El Rey Vampiro me rechazó frente a toda su corte por mi cuerpo… meses después regresé convertida en la única mujer capaz de salvarlo

El Rey Vampiro me rechazó frente a toda su corte por mi cuerpo… meses después regresé convertida en la única mujer capaz de salvarlo

PARTE 1

El Rey Vampiro llevaba siglos buscando a la mujer marcada por el Fénix.

Cuando finalmente me encontró, toda su corte se rio de mí.

Me llamaron gorda, indigna y una vergüenza para la corona.

Y el hombre al que el destino me había unido decidió rechazarme delante de todos.

Lo que ninguno comprendía era que el poder que dormía dentro de mí acababa de despertar.

Me llamo Valeria Montes y crecí en un pequeño pueblo escondido entre montañas. Hasta entonces mi vida había sido sencilla. Ayudaba a mi madre con una pequeña panadería y nunca imaginé que el extraño símbolo rojo de mi hombro significara algo.

Parecía un ave rodeada de llamas.

Mi abuela decía que era una marca familiar.

Los enviados del Rey Vampiro dijeron otra cosa.

—Es el Fénix.

Según una antigua profecía, la mujer que llevara aquella marca estaría destinada a unirse al rey cuando la sangre de su linaje comenzara a debilitarse.

Esa mujer podía salvar su reino.

O destruirlo.

Cuando llegué al Castillo de las Sombras, cientos de vampiros me esperaban.

Todos eran hermosos de una forma casi inquietante: cuerpos estilizados, piel perfecta, rostros que parecían esculpidos.

Entonces aparecí yo.

Bajita.

De caderas anchas.

Brazos gruesos.

Vientre redondo.

Escuché las primeras risas antes de llegar al trono.

El rey se llamaba Damián de la Cruz.

Era alto, vestido completamente de negro, con ojos plateados que parecían capaces de atravesar a cualquiera.

Se acercó.

—Muéstrame la marca.

Descubrí mi hombro.

La sala quedó en silencio.

Damián tocó el Fénix.

Una descarga atravesó mi cuerpo.

Las antorchas se elevaron violentamente.

El suelo tembló.

Durante un instante vi auténtico miedo en sus ojos.

Después retiró la mano.

—La marca es verdadera.

Una mujer vampiro llamada Camila soltó una risa.

—¿Ella será nuestra reina?

Varias personas comenzaron a murmurar.

—Mírala.

—No tiene elegancia.

—Sería una humillación.

Otro vampiro habló más fuerte.

—Majestad, una mujer así arruinará su linaje.

Sentí cómo me ardía el rostro.

Había soportado burlas por mi cuerpo durante toda mi vida.

Pero aquello era diferente.

Cientos de desconocidos decidían cuánto valía mientras yo estaba frente a ellos.

Miré a Damián.

Esperaba que dijera algo.

Él permaneció en silencio.

Entonces comprendí.

También estaba avergonzado de mí.

—La profecía puede haber sido interpretada incorrectamente —dijo finalmente.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Porque soy gorda?

Nadie respiró.

Damián endureció la mandíbula.

—El reino necesita determinada imagen.

Sonreí, aunque quería llorar.

—Entiendo.

Me obligué a mantener la cabeza levantada.

—Encontraste a la mujer que llevabas décadas buscando… pero no te gusta el envoltorio.

—Valeria…

—No.

Retrocedí.

—No necesitas explicar nada.

Damián ordenó que me proporcionaran comida, dinero y protección para regresar a casa.

No acepté nada.

Caminé hacia las puertas mientras las risas quedaban atrás.

Pero cuando atravesé el patio sentí algo extraño.

Rabia.

Dolor.

Humillación.

Todo se mezcló dentro de mí.

Apreté los puños.

Mis uñas atravesaron la piel.

Una gota de sangre cayó sobre las piedras.

El castillo entero tembló.

Me detuve.

Una grieta apareció bajo mis pies.

Después otra.

Las antorchas de las murallas se convirtieron en enormes columnas de fuego.

Escuché gritos detrás de mí.

Giré.

Damián estaba en la entrada del castillo mirándome.

Ya no había desprecio en sus ojos.

Había miedo.

Yo tampoco entendía qué estaba ocurriendo.

Entonces la marca del Fénix comenzó a arder.

Una voz desconocida resonó dentro de mi cabeza:

“Él acaba de rechazar a la mujer que podía salvarlo.”

Respiré profundamente.

—Entonces que aprenda a salvarse solo.

Me marché.

No sabía que aquella misma noche Damián comenzó a perder sus poderes.

Ni que, mientras él moría lentamente…

yo estaba empezando a convertirme en algo mucho más poderoso que una reina.

PARTE 2

No regresé a mi pueblo.

Nunca llegué.

Mi cuerpo comenzó a arder mientras atravesaba las montañas.

Terminé desplomándome cerca de una pequeña comunidad llamada San Jacinto del Valle.

Una mujer llamada Doña Teresa me encontró.

Tenía el rostro marcado por una vieja cicatriz.

Me llevó a su casa sin preguntarme quién era.

—No sé de dónde vienes —me dijo—, pero estás herida. Eso es suficiente.

Durante varios días tuve fiebre.

Y entonces comenzaron los sueños.

Una mujer aparecía entre llamas.

Se llamaba Magdalena.

Era mi antepasada.

Y había sido una poderosa hechicera.

Me mostró la verdad.

El Fénix no significaba que hubiera nacido para ser esposa de Damián.

Significaba que yo había heredado una fuerza que llevaba siglos dormida.

Su rechazo simplemente la había despertado.

Cuando recuperé fuerzas, comenzaron a ocurrir cosas imposibles.

Primero fue el fuego.

Podía crearlo con mis manos.

Después descubrí que podía mover piedras.

Controlar el viento.

Sentir el agua escondida bajo la tierra.

Incluso sanar ciertas enfermedades de animales y plantas.

Pero el cambio más importante no ocurrió en mi magia.

Ocurrió dentro de mí.

En San Jacinto nadie se burlaba de mi cuerpo.

A los habitantes les importaba que ayudara a reparar sus cultivos.

Que protegiera a sus hijos.

Que me sentara con ellos a compartir tortillas calientes alrededor del fuego.

Por primera vez entendí algo.

Nunca había necesitado convertirme en una mujer digna de una corona.

Había necesitado dejar de pedir permiso para sentirme digna de mí misma.

Entonces llegaron los vampiros.

Doce.

Reconocí inmediatamente a Camila.

La misma mujer que se había reído de mí.

Pero esta vez, cuando me vio, retrocedió.

—Valeria…

Mis ojos ardían con una luz dorada.

—¿Qué quieres?

—El rey nos envió.

—Dile que no estoy interesada.

Camila tragó saliva.

—Damián está muriendo.

Eso consiguió mi atención.

Me explicó que al rechazar el vínculo había roto una antigua conexión mágica.

Su fuerza desaparecía cada día.

Y como la magia del reino estaba vinculada a la sangre del rey, todo comenzaba a desmoronarse.

—Debes regresar.

—¿Debo?

—Sin ti morirá.

Extendí una mano.

Una muralla de fuego apareció entre nosotros.

Los vampiros retrocedieron.

—Cuando me necesitaba para decorar su trono, yo no era suficiente.

Miré directamente a Camila.

—Ahora que me necesita para seguir respirando, ¿de repente sí lo soy?

—Miles podrían sufrir.

Aquellas palabras me hicieron dudar.

No por Damián.

Por los inocentes.

Durante semanas llegaron rumores.

El rey apenas podía levantarse.

Las familias vampíricas luchaban por el poder.

La barrera que mantenía separados el mundo humano y el sobrenatural comenzaba a debilitarse.

Entonces recibí un mensaje del Consejo.

No pedían que salvara a Damián.

Pedían que evitara una guerra.

Acepté regresar.

Pero no como la muchacha humillada que había salido de aquel castillo.

Cuando crucé nuevamente sus puertas, nadie se rio.

Los mismos nobles que habían murmurado sobre mi cuerpo apartaron la mirada.

Camila inclinó la cabeza.

—Bienvenida.

—No vine por ustedes.

Entré en el salón del trono.

Damián estaba sentado allí.

Apenas lo reconocí.

Su piel estaba gris.

Sus ojos habían perdido el brillo.

Cuando me vio intentó levantarse.

No pudo.

Caminé hasta él.

Esperaba escuchar una petición desesperada.

En cambio, Damián hizo algo que nadie imaginó.

Se arrodilló.

Toda la corte quedó paralizada.

—Perdóname.

Lo observé.

—¿Porque estás muriendo?

—No.

Levantó la mirada.

—Porque fui un cobarde.

Confesó que había sentido mi poder desde el primer momento.

No me había rechazado únicamente por mi apariencia.

Me había rechazado porque tuvo miedo.

Si aceptaba nuestro vínculo, dejaría de ser el ser más poderoso del reino.

—Utilicé tu cuerpo como excusa para esconder mi miedo.

Aquello dolió más que las burlas.

Pero también era la primera verdad que me ofrecía.

—No puedo borrar lo que hice —continuó—. Y no voy a pedirte que me ames para salvarme.

Miró al Consejo.

—Si Valeria decide marcharse, nadie la detendrá.

Camila protestó.

—¡Majestad, usted morirá!

Damián respondió:

—Entonces moriré pagando el precio de mi propia decisión.

Por primera vez vi al hombre detrás del rey.

No lo perdoné inmediatamente.

Tampoco corrí hacia sus brazos.

—Salvaré el reino —dije—. Pero bajo mis condiciones.

Damián asintió.

La ceremonia ocurrió aquella noche.

Descubrimos que la profecía había sido malinterpretada.

No necesitábamos convertirnos en marido y mujer.

El vínculo sólo requería una decisión libre de ambas partes.

Extendí mi mano.

—No te elijo porque seas rey.

Damián la tomó.

—Y yo no volveré a elegirte por lo que puedas darme.

Cuando nuestras manos se unieron, el Fénix ardió.

Una explosión de luz atravesó el castillo.

Sentí la magia de Damián mezclarse con la mía.

Pero no me absorbió.

No me convirtió en su complemento.

Ocurrió lo contrario.

Los dos poderes se equilibraron.

El castillo dejó de temblar.

Las grietas se cerraron.

Damián recuperó fuerzas.

Y sobre mi cabeza apareció una corona formada completamente por fuego.

El Consejo cayó de rodillas.

Yo miré a Damián.

Él seguía arrodillado.

—Levántate.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque si vamos a cambiar este reino, empezaremos entendiendo que ninguno debe arrodillarse ante el otro.

Meses después abolimos las antiguas leyes que determinaban el valor de una persona por su linaje, apariencia o pureza de sangre.

Damián y yo no nos enamoramos inmediatamente.

Eso habría sido demasiado fácil.

Primero aprendimos a respetarnos.

Después a confiar.

El amor llegó mucho más tarde.

Y cuando finalmente llegó, fue porque ambos lo elegimos.

Una tarde me detuve frente al mismo espejo donde, años atrás, había aprendido a odiar cada curva de mi cuerpo.

Vi mis brazos gruesos.

Mi vientre.

Mis caderas.

Nada había cambiado.

Y, sin embargo, todo era diferente.

Damián apareció detrás de mí.

—¿En qué piensas?

Toqué la marca del Fénix.

—En que todos creyeron que la profecía decía que yo debía convertirme en una mujer digna de un rey.

—¿Y qué decía realmente?

Sonreí.

—Que algún día un rey tendría que aprender a ser digno de mí.

Damián también sonrió.

Porque el hombre que una vez me rechazó delante de cientos de personas había terminado comprendiendo algo que ninguna profecía pudo enseñarle:

mi cuerpo jamás había sido el problema.

El verdadero problema había sido un reino entero incapaz de reconocer el poder de una mujer porque estaba demasiado ocupado juzgando su apariencia.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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