El rey vampiro gastó millones en 20 médicos, pero una empleada doméstica sin título le salvó la vida.

El rey vampiro gastó millones en 20 médicos, pero una empleada doméstica sin título le salvó la vida.

PARTE 1

Sarah Miller estaba acostumbrada a que nadie la mirara.

A sus veinticuatro años, había dejado la escuela de enfermería para cuidar a su madre enferma y, después de perderla, heredó más deudas de las que podía pagar. Ahora trabajaba limpiando las residencias de personas tan ricas que una sola lámpara costaba más que todo lo que Sarah poseía.

Su trabajo más extraño estaba en la Torre Obsidiana de Seattle.

En el último piso vivía Clara Vain, uno de los empresarios más poderosos del mundo.

Y se estaba muriendo.

Veinte especialistas habían convertido su penthouse en una clínica privada. Hablaban de una enfermedad sanguínea incurable, pero Sarah sabía que algo no encajaba.

Clara estaba pálido como un cadáver. Sus venas parecían negras bajo la piel y su corazón latía tan lentamente que cualquier humano habría muerto.

Sin embargo, lo más inquietante eran sus dientes.

Cuando sufría uno de sus supuestos ataques, sus colmillos se alargaban.

Los médicos lo amarraban, aumentaban los sedantes y ordenaban a Sarah limpiar sin hacer preguntas.

Una noche, mientras los especialistas discutían, Sarah vio algo que ellos ignoraban.

Clara no intentaba atacar a nadie.

Extendía desesperadamente una mano hacia los contenedores donde habían arrojado bolsas usadas de sangre.

Tenía hambre.

Al día siguiente Sarah cometió el error que cambió su vida.

Revisó el expediente médico.

En la solución intravenosa encontró algo absurdo: nitrato de plata.

—¿Por qué le están poniendo esto? —murmuró.

Se acercó a la cama.

De repente, una mano helada atrapó su muñeca.

Clara abrió los ojos.

—Sácalo.

Sarah casi gritó.

—¿La vía?

—El fuego…

Entonces comprendió.

La plata lo estaba quemando desde dentro.

Sabía que podía perder su empleo e incluso terminar acusada de manipular equipo médico.

Aun así cerró la válvula y retiró la aguja.

Clara respiró con alivio.

Pero sus ojos cambiaron inmediatamente al ver una pequeña gota de sangre en la muñeca de Sarah.

Las pupilas se volvieron negras.

Los colmillos aparecieron.

Sarah retrocedió.

—Tú eres…

Clara apenas consiguió hablar.

—Ayúdame.

La verdad era imposible, pero estaba frente a ella.

No era un millonario con una enfermedad extraña.

Era un vampiro muriéndose de hambre.

Sarah tomó unas tijeras, realizó un pequeño corte en su brazo y dejó caer sangre dentro de una taza.

—Si te doy esto, no vas a lastimarme.

Clara asintió débilmente.

Sarah acercó la taza a sus labios.

Él bebió.

La transformación fue inmediata.

El color regresó lentamente a su rostro. Las venas oscuras desaparecieron. Su respiración dejó de sonar como la de un moribundo.

Sarah lo había salvado.

Pero entonces escucharon pasos.

—Escóndete —ordenó Clara.

Sarah se ocultó detrás de las pesadas cortinas.

Entraron el doctor Sterling y un hombre de rostro marcado llamado Graves.

Sarah esperaba escuchar una discusión médica.

Lo que oyó fue una confesión.

—Debería morir antes de la reunión del consejo —dijo Sterling—. Los niveles de plata ya son tóxicos. La autopsia mostrará una complicación genética.

Graves respondió:

—Perfecto. Necesitamos acceder a los terrenos de excavación en la Antártida. Vain era el único que bloqueaba el proyecto.

Sarah sintió que se le helaba la sangre.

No estaban intentando curarlo.

Lo estaban asesinando lentamente para apoderarse de su empresa.

Entonces Sterling notó que el ritmo cardíaco de Clara había mejorado.

—Esto es imposible…

Graves encontró la taza.

La olió.

Después vio una gota de sangre fresca sobre el suelo.

—Alguien estuvo aquí.

Sarah contuvo la respiración.

Los pasos comenzaron a acercarse.

Graves sacó una pistola con silenciador.

La cortina se abrió violentamente.

Sarah quedó expuesta, sosteniendo únicamente el palo de su trapeador.

Graves sonrió.

—Mira nada más… la muchacha de la limpieza.

Le apuntó directamente al pecho.

—No dejamos testigos.

Su dedo comenzó a presionar el gatillo.

Y detrás de él, en la cama, los ojos de Clara Vain se encendieron de un rojo brillante.

PARTE 2

Graves nunca alcanzó a disparar.

Una mano atravesó la estructura metálica de la cama y atrapó su tobillo.

Clara se incorporó.

Ya no parecía el cadáver indefenso que habían mantenido sedado durante semanas.

Sus ojos ardían.

Sus colmillos estaban completamente expuestos.

Con un movimiento seco destrozó el tobillo de Graves y lo lanzó contra los aparatos médicos.

Sterling retrocedió horrorizado.

—¡Era un tratamiento! ¡Intentábamos ayudarte!

Clara se puso de pie arrancándose tubos y cables.

—Me llenaste las venas de plata. Me dejaste morir de hambre.

Sterling tomó una bandeja metálica y golpeó a Clara en la cabeza.

El vampiro cayó de rodillas.

La sangre que Sarah le había dado solo había sido suficiente para despertarlo, no para recuperarlo completamente.

Sterling levantó nuevamente la bandeja.

—¡Oye!

Sarah atacó primero.

Golpeó al médico con el palo del trapeador con tanta fuerza que la madera se partió.

Sterling cayó inconsciente.

Clara miró a Sarah desde el suelo.

—Te quedaste.

—No podía dejar que te mataran.

Ella lo ayudó a levantarse.

Tenían minutos antes de que llegara seguridad.

Pero Sarah conocía aquella torre mejor que los ejecutivos.

Sabía qué puertas no cerraban correctamente, qué ascensores tenían cámaras y qué corredores utilizaban los empleados.

Metió al multimillonario dentro de un enorme carrito de ropa sucia y lo cubrió con sábanas.

Clara la miró indignado.

—Jamás había sido tan humillado.

—De nada.

El plan casi funcionó.

Dentro del ascensor un guardia recibió la alerta de que Clara había desaparecido.

Cuando retiró las sábanas y encontró dos ojos rojos dentro del carrito, ya era demasiado tarde.

Clara lo dejó inconsciente, pero no lo mató.

Sarah lo notó.

—Podías haberlo matado.

—Me pediste que no lastimara a nadie innecesariamente.

Había recordado su promesa.

Lograron escapar por una salida de incendios y terminaron huyendo bajo la lluvia en una vieja bicicleta.

Clara Vain, propietario de miles de millones de dólares, viajaba sentado torpemente mientras Sarah pedaleaba.

—Tengo cincuenta mil millones en activos —protestó.

—Entonces deberías poder pagarme las horas extra.

Llegaron a una antigua casa abandonada que Clara utilizaba como refugio.

Pero su cuerpo volvió a colapsar.

Necesitaba sangre para regular su temperatura.

Sarah quiso ofrecerle más.

Él se negó.

—Has perdido suficiente. Prefiero morir.

Aquello desconcertó a Sarah.

El monstruo del que hablaban los periódicos estaba dispuesto a morir antes que ponerla en peligro.

Recordó entonces algo de enfermería.

Para tratar una hipotermia severa, podía utilizar calor corporal.

Se quitaron las prendas empapadas, se envolvieron en mantas frente a la chimenea y Sarah lo sostuvo contra ella hasta que dejó de temblar.

Cuando despertaron, Clara parecía diferente.

Más fuerte.

Más humano.

Entonces confesó algo todavía más doloroso.

Él mismo había contratado originalmente a Sterling.

No para morir.

Para convertirse en humano.

Clara había vivido siglos enterrando esposas, hijos y descendientes mientras él permanecía igual.

Una organización llamada Aurelius Trust prometió curar su vampirismo.

En realidad, lo utilizaron como experimento.

Extraían enzimas de su sangre para desarrollar productos militares mientras lo mantenían débil mediante plata y sedantes.

—Quería ser humano —admitió—. Y mi desesperación me volvió estúpido.

Sarah tomó su mano.

—Ser humano no depende de lo que corre por tus venas.

Clara la miró largamente.

—Tu sangre me afecta de una manera diferente.

Sarah pensó que hablaba de su grupo sanguíneo.

Pero él negó con la cabeza.

—No hablo de células. Hablo de ti. Personas poderosas te han tratado como si fueras invisible y, aun así, arriesgaste tu vida por alguien que ni siquiera conocías.

Se acercó a ella.

—Para una criatura que ha vivido tanto tiempo en la oscuridad, esa clase de luz es peligrosa.

Sin embargo, no huyeron.

Contraatacaron.

Clara recuperó información de sus servidores privados y Sarah encontró pruebas de los pagos, la intoxicación con plata y el plan para declararlo mentalmente incapaz.

La junta directiva se reunió convencida de que Clara había muerto.

Sterling estaba a punto de transferir los derechos de las propiedades antárticas.

Entonces las puertas de la sala se abrieron.

Clara entró con un elegante traje oscuro.

Sarah caminaba a su lado sosteniendo una carpeta.

Sterling quedó blanco.

—Imposible…

—Es sorprendente lo que puede hacer un cambio de dieta —respondió Clara.

Sarah lanzó los documentos sobre la mesa.

Las pruebas eran incontestables.

Sterling intentó desacreditarla.

—¡Es una sirvienta! ¡No es nadie!

Clara apoyó una mano sobre su hombro.

—Ella es la única razón por la que vas a salir vivo de esta habitación.

La policía ya esperaba abajo.

Sterling fue arrestado por intento de asesinato y espionaje corporativo. Clara disolvió la junta directiva y recuperó el control absoluto de su compañía.

Cuando se llevaron al médico, este miró a Sarah.

—Él es un monstruo. También terminará matándote.

Sarah no bajó la mirada.

—Puede ser un monstruo, doctor. Pero al menos tiene corazón.

Cuando quedaron solos, Clara le entregó una pequeña caja.

Sarah abrió los ojos.

—Nos conocemos desde hace dos días. No puedes estar pensando…

—No es un anillo.

Dentro había una antigua llave de plata.

Pertenecía a una propiedad escondida en los Alpes, un lugar donde Clara podía recuperarse lejos de sus enemigos y protegido de la luz solar.

—Necesito alguien que me ayude mientras sano —dijo—. Alguien en quien pueda confiar.

Colocó la llave en la palma de Sarah.

—Alguien que no tenga miedo de la oscuridad.

Sarah pensó en su apartamento miserable, sus deudas y los años siendo invisible.

Después miró al hombre que podía comprar prácticamente cualquier cosa excepto aquello que ella le había dado gratuitamente.

Compasión.

—No tengo pasaporte.

Clara sonrió y dejó ver ligeramente los colmillos.

—Sarah, soy multimillonario. Creo que podemos resolverlo.

Ella cerró la mano alrededor de la llave.

—Entonces vámonos.

Clara la tomó en brazos.

No como un amo cargando a una sirvienta.

Sino como un hombre sosteniendo a la única persona que había permanecido junto a él cuando todos los demás esperaban beneficiarse de su muerte.

Los periódicos hablaron durante semanas de la milagrosa recuperación de Clara Vain.

Pero ninguno publicó la verdadera historia.

El rey vampiro había gastado fortunas buscando a los mejores médicos del mundo y ninguno consiguió salvarlo.

Al final, su vida quedó en manos de una mujer con cuarenta dólares en su cuenta bancaria, un uniforme de limpieza y suficiente valor para mirar a un monstruo moribundo y preguntarse no cuánto valía…

sino cuánto estaba sufriendo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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