi mano a un desconocido al que todos llamaban un lobo sin hogar.
Me llamo Emilia Vargas. En la manada de Luna Alta, en la sierra de Chihuahua, crecí escuchando que algún día la Luna me ayudaría a encontrar a mi pareja. Pero yo no tenía un aroma reconocible, ni una loba que pudiera mostrarse con fuerza. La gente decía que la Luna se había olvidado de mí.
La noche de la ceremonia, seis omegas ya habían sido elegidas. Yo seguía sola en el centro del salón, bajo las lámparas plateadas, con un vestido sencillo y las manos tan frías que apenas sentía los dedos.
Diego Montoya, el alfa que durante años me había dicho que tal vez estábamos destinados, dio un paso al frente.
—Rechazo a Emilia como mi pareja —declaró, lo bastante fuerte para que todos lo oyeran—. Necesito a alguien que fortalezca mi linaje, no a una omega sin aroma.
Algunas personas se rieron. Otras bajaron la vista, como si no quisieran ser vistas disfrutando de mi vergüenza.
El anciano Marlo preguntó si algún hombre de la manada aceptaría unirse a mí bajo la ley de la Luna. Nadie respondió. Por un momento me pareció escuchar hasta el chisporroteo de las velas.
Entonces se abrieron las puertas.
Dos guardias acompañaban a un hombre con una capa gastada y un bastón negro. Llevaba cuerdas plateadas alrededor de las muñecas, una señal pública de que no tenía posición ni derechos dentro de la manada. Avanzaba con una leve cojera y el rostro parcialmente oculto.
—Un lobo fronterizo —susurraron—. Un don nadie.
Cuando levantó la cara, sus ojos grises encontraron los míos.
—¿Tienes derecho a hablar en esta ceremonia? —preguntó Marlo.
—No —contestó él—. Pero ella sí. Déjenla decidir.
Diego soltó una carcajada.
—¿Crees que te va a elegir?
El desconocido no lo miró.
—La aceptaré si ella me elige. No por lástima ni por obligación.
Por primera vez en toda la noche, alguien me ofrecía una decisión sin decirme qué debía hacer. Di un paso hacia él.
—Te elijo.
Las risas se apagaron. Diego me llamó patética, pero ya no me detuve. El desconocido se agachó con esfuerzo, recogió una flor blanca que alguien había dejado caer y me la ofreció.
—¿Puedo?
Asentí. La acomodó en la cinta de mi muñeca sin tocarme más de lo necesario.
El contrato de pareja se firmó esa misma noche. Antes de que yo tomara la pluma, él se inclinó y me dijo que no tenía que hacerlo solo porque todos me hubieran acorralado.
—¿Y adónde iría? —le pregunté.
—A donde tú decidas. Incluso lejos de mí.
Firmé: Emilia Vargas. Él escribió un nombre sencillo: Elías Ríos.
Salimos del salón entre murmullos. El camino hacia su casa atravesaba un bosque oscuro y silencioso. Noté que las cuerdas plateadas habían desaparecido y que casi ya no cojeaba. No le pregunté. Necesitaba tiempo para decidir si podía confiar en él.
Su casa era pequeña, pero estaba caliente. Había leña en la chimenea, agua para el té y dos cobijas limpias. Elías revisó las puertas y las ventanas antes de sentarse. Cuando le pregunté por qué fingía ser débil, se quedó callado.
A la mañana siguiente descubrí que no era indiferente al sufrimiento ajeno. En una aldea cercana, varias familias necesitaban medicinas. Elías las llevaba en paquetes con nombres escritos a mano. Rechazó el dinero de una mujer mayor.
Un niño me señaló al llegar.
—¿Ella es tuya?
Elías miró al pequeño y luego a mí.
—Ella se pertenece a sí misma. Solo vino conmigo.
Aquella respuesta se quedó conmigo durante el camino de regreso.
Pero esa tarde apareció un mensajero con el sello de la corte. Según el consejo, el rey alfa había muerto y Elías Ríos era un impostor. Me ordenaban volver a Luna Alta al día siguiente para declarar contra él.
Y al frente de los jinetes que venían a llevarme estaba Diego, sonriendo como si por fin tuviera la oportunidad de humillarme otra vez.
PARTE 2
—La corte necesita tu testimonio —dijo Diego desde su caballo—. Si cooperas, quizá puedan devolverte la protección de la manada.
Miré la orden que sostenía. No era una invitación; era otra forma de decir que podían decidir por mí. Elías dio un paso para ponerse entre Diego y yo, pero no me tocó ni intentó detenerme.
—Voy a regresar —dije.
—Emilia…
—No porque me lo ordenen. Quiero escuchar la acusación y responder con la verdad.
Elías asintió, aunque la preocupación endureció su rostro.
—Entonces no firmes nada sin leerlo. Y no dejes que nadie hable por ti.
Luna Alta parecía otro lugar cuando volvimos. Habían retirado las flores de la ceremonia y cubierto el círculo de apareamiento con una alfombra negra. En el estrado esperaba el consejero Mason Crow, un hombre de cabello plateado y voz tranquila. Diego estaba a su lado.
Mason afirmó que Elías usaba un nombre falso para sembrar desconfianza entre las manadas. Quería que yo declarara que me había manipulado para obtener reconocimiento y acercarse al trono.
—No confesó nada —respondí.
Diego dio un paso hacia mí.
—Te engañó. Te eligió porque nadie más te quería.
Recordé a Elías recogiendo la flor caída. Recordé los paquetes de medicina y la manera en que había dicho que yo me pertenecía a mí misma.
—Tú me rechazaste porque creías que mi valor dependía de mi aroma y mi linaje. Él me ofreció una elección cuando todos los demás me ofrecieron vergüenza.
Mason puso un documento frente a mí.
—Firma que el contrato fue obtenido bajo engaño. La manada te dará protección.
Leí cada línea. El texto no solo anulaba mi unión; también me obligaba a entregar cualquier información que Elías me hubiera confiado.
—¿Y si no firmo?
—Entonces eliges quedarte del lado de un impostor.
—No. Elijo no mentir.
Diego soltó una risa breve.
—¿Vas a arriesgarlo todo por un lobo cojo que ni siquiera tiene nombre?
—Ya lo arriesgué cuando nadie sabía quién era.
En ese instante, las puertas del salón se abrieron. Elías entró con la capa puesta y el bastón en una mano. Seguía sin caminar apoyándose en ella.
El aire pareció cambiar. Varios alfas se quedaron inmóviles. Uno tras otro, inclinaron la cabeza sin que nadie se los ordenara.
Mason perdió el color.
Elías se quitó la capa. Debajo llevaba un uniforme oscuro con el emblema de la corona del norte: un lobo plateado bajo siete estrellas.
—Elías Ríos es el nombre con el que me presenté aquí —dijo—. Mi nombre es Alejandro Hail, rey alfa del Norte.
Nadie se atrevió a hablar.
Mason había declarado muerto al rey para ocupar el trono. Los guardias que entraron detrás de Alejandro llevaban documentos sellados que demostraban la mentira y acreditaban que varias familias habían sido presionadas para apoyar el golpe. Diego había puesto el salón y su nombre al servicio de Mason a cambio de ganar influencia en la corte.
Alejandro no pidió que lo coronaran allí. Exigió una investigación pública y que las manadas escucharan las pruebas antes de decidir a quién obedecer.
Luego se volvió hacia mí.
—¿Estás a salvo?
Asentí.
Solo entonces miró al consejo. No me presentó como su propiedad ni como una recompensa.
—Ella se quedó a mi lado cuando no tenía título que ofrecerle. Eso no significa que me pertenezca. Significa que tuvo el valor de elegir por sí misma.
Una luz plateada comenzó a brillar debajo de mi piel. La flor blanca de mi muñeca, marchita durante el camino, se iluminó suavemente. Sentí a mi loba levantar la cabeza dentro de mí, por primera vez sin miedo.
Mi aroma apareció en el aire, fresco y dulce, como rosas silvestres después de la nieve.
Marlo se llevó una mano al pecho.
—Nunca estuvo vacía —dijo—. Su esencia estaba escondida.
Yo no necesitaba un aroma nuevo para saber quién era. Pero por primera vez, la manada dejó de fingir que no podía verme.
Diego bajó la mirada.
—Emilia, lo siento.
Lo escuché. No lo perdoné en ese momento. Tampoco permití que una disculpa tardía decidiera lo que yo valía.
Mason fue apartado de su cargo y juzgado por la corte. Diego tuvo que responder por su participación en el golpe y por el daño que había causado. Alejandro ordenó que ninguna pareja pudiera quedar unida por presión de una ceremonia, y que ninguna persona fuera expulsada por carecer de un aroma que los demás pudieran reconocer.
Cuando el salón empezó a vaciarse, Alejandro se acercó, pero se detuvo a unos pasos.
—Puedes volver a la aldea si eso es lo que quieres.
—¿No vas a pedirme que me quede?
—No voy a convertir una elección en una orden.
Miré el círculo donde me habían rechazado. Ya no me parecía un lugar capaz de decidir mi futuro.
—Me quedaré —dije—, pero a tu lado. Nunca debajo de ti.
Alejandro inclinó la cabeza, no como rey ante su pueblo, sino como hombre que entendía el peso de mis palabras.
No nos convertimos en una pareja perfecta de un día para otro. Aprendimos a hablarnos sin esconder las verdades difíciles. Yo participé en las reuniones de la manada y ayudé a revisar las leyes que permitían que los más poderosos eligieran quién merecía pertenecer. Alejandro aprendió a escuchar antes de dar una orden.
Con el tiempo, acepté acompañarlo como reina. No porque la Luna me hubiera señalado ni porque la corte necesitara una historia bonita, sino porque podía estar con él sin renunciar a mi voz.
La noche en que Diego me rechazó, creí que todos habían decidido mi valor por mí. Me equivoqué. El primer paso hacia mi nueva vida no fue cuando un rey me ofreció su mano.
Fue cuando, frente a todos, yo decidí tomarla.