El Rey Vampiro se casó conmigo por poder, pero puedo escuchar lo que realmente piensa cuando estamos a solas.

El Rey Vampiro se casó conmigo por poder, pero puedo escuchar lo que realmente piensa cuando estamos a solas.

PARTE 1

Mi familia me entregó al rey vampiro convencida de que no regresaría con vida.

Yo también lo creía.

Lo que nadie sabía era que, desde el instante en que Draven Thorne me miró a los ojos, comencé a escuchar cada pensamiento que intentaba ocultarme.

Y lo primero que descubrí fue aterrador:

el monstruo al que todos temían no quería matarme… quería protegerme de sí mismo.

Me llamo Lysandra Veil. Era la tercera hija de una casa noble y, dentro de mi propia familia, siempre fui la que sobraba. Mis hermanas heredaron belleza, prestigio y atención. Yo heredé silencio.

Por eso, cuando el Reino de la Noche exigió una alianza matrimonial, mi padre ni siquiera dudó.

—Te casarás con el rey Draven Thorne.

Mi madre solamente me pidió que no avergonzara a nuestra familia.

Mis hermanas sonrieron aliviadas.

Draven llevaba tres siglos gobernando a los vampiros. Sobre él circulaban historias horribles: decían que había asesinado a sus anteriores esposas, que bebía su sangre y que ninguna mujer sobrevivía demasiado tiempo a su lado.

Yo tenía veintidós años.

Para mi familia, era una pieza sacrificable.

Cuando llegué al Palacio de Obsidiana entendí por qué todos le temían.

Torres negras.

Pasillos interminables.

Llamas azules.

Y en medio del salón del trono estaba Draven.

Parecía demasiado joven para tener trescientos años. Cabello oscuro, armadura negra y unos ojos rojos que parecían atravesarme.

—Así que la Casa Veil me envió a la hija que les sobraba.

Sentí la humillación, pero levanté la barbilla.

—Soy Lysandra Veil, majestad.

Draven se acercó.

—Estás aquí por una razón: darme un heredero. No confundas este matrimonio con amor.

Entonces ocurrió.

Escuché su voz otra vez.

Pero sus labios no se movieron.

Está aterrada.

Me quedé inmóvil.

Esto no es culpa suya. Ella tampoco eligió esta pesadilla.

Lo miré desconcertada.

Draven seguía observándome con frialdad.

Pero dentro de mi cabeza continué escuchándolo.

¿Por qué verla asustada me hace sentir como un monstruo?

Casi dejé de respirar.

Podía escuchar sus pensamientos.

Durante nuestra boda sucedió nuevamente.

Frente a toda la nobleza vampírica, Draven pronunció unos votos terribles:

—Tu vida me pertenece. Yo decidiré si protegerla o terminarla.

Pero su mente decía:

Juro que voy a mantenerte a salvo. Incluso de mí.

Aquella contradicción se convirtió en mi nueva realidad. En público era frío conmigo; en privado, sus pensamientos revelaban a un hombre completamente distinto.

Cuando algún vampiro me observaba con demasiada hambre, Draven fingía indiferencia.

Mientras tanto yo escuchaba:

Si vuelve a mirarla así, le arrancaré la garganta.

Una noche incluso abandonó nuestra habitación para no acercarse a mí.

—No necesito compartir cama contigo —dijo con crueldad.

Pero escuché la verdad.

Quiero quedarme. Quiero conocerla. Pero si permito que se acerque terminaré destruyéndola.

Poco a poco dejé de temerle.

Y comencé a temer aquello que él ocultaba.

Porque Draven estaba enfermo.

Lo descubrí después de verlo herido.

Su cuerpo ya no sanaba correctamente.

En sus pensamientos apareció una palabra una y otra vez.

Maldición.

Busqué respuestas en una sección prohibida de la biblioteca y encontré un antiguo libro sobre el linaje Thorne.

Lo que leí cambió todo.

Tres siglos atrás, Draven había hecho un pacto con la Corte de las Sombras para obtener un poder extraordinario.

El precio era monstruoso.

Nunca podría experimentar verdadero amor.

Nunca conocería calor.

Jamás tendría un heredero.

Y lentamente perdería su capacidad de sentir hasta convertirse en una criatura vacía.

Existía solamente una forma de romper la maldición:

alguien debía amar sinceramente al monstruo en el que se había convertido.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—No debiste encontrar eso.

Draven estaba allí.

—¿Por eso te casaste conmigo?

Por primera vez, el rey vampiro no pudo sostenerme la mirada.

—Me estoy muriendo, Lysandra.

Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué?

—La maldición está avanzando. Pronto dejaré de ser yo mismo. Necesitaba producir un heredero antes de perder completamente mi mente.

Aquello dolió más de lo que esperaba.

—Entonces yo solamente soy un medio para darte un hijo.

Draven guardó silencio.

Después respondió:

—Sí.

Pero simultáneamente escuché dentro de mi cabeza algo completamente diferente.

No. Dioses, no. Ella se ha convertido en todo para mí.

Retrocedí.

Y entonces comprendí algo mucho más peligroso que la maldición.

Yo también estaba empezando a enamorarme del rey vampiro.

PARTE 2

Me alejé de Draven furiosa.

Pero no conseguí odiarlo.

Porque podía escuchar aquello que él nunca se atrevía a decir.

Perdóname.

Te mereces algo mejor.

Quiero dejarte ir, pero eres lo único que me hace sentir vivo.

Aquellos pensamientos me persiguieron durante días.

Entonces llegó la reunión del Consejo de la Luna de Sangre.

Los vampiros más poderosos del reino querían juzgar si una humana era digna de ocupar su trono.

Draven me entregó la antigua corona de las reinas Thorne.

—Usa plata —me dijo—. Te queda bien.

Era el primer cumplido que pronunciaba en voz alta.

En el consejo apareció Lady Morgath, una vampira que llevaba siglos deseando convertirse en reina.

—Una humana no puede gobernarnos.

Me desafió públicamente utilizando compulsión vampírica.

Sentí su poder entrar en mi mente.

—Arrodíllate.

Mis rodillas temblaron.

Pero recordé cada vez que mi familia me había llamado inútil.

Recordé que me habían enviado allí esperando mi muerte.

Y pensé en Draven.

No.

Permanecí de pie.

—Soy Lysandra Thorne, reina de la Corte de la Noche. No me arrodillo ante nadie excepto ante mi rey… y solamente cuando yo decida.

Morgath retrocedió sorprendida.

Cuando quedamos solos, Draven exigió saber cómo había resistido.

Entonces dejé de esconder mi secreto.

—Puedo escuchar tus pensamientos.

Su rostro perdió todo color.

Le expliqué que llevaba escuchándolo desde nuestra boda.

Que conocía su miedo.

Su culpa.

Su deseo de protegerme.

Y sus sentimientos.

—Así que deja de fingir conmigo.

Toqué su rostro.

—Permíteme amarte.

Draven me besó.

Fue la primera vez que dejó de luchar contra lo que sentía.

Pero la maldición no desapareció.

Después, un antiguo mago llamado Eldrich examinó mi mente y descubrió la razón de mi extraño poder.

No estaba leyendo pensamientos.

Draven y yo compartíamos un vínculo de almas.

Éramos dos almas destinadas a encontrarse.

El matrimonio arreglado simplemente había permitido que nuestros caminos se cruzaran.

Pero el vínculo estaba incompleto.

—Para completarlo —explicó Eldrich— ambos deben entregarse totalmente. Sin miedo. Sin barreras. Confianza y amor absolutos.

El problema era Draven.

Había construido muros durante tres siglos.

Y la maldición estaba consumiéndolo demasiado rápido.

Entonces llegó el ataque.

Criaturas de la Corte de las Sombras invadieron el palacio porque sabían que estábamos cerca de romper la maldición.

Draven salió a combatir.

Antes de marcharse me besó.

—Te amo, Lysandra.

Era la primera vez que lo decía.

Después escuché su pensamiento:

Si muero esta noche, al menos volví a sentir amor.

No podía permitirlo.

Desobedecí sus órdenes y fui hasta el campo de batalla.

Vi a Draven rodeado por criaturas hechas de oscuridad.

Estaba perdiendo fuerzas.

Entonces comprendí que no era únicamente él quien debía abandonar sus defensas.

Yo también había pasado mi vida construyendo las mías.

Cerré los ojos.

Abrí completamente mi corazón.

Te amo, Draven.

Al rey.

Al hombre.

Incluso al monstruo que crees ser.

Te elijo.

Una luz explotó desde mi pecho.

Atravesó el campo de batalla y envolvió a Draven.

Las criaturas gritaron.

El vínculo finalmente estaba completo.

Y la maldición se rompió.

Cuando Draven apareció frente a mí ocurrió algo imposible.

Su piel ya no estaba helada.

Estaba caliente.

Viva.

—Me salvaste.

Negué con la cabeza.

—Nos salvamos mutuamente.

Por primera vez en trescientos años, el sol apareció sobre el Reino de la Noche.

Pero nuestra felicidad todavía tenía enemigos.

Algunos nobles consideraban que Draven se había debilitado por amar a una humana. Morgath incluso exigió que me reemplazara por una reina vampira.

Draven se levantó frente al consejo.

—Lysandra salvó este reino. Quien desafíe a mi reina me desafía a mí.

Nadie respondió.

Aquella noche me llevó a una torre de cristal.

Se arrodilló.

—Sé que ya estamos casados. Pero aquella boda fue política. Quiero preguntártelo nuevamente como hombre, no como rey.

Tomó mis manos.

—¿Quieres quedarte conmigo porque tú lo deseas?

Lloré.

—Sí.

Entonces colocó en mi dedo el anillo de su madre.

Por primera vez nuestra unión nos pertenecía únicamente a nosotros.

Pero la Corte de las Sombras aún tenía una deuda pendiente.

Su reina apareció ante nosotros y recordó a Draven que él había recibido poder a cambio de su maldición.

Aceptamos deberle un único servicio futuro, con una condición: jamás podría utilizarlo para dañar a nuestro pueblo.

Después de aquello comenzó la verdadera reconstrucción.

Regresó la luz.

Volvieron las cosechas.

Humanos y vampiros comenzaron a comerciar.

Y yo dejé de ser aquella tercera hija inútil que su familia había entregado como sacrificio.

Me convertí en reina.

No porque Draven me hubiera elegido.

Porque finalmente aprendí a elegirme a mí misma.

A veces pienso en la muchacha aterrada que llegó sola al Palacio de Obsidiana convencida de que sería asesinada.

Mi familia creyó que me enviaba hacia un monstruo.

Estaban equivocados.

Encontré a un hombre atrapado dentro de uno.

Y Draven encontró algo que tres siglos de poder jamás pudieron darle.

Una persona capaz de escuchar incluso aquello que él tenía demasiado miedo de decir.

Una noche, mientras contemplábamos juntos el amanecer, apoyó la frente contra la mía.

—¿Todavía puedes escuchar mis pensamientos?

Sonreí.

Nuestro vínculo era tan fuerte que ya casi no existía diferencia entre su mente y la mía.

—Sí.

Draven cerró los ojos.

Y escuché claramente:

Pasé trescientos años creyendo que mi maldición era no poder amar.

Ahora entiendo que la verdadera maldición era creer que nadie podría amarme.

Tomé su mano.

Porque aquella boda había comenzado como un sacrificio político.

Él necesitaba un heredero.

Mi familia necesitaba una alianza.

Nadie había preguntado qué quería yo.

Pero al final, entre una humana que toda su vida había sido considerada insignificante y un rey inmortal convencido de ser un monstruo, ocurrió aquello que ninguna maldición había previsto:

nos elegimos libremente.

Y esa elección resultó ser más poderosa que trescientos años de oscuridad.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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