El rey vampiro borracho le envió un mensaje de texto a un extraño. Tres meses de asarlo solo empeoraron las cosas.

El rey vampiro borracho le envió un mensaje de texto a un extraño. Tres meses de asarlo solo empeoraron las cosas.

Parte 1

Durante doce días, alguien estuvo vigilando mi casa.

Lo más aterrador no era que me observaran. Después de ocho siglos de existencia, había aprendido que siempre había ojos escondidos en algún lugar del mundo.

Lo aterrador era que ahora no me vigilaban a mí.

La persona que habían elegido observar era ella.

Vesper Finch no sabía nada del mundo al que yo pertenecía. No sabía que debajo de las calles de Boston existían antiguos pactos, consejos formados por criaturas que habían sobrevivido siglos y leyes escritas antes de que muchos países tuvieran siquiera un nombre.

Ella solo sabía que yo era un hombre extraño.

Un profesor de historia demasiado formal.

Un hombre que usaba punto y coma en mensajes casuales.

Alguien que nunca parecía tener frío, que conocía demasiados detalles sobre edificios antiguos y que respondía a las bromas modernas como si fueran acertijos de otra época.

Y, de alguna manera inexplicable, eso era lo que más me gustaba de ella.

Mi nombre es Kais Ren.

Durante siglos fui muchas cosas para muchas personas: líder, estratega, enemigo, aliado y una figura que otros aprendieron a respetar por miedo o necesidad.

Había visto caer imperios. Había caminado por ciudades que hoy solo existen en libros. Había presenciado guerras y reconstrucciones, pérdidas y renacimientos.

Pero nunca había conocido a alguien como Vesper.

Ella reparaba relojes antiguos en un pequeño taller de Boston. Tenía veintiocho años y una forma de ver el mundo que me desconcertaba.

Mientras otros intentaban impresionarme cuando descubrían quién era, ella simplemente me trataba como a una persona.

Se burlaba de mis formas antiguas de hablar.

Me decía que necesitaba dormir.

Se reía de mi manera de explicar cosas simples como si fueran tratados históricos.

La primera vez que hablamos fue por accidente. Un mensaje enviado a la persona equivocada terminó iniciando una conversación que ninguno de los dos esperaba.

Ella escribió:

“Dude, son las dos de la mañana. Ve a dormir.”

Me quedé mirando esa palabra durante varios minutos.

Dude.

Una palabra pequeña. Sin respeto exagerado. Sin miedo. Sin distancia.

Después de tantos siglos, alguien me había hablado como si yo fuera simplemente un hombre cansado que necesitaba descansar.

Le respondí que dormir era una solución sobrevalorada para un problema que yo no tenía.

Ella se rio.

Y algo dentro de mí cambió.

Durante tres meses hablamos todas las noches.

Me habló de relojes, de películas terribles que le encantaban, de su gato Capernicus y de sus teorías sobre la vida.

Yo le hablé de historia, aunque siempre ocultando cuánto de esa historia había visto con mis propios ojos.

Ella comenzó a notar cosas.

Detalles pequeños.

Demasiado pequeños para cualquier persona común.

Se dio cuenta de que conocía edificios como si hubiera estado allí cuando fueron construidos.

Notó que mis respuestas sobre ciertos acontecimientos históricos sonaban demasiado personales.

Pero nunca me presionó.

Simplemente observaba.

Eso era algo que nadie había hecho conmigo durante mucho tiempo.

La mayoría de las personas veían mi poder, mi pasado o mi posición.

Vesper veía mis silencios.

Finalmente aceptó conocerme.

Nos encontramos en una cafetería de Beacon Hill una noche de octubre.

La vi entrar con un suéter azul, las manos manchadas ligeramente de aceite por su trabajo y el cabello desordenado de una manera que parecía completamente natural.

Ella me miró.

Primero como a un extraño.

Después como si algo en mí no encajara con la realidad.

—Tú eres el hombre que me dijo que me fuera a dormir —dijo.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Ella comenzó a reír.

No una risa educada. No una sonrisa falsa.

Una risa verdadera.

Y, para mi propia sorpresa, yo también reí.

Había olvidado cómo sonaba mi propia risa.

Esa noche hablamos durante horas.

Después caminé con ella hasta su apartamento.

Hablamos sobre relojes, sobre historias perdidas y sobre pequeñas cosas que para cualquier otra persona no tendrían importancia.

Pero para mí eran diferentes.

Porque por primera vez en siglos, no estaba pensando en mi pasado.

Estaba pensando en el momento presente.

Cuando ella entró a su edificio, levanté la mirada y vi una luz encendida en su ventana del tercer piso.

Le escribí un mensaje.

“Esta ciudad parece diferente esta noche. Creo que es porque estoy escuchando de verdad por primera vez en mucho tiempo.”

Su respuesta llegó segundos después.

“Eso es lo más dulce que alguien me ha dicho o una señal de que necesitas terapia. Probablemente ambas cosas.”

Sonreí.

Pero cuando guardé mi teléfono, recibí otro mensaje.

Era de Aldis.

Mi consejero más antiguo.

“Houseworth ya identificó a la mujer.”

Miré hacia la ventana iluminada de Vesper.

Y entendí algo que no quería aceptar.

Ella ya no estaba fuera de mi mundo.

Ahora formaba parte de él.

Y mis enemigos lo sabían.

Parte 2

Durante los meses siguientes, Vesper comenzó a formar parte de mi casa.

No ocurrió de repente.

Fue como la mayoría de las cosas importantes en la vida: lentamente, sin que uno se diera cuenta del momento exacto en que todo cambió.

Primero llevó algunas herramientas a una habitación vacía.

Después dejó libros en la biblioteca.

Luego su gato Capernicus decidió que una silla antigua de cuatro siglos era su nuevo lugar favorito.

Y un día comprendí que su presencia ya no parecía una visita.

Parecía pertenencia.

Ella todavía no sabía la verdad sobre mí.

Había construido explicaciones para cada cosa extraña.

Mis manos frías eran mala circulación.

Mi ausencia de latidos era imposible de escuchar por la ropa.

Mi falta de necesidad de comer era algún tipo de dieta extraña.

Sabía que sus explicaciones no tenían sentido.

Pero también sabía que necesitaba descubrirlo a su propio ritmo.

Yo podía enfrentar ejércitos.

Podía enfrentar enemigos antiguos.

Pero no quería obligar a Vesper a aceptar algo que podía destruir la forma en que me veía.

Entonces esperé.

Hasta que una noche ella escuchó algo que nunca debió escuchar.

Estaba caminando por el pasillo cuando oyó mi voz y la de Aldis dentro del estudio.

No estaba intentando escuchar.

Pero se detuvo cuando escuchó su nombre.

—Drevik está reuniendo aliados —decía Aldis—. El Consejo de la Luna Roja se acerca. Si presenta el caso bajo el artículo siete, ella estará en peligro.

Hubo silencio.

Después escuchó mi voz.

—Ella no está preparada.

—Pero ya está involucrada, mi señor.

Vesper sintió que el mundo cambiaba lentamente.

Las palabras que había escuchado durante meses comenzaron a encajar.

Las preguntas sin respuesta.

Los momentos imposibles.

Las cosas que había decidido ignorar.

Esa noche no durmió.

No porque tuviera miedo.

Sino porque su mente intentaba reconstruir la realidad pieza por pieza.

Como un reloj roto.

Al día siguiente no me preguntó nada.

Y eso me sorprendió.

Porque Vesper era una mujer que siempre buscaba respuestas.

Pero entendió algo que incluso yo había olvidado.

Algunas verdades necesitan tiempo.

Tres días después, mientras trabajaba en su taller, recibió una visita.

Un hombre elegante apareció en la puerta.

Su nombre era Lord Drevik.

Sonreía.

Hablaba con calma.

Parecía amable.

Pero Vesper aprendió algo importante de reparar relojes: los mecanismos más peligrosos suelen esconder sus fallas debajo de una superficie perfecta.

Drevik habló de mí.

No con amenazas.

Con dudas.

Intentó hacer que ella cuestionara todo.

Que pensara que yo era peligroso.

Que quizás mi cariño hacia ella tenía otro propósito.

Pero cometió un error.

Subestimó a Vesper Finch.

Porque ella no era alguien que aceptaba una pieza sin examinarla.

Ella reparaba cosas.

Observaba detalles.

Buscaba aquello que no encajaba.

Y mientras Drevik hablaba, ella comenzó a notar algo.

La diferencia entre él y yo.

Drevik quería controlarla.

Yo había pasado meses intentando protegerla incluso de la verdad.

Cuando finalmente regresé a casa esa noche, Vesper estaba esperándome en la biblioteca.

No tenía miedo en sus ojos.

Tenía preguntas.

—Kais —dijo lentamente—. Tengo algo que preguntarte.

Me quedé en silencio.

Porque después de ocho siglos enfrentando enemigos, guerras y pérdidas, comprendí que ese momento era el más difícil de todos.

Porque una espada puede detenerse.

Un ejército puede derrotarse.

Pero perder la confianza de la única persona que te hizo sentir humano nuevamente…

Eso era algo que ni siquiera yo sabía cómo soportar.

Vesper me miró.

—¿Qué eres realmente?

Y por primera vez en siglos, Kais Ren no tuvo una respuesta preparada.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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