El Rey Vampiro entregó 5.000 libras para poner a prueba a 4 pretendientes; lo que compró la doncella lo dejó sin palabras.

El Rey Vampiro entregó 5.000 libras para poner a prueba a 4 pretendientes; lo que compró la doncella lo dejó sin palabras.

PARTE 1

El millonario les entregó 50 mil dólares a cuatro mujeres para descubrir con cuál debía casarse. Tres de ellas gastaron el dinero intentando impresionarlo. La cuarta regresó con una pequeña caja de madera que parecía no valer nada. Cuando el hombre la abrió, se quedó completamente inmóvil.

Lo que nadie sabía era que aquella mujer ni siquiera había elegido lo que había dentro.

Y que la verdadera responsable estaba esperando afuera, bajo la nieve, convencida de que acababa de perder su trabajo.

La historia ocurrió durante un invierno especialmente frío en Boston.

Lawrence Hawthorne era uno de los empresarios más ricos de la ciudad. Tenía inversiones en bancos, propiedades y compañías de transporte. Vivía solo en una enorme mansión y rara vez asistía a las reuniones de la alta sociedad.

Había algo extraño en él.

Su cabello era completamente blanco, su piel siempre estaba helada y parecía no haber envejecido durante décadas.

Thomas, su mayordomo, llevaba cuarenta años trabajando para él. Había visto cómo sus propios compañeros envejecían mientras Lawrence permanecía prácticamente igual.

Pero nunca hablaban de eso.

Lo que realmente preocupaba a Thomas era que su patrón parecía cada vez más solitario.

Las familias adineradas intentaban presentarle a sus hijas. Todos querían establecer algún vínculo con el apellido Hawthorne.

Finalmente, cuatro mujeres comenzaron a visitarlo con frecuencia.

Victoria, hija de un empresario ferroviario.

Chloe, heredera de una importante familia industrial.

Elena, una mujer de origen europeo con excelentes relaciones sociales.

Y Penelope Harrington, perteneciente a una de las familias más antiguas de Boston.

Lawrence estaba cansado de las conversaciones ensayadas y los cumplidos interesados.

Una noche tomó una decisión inesperada.

Escribió cuatro cheques de 50 mil dólares.

Al día siguiente reunió a las mujeres en su mansión y entregó uno a cada una.

Les explicó que podían utilizar el dinero como quisieran. Tenían un mes para regresar y mostrarle qué habían hecho con él.

Después decidiría si deseaba casarse con alguna.

Victoria ordenó un carruaje de lujo, fabricado especialmente en Nueva York.

Chloe invirtió su dinero en una compañía eléctrica que prometía enormes ganancias.

Elena organizó una recepción exclusiva para relacionarse con empresarios y personas influyentes.

Penelope, en cambio, se sintió ofendida.

Consideraba absurdo tener que demostrar algo cuando su apellido ya era respetado.

Aquella misma tarde llamó a Grace Whitaker, su empleada doméstica de 23 años.

Grace había perdido a su padre, un relojero que se había quedado sin negocio durante una crisis económica. Desde entonces trabajaba para mantenerse.

Penelope le entregó el cheque y le dio una orden.

Debía comprar algo suficientemente impresionante para presentarlo ante Lawrence. Un monumento, una donación pública o cualquier cosa que llevara el nombre de Penelope.

Después anunció que pasaría tres semanas de vacaciones en Newport.

Grace intentó explicarle que el dinero debía utilizarlo personalmente, pero su patrona no quiso escucharla.

Le dejó la responsabilidad y se marchó.

Aquella noche, Grace permaneció despierta mirando el cheque.

Con semejante cantidad podría abandonar su empleo y empezar una nueva vida en otra ciudad.

Nadie tendría que enterarse.

Pero recordó algo que había visto meses atrás.

Durante una recepción, se había extraviado en una mansión mientras ayudaba a recoger los abrigos de los invitados.

En una habitación encontró a Lawrence Hawthorne.

Estaba completamente solo, sosteniendo un viejo reloj de bolsillo.

Grace reconoció aquella expresión de tristeza.

Era la misma que había visto en su padre cuando tuvo que cerrar su pequeño taller.

Días después preguntó discretamente a unos empleados de la mansión sobre el reloj.

Le contaron que había pertenecido al padre de Lawrence.

También mencionaron otro objeto: un relicario de plata con el único retrato que conservaba de su madre.

La familia lo había vendido muchos años atrás para comprar carbón durante un invierno terrible.

Desde entonces, Lawrence jamás había conseguido recuperarlo.

Grace tomó una decisión.

Durante tres semanas recorrió casas de empeño, tiendas de antigüedades y negocios cercanos al puerto.

Finalmente encontró a un prestamista llamado Marcus Vance.

El hombre todavía conservaba el relicario.

Exigió cinco mil dólares por él.

Grace aceptó.

Pero antes de marcharse le preguntó por otra propiedad que también estaba en sus manos.

Era un hogar para niños llamado St. Jude.

Marcus tenía previsto quedarse con el edificio por una deuda y desalojar a sus pequeños residentes.

Grace utilizó los 45 mil dólares restantes para liquidar las obligaciones, adquirir los derechos sobre la propiedad y constituir un fondo destinado a mantener el lugar funcionando.

Cuando terminó los trámites, no le quedaba ni un centavo.

El 20 de diciembre, Penelope regresó de sus vacaciones.

Grace le entregó una caja de madera y una carpeta con documentos.

Su patrona ni siquiera los revisó.

Se dirigió directamente a la mansión Hawthorne.

Durante la reunión, las otras tres mujeres presentaron sus compras e inversiones.

Finalmente llegó el turno de Penelope.

Colocó la pequeña caja frente a Lawrence y aseguró que había dedicado todo el mes a investigar su pasado para encontrar algo verdaderamente especial.

Lawrence levantó la tapa.

Sus dedos comenzaron a temblar.

Reconoció inmediatamente el relicario de su madre.

Lo abrió y contempló el retrato que había creído perdido para siempre.

Penelope sonrió, convencida de que había ganado.

Pero Lawrence tomó la carpeta que estaba junto a la caja.

Leyó el primer documento.

Después el segundo.

Y cuando llegó a la última página, levantó lentamente la mirada.

—Penelope, necesito que me expliques algo. ¿Por qué todos estos papeles llevan el nombre de Grace Whitaker… y no el tuyo?

PARTE 2 

Penelope sintió que se le secaba la boca.

No esperaba aquella pregunta.

Había memorizado unas cuantas frases durante el trayecto, convencida de que bastaría con presentar el regalo y describir cuánto esfuerzo había requerido encontrarlo.

Pero desconocía casi todo lo que había dentro de la carpeta.

—Grace es una empleada de mi casa —respondió finalmente—. La envié a realizar algunas compras mientras yo atendía otros compromisos.

Lawrence volvió a examinar los documentos.

—Entonces, ¿tú sabes de dónde salió este relicario?

Penelope miró la pequeña pieza de plata.

—De un comerciante de antigüedades, por supuesto.

—¿Cuál?

Ella vaciló.

—No recuerdo su nombre. Mi empleada se encargó de esos detalles.

Lawrence cerró delicadamente el relicario.

Su expresión había cambiado por completo.

—Este objeto perteneció a mi madre.

Las otras mujeres guardaron silencio.

—Mi familia tuvo que venderlo por apenas siete dólares. Necesitábamos carbón para calentar nuestra casa. Era el único retrato que conservábamos de ella.

Penelope intentó recuperar la sonrisa.

—Precisamente por eso quise encontrarlo para ti.

Lawrence no respondió.

Sacó otro documento de la carpeta.

—Aquí dice que el relicario fue adquirido por cinco mil dólares a Marcus Vance, un prestamista del puerto.

Leyó unas líneas más.

—Pero hay algo mucho más importante.

Se trataba de un conjunto de documentos relacionados con St. Jude, un hogar para niños ubicado en una de las zonas más humildes de Boston.

La institución estaba a punto de perder su edificio por una deuda.

Grace había utilizado los 45 mil dólares restantes para resolver el problema y establecer un fondo que cubriera alimentos, medicinas y mantenimiento.

Los abogados habían preparado los documentos necesarios para que la propiedad quedara protegida mediante un fideicomiso.

Lawrence revisó las firmas.

—Aquí aparece Grace Whitaker como la persona que realizó las gestiones. Quiero saber si tú autorizaste estas operaciones.

Penelope se puso de pie.

Su rostro estaba rojo.

—¡Esa muchacha hizo lo que quiso con mi dinero!

La habitación quedó en silencio.

—Le ordené que comprara algo importante, algo que llevara mi nombre. No que gastara una fortuna en un edificio viejo lleno de niños que ni siquiera conozco.

Lawrence dejó los papeles sobre la mesa.

—Hace unos minutos aseguraste que habías organizado personalmente todo esto.

Penelope apretó los labios.

—No iba a explicarte los asuntos de mi servidumbre.

—¿Y conocías la historia de mi madre?

Ella bajó la mirada.

No respondió.

Lawrence comprendió lo que había ocurrido.

El regalo más importante que alguien le había hecho en años provenía de una mujer a la que ni siquiera habían permitido entrar en la reunión.

Y la persona que intentaba atribuirse el mérito estaba furiosa porque el dinero no había terminado convertido en un monumento con su apellido.

Penelope comenzó a exigir que Grace fuera castigada.

Incluso amenazó con denunciarla por haber utilizado el cheque de manera distinta a sus instrucciones.

Lawrence le pidió que se detuviera.

Le explicó que cualquier desacuerdo sobre las autorizaciones tendría que revisarse con los abogados, pero que no permitiría que acusara a Grace sin aclarar primero lo sucedido.

Después dio por terminada la reunión.

Las cuatro mujeres abandonaron la mansión.

Cuando la puerta se cerró, Lawrence permaneció unos momentos contemplando el pequeño retrato.

Thomas se acercó discretamente.

—¿Se encuentra bien, señor?

—¿Dónde está Grace?

El mayordomo miró hacia el jardín.

—Creo que la señorita Harrington le ordenó esperar junto a la entrada.

Lawrence se levantó inmediatamente.

No tomó abrigo ni guantes.

Atravesó el vestíbulo, abrió la puerta principal y salió a la nieve.

Cerca de la reja encontró a una muchacha con un abrigo demasiado delgado.

Grace estaba mirando el camino por donde acababa de desaparecer el carruaje de Penelope.

Sabía que su patrona estaba furiosa.

También sabía que probablemente no tendría empleo cuando regresara a casa.

Al escuchar pasos, se volvió.

Reconoció a Lawrence y bajó la cabeza.

—Señor Hawthorne, lamento haber causado problemas.

Él se quitó su abrigo y se lo colocó sobre los hombros.

—Necesito que me cuentes cómo encontraste el relicario.

Grace dudó.

Después le habló de aquella recepción, del reloj de bolsillo que lo había visto sostener y de las preguntas que hizo a los empleados.

También le contó que su padre había sido relojero.

—Cuando lo vi aquella noche, me acordé de él —confesó—. Mi papá tenía esa misma mirada cuando perdió su taller.

Lawrence escuchó sin interrumpirla.

—Después supe lo de su madre. Pensé que, si podía recuperar algo que usted creía perdido, quizá le haría bien.

—¿Y el hogar para niños?

Grace miró hacia el camino cubierto de nieve.

—Yo crecí cerca de esos barrios. Sé lo que significa pasar un invierno sin tener suficiente comida o un lugar seguro.

Le explicó que había conocido la situación de St. Jude mientras buscaba el relicario.

El prestamista que conservaba la joya también controlaba la deuda del edificio.

Y ella había comprendido que el dinero podía resolver ambas cosas.

—Mi patrona quería una estatua con su nombre —añadió—. Yo pensé que a esos niños les serviría mucho más conservar su casa.

Lawrence bajó la mirada hacia el relicario que sostenía.

Por primera vez en muchos años, recordó con claridad aquel invierno en el que su propia familia había tenido que escoger entre conservar sus pertenencias y mantenerse a salvo del frío.

—¿Compraste algo para ti? —preguntó.

Grace negó con la cabeza.

—No era mi dinero.

Él guardó silencio.

Luego le preguntó si tenía algún lugar donde quedarse en caso de perder su empleo.

Grace admitió que vivía en una habitación proporcionada por la familia Harrington.

Probablemente tendría que abandonarla.

Lawrence le ofreció ayuda, pero ella no quiso aceptar dinero simplemente por lástima.

Entonces él le propuso algo diferente.

Necesitaba a una persona que pudiera encargarse de supervisar el fondo de St. Jude y trabajar con los abogados para comprobar que los recursos llegaran realmente a los niños.

Grace conocía el lugar, había organizado las operaciones y sabía exactamente cuáles eran sus necesidades.

Podría recibir un salario por ese trabajo.

—No quiero que dependa de mi gratitud —le explicó—. Quiero que tenga la oportunidad de continuar lo que empezó.

Grace aceptó conocer los detalles.

Durante las semanas siguientes, los abogados revisaron las autorizaciones y formalizaron los acuerdos necesarios para mantener el fideicomiso.

Lawrence también comenzó a visitar St. Jude.

No había estado preparado para encontrar un edificio tan deteriorado.

Algunas ventanas no cerraban bien. La cocina necesitaba reparaciones y los dormitorios tenían demasiadas camas para el espacio disponible.

Grace le mostró todo.

Él aportó nuevos recursos para arreglar el inmueble y mejorar las condiciones de los niños.

Poco a poco, ambos empezaron a pasar más tiempo juntos.

Al principio hablaban solamente de reparaciones, gastos y necesidades del hogar.

Después comenzaron a compartir historias personales.

Grace descubrió que Lawrence recordaba acontecimientos de hacía muchísimos años con una precisión extraña.

A veces mencionaba personas que, según ella, debían haber vivido antes de que él naciera.

También notó que nunca comía durante sus reuniones y que sus manos permanecían frías incluso frente a una chimenea encendida.

Pero no le preguntó nada.

Había comprendido que algunos recuerdos necesitaban tiempo para ser compartidos.

Una tarde, mientras revisaban las cuentas de St. Jude, Lawrence sacó el viejo reloj de su padre.

Lo colocó junto al relicario.

Grace observó ambos objetos.

—Ahora están juntos otra vez.

Lawrence sonrió.

—Sí. Después de mucho tiempo.

Ella pensó en su propio padre y en todas las cosas que habría querido decirle antes de perderlo.

Lawrence pareció comprenderla sin necesidad de explicaciones.

Con el paso de los meses, su relación dejó de ser únicamente laboral.

Cuando él le expresó que deseaba conocerla de una manera más personal, Grace le pidió tiempo.

No quería que su futuro dependiera de un hombre rico ni sentirse obligada a corresponderle por haberla ayudado.

Lawrence respetó su decisión.

Y continuaron viéndose.

Para entonces, la noticia de lo ocurrido durante aquella reunión ya había recorrido buena parte de Boston.

Algunas personas se burlaban de la posibilidad de que un empresario de su posición terminara enamorándose de una antigua empleada doméstica.

A Lawrence parecía importarle muy poco.

Una noche, Grace lo encontró en la biblioteca, sentado frente a la chimenea.

El relicario estaba abierto sobre la mesa.

Ella se acercó y observó el retrato de su madre.

—¿Todavía la extraña?

Lawrence tardó en responder.

—Todos los días.

Grace se sentó a su lado.

Por un momento ninguno habló.

Después, él extendió una mano y ella la tomó.

Estaba tan fría como aquella mañana en la nieve.

Sin embargo, Grace no la soltó.

Había pasado gran parte de su vida siendo invisible para las personas que tenían dinero y poder.

Lawrence había pasado la suya rodeado de gente que solamente veía su fortuna.

Y ninguno de los dos había encontrado lo que necesitaba hasta que una muchacha decidió utilizar un cheque para devolver un recuerdo y proteger un hogar.

Mucho tiempo después, Grace todavía conservaba la caja de madera donde había entregado el relicario.

Nunca la reemplazó por una más elegante.

Porque aquel pequeño objeto le recordaba que 50 mil dólares podían comprar muchas cosas.

Pero había sido una decisión tomada sin buscar reconocimiento la que terminó cambiando dos vidas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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