El Viejo Sabueso del Rey Vampiro Solo Dormía a los Pies de la Costurera Nueva

PARTE 1
El perro del rey llevaba dieciséis años sin dormir a los pies de nadie que no fuera su dueño.
Yo llevaba seis días trabajando en el palacio.
Por eso, cuando aquel animal viejo entró al taller, ignoró a nueve costureras y se dejó caer exactamente encima de mis zapatos, nadie volvió a dar una sola puntada.
Y yo todavía no entendía por qué todas me miraban como si acabara de ocurrir algo imposible.
Me llamo Casilda Bermejo.
Tenía veintiún años cuando conseguí trabajo en el taller de costura del palacio.
Venía de un pueblo pequeño y mi única intención era ganar un sueldo estable, coser bien y no hacer demasiado el ridículo.
La última parte me salió mal desde el primer día.
Me perdí tres veces buscando el taller.
Abrí una despensa.
Subí por una escalera que terminó en una terraza.
Y terminé incluso en un cuarto donde dos hombres reparaban calderas.
Cuando por fin encontré a doña Purificación, la maestra de costura, ya estaba convencida de que me despedirían antes de que pudiera enhebrar una aguja.
Pero revisó mis manos.
Examinó mi primera costura.
Y dijo una palabra:
—Aceptable.
Después descubrí que, viniendo de ella, aquello era casi un premio.
Me asignaron la silla junto a la puerta.
Era el lugar de la costurera más nueva.
Cada vez que alguien entraba, una corriente helada me golpeaba los tobillos.
A cambio, tenía la mejor luz del taller.
Estaba contenta.
Hasta que conocí a Rufo.
Había escuchado hablar de él.
El sabueso del rey.
Grande, viejo, malhumorado.
Tenía el hocico lleno de canas, una cicatriz en el lomo y caminaba con cierta dificultad de una pata trasera.
También tenía fama de no obedecer a nadie.
Ni siquiera Régulo, el hombre que lo había cuidado durante doce años, conseguía que siempre le hiciera caso.
Una mañana Rufo entró al taller.
Todas dejaron de coser.
Yo pensé que exageraban.
El perro caminó despacio entre las mesas.
Olfateó a una mujer.
Después a otra.
Llegó hasta doña Purificación.
La examinó durante varios segundos.
Y siguió.
Hasta mí.
Como había hecho toda mi vida con los perros del pueblo, dejé la aguja y extendí el dorso de la mano.
—Hola, viejito.
Rufo me olfateó.
Luego se sentó.
Pensé que ahí terminaba todo.
No.
Soltó un suspiro enorme y se tumbó completamente sobre mis pies.
Cerró los ojos.
Y empezó a dormir.
Miré alrededor.
Doña Purificación estaba pálida.
—¿Qué hice?
—Nada —respondió.
Eso pareció preocuparla todavía más.
Mandaron llamar a Régulo.
El hombre llegó con una correa y, cuando vio al perro conmigo, se quedó inmóvil.
Intentó llevárselo.
Rufo no se movió.
Tiró suavemente.
Nada.
Volvió a intentarlo.
El perro parecía una piedra.
Finalmente Régulo me pidió que lo intentara yo.
Me agaché.
—Rufo, tienes que irte. Yo tengo que trabajar.
El animal abrió los ojos, suspiró como si le estuviera pidiendo el peor sacrificio de su vida y se levantó.
Todo el taller volvió a quedarse en silencio.
Al día siguiente regresó.
Después otra vez.
Al cuarto día, Régulo ya ni siquiera parecía sorprendido.
Solo aparecía para recogerlo.
Pero Rufo siempre esperaba hasta que yo se lo pedía.
Yo seguía sin entenderlo.
Entonces empecé a observarlo.
Noté que cargaba demasiado peso sobre un costado.
Que la pata izquierda le molestaba más cuando hacía frío.
Que siempre buscaba mis pies porque el suelo del taller estaba helado.
Una tarde comenté que quizá necesitaba un cojín grueso.
Las demás costureras me miraron como si acabara de decir que quería darle consejos al rey sobre cómo gobernar.
Seis días después de la primera visita de Rufo, la puerta del taller volvió a abrirse.
Todas se levantaron.
Yo tardé un segundo más.
El hombre que entró era alto, de cabello largo y plateado.
Parecía de unos cuarenta años, aunque había algo en su mirada que hacía imposible calcular su edad.
Era el rey.
Venía buscando a Rufo.
Se acercó hasta mi mesa.
Miró al perro dormido sobre mis pies.
Después me miró a mí.
—Hace dieciséis inviernos que vive conmigo —dijo—. Y jamás había elegido dormir a los pies de otra persona.
Sentí que las nueve costureras contenían el aire.
El rey volvió a mirar a Rufo.
Luego pronunció mi nombre por primera vez.
—Casilda… creo que tenemos que averiguar por qué te eligió a ti.
PARTE 2
Yo pensé que debía existir una explicación sencilla.
Y durante un tiempo todos tuvimos una teoría distinta.
Una cocinera decía que Rufo reconocía el olor a lavanda de mi cabello porque lo habían bañado con esa planta cuando era cachorro.
Parecía razonable.
Hasta que pasé varios días sin usar lavanda.
Rufo continuó apareciendo exactamente igual.
Otros decían que era porque mis pies estaban calientes.
O porque yo no le tenía miedo.
Yo creo que nadie acertó por completo.
Aquella noche hice algo que casi me cuesta una reprimenda seria.
Entré al taller cuando todos dormían.
Tomé restos de lana, terciopelo verde y damasco que estaban guardados para reparaciones.
Y fabriqué un cojín.
Lo hice grueso.
Con una base firme.
Pensado específicamente para las caderas de un perro anciano.
A la mañana siguiente Rufo lo encontró.
Lo olfateó.
Dio dos vueltas.
Se tumbó encima.
Desde entonces el cojín viajó con él por medio palacio.
Y, como Rufo seguía visitándome, el rey también empezó a aparecer con más frecuencia.
Al principio hablábamos del perro.
Luego de mi pueblo.
De costura.
De los jardines.
De cosas pequeñas.
Descubrí que el rey escuchaba mucho más de lo que hablaba.
Y que, pese a llevar una corona, parecía terriblemente solo.
Una tarde me contó algo que me dejó pensando varios días.
Rufo sería su último perro.
Le pregunté por qué.
Dijo que ya había despedido a demasiados animales a lo largo de su vida.
Demasiados para poder contarlos sin sentir dolor.
Yo conocía rumores.
Decían que la familia real envejecía de manera diferente.
Pero aquella tarde entendí que no era solo un rumor.
El hombre que aparentaba cuarenta años llevaba gobernando muchísimo más tiempo del que podía vivir una persona normal.
Siglos.
Nunca me explicó todos los detalles.
Tampoco se los exigí.
Lo importante era lo que eso significaba.
Rufo tenía dieciséis años.
Yo tenía veintiuno.
Para el rey, ambos éramos vidas breves.
Y quizá por eso se protegía tanto de querer demasiado.
Entonces Rufo enfermó.
Una noche su corazón comenzó a fallar.
El médico dijo que era viejo y que lo único que podíamos hacer era acompañarlo.
Régulo pasó horas a su lado.
El rey también.
Yo me quedé.
Durante tres días casi no dormimos.
En la segunda madrugada, el rey y yo estábamos solos junto a Rufo.
Fue ahí cuando terminamos hablando de cosas que habíamos evitado durante meses.
Me confesó que cada vez que perdía a alguien juraba no volver a encariñarse con algo que pudiera desaparecer.
Yo le pregunté si aquel juramento seguía funcionando.
Me miró.
—Cada vez menos.
Le confesé que conmigo ocurría algo parecido.
Yo sabía que sentir algo por él era una mala idea.
Él era rey.
Yo cosía mangas y dobladillos.
Y, además, algún día yo envejecería mientras él probablemente seguiría igual.
El rey guardó silencio.
Después admitió que también llevaba semanas intentando convencerse de que no debía sentir nada.
Rufo se recuperó.
No completamente.
Pero volvió a beber, comer y caminar.
El médico dijo que había decidido quedarse un poco más.
Todos respiramos.
Yo no.
Porque después de aquella madrugada ya no podía fingir que mi problema era el perro.
Empecé a considerar marcharme.
Pedí un traslado a otro taller.
Pensé que la distancia resolvería las cosas.
Doña Purificación se negó a firmarlo inmediatamente.
Después me contó que, treinta años antes, ella había huido de alguien a quien quería porque pensó que aquello no tenía futuro.
El sentimiento nunca desapareció.
—Irte no hará que dejes de sentir —me dijo—. Solo conseguirás pasar muchos años preguntándote qué habría ocurrido si te hubieras quedado.
No retiré la solicitud.
Tampoco insistí.
Hasta que el rey se enteró.
Entró al taller una tarde caminando mucho más rápido de lo habitual.
Fue directo hacia mí.
—¿Te vas?
Había miedo en su voz.
No autoridad.
Miedo.
Le expliqué que nadie me había tratado mal.
Que precisamente ese era el problema.
Él se quedó sin palabras.
Aquel hombre podía hablar frente a embajadores y ejércitos.
Pero no conseguía terminar una frase delante de una costurera.
Finalmente dijo que había pasado dieciséis años creyendo que Rufo era toda la compañía que necesitaba.
Entonces apareció yo.
—El perro lo entendió antes que yo —admitió.
Rufo, como si hubiera escuchado su nombre, se levantó del cojín y caminó hasta nosotros.
Empujó primero la pierna del rey.
Luego la mía.
Casi me reí.
El rey también.
Así que decidí ayudarlo.
—¿Lo que intenta decir es que no quiere que me vaya?
Asintió.
—¿Y que lo que siente ya no tiene nada que ver solamente con Rufo?
Volvió a asentir.
Entonces hice lo que siempre hacía cuando hablaba demasiado.
Terminé diciendo la verdad.
—Pues yo tampoco quiero irme.
La sonrisa que apareció en su cara fue la primera que le vi sin ninguna reserva.
Retiré el traslado esa misma tarde.
Semanas después anunciamos nuestro compromiso.
Y en primavera nos casamos.
Rufo asistió.
Por supuesto.
Estuvo tumbado sobre su famoso cojín frente al altar como si toda la ceremonia se hubiera organizado para él.
Nadie se atrevió a moverlo.
Un año después seguía vivo.
Más lento.
Más dormilón.
Pero todavía arrastraba aquel cojín por el palacio para buscarme.
Yo continué cosiendo.
No quise abandonar el taller solo porque ahora era esposa del rey.
Doña Purificación siguió corrigiendo mis costuras.
Régulo siguió visitando a Rufo cada mañana.
Y mi esposo siguió diciendo que hablo demasiado.
Aunque ahora añade que espera que nunca cambie.
Nunca encontramos una explicación científica para saber por qué Rufo me eligió aquel primer día.
Quizá fue mi olor.
Quizá mis manos.
Quizá simplemente encontró a alguien que miró primero su cojera y después su fama.
Con los años terminé creyendo otra cosa.
Rufo no me eligió porque supiera que algún día sería reina.
Me eligió porque vio dos personas solas en el mismo palacio y decidió, con esa terquedad que siempre tuvo, que ya era hora de presentarlas.
A veces las cosas más importantes de la vida no llegan con anuncios.
Llegan cojeando.
Se acomodan encima de tus pies.
Cierran los ojos.
Y deciden quedarse.