El Rey Vampiro se casó con la hermana solterona de su amigo fallecido… ¡y luego no pudo dejarla marchar!
El Rey Vampiro se casó con la hermana solterona de su amigo fallecido… ¡y luego no pudo dejarla marchar!

PARTE 1
Audrey Finch llevaba dos días sin poder encender el fuego cuando escuchó pasos frente a su habitación.
Afuera, la lluvia golpeaba los cristales de aquel viejo edificio de Boston. Dentro, solo quedaba un pedazo de pan, una vela casi consumida y un chal demasiado fino para protegerla del frío.
Cuando la puerta se abrió, Audrey pensó que el casero había venido a echarla.
Pero el hombre que entró no era el casero.
Era alto, de hombros anchos, vestido con un largo abrigo negro empapado por la tormenta. Cuando retiró la capucha, Audrey vio un cabello completamente blanco y una piel tan pálida que parecía brillar bajo la luz de la vela.
Lo reconoció por la descripción de su hermano.
Nicholas.
—No tienes que casarte conmigo —dijo Audrey inmediatamente—. Arthur estaba muriendo cuando te pidió aquella promesa. Te libero de ella.
Nicholas no respondió.
Miró el hogar vacío.
La comida escasa.
Las paredes húmedas.
Después se arrodilló y comenzó a encender el fuego con la poca madera que quedaba.
—Tu hermano sabía exactamente lo que me estaba pidiendo.
Sacó una carta.
Audrey reconoció la letra de Arthur.
Su hermano le pedía que confiara en Nicholas. Explicaba que aquel extraño hombre le debía la vida después de que Arthur lo salvara durante una tormenta en las montañas.
Audrey lloró en silencio.
Nicholas entonces miró sus pies.
—¿Dónde están tus zapatos?
Ella bajó la cabeza.
—Los vendí para pagar otra semana de alquiler.
Algo cambió en el rostro de Nicholas.
No levantó la voz.
Pero Audrey sintió una furia helada en la habitación.
—Eso no volverá a ocurrir.
Luego hizo una propuesta inesperada.
Un matrimonio por contrato.
Audrey viviría durante un año en su propiedad y administraría sus asuntos domésticos. Si al terminar ese período quería abandonarlo, recibiría suficiente dinero para comenzar una nueva vida.
—No seré una decoración silenciosa en tu casa —advirtió Audrey—. Si acepto, revisaré las cuentas y participaré en las decisiones.
Por primera vez, Nicholas sonrió.
—Precisamente por eso te quiero allí.
Audrey aceptó.
Poco después llegó a Pinerest Estate, una enorme mansión de piedra construida sobre los acantilados de Maine.
La ceremonia fue sencilla.
Sin fiesta.
Sin invitados importantes.
Solo un ministro, dos testigos y un pesado anillo de oro.
Audrey comenzó inmediatamente a trabajar.
Descubrió que el antiguo administrador estaba robando dinero a las familias que cultivaban las tierras de Nicholas. Corrigió las cuentas, denunció al responsable y limpió las deudas falsas de los trabajadores.
Nicholas quedó impresionado.
Pero Audrey también comenzó a observar cosas extrañas sobre su marido.
Nunca comía con ella.
Casi nunca aparecía durante el día.
Las cortinas de sus habitaciones permanecían cerradas.
Su piel estaba siempre helada.
Y una noche habló de empleados que había tenido cincuenta años atrás como si aquello hubiera ocurrido recientemente.
Audrey decidió no preguntar.
Todavía.
Entonces llegó una carta.
Su madrastra Victoria había descubierto que Audrey se había casado con un hombre rico.
Iba a visitarlos acompañada de Lily, la hermanastra de Audrey.
Audrey sintió regresar todos los recuerdos que había intentado olvidar.
Victoria la había tratado como una sirvienta después de la muerte de su padre. Mientras Lily recibía vestidos, educación y fiestas, Audrey dormía en una habitación miserable y trabajaba para ganarse el pan.
Cuando Victoria llegó a Pinerest, recorrió la mansión con ojos codiciosos.
Después miró a Nicholas.
Y comenzó a insinuar que Audrey no era digna de ser su esposa.
—Un hombre con semejante patrimonio necesita una mujer educada para la alta sociedad —dijo—. Lily tiene exactamente esa preparación.
Nicholas permaneció inmóvil.
—¿Está sugiriendo que mi esposa no merece esta casa?
Victoria sonrió.
—Solo digo que ciertos errores pueden corregirse antes de convertirse en permanentes.
Audrey sintió cómo la habitación parecía enfriarse.
Pero Nicholas no discutió.
En cambio, pidió que todos pasaran al salón.
Cuando estuvieron sentados, Victoria comenzó a acusar a Audrey de ser una mujer amarga y desagradecida.
Entonces Nicholas colocó una gruesa carpeta de cuero sobre la mesa.
—Curioso que mencione el pasado, Lady Finch.
Victoria dejó de sonreír.
Nicholas abrió la carpeta lentamente.
—Mis abogados encontraron unos documentos relacionados con la madre de Audrey.
La madrastra palideció.
—¿Qué documentos?
Nicholas clavó en ella sus ojos oscuros.
—Un fondo de siete mil dólares destinado exclusivamente a Audrey.
Hizo una pausa.
—Un dinero que desapareció usando una firma falsificada.
Victoria quedó completamente inmóvil.
Nicholas deslizó una hoja hacia ella.
—Y tengo pruebas de quién lo robó.
PARTE 2
Victoria miró la hoja como si fuera una sentencia de muerte.
—Eso ocurrió hace muchos años —balbuceó—. El dinero se utilizó para mantener a toda la familia.
Nicholas no cambió de expresión.
—No.
Abrió la carpeta.
Había declaraciones bancarias, documentos notariales y testimonios de antiguos empleados.
—La madre de Audrey creó ese fondo para entregárselo cuando alcanzara la edad correspondiente. Alguien presentó un documento con una firma falsificada y retiró todo el dinero.
Lily miró a su madre.
—¿De qué está hablando?
Victoria no respondió.
Nicholas continuó.
—Tres empleados del banco la recuerdan perfectamente, Lady Finch. Especialmente porque usted pagó dinero adicional para que procesaran la operación sin notificar al administrador del fondo.
Lily se puso de pie.
—¡Madre!
Victoria apretó los labios.
—No entiendes nada.
—Me dijiste que mis vestidos y mi educación se pagaban con las inversiones de papá.
El silencio respondió por ella.
Audrey sintió que algo dentro de su pecho se quebraba.
Había pasado años creyendo que había sido abandonada a la pobreza porque simplemente no quedaba dinero.
Había vendido sus zapatos.
Había pasado hambre.
Había dormido con frío.
Mientras tanto, Victoria había utilizado lo que pertenecía a Audrey para financiar la vida social de Lily.
Nicholas colocó una confesión sobre la mesa.
—Tiene dos opciones.
Victoria lo miró con odio.
—¿Me está amenazando?
—Le estoy ofreciendo una alternativa.
Nicholas puso una pluma junto al documento.
—Firma, reconoce la falsificación y devuelve cada dólar con intereses.
Sus ojos se oscurecieron.
—O llamo al sheriff.
Victoria quiso protestar.
Nicholas siguió hablando.
—Si interviene la justicia, estos documentos aparecerán en los periódicos de Boston y Nueva York. Su posición social desaparecerá. Su casa podría ser embargada y su hija sufrirá las consecuencias de su delito.
Victoria miró a Lily.
Después a Audrey.
Finalmente tomó la pluma.
Su mano temblaba.
Firmó.
Cuando terminó, se levantó violentamente.
—Nos vamos.
Lily no la siguió inmediatamente.
Se acercó a Audrey con lágrimas en los ojos.
—No lo sabía.
Audrey vio algo que nunca había visto antes en su hermanastra.
Vergüenza.
—Ella me dijo que tú querías vivir sola. Que odiabas nuestra familia.
Audrey respiró profundamente.
—No te culpo por lo que no sabías.
Lily comenzó a llorar.
—Lo siento.
Después salió detrás de su madre.
Cuando el carruaje desapareció por el camino entre los pinos, Audrey permaneció sentada en silencio.
Por primera vez desde la muerte de su padre, Victoria ya no tenía poder sobre ella.
Nicholas cerró la carpeta.
—Lamento si fui demasiado severo.
Audrey lo miró sorprendida.
—¿Severo?
Se levantó.
—Me devolviste algo que ni siquiera sabía que me habían quitado.
—Era tuyo.
—Nuestro contrato no te obligaba a investigar mi pasado.
Nicholas se quedó callado.
Audrey se acercó.
—¿Por qué lo hiciste realmente?
Él la observó durante un largo momento.
—Porque nadie tenía derecho a hacerte sentir inferior dentro de tu propia casa.
Audrey sintió que su corazón se aceleraba.
Nicholas tomó su mano.
Sus dedos estaban tan fríos como aquella primera noche en Boston.
—Cuando Arthur me mostró tu retrato en las montañas, habló de ti durante horas. Me dijo que eras más fuerte de lo que creías.
Audrey sonrió tristemente.
—Arthur siempre exageraba.
—No esta vez.
Nicholas levantó suavemente su mano.
—Prometí encontrar a su hermana y asegurarme de que fuera tratada con dignidad.
—Y ya cumpliste esa promesa.
—No completamente.
Audrey frunció el ceño.
Nicholas miró el anillo de matrimonio.
—Nuestro acuerdo dice que puedes marcharte cuando termine el año.
—Lo recuerdo.
—Yo también.
Su voz perdió por primera vez aquella seguridad impenetrable.
—Y no quiero que lo hagas.
Audrey se quedó inmóvil.
Nicholas, aquel hombre misterioso que parecía no temer a nada, desvió ligeramente la mirada.
—No voy a retenerte. Si deseas marcharte, tendrás todo lo que prometí.
Audrey entendió entonces lo que él estaba intentando decir.
No como dueño de una propiedad.
No como protector.
Como esposo.
Ella levantó la mano y tocó su rostro.
La piel estaba helada.
Nicholas quedó completamente inmóvil.
—Yo tampoco quiero irme.
Sus ojos se encontraron.
—En pocas semanas aquí he conocido más paz que durante años en Boston.
Audrey acarició suavemente su mejilla.
—Pero hay algo que algún día tendrás que explicarme.
Nicholas la observó.
—¿Qué cosa?
—Por qué nunca comes conmigo.
Silencio.
—Por qué no sales durante el día.
Nicholas no respondió.
—Por qué tu cuerpo está siempre frío.
Audrey sonrió ligeramente.
—Y por qué a veces tus ojos parecen rojos cuando estás enfadado.
Durante unos segundos, la expresión de Nicholas fue imposible de leer.
Audrey esperaba que negara todo.
En cambio, él tomó su mano.
—Hay verdades sobre mí que podrían asustarte.
—Tal vez.
—Verdades que cambiarían la manera en que me ves.
Audrey miró hacia las ventanas.
La nieve comenzaba a caer sobre los árboles y el océano oscuro.
Después volvió a mirarlo.
—Entonces cuéntamelas cuando estés preparado.
Nicholas parecía sorprendido.
—¿No quieres saberlo ahora?
—Quiero saber quién eres.
Audrey entrelazó sus dedos con los de él.
—Pero ya sé la clase de hombre que eres.
Aquellas palabras parecieron afectarlo más que cualquier amenaza.
Con el paso de los meses, Pinerest cambió.
Audrey reorganizó las cuentas y mejoró las condiciones de las familias que trabajaban las tierras. Las deudas falsas desaparecieron. Las casas de los arrendatarios volvieron a tener leña durante el invierno.
Nicholas nunca intentó silenciarla.
Al contrario.
Escuchaba sus opiniones.
Respaldaba sus decisiones.
Y cada noche encontraba alguna excusa para quedarse más tiempo junto a ella en la biblioteca.
El matrimonio que había comenzado como pago de una deuda empezó a convertirse en algo que ninguno había planeado.
Audrey sabía que todavía existían secretos.
Nicholas pertenecía a una oscuridad más antigua de lo que ella podía imaginar.
No envejecía como otros hombres.
No necesitaba el calor que ella necesitaba.
Y su existencia parecía extenderse mucho más allá de una vida humana normal.
Pero Audrey había aprendido algo importante.
Había conocido personas perfectamente humanas capaces de ser monstruosas.
Y había encontrado humanidad en un hombre cuya piel parecía hecha de hielo.
Una noche observó su alianza brillando frente al fuego.
Recordó aquella habitación de Boston.
El pan duro.
El hogar vacío.
Sus pies descalzos.
Y al extraño de cabello blanco que había aparecido empapado por la lluvia para cumplir una promesa hecha a un muerto.
Nicholas entró silenciosamente en la biblioteca.
—Hace frío.
Audrey sonrió.
—Ya no tanto.
Él miró el fuego.
—Puedo añadir más leña.
Audrey negó con la cabeza y tomó su mano helada.
—No hablaba de la habitación.
Nicholas la observó.
Después comprendió.
Se sentó junto a ella.
Afuera, el invierno cubría Maine de blanco.
Pero Audrey ya no temía al frío.
Porque el hombre más frío que había conocido era también el primero que le había dado un hogar donde nunca tendría que volver a enfrentarse sola al invierno.