El rey vampiro la llamó «temporal», así que ella desapareció con su heredero aún no nacido.
El rey vampiro la llamó «temporal», así que ella desapareció con su heredero aún no nacido.

PARTE 1 — LA MUJER TEMPORAL
El rey vampiro me llamó “temporal” delante de toda su corte.
Meses después, mientras llevaba a su hijo dentro de mí, escuché cómo ordenaba que me enviaran lejos y me buscaran otro esposo.
Esa misma noche hice mi maleta.
Lo que Casemir no sabía era que, cuando descubriera por qué había desaparecido, estaría dispuesto a poner de rodillas a todo su reino para encontrarme.
Me llamo Saraphina Moa y jamás llegué al castillo de Casemir Nightshade por voluntad propia.
Mi padre gobernaba una pequeña provincia del sur y había acumulado una enorme deuda con la corona. Cuando ya no pudo pagarla, decidió ofrecer algo diferente.
A mí.
Fui enviada al castillo como parte de un acuerdo político.
Recuerdo perfectamente mi primera noche frente al trono.
Casemir ni siquiera preguntó mi nombre.
—Será mi acompañante hasta que la deuda quede saldada —anunció—. Es un arreglo temporal. Nada más.
Aquella palabra se clavó dentro de mí.
Temporal.
Durante semanas fui poco más que una decoración junto a su trono.
Pero cometió un error: creyó que yo no tenía cerebro.
Una noche descubrí que uno de sus consejeros, Lord Brennan, estaba desviando mercancías hacia el mercado negro. Cuando se lo dije, Casemir me miró como si un mueble acabara de hablar.
—Olvidas cuál es tu lugar.
Me levanté.
—Mi lugar está donde yo decida construirlo. Si quería una mujer bonita y silenciosa, debió encargar un retrato.
Pensé que me castigaría.
En cambio, algo cambió en sus ojos.
Investigó mi acusación.
Yo tenía razón.
Después de aquello empezó a pedirme consejo. Descubrimos traidores juntos, corregimos acuerdos comerciales y pasamos noches enteras hablando.
Hasta conseguí hacerlo reír.
Un hombre que llevaba siglos sin hacerlo.
Y entonces cometimos el peor error posible.
Nos enamoramos.
Casemir nunca lo admitió.
Pero me buscaba cada noche.
Me mostraba partes de sí mismo que nadie conocía. Me hablaba de sus pérdidas, de su miedo a querer algo que el tiempo pudiera arrebatarle.
Una noche me besó.
Después de aquello ya no hubo forma de fingir que éramos simplemente rey y acompañante.
Durante meses fui feliz.
Excepto por una cosa.
Casemir seguía llamándome temporal.
Hasta que una noche finalmente pregunté:
—¿Eso sigo siendo para ti?
Vi miedo en sus ojos.
Y aquel miedo lo convirtió en un hombre cruel.
—Siempre has sido temporal, Saraphina. No confundas comodidad con algo más profundo. ¿De verdad pensaste que un rey uniría su eternidad a la hija de un noble menor?
Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.
No lloré delante de él.
Simplemente hice una reverencia.
—Perdone mi confusión, majestad.
Después de aquella noche dejamos de buscarnos.
Entonces comencé a sentirme extraña.
Mareos.
Debilidad.
Hasta que me desmayé durante una reunión.
El doctor Lysander me examinó.
Cuando terminó, su expresión cambió.
—Mi lady… está embarazada.
Lo miré sin comprender.
Los vampiros casi nunca concebíamos.
Un hijo podía aparecer una vez cada varios siglos.
Y yo llevaba dentro al heredero de Casemir.
Durante unos segundos imaginé correr hacia él.
Decírselo.
Creí tontamente que quizá nuestro hijo conseguiría que finalmente reconociera que yo significaba algo.
Entonces escuché voces detrás de una puerta.
Casemir hablaba con Lord Thorne.
—La deuda ya está pagada —dijo su consejero—. Su acompañante temporal debería regresar a su provincia.
Hubo silencio.
Después escuché la voz de Casemir.
—Tienes razón. Terminaremos el acuerdo.
Sentí que dejaba de respirar.
Pero todavía faltaba lo peor.
—Encuéntrenle un esposo apropiado —continuó—. Así acabaremos también con los rumores.
Mi mano cayó instintivamente sobre mi vientre.
Nuestro hijo estaba creciendo dentro de mí…
mientras su padre planeaba entregarme a otro hombre.
Regresé a mi habitación.
Saqué una maleta.
Guardé algunas prendas, el colgante de mi madre y todo el dinero que tenía.
No le diría nada del bebé.
No permitiría que me convirtiera en una obligación política.
Aquella noche abandonaría el castillo para siempre… llevándome conmigo al heredero que el rey vampiro ni siquiera sabía que existía.
PARTE 2 — LA REINA QUE ÉL CASI PERDIÓ
Estaba cerrando mi última maleta cuando varios sirvientes entraron en mis habitaciones.
—¿Qué hacen?
Celeste sonrió.
—Órdenes del rey. Debemos trasladar todas sus pertenencias.
Sentí una punzada de dolor.
Así que Casemir ni siquiera esperaría hasta el amanecer para echarme.
—Entiendo.
—No, mi lady. Creo que no entiende.
Celeste sonrió todavía más.
—Sus cosas serán llevadas a las habitaciones de la reina.
Me quedé inmóvil.
Aquellos aposentos habían permanecido cerrados durante siglos.
Entonces comprendí.
Lysander había hablado.
Casemir sabía del bebé.
—Deténganse —ordené—. No moverán nada. Yo me voy.
Una voz profunda surgió detrás de mí.
—Te pido que no lo hagas.
Casemir estaba en la puerta.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un rey.
Parecía un hombre aterrorizado.
—¿Por qué quieres que me quede? —pregunté—. ¿Por tu heredero?
—No.
—¡No me mientas!
Las lágrimas finalmente escaparon.
—No puedo seguir siendo temporal, Casemir.
Entonces ocurrió algo que jamás pensé presenciar.
El rey vampiro se arrodilló delante de mí.
—Nunca lo fuiste.
Me quedé mirándolo.
—Te llamé así porque tenía miedo. Todo lo que he amado terminó desapareciendo. Pensé que si nunca te llamaba mía, el destino no podría arrebatártela.
Tomó mis manos.
—Intenté protegerme y terminé destruyéndote.
Después pronunció las palabras que había esperado demasiado tiempo.
—Te amo.
No lo perdoné inmediatamente.
Pero tampoco me fui.
Casemir tuvo que demostrarme que sus palabras eran ciertas.
Lo hizo públicamente.
Me convirtió en su igual, no por el hijo que llevaba, sino porque reconoció ante toda la corte que yo había transformado su reino.
Me convertí en reina.
Y eso me creó enemigos.
Lady Revena, una antigua noble que siempre había deseado ocupar mi lugar, conspiró con Lord Thorne y otros vampiros descontentos.
Su objetivo era sencillo:
matarme antes de que naciera mi hija.
Pero cometieron el mismo error que Casemir había cometido conmigo.
Me subestimaron.
Cuando descubrí el plan, preparé mi propia trampa.
Dejé correr el rumor de que caminaría sola por los jardines.
Revena apareció acompañada de sus cómplices.
Creyeron que estaba indefensa.
Hasta que mis aliados salieron de las sombras.
Y detrás de todos apareció Casemir.
Lord Thorne ya estaba encadenado.
La conspiración quedó expuesta.
Nuestra hija nació tiempo después.
La llamamos Evangeline.
Pero nuestros enemigos todavía no habían terminado.
Revena consiguió escapar y organizó un último golpe.
Entraron en el castillo…
y secuestraron a mi bebé.
Cuando vi la cuna vacía, algo dentro de mí se convirtió en hielo.
Mientras Casemir quería destruir medio reino buscándola, yo observé la habitación.
La ventana.
Las marcas.
Las rutas de escape.
Comprendí que habían utilizado las antiguas criptas.
Fuimos tras ellos.
Al salir de los túneles encontramos a Revena sosteniendo a Evangeline.
—Un paso más —amenazó— y le rompo el cuello.
Casemir quedó inmóvil.
Yo no.
Me lancé sobre ella.
El impacto hizo que Evangeline saliera de sus brazos.
Casemir la atrapó.
Y yo derribé a la mujer que había amenazado a mi hija.
Los demás conspiradores se rindieron.
Entonces descubrimos la verdad completa.
No querían solamente secuestrar a Evangeline.
Planeaban criarla lejos de nosotros y utilizarla como reina títere cuando creciera para recuperar el poder político que habían perdido.
La conspiración fue destruida.
Los responsables fueron juzgados y Casemir dejó una advertencia para todos los territorios:
quien amenazara nuevamente a su reina o a sus hijos estaría declarando la guerra directamente al rey.
Esta vez todos entendieron.
Los años se convirtieron en décadas.
Las décadas, en siglos.
Evangeline creció fuerte e inteligente.
Después llegaron dos hijos gemelos y, finalmente, otra niña.
El castillo que una vez había sido frío comenzó a llenarse de risas.
Y yo, la mujer enviada como pago de una deuda, terminé convirtiéndome en una de las reinas más respetadas del reino.
Muchísimos años después, Casemir y yo contemplábamos juntos el atardecer desde nuestro balcón.
—¿Recuerdas cuando te llamé temporal? —preguntó.
Lo miré.
—Perfectamente. También recuerdo que quería clavarte una estaca por hacerlo.
Casemir soltó aquella risa que alguna vez pensé que jamás volvería a escuchar.
—Era un idiota.
—Sí.
Apoyé la cabeza contra su pecho.
Habíamos sobrevivido al orgullo, al miedo, a conspiraciones, intentos de asesinato y al secuestro de nuestra hija.
Casemir me rodeó con sus brazos.
—¿Sabes cuál fue mi mayor error?
—¿Cuál?
—Creer que amar a alguien me hacía vulnerable.
Lo miré y sonreí.
Porque después de siglos finalmente habíamos aprendido la verdad.
Yo había llegado a aquel castillo como algo temporal.
Pero terminé convirtiéndome en su reina, en la madre de sus hijos y en la única mujer que el rey vampiro eligió para compartir toda su eternidad.