El rey vampiro encuentra a unos gemelos en la basura en Nochebuena… y entonces huele su propia sangre.

El rey vampiro encuentra a unos gemelos en la basura en Nochebuena… y entonces huele su propia sangre.

PARTE 1

Durante más de cuatro siglos pensé que nada podía sorprenderme.

Había visto caer imperios, guerras cambiar fronteras y humanos nacer y morir como pequeñas luces que desaparecían demasiado rápido. Con el paso de los años aprendí a no sentir apego por nadie. Era más fácil vivir así.

Me llamo Desmond Hail.

Para el mundo humano soy el director de una de las compañías más poderosas de Chicago. Un hombre rico, misterioso y distante que parece no envejecer. Para los vampiros soy algo mucho más antiguo.

Soy el rey de una de las líneas de sangre más antiguas que existen.

Pero aquella noche de Navidad descubrí que incluso alguien como yo podía perder el control de su propia vida.

La nieve cubría las calles de Chicago mientras caminaba solo por la ciudad. La mayoría de los humanos estaban en sus casas celebrando con sus familias, abrazándose y compartiendo momentos que yo había dejado atrás hacía siglos.

Nunca entendí esas celebraciones.

Para mí, la Navidad solo era otro recordatorio de todo lo que había perdido.

Caminaba sin rumbo cuando algo llamó mi atención.

Dos corazones.

Eran pequeños.

Demasiado pequeños.

Venían de un callejón oscuro donde ningún niño humano podría sobrevivir al frío extremo de aquella noche.

Mi primer pensamiento fue ignorarlos.

El sufrimiento humano nunca había sido mi problema.

Pero entonces sentí algo más.

Un aroma imposible.

Sangre joven mezclada con una esencia que no debería existir.

Algo que me recordó a mi propia familia.

Entré en el callejón y seguí el sonido hasta un viejo contenedor de basura cubierto de nieve. Cuando levanté la tapa, esperaba encontrar cualquier cosa menos aquello.

Dos niñas estaban escondidas entre mantas sucias.

Eran gemelas.

Sus pequeños cuerpos deberían haber estado congelados, pero seguían vivas. Sus ojos azules me observaban con una inteligencia que no correspondía a su edad.

—Vete… —susurró una de ellas.

La otra miró hacia la entrada del callejón.

—Los hombres malos vienen.

Me quedé inmóvil.

Aquellas niñas no hablaban como simples víctimas.

Sabían que estaban siendo perseguidas.

—¿Quién las dejó aquí? —pregunté.

No respondieron.

Solo se abrazaron entre ellas.

Intenté acercarme lentamente.

—Si se quedan aquí morirán.

La primera niña negó con la cabeza.

—Mamá dijo que esperáramos.

Sus palabras me hicieron detenerme.

—¿Dónde está vuestra madre?

La pequeña señaló hacia arriba.

—Mamá se fue.

No entendí lo que quería decir.

Pero algo dentro de mí comenzó a inquietarse.

Las saqué del contenedor y las cubrí con mi abrigo. Pesaban muy poco, pero desprendían un calor extraño. Un calor que ningún humano podría tener en medio de aquella tormenta.

Mientras las llevaba hacia mi residencia, noté algo aún más extraño.

Ellas no tenían miedo de mí.

Deberían haberlo tenido.

Todos los humanos temían mi presencia cuando conocían mi verdadera naturaleza.

Pero aquellas niñas simplemente apoyaron sus cabezas contra mi pecho como si me conocieran desde siempre.

Cuando llegamos a mi mansión, ordené preparar comida y ropa para ellas.

Entonces ocurrió algo que cambió todo.

Mientras limpiaba la suciedad de sus rostros, vi una marca en el cuello de una de las niñas.

Una marca que conocía demasiado bien.

Una media luna roja junto a una estrella.

El símbolo de mi sangre.

El símbolo de la familia Hail.

Sentí que todo mi mundo se detenía.

Era imposible.

Mi linaje había terminado hacía siglos.

Yo nunca había tenido hijos.

Nunca.

Pero aquella niña llevaba mi marca.

Antes de poder reaccionar, abrió los ojos y me miró fijamente.

Y con una tranquilidad que me atravesó como una espada, dijo:

—Te encontramos, papá.

Por primera vez en siglos…

sentí miedo.

PARTE 2

La palabra quedó suspendida en aquella habitación.

Papá.

Una palabra sencilla para cualquier humano.

Pero para mí era algo imposible.

Mi corazón, que llevaba siglos sin sentir nada parecido, pareció recordar cómo era estar vivo.

Aparté la mirada intentando encontrar una explicación lógica.

No podía ser real.

Los vampiros no podían tener hijos.

Era una ley conocida por todos nosotros.

Una verdad que nadie había cuestionado durante generaciones.

Pero aquellas niñas estaban allí.

Y tenían mi sangre.

—¿Quién era vuestra madre? —pregunté con una voz que apenas reconocí.

Las gemelas se miraron entre ellas.

Siempre hacían eso.

Como si compartieran pensamientos que nadie más podía escuchar.

—Mamá se llamaba Elise —respondieron.

El nombre golpeó mi memoria.

Elise.

Una mujer que había conocido décadas atrás durante una noche en París.

Una noche que yo había considerado un simple error.

Una noche en la que intenté recordar cómo se sentía ser humano.

Ella había desaparecido de mi vida antes del amanecer.

Nunca imaginé que aquel momento tendría consecuencias.

Llamé a mi médico de confianza y ordené analizar la sangre de las niñas.

La respuesta llegó poco después.

Y fue peor de lo que esperaba.

—Desmond, tienes que escucharme —me dijo con voz preocupada—. Su ADN es imposible.

Guardé silencio.

—Son mitad humanas y mitad vampiras. Pero hay algo más… su sangre coincide perfectamente con la tuya.

Sentí una presión en el pecho.

No era dolor.

Era algo más peligroso.

Era preocupación.

Por primera vez en cientos de años alguien dependía de mí.

Mis hijas.

Pero no tuve tiempo para aceptar aquella verdad.

Mi médico me advirtió que alguien más ya sabía de ellas.

El consejo vampírico había detectado su existencia.

Y si Valyrius descubría la verdad, intentaría llevárselas.

Para él, los híbridos eran una amenaza.

Una criatura que no debía existir.

Activé todos los sistemas de seguridad de mi mansión.

Las ventanas se cerraron.

Las puertas quedaron bloqueadas.

Pero las niñas no parecían preocupadas.

—Los hombres malos nos encontraron antes —dijo una de ellas.

Me arrodillé frente a ellas.

—Esta vez no.

No sabía por qué pronuncié esas palabras.

Durante siglos había protegido mi poder.

Mi nombre.

Mi posición.

Pero en ese momento solo pensé en una cosa.

Nadie tocaría a esas niñas.

Porque eran parte de mí.

Esa noche entendí algo que jamás imaginé:

No había pasado cuatrocientos años huyendo de los sentimientos.

Había estado esperando encontrar algo que valiera la pena proteger.

Sin embargo, mientras las niñas dormían bajo mi techo, una alerta apareció en mi sistema de seguridad.

Alguien estaba afuera.

Alguien había encontrado mi refugio.

Miré las cámaras y vi varios vehículos oscuros acercándose lentamente a mi propiedad.

No venían a negociar.

Venían por ellas.

Y por primera vez en siglos, no me importaba gobernar un reino…

Solo me importaba destruir a cualquiera que intentara quitarme a mis hijas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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